lunes, 6 de junio de 2022

POESÍA DESMESURADA: LA VERDAD OCULTA DE UN POETA LIBERTEÑO

El 2015 sacó a la luz un poemario que hoy, siete años después, vuelve a aparecer, pero -¡oh, sorpresa!- lo hace poniendo de manifiesto algo inesperado: el crecimiento físico del libro y, curiosamente, la reducción nominal de su título. Lo aparecido entonces era, ya, un trabajo de largo aliento: más de doscientas páginas de una poesía desbordada y, digamos, desmesurada. Es que su autor es eso, pues: un poeta también desmesurado; no es un escritor de medias tintas, sino, en gran medida, del atrevimiento total. Se atreve en el ejercicio del periodismo, en el ejercicio de la crítica y el análisis político y -¡cómo no!- se atreve, también, en la poesía. Y es sincero. Ah, y otra cosa: no está a la caza del aplauso, de la alabanza fácil; le interesa un comino ser complaciente y que lo sean con él; y tampoco tranza con aquello que se conoce como lo "políticamente correcto" y, antes que a las pasiones, simpatías o antipatías, prefiere darle oportunidad a la razón, a la inteligencia, aunque ello pueda generar urticaria en algunos fanáticos del lado izquierdo o el lado derecho del río “ideológico” (y hace bien). 

El libro de que hablo, repito, ha vuelto a aparecer, pero ahora es un volumen de doscientas cuarenta páginas. Se había titulado inicialmente Metafísica del precipicio, y hoy su nombre es una sola palabra: Metafísica. Como dije al principio, esta reducción tiene carácter nominal, solamente nominal; porque conceptualmente la situación es distinta. La expresión "Metafísica del precipicio" tiene una connotación que yo calificaría como restringida, porque carece de la significación ilimitada e inmaterial que normalmente se le atribuye a este vocablo en sí mismo: su vinculación con el concepto "precipicio" nos trae, más bien, la imagen material del abismo de un acantilado, la altura vertiginosa de un puente de suicidas o acaso el riesgo de perder el equilibrio en lo más alto de un edificio citadino. En cambio, la conversión del título en una sola palabra, "Metafísica", nos lleva más allá del confín de nuestro universo palpable; como adjetivo –lo sabemos- hace referencia a lo oscuro y difícil de comprender y, por otro lado, tiene que ver –como lo dice el Diccionario- con aquella “parte de la filosofía que trata del ser en cuanto tal, y de sus propiedades, principios y causas primeras” (¡cosa difícil, caracho!, al menos para mí). El empleo de una sola palabra como título, además, nos ofrece una certeza; nos hace saber que no es, ni tiene que ser, el mayor número de palabras lo que agiganta la idea o concepto: una sola puede ser más que suficiente: he allí lo maravilloso del lenguaje, lo excelso de la poesía. 

Dije que nuestro autor –el autor del que estoy hablando- no solo es desmesurado como poeta. Cierto. Lo es, también -ya lo insinué- , como periodista y como crítico. Les cuento. Hace poco (en noviembre del 2021) entregó a los lectores una -¡otra vez!- voluminosa producción bibliográfica de artículos, contenidos nada menos que ¡en 1192 páginas!: textos a través de los cuales reflexiona puntual y puntillosamente acerca de distintos aspectos de la política y la cultura peruanas, enmarcándolos en el escenario histórico de los doscientos años de vida republicana de nuestra nación; el título de este libro es, precisamente, 200 imágenes críticas del Perú ante el Bicentenario -La Verdad Oculta. No le rinde pleitesía a los versos de arte menor, pues, ni a nada que se les parezca. 

Tampoco le rinde culto a la hipocresía de los escrúpulos; y, vuelvo a decirlo, se atreve, porque sabe y está convencido que la única ideología y el único territorio legítimo e inalienable del escritor, del poeta, es la libertad. 

¿De quién estoy hablando? Pues, creo que ya hasta parece obvio: hablo de un poeta de La Libertad; quiero decir, nacido en aquel departamento (o, como se le dice ahora, región) donde también nació el más grande hacedor de poesía peruano de todos los tiempos, el pico más elevado de la poesía en lengua española: el inmenso César Vallejo (aunque esto que digo, al autor de "Metafísica", probablemente no le guste; pero -caballero nomás- tengo que decirlo porque también soy libre de hacerlo). Estoy refiriéndome (claro, sin duda ya muchos lo adivinaron y sé que otros desde el principio ya lo sabían) de Percy Vilchez Salvatierra poeta y periodista trujillano que, además, y “para remate de males”, también como yo, es abogado. 

Percy y yo hemos conversado en diferentes ocasiones y, les confieso, no siempre nuestras opiniones, respecto a distintos tópicos, han llegado a coincidir, pero cuando ocurría lo contrario sentíamos una alegría extraordinaria y asumíamos el convencimiento de que la amistad se consolidaba más, precisamente por eso: porque el hecho de ser amigos no tiene que obligarnos a caminar en el mismo sentido. Pero en lo que no hay, de ningún modo, desacuerdos ni desavenencias, es en el cariño por Trujillo, ciudad en la que no nací pero siento como mía, porque allí viví un año maravilloso, cuando cursaba el quinto de secundaria en el inolvidable colegio San Juan. 

Bien. A pesar de los ya comentados títulos (de la primera y la segunda publicación poética de Percy), debo decir que yo no encuentro precipicios ni menos, naturalmente, “caídas hondas de los cristos del alma” (y porque lo conozco, sé que es lo que menos podría encontrar en la poesía de Percy). Tampoco se trata de una poesía que nos lleve o quiera llevarnos a lo “etéreo”. Es poesía de aquí y de ahora. ¿Algo de metafísica? Quizás esto, que encontramos en el poema “Tríptico del vacío”: “La poesía es un misterio, una gracia y un don. (…) Es metafísica. Es casi un renunciamiento a la vanidad. La mejor poesía es la que parece ser dictada levemente por el viento. Esto es terrible para el ego. Poesía ¡Vete al infierno!”. Como vemos, no le rinde culto, ni muchos menos vasallaje, ni siquiera a la poesía y por ello puede arrogarse la libertaria licencia de mandarla al mismísimo infierno. Metafísica del desenfado y, vuelvo a decirlo, de la libertad. 

Pero, ¿qué es la poesía para Percy Vilchez Salvatierra? Es, creo, tantas cosas y nada. Esto, por ejemplo, que dice acerca del amor (en el poema justamente titulado “Breve estudio sobre el amor”) es muy expresivo y merece ser tomado en cuenta, porque –niéguenlo, a ver- nos atañe a muchos: “El amor es que la decencia abarque también a los poetas”. Es el reconocimiento nada metafísico de que los poetas no son los seres alados a los que aludía, no sé si en serio o en broma, el gran Sócrates (“porque el poeta es un ser alado, ligero y sagrado, incapaz de producir mientras el entusiasmo no le arrastra y le hace salir de sí mismo”: Ion o de la poesía). El poeta solo es un hacedor (lo he dicho repetidamente), como lo son un artesano, un panadero, un tejedor; y los poemas no son sino el producto de su trabajo, son su hechura. Que haya nobleza en un poema, es cierto, pero no es lo único ni lo esencial del poema; lo grotesco también puede ser su expresión. Percy propone, en medio de todo y a pesar del furibundo y violento rechazo a que aludí antes (“Poesía ¡Vete al demonio!”), una suerte de "pacto" de paz y nos dice con algo de delicadeza y “decencia” que la poesía “es ver el mundo, el riesgo y no temer al silencio ni a la nada cuando esta se extiende mientras uno escribe incesantes columnas de viento sobre el orbe”; es, lo dice enfáticamente, “atravesar el telón que el misterio ha dispuesto sobre las únicas frases dignas de escribirse, las frases reales”. Eso: las frases reales. La poesía es, sobre todo, verdad, frases reales. Y es verdad lo dicho en un par de contundentes versos que forman un solo poema (“Ruinas”): que aquel bello monumento -maravilla del mundo antiguo- el templo griego consagrado a Palas Atenea, la diosa de la guerra, es visto como un meadero por las miradas perversas de estos tiempos (“El Partenón es un mingitorio público. / Las bestias amojonan sus escombros”).

Y es verdad, también, esto que me conmueve, y son las primeras palabras de un poemas probablemente escrito mientras contemplaba las olas del mar de Huanchaco, en Trujillo: “En una vieja canción chimú se dice que ir a la guerra es hollar en nuestra propia carne el despojo de nuestros peores sueños y despertar ante el rostro sin ojos del último de los dioses del abismo…” (Visiones frente al mar de Huanchaco”). Sí, pues, eso es la guerra; es dañarnos a nosotros mismos.

Pero, créanlo o no, los poetas están, y sobre todo su poesía, para protegernos de estos daños aunque terminen dañándose. Mario Santiago Papasquiaro, poeta mexicano, creador primero de Zarazo y luego del Movimiento Infrarrealista, allá por los setentas, fue uno de ellos (conservo una bella y entrañable carta que me envió en abril de 1974). Aludiendo a Patti Smith, Percy Vilchez afirma en un poema, cuyo título es el nombre de la muy admirada cantante y poeta norteamericana, que “Mario Santiago estaba enamorado de ella / y mil palomas y zapatos curtían su agonía colgando de su rostro”; y culmina con esta rotunda e incontestable frase, que es un muy merecido homenaje: “Mario Santiago era de la puta madre”.  

Debo confesar para dar término a estas pobres palabras, que yo había creído que la poesía de Percy Vilchez Salvatierra solo estaba marcada por la rudeza. Pero no. También hay ternura. Lean esto que está dicho en el poema final del libro: “… cuando te conocí, estabas dormida / y al cargarte, la primera vez, / hiciste crecer en mis ojos una luz tan mansa / y tan poderosa que hizo y hace renacer mi corazón…”. ¿A quién creen que le habla? ¡A Doménica, su pequeña y linda hija! Esta es una verdad definitiva: cuando hay hijos, no hay precipicio que valga. Son una bendición. (El título del poema es de una simplicidad conmovedora: “Viendo a mi hija en un jardín una semana antes de su primer cumpleaños”).


¡Bien, Percy! Te abrazo.

© Bernardo Rafael Álvarez

 

domingo, 5 de junio de 2022

EL "HUÁYCHAGO"*

 


“Tengo una pena… ¡Será de frío!”, decía luego de dar un par de rasgueos a su humilde guitarra o, como él la llamaba, su “palito trinador”. Era zapatero –para ser precisos: zapatero remendón. Su casa, en la que funcionaba su taller (algún nombre tengo que darle) estaba frente a lo que por algún tiempo fue la sede del Instituto Nacional Agropecuario y, luego, del Colegio Municipal Mixto. Vestía un medio deslustrado saco azul marino y vivía solo, por lo menos eso es lo que registra mi casi frágil memoria. Acostumbraba tomarse unos traguitos, con una casi apretada frecuencia, pero el licor nunca llegaba a producir efectos grotescos en su comportamiento. A los niños que, a veces, lo visitábamos solía contarnos algunos episodios, ya borrosos, de su vida. En cierta ocasión (le gustaba recordarlo ante nuestra jubilosa curiosidad, con irrefrenable recurrencia y sin poder disimilar un inocente orgullo) llegó a cantar en el otrora “Coliseo Nacional”, en Lima. “Tengo una pena…”, insistía. Probablemente aquella fue la única vez que pudo dar a conocer su talento, su arte, frente a un público distinto al minúsculo y pueril auditorio que conformábamos nosotros, en Pallasca. En la sonrisa que se dibujaba, discreta, tímida, candorosa, en sus ojos vivaces, se filtraban sentimientos de tristeza, de frustración, de abandono, pero también de esperanza. Era un hombre (lo conocí ya prácticamente anciano) que inspiraba verdadera ternura; sin embargo, es posible que (¡mocosos de miércoles, cuándo no!) le hayamos hecho víctima de alguna imberbe perversidad (bromas pesadas rayanas en el sarcasmo, por ejemplo, pero nada más). “Tengo una pena…”, volvía a insistir. Y después de acentuar intensa y conmovedoramente esta palabra: niño –que en sus labios sonaba a bondad-, volvía a dar tres o cuatro punteos de un impreciso huayno a la manera de Cajatambo, se abrazaba a la guitarra pegando el pómulo izquierdo a los trastes, como en un acto de amor, y enseguida se sumergía en un prologado silencio que parecía un túnel sin fin. Era don Manuel Vásquez aquel inolvidable pallasquino. Ahora que es invierno lo evoco con nostalgia, y me doy cuenta de que, también yo, siento una pena; tal vez como la de él, ¡mi irrepetible paisano, nuestro entrañable "Huáychago"!

 

                                                                                                    © Bernardo Rafael Álvarez

 

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* Escrito en junio del 2006, fue incluido en mi Diccionario Pallasquino. Ahora lo vuelvo a publicar, con unos mínimos retoques.


domingo, 29 de mayo de 2022

¿"PERULEROS" (¿Somos ¿peruleros"?)

¿Han visto? En el Diccionario oficial, aparece un adjetivo con este significado o acepción (además de otros, que no vienen al caso): “Natural del Perú, país de América”. Es el vocablo “perulero”. Aparece, pues, como si se tratara del gentilicio correspondiente a nuestro país.

 

"Perulero” era una suerte de apodo que desde los primeros años de la presencia ibérica en estas tierras se usaba en España para nombrar a quienes, después de algún tiempo, regresaban a la Península, desde el Perú, muchos de ellos con cierta fortuna acumulada. Se le empleó, luego, para referirse a los nacidos en estas tierras, pero –tengo entendido- nunca como un gentilicio propiamente dicho, pues llevaba, más bien, una carga irónica, prácticamente una burla. El término incluso llegó a ser incorporado al Diccionario de Autoridades; pero, al menos en el tomo V (1737) no hace referencia a esto de que estoy hablando, sino a otra cosa: “adj. Que se aplica a la moneda fabricada en el Perú”. En un vetusto diccionario (de 1913) que conservo en mi biblioteca, aparece lo siguiente: “Que ha venido desde el Perú a España”; no "que ha nacido en el Peru", no dice que se trata de alguien “natural del Perú” (esto lo dice, pero en la entrada correspondiente a “Peruano”). Bien. Lo que se impuso, como el gentilicio, fue “peruano”, que es el que hasta ahora seguimos empleando legítimamente y con orgullo. El adjetivo “perulero”, en cuestión, prácticamente, desapareció.

Sin embargo, en el actual Diccionario de la Lengua Española (DLE) sigue apareciendo como si nada hubiera cambiado: “perulero”, “Natural del Perú, país de América”. No me sorprendería que la RAE haya terminado asumiendo que es un vocablo de uso común en nuestro país porque fue persuadida por el Diccionario de Americanismos, que, sin embargo, se equivoca al afirmar que se trata de un adjetivo peruano “popular” (“adj. Pe. Relativo al Perú. pop.”, dice). La verdad es que nosotros no usamos "perulero", y nadie lo usa para referirse a nosotros, (salvo, quizás eventualmente, como broma); y menos lo reconocemos como nuestro gentilicio; los peruanos no somos “peruleros”, pues. "Perulero" es un adjetivo que, simple y llanamente, no se usa como gentilicio. (Si alguien me preguntara si soy chileno o colombiano, por ejemplo, yo jamás le diría que soy "perulero", porque sería ridículo y estúpido). Y, claro, tampoco es un peruanismo. Es evidente que nadie hizo la necesaria, conveniente y justa observación, ni menos la propuesta correspondiente ante la RAE.

Lo mínimo que debería hacer la Academia, creo yo, es corregir este lamentable error, y colocar, en el Diccionario, al menos, la marca que corresponde: “adj. desus.” (y tal vez, precisar que era usado en sentido irónico), porque sería lo justo (justo de justicia, y también porque se ajusta a la verdad). 

Ah, una cosa final. Lo mismo ocurre con el adjetivo "peruviano" que también carece de connotación seria: es usado, en nuestra lengua, igualmente con propósito juguetón.

© Bernardo Rafael Álvarez


martes, 24 de mayo de 2022

FRANCOIS VILLANUEVA PARAVICINO: Tres poemas

 

            


            ANTE TU PARTIDA

 

Fiel compañera, viste cómo llora el crepúsculo,

como si sus lágrimas deslizaran ríos sacrílegos,

donde me hundo hasta perder la conciencia,

y te busco en el profundo abismo de tus horas

 

Ahora que el desierto ahoga los suspiros rojos

de tus labios marchitos como flores carnívoras,

que han devorado la fe en un digno amanecer

a tu lado, como en los tiempos remotos de la fe.

 

Cuando mirabas a través de los impulsos ciegos

y yo te miraba en la claridad de tu pecho florido,

ambos frente a frente como ante el espejo puro,

como dos sombras que se difuminan ante el sol.

 

Amiga leal, te has ido, y no escucho sino ruidos

que hieren los tímpanos que idolatraban tu voz,

aquella diosa camuflada en lo etéreo y lo divino

y en la más bella de las reencarnaciones del fuego.

 

 

            A LA DERIVA

 

Al abrirse la puerta de par en par,

el precipicio se camufla en sombras

y uno tiene que tantear

como un ciego sin bastón ni lazarillo,

cual jinete que cabalga en la pradera

en un corcel furioso y potente.

Cada paso es temer al abismo,

que nos ha de tragar como el mar,

nos ha de fundir como la lava,

nos ha de esconder como el eclipse,

nos ha de ahogar como una pesadilla,

cuando soñamos con deseos frustrados,

los malos recuerdos,

o lo que nunca deseamos vivir.

Solo los tristes en sus lágrimas oscuras

o los infelices en su tormento

entienden este trastabillar

en aquella carrera de caminos sin destino,

con trampas, armadijos, cepos,

ardides, insidias y muchas piedras.

Y también lo entenderás tú

cuando distingas, oh Cielos,

que en cada día se siembran

socavones, cruces y muros. 

 

 

            EL ENFERMO Y LAS MONTAÑAS

 

Las cuatro montañas se yerguen imponentes,

solo expelen sombras crudas y oscuras.

Desde el suelo no se distingue el crepúsculo

ni el río que le daría vida, un hálito de luz,

un fulminante rayo que partiría la tierra

sucia de andrajos, de escombros y de vómitos.

Aquellas toneladas ciegan la mirada, cual enfermedad

que ataca a los más débiles, los más lerdos,

los que creen en las estrellas y en su eterno brillo.

Esos enfermos tambalean, dudan en avanzar

o en retroceder, temen de una mina camuflada

que los haría explotar en mil pedazos.

Es decir, son conscientes del inminente peligro,

se juegan la vida con los miedos, tan terribles,

que los inmoviliza como estatuas de sal.

Tal horror hace temblar todo, como un fuerte sismo;

se encumbran nubes de polvo, rocas se deslizan

y las montañas se desmoronan con violencia,

una brutal violencia que sepulta al enfermo,

que, pese a ello, cree que es el culpable de todo.

Nunca ha tenido tanta razón, jamás fue tan cierto.



___________________________

Francois Villanueva Paravicino. Escritor, nacido en 1989. Cursó la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Es autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019). Textos suyos aparecen en páginas virtuales, antologías, revistas y diarios (peruanos y extranjeros). Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Mención especial en el Primer Concurso de Poesía (2022) y de Relatos (2021) “Las cenizas de Welles” de España. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia.  Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España. También, ha sido distinguido en otros certámenes literarios.

lunes, 23 de mayo de 2022

A JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

 

Pedro Crespo Refoyo*

 

Para el músico zamorano, Alberto Jambrina Leal, y, también, para mi amiga barranquillera, María Del Castillo Sucerquia, eminente difusora cultural, poeta y traductora.

      



"La semilla es pequeña, pero rompe cualquier piedra, cualquier roca y la hace florecer".   (J. M. ARGUEDAS)

 

ESTAS que ves aquí, viejas encinas,

José María Arguedas, 

son las mismas que viste recorriendo

las tierras sayaguesas y alistanas

de una Zamora pobre y cenicienta,

cuando viniste a España de ultramar,

mediados los cincuenta

del siglo de las Guerras y las siglas,

buscando tradiciones con estudios

de campo y de mochila, con tu cámara

y cuatro o seis libretas Moleskine.

 

   YA pocos te recuerdan, buen maestro,

en aquella posada de Bermillo

de Sayago, con pocos adelantos

bajo la ruin grisalla,

entre tantos arrieros con su carga

preciada en los serones 

y aquellas sus palabras sazonadas

de rústica pujanza lusitana

y algún leonesismo,

que tú apuntabas siempre

en el papel, Arguedas, de alma en vuelo,

porque todos han muerto, ya tú ves.

 

¿Recuerdas las sus voces, su retranca

y aquella desconfianza

de un color ratonil: 

los ceños renegridos y algo hostiles?

 

   Y TE hablan de alcornoques y dornajos,

atarjeas, jergones, cornejales;

de las artesas y panes cenceños,

de partijas, cambizas,

del Duero y de arribanzos,

de jaras y tomillo sanjuanero,

de flores de amargaza y de torvisco...,

maestro Arguedas, viajero lejano

de las tierras peruanas:

contemplador de parvas y betijos

de chivos destetados.

 

¡CUÁNTA ciencia y novela,

cuánta antropología de esta tierra

de Portugal limítrofe,

para levantar mundos

de pura humanidad, maestro Arguedas,

llevados al Perú!

 

Viendo como florecen

y se abren, como madres parideras,

las rocas berroqueñas

con el leve braceo de una encina.

 

RECIBE mis sentires, buen Arguedas, 

lo mismo que esa bala

que, con alevosía, 

te apartó de esta vida,

derrotado que fuiste por la diosa

amada por nosotros, compañero:

la silenciosa bruma muslijunta

de la Melancolía.

 

_______________________________________

*Pedro Crespo Refoyo. Nació en Bermillo de Sayago, provincia de Zamora, España, en 1955. Es licenciado por la Universidad de Salamanca y doctor en Filología Hispánica por la UNED. Investigador y crítico literario. Medievalista, etnógrafo y folklorista. Experto en narratología.

sábado, 21 de mayo de 2022

CURIOSIDADES DEL IDIOMA: PLURALIA Y SINGULARIA TANTUM



1) ¿Enser o enseres? ¡Esto de los pluralia tantum, caracho!: 

¿Ha escuchado frases como estas: “Vamos a estar varios días lejos de casa, así que conviene llevar víveres”, “El próximo sábado son las nupcias de Isabelita y Joaquín”? Claro que sí. Allí, como ve, aparecen dos expresiones en plural que, como usted sabe, nunca se usan en singular: víveres, nupcias (no decimos “el vívere”, o “la nupcia”). Son, pues, nombres o sustantivos muy particulares que solo se usan el plural, y tienen un nombre en latín que es este: Pluralia tantum que significa precisamente eso: “solamente plural”. Nupcias es el casamiento o boda, sea que se trate de uno o de varios matrimonios realizados en la iglesia o en la municipalidad. 

Corresponden a los pluralia tantum los siguientes nombres: enseres (“Utensilios, muebles, instrumentos necesarios o convenientes en una casa o para el ejercicio de una profesión”); honorarios (pero, el sustantivo con que se nombra al "Importe de los servicios de algunas profesiones liberales"; el pago que recibe, por ejemplo, un abogado); esponsales (“Mutua promesa de casarse que se hacen y aceptan los miembros de una pareja”); añicos (“Pedazos o piezas pequeñas en que se divide algo al romperse”); fauces (“Parte posterior de la boca de los mamíferos, que se extiende desde el velo del paladar hasta el principio del esófago”), preces (ruegos, súplicas). ¿Conoce usted otros nombres de este tipo, que puedan ser incluidos en el grupo de los pluralia tantum? 

Advertencia: los que aparecen a continuación -considerados como tales por una distinguida académica peruana de la lengua (no doña Marthita, por si acaso)- no lo son: "fondos", "comestibles", "provisiones", "emolumentos", "dietas", "arrumacos", "tallarines", "saludos", "parabienes", "cachivaches", "trastos", "exteriores", "ánimos", "represalias" y menos "mollejas". Estos sustantivos, aunque no parezca, pueden ser usados tanto en plural como en singular, con el mismo significado. 


2) Ahora, los singularia tantum: 

Ya vimos lo de los pluralia tantum (nombres que solo se usan en plural). Bueno, también existe su opuesto: los nombres que solo se usan en singular; estos son los singularia tantum (expresión igualmente en latín). 

Pertenecen, entre otros, a este grupo los siguientes nombres: "sed", "cenit" (también "cénit" y "zenit"), "caos", "zodiaco" (también se escribe "zodíaco"), "salud", "cariz", "norte", "sur", "oeste", "este", "fe" "tez", "nadir", "pereza". 

Así, por ejemplo, podemos decir "la tez de Juan y de Juliana, es blanca", pero no "las teces de Juan y Juliana..."; tampoco "las fes de las personas", sino "la fe de las personas". 

(Ojo: Se suele recomendar que pluralia tantum y singularian tantum (también llamados "plural inherente" y singular inherente", respectivamente) se escriban con letras cursivas o entre comillas, pues son expresiones latinas que no han sido aún adaptadas formalmente a nuestra lengua; es decir, a pesar de que las asumimos en la práctica como nuestras -por eso están ya en el Diccionario oficial- tienen su propia particularidad, pues son lo que se conoce como “latinismos crudos”, lo que ocurre con todos los extranjerismos aún no adaptados plenamente).


miércoles, 6 de abril de 2022

"CHO" NO ES UN VOCABLO DE LA LENGUA CULLE

 

En la nota introductoria de mi diccionario pallasquino puse lo siguiente: «A los pallasquinos, por ejemplo, nos identifica, entre otras expresiones, el "cho", voz que empleamos para llamar o pedir atención a alguien. Equivale, sobre todo, a "amigo". Se trata -en el uso actual de Pallasca- de la apócope de la palabra "cholo", generada con propósito eufemístico».  

Dije que es -en el uso actual- la apócope de «cholo» (repito, en el uso). No quise decir que allí estuviese su origen, sino que (a ver si se entiende) lo usamos como reemplazo de aquella palabra (por su significado) para dirigirnos exclusivamente a un varón, pues para tratar a una mujer se dice «chi»: «cho», por «cholo»; «chi«, por «china». 

Respecto de su origen propiamente dicho, en nota de pie de página me atreví a asegurar que "cho" no es una palabra proveniente de la lengua culli (o culle), sino que había llegado desde España. Aquí transcribo la referida nota de pie de página:



«El cura Teodoro Meléndez Gonzales elaboró en 1915 –tras escuchar a un anciano pallasquino- una lista de diecinueve voces consideradas por él como de origen culli. Esta lista fue alcanzada a Santiago Antúnez de Mayolo quien, a su vez, la hizo llegar en 1935 al francés Paul Rivet. Posteriormente, al analizar las voces, los estudiosos establecieron que dos de ellas, nina y guallpal[1] no correspondían a ese origen, pues forman parte del léxico quechua (en castellano: fuego y gallina, respectivamente). Pero en lo que no pusieron atención fue en la expresión “cho”, a la que el religioso le atribuyó función apelativa (¡eh!) y con el significado de “amigo”. Creo que fue un error considerarla como voz culli. Su origen podría estar –improbablemente- en alguna lengua ya extinta del norte peruano, pero no en el culli. Sin embargo, considero que más razonable es ubicar su nacimiento en la península ibérica. Me explico. La interjección "cho" viene de España, y es similar o equivalente a “so”, usada casi siempre para “hacer parar o detener las caballerías” (como lo define un vetusto diccionario –de 1913- que como herencia familiar conservo en mi biblioteca); pero también ha servido con frecuencia para expresar asombro, y a veces indignación. Es obvio que, andando el tiempo, esta voz pasó a cumplir función apelativa, tal vez como derivación del uso, repito, dado “para hacer parar o detener las caballerías”, o quizás porque uno de sus significados (es lo que encuentro en el diccionario referido) correspondía al pronombre antiguo o anticuado “su”. O acaso su origen esté en la arbitraria y vulgar deformación y simplificación que sufrió la palabra señor durante el Siglo de Oro: convertida, sucesivamente en seor y sor, y probablemente después en so, de la que se derivó cho. Pero –repito- actualmente en Pallasca el "cho" corresponde, por su uso, a la apócope de la palabra «cholo»; y, además de ser usado como interjección con función apelativa (para llamar, detener o pedir atención a alguien) es, también, un sustantivo, con el significado de amigo, pero solo para dirigirse o referirse a varones, pues para mujeres se usa el "chi" (apócope de china). Y he aquí una particularidad adicional muy importante: a diferencia de lo que ocurre en otros pueblos, en Pallasca -obviamente por su equivalencia con "amigo"- se le pluraliza ("chos", para varones; "chis", para mujeres)»


Como digo allí, lo que me sirvió de apoyo documental fue el viejo diccionario (de 1913) que conservo en mi biblioteca. Bueno, ahora debo decir que ese no fue el primer diccionario que registró la palabra «cho»; mucho antes ya había sido incluida en el Diccionario de Autoridades (Tomo II, 1729), y con una definición similar, la que transcribo textualmente: «Voz de que se sirven los harrieros, gañánes y gente del campo, para que paren, y se detengan las cabalgadúras, que están enseñadas à hacerlo por la continuación de oir esta voz». Interesante, sin duda.

Pero más interesante ha resultado lo que acabo de encontrar, pues creo que confirma esto que dije precisamente acerca de la procedencia de la palabra de marras: «O acaso su origen esté en la arbitraria y vulgar deformación y simplificación que sufrió la palabra señor durante el Siglo de Oro: convertida, sucesivamente en seor y sor, y probablemente después en so, de la que se derivó cho)». Se trata (es lo que he encontrado) del Diccionario histórico del español de Canarias (DHEC), publicado en la Web por la Real Academia Española (RAE), en que aparece, con una nutrida información documental, la palabra «cho» con el significado de «señor». Una de las referencias que hace, por ejemplo, es a la novela El Cacique (1898), de Guillón Barrús, en cuya página 25 puede leerse el breve pero muy ilustrativo y explicito parlamento de uno de sus personajes: «En esto llegó el medianero. ─¡Hola, cho Sixto! ¿qué tal? ¿Cómo andan esos plantíos?». El «cho» usado, exactamente, tal como se hace en Pallasca: para dirigirse a una persona del sexo masculino. ¿Y cuál es el vocablo para dirigirse a una mujer? En Pallasca –ya lo dije- es “chi”, y en España (concretamente, en Canarias), «cha» (DHEC: «Navarro Correa Habla Valle Gran Rey (p.51): cho.- Tratamiento que se da a los ancianos (cho Juan, cha María)».[2] 

La particularidad que tiene el uso del “cho” en Pallasca, que lo diferencia del que tenía, o tiene, en Canarias[3], es esta: mientras que en el archipiélago español era «un tratamiento de respeto (…) que se anteponía al nombre propio» (DHEC), es decir, para dirigirse a personas mayores, en Pallasca, más bien, se emplea en el trato de confianza o familiaridad, entre quienes se tutean. Otra cosa que merece ser resaltada es que, en Pallasca, el "cho" incluso se pluraliza. 

Algo que me parece que debe ser tomado en cuenta, también, es que la única referencia documental más antigua con que contamos acerca del uso de este vocativo en el Perú es la lista de vocablos recogidos en Pallasca por el padre Teodoro Meléndez Gonzales (1915), en la cual no aparece «cha»; de lo que, obviamente, se deduce que a nuestro medio solo llegó la forma masculina («cho»). ¿Esto qué significa? Que fue en Pallasca (o, en fin, en los pueblos en que antiguamente se hablaba la lengua culle) donde no solo se adoptó el uso de la expresión bajo estudio, sino que, además, se le adaptó de un modo muy particular, generándose, creativamente, un desdoblamiento (masculino/femenino) distinto a aquel que era de uso común en el viejo Continente: se creó y comenzó a emplearse la forma  «chi» para aludir a las mujeres (esto, repito, sumado a la pluralización del vocativo y su uso solo para dirigirse a personas con las que la relación es de tuteo -o sea, de confianza o familiaridad-). 

Bien. Creo que está confirmado (hasta ahora, y con referencias reales que valen como prueba; es decir, no solo con sospechas), lo que dije en el Diccionario Pallasquino. La palabra “cho” -específicamente la que se usa en Pallasca- no procede de la lengua culle (y, estoy seguro, de ninguna otra lengua andina); todo indica que habría sido traída de España. Afirmo, por ello, que el presbítero Teodoro Meléndez Gonzales[4] se equivocó, al considerarla como vocablo nativo en la lista de voces que recogió en algún caserío de Pallasca ("de boca de un anciano") y que en 1915 hizo llegar al sabio ancashino Santiago Antúnez de Mayolo quien, veinte años después, la dio a conocer al estudioso francés Paul Rivet.

(Faltaría saber -para redondear el asunto- cuándo fue que llegó a estas tierras y por qué se estableció únicamente en una zona de nuestro país. ¿Quizás porque solo fueron pocas familias, que se asentaron en algunos pueblos de la sierra norte, las que trajeron este vocablo? Bueno, al menos respecto de su arribo a estas tierras, mi hipótesis es que -a Pallasca- no llegó con la Conquista sino, posiblemente, a fines del siglo XVIII o principios del XIX. En fin, es un trabajo sumamente arduo el que aún queda por delante, para lograr una respuesta definitiva a esta última inquietud).



[1]Pero creo que conviene señalar que no solo estas dos palabras, nina y guallpa, además del cho, son ajenas a la lengua culle. También lo es pichón y kiamberto: la primera es palabra castellana originada en el latín, y la segunda expresión, si bien no forma parte del léxico español, por razones fonéticas es más próxima a él que a alguna lengua andina. Esto puse en nota a pie de página en mi ensayo Cutipar / unas palabras sobre el castellano pallasquino y la lengua culli (enero, 2018): “¿’Ki amberto gual’pe’ no habría sido, tal vez, una caprichosa o arbitraria manera de decir algo como: ‘Qué hambre de comer gallina’? Me aventuro a creer que sí. Definitivamente, de lo que estoy convencido –mientras no se me demuestre lo contrario- es que, dejando de lado la misteriosa partícula ‘ki’, la expresión ‘amberto gual’pe’, recogida por el cura Meléndez, nada tiene que ver con la lengua culli.”

[2] También en el Tesoro de los Diccionarios históricos de la lengua española aparece el vocablo "cho" (con el significado ya señalado y su femenino "cha") y , además, la referencia documental más remota, el libro Poesía (1880) de la desenfadada poeta palmense (es decir, nacida en Las Palmas de Gran Canaria) Agustina González y Romero, también conocida como "La Perejila", en uno de cuyos poemas (pág. 267) se lee lo siguiente: "-¿Quién púo sé, chó Tasaá?". 

[3] Efectivamente, uso que tenía en Canarias (ya no se usa, según me informa el periodista y escritor tinerfeño Ramón Alemán). El Diccionario Básico de Canarismos, publicado por la Academia Canaria de la Lengua, dice que era una fórmula de tratamiento que "antepuesta al nombre, fue empleada para referirse a personas mayores pertenecientes al nivel popular".

[4] Así se apellidó: Meléndez Gonzales; y no Gonzales Meléndez.