lunes, 21 de diciembre de 2020

¿QUÉ SERA DE SU FALDA DE FRANELA?

 

Antenor Orrego, su pata del alma, le puso, como certera chapa, "Korriskoso", en alusión a sus altas dotes de conquistador. Aquí los nombres de solo siete de las chicas a las que habría encandilado pasionalmente: Martina Gordillo Peláez, Otilia Vallejo Gamboa, Gabina Salamanca López, Rita Deza, Rita Uceda Callirgos, Otilia Villanueva Pajares y Deidamia García Zavaleta. ¿Una de ellas (¿o las siete?) fue la que el poeta eternizó anónimamente (¿o se dice "seudónimamente"?😆) como la "andina y dulce Rita de junco y capulí", en ese bellísimo y muy famoso poema titulado "Idilio muerto" que forma parte de su primer libro, "Los heraldos negros", y acerca del cual Antonio Cisneros hizo un comentario infeliz? De todas, una de las más votadas por los hacedores de conjeturas fue aquella de quien Miguel Pachas -biógrafo del poeta- dice, como Dina Páucar cuando canta, que era "blanca como la nieve": Otilia Villanueva Pajares (la de "en sus venas otilinas": poema VI de "Trilce"). La otra -que igualmente se llamó Otilia- fue la sobrina del poeta, su amor incestuoso: Otilia Vallejo Gamboa, a quien también se refiere Stephan Hart. Un nieto de la primera de las siete nombradas en la lista, afirmaba que fue ella, su abuela, la chica aludida (la que «Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje, / y al fin dirá temblando: "¡Qué frío hay... Jesús!"»): es decir, Martina Gordillo Peláez. Pero doña Alfonsina Barrionuevo, que hace veintisiete años conversó con don Oswaldo Vásquez Vallejo, sobrino del poeta, ante la consabida pregunta recibió de él, enfáticamente y sin dudas ni murmuraciones, la respuesta que pareció haberla convencido: que la "andina y dulce Rita de junco y capulí", había sido la buenamoza que aparece aquí, en la fotografía que acompaña a este texto, Deidamia García Zavaleta. Efectivamente, lo afirmado por el paisano del vate podría parecer lo más convincente pues, según él, la misma Deidamia le había contado algunos detalles: entre otros, que Vallejo le enviaba poemas al colegio en que ella estaba internada, y que incluso le hizo llegar el poema de marras que, por cierto, medio que la incomodó por lo del nombre, pues no era el suyo el que allí puso el vate, pero -aun así- amorosamente lo guardó "en el oratorio de la hacienda El Paival", hasta que terminó desapareciendo sabe Dios cómo y por qué. Bueno, al respecto yo me pregunto: ¿Un poema de amor para Deidamia -a la que el poeta tenía relativamente cerca- por qué hubo de ser escrito con una interrogante de entrada referida a una mujer ausente ("Qué estará haciendo..."), y que -para remate- hable de un "idilio muerto"? Resulta, por decir lo menos, demasiado caprichoso, ¿verdad? Sea como fuere, lo cierto es que la madeja aún sigue enredada. ¿Podremos algún día, por fin, aclarar el enigma vallejiano llamado Rita? Dificilazo, realmente. ¡Ah, nuestro amado e inmortal cholo Vallejo! Qué ganas de ponernos de vuelta y media, caracho: con sus extraordinarios poemas, con el título de uno de sus más celebrados libros, con su "tahuashando" y, por último, ¡hasta con sus musas! Poeta es poeta, pue. Incorregibles hasta la pared de enfrente, y sin remedio; pero, eso sí, de carne y hueso, pero no con alas, como -según parece- creía Sócrates, el filósofo que jamás olvidó sus deudas (¿conocían sus últimas palabras?: “Acuérdate, Critón, que le debemos un gallo a Asclepio”).                                                                                                                                                              

                                   © Bernardo Rafael Álvarez


                                      ***

El poema: 


                        IDILIO MUERTO  

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita

planchaban en las tardes blancuras por venir;

ahora, en esta lluvia que me quita

las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus

afanes; de su andar;

de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,

y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!»

y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

viernes, 18 de diciembre de 2020

PASITO TUN TUN*

Tras haberla oído cantar el “pasito tun tun", en un muy concurrido local nocturno del Bulevar de Los Olivos, me acerqué, atropelladamente y con algo de temor e inseguridad, a saludarla: quería estar, aunque fuera solo un instante, cerca de ella. Siempre la había visto en televisión, pero esta vez todo era diferente: estábamos los dos en el mismo lugar, claro, en medio de tanta gente enfervorizada, y yo no podía contener la alegría. Quería decirle algo, frente a frente, algo que siempre había deseado. Es que no solo la admiraba a rabiar, no solo era su fan número uno; la verdad es que me sentía enamorado de ella, locamente enamorado. Su voz, para mí, dulce y tierna; sus movimientos sensuales, medio insinuantes; su sonrisa, como el lucero de la mañana o la luna en medianoche, y, claro, su notable inteligencia: todo, todo en esta mujer era bello y divino, y eso excitaba mis emociones y hasta me inspiraba. Cómo no amarla y querer que mi corazón palpite con el suyo, suavecito, despacito.

 

Lo que yo sentía era algo lindo y sano y no estaba dispuesto a ocultar más mis sentimientos, y tenía que lograr que ella lo supiera; si no lo hacía ahora, jamás lo habría de hacer, y ¡esta era la oportunidad! Tomé valor y, después de respirar hondo, decidí que esa misma noche, definitivamente, se haría realidad mi propósito, costara lo que me costara. Y así fue.

 

Mandé al demonio mi crónica timidez, y en medio de tanta gente ocupada en su propia diversión, unos apretando la mano de sus parejas, besándose entre ellos, otros bebiendo cerveza y otros bailando, ¡me atreví, caracho!, y, por fin, le dije lo que había querido decirle siempre; repetí su nombre a todo pulmón y, desaforadamente, agregué: "¡Te amo!". Algunos, asombrados, perplejos, creo que se asustaron, y otros –crueles- solo soltaron una estruendosa y ponzoñosa carcajada, y, sin duda, no faltaba quienes habrían querido propinarme una andanada de patadas y botellazos. Pero ¡qué diablos me importaba todo eso! Yo ya había logrado que se cumpliese mi deseo supremo: romper mi timidez y declarar a los cuatro vientos lo que realmente sentía, y eso ya era bastante, pues.

 

Pero, ¡diablos!: algo parecía andar mal, no todo estaba completo. Ella, la hermosa mujer que alborotaba mi libido, como si nada importante estuviese ocurriendo, solo atinó a lanzarme una mirada fría, fugaz, y su gesto más parecía de perplejidad y lástima y tal vez de mal disimulado disgusto; y como un implacable latigazo, dejó de mirarme y volvió, como siempre, a sonreír y engreír al frenético público que en coro repetía su nombre, mientras yo quedaba soslayado, marginado, basureado y, otra vez, ¡acobardado!

 

Era obvio que mis palabras no habían llegado a causar el efecto que yo esperaba en la mujer que allí veía como una diosa. Tuve que asumir, convencido, que lo único que había logrado era hacer el ridículo y, entonces, comencé a sentirme mal, muy mal y herido. No valgo nada, me dije, resignado, y sentí deseos de autoflagelarme. ¿Qué hacer, ahora? Solo irme y nunca más volver a mirarla ni siquiera de lejos. Su indiferencia era como un bloque gigante de hielo que me aplastaba inmisericorde. Parpadeé unos segundos, agité desfalleciente la cabeza de un lado a otro y enseguida me dispuse a salir, completamente derrotado y desfalleciente; quería huir de aquel lugar, con el corazón destrozado y el alma magullada, y buscar un rincón oscuro en algún parque cercano, para sentarme y llorar sin consuelo y sin que nadie pudiera percatarse de mi dolor aunque, claro, a nadie iba a importarle lo que a mí me estaba pasando en esos momentos, a nadie tenía por qué preocuparle la frustración de mis locos deseos, ni mis sueños despedazados.

 

Y, bueno, decidí emprender la retirada y di el primer paso con rumbo hacia la puerta de salida (porque, cierto, “el primer paso no te lleva a donde quieres ir, pero te saca de donde estás”, como dice una amiguita mía). Ya afuera me olvidaría de ese rostro, de esa sonrisa, de esa voz y de esos bellos movimientos femeninos en el escenario. Y, bueno, ya resuelto, di el segundo paso y ya, casi casi, eché a correr como alma que se lleva el diablo, cuando, de pronto -¡oh, bendita sorpresa!- el sonido de mi nombre, dicho con inesperada ternura, casi maternalmente, pero con vigor, invadió el recinto como una inundación de agua clara y bendición: "¡Beinaidito! ¡Beinaidito!".

 

Me detuve y, como empujado por un resorte, volví automáticamente la mirada hacia atrás y quedé completamente aturdido, pasmado: ella estaba allí, cerquita, junto a mí. Enseguida, como un ave cuando después de revolotear en el patio, cansada, va en busca de una rama, en ese justo instante sobre mis labios se posó -¡adivinen qué!- lo que menos podía creer que pudiera posarse, pero que lo deseaba con fervor y locamente: un beso, un dulce beso, ¡el beso de la mujer soñada! Me abrazó fuertemente y luego me cogió con delicadeza la mano y me dijo, medio nerviosa pero segura y casi susurrando, que me amaba y que me amaría hasta el final. Y, cierto, así ocurrió: la mujer de mi sueño me amó, exactamente, hasta el final.

 

Un sismo de 4.5 grados, que en la madrugada había hecho que todo el mundo saltara de sus camas, bruscamente me despertó y, como todos, también salí despavorido a la calle. Los vecinos, como ocurre en estos casos, murmuraban entre ellos: que "dónde habrá sido el epicentro", que "no ha demorado mucho", que "solo fue ruido", que "yo estaba en el baño", etc. Y mí, por supuesto, me quitó las ganas de seguir durmiendo.

 

Y, cierto: hasta el final. Aquel amor que me había ilusionado llegó hasta el final: hasta el final de ese sueño, brusca y cruelmente interrumpido por un movimiento telúrico.

 

Ya repuesto del susto, y viendo que los vecinos regresaban a sus casas a acostarse de nuevo, algunos en calzoncillos, yo también hice lo mismo. A uno de los vecinos le oí decir, contento, que felizmente, según escuchó en una pequeña radio, por ninguna parte ocurrieron daños que lamentar. Ah, ¿no?, ¿ningún daño?, ¿nada que lamentar? ¿Y mi sueño de almíbar despiadadamente desleído? ¿Y mi corazón convertido en astillas? ¡Quedé vilmente damnificado! Pero eso ¿a quién miércoles iba a importarle? ¡A nadie!

 

Ya otra vez en cama, y sin poder volver a cerrar los ojos, solo me quedaba repetir, en silencio, esta, ahora inútil, pregunta, justo la misma de una canción de Maricarmen: "¿Por qué te fuiste? ¿Por qué te fuiste?" Y mi corazón, perverso a pesar del dolor y sus escombros, aparentemente burlándose de mí y mi desgracia, respondía, con sarcasmo y mala fe, con sus latidos: tuntún, tuntún, tuntún… (¡El “pasito tun tun”, pues!]).  Convencido: los sueños, sueños son y nada más. (¡Plop!).

                                                                  © Bernardo Rafael Álvarez

 

 

 

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* Una inocente travesurita que se me ocurrió perpetrar anoche. 😀😀😀


lunes, 7 de diciembre de 2020

¡BIEN, TAITA! ¡LA ACHUNTASTE, CARACHO!

 


Lo dijo José María Arguedas (y, prácticamente, es lo mismo que también digo yo, repetidamente, y nunca dejaré de decirlo, aunque todo el mundo me contradiga):

 

"Desde muy joven no hice nunca diferencia jerárquica entre el intelectual y el trabajador manual. Yo nunca creí que un novelista, por el hecho de serlo, podía considerarse superior a un lustrabotas, porque si cada quien da lo más que puede dar de sí mismo, debe merecer el mismo respeto y el mismo amor y estímulo que los demás". 💓💓💓

 

Efectivamente, nadie -por ningún motivo- está por encima de los demás. Un artista no es, por el hecho de serlo ni por ninguna otra razón, un ser divino ni nada por el estilo.


 

(Esto que dijo Arguedas, fue dicho durante una exposición testimonial, ante estudiantes de la Universidad Villarreal, el 24 de setiembre de 1966. Acabo de enterarme).

lunes, 30 de noviembre de 2020

"QUERRAMOS" Y EL HABLA CULTA.


Sí, la forma verbal "querramos" forma parte del habla culta. Me explico. Cuando nos referimos a esto, "habla culta", no hacemos alusión a una suerte de "categoría gramatical" o cosa por el estilo, sino a lo que pudiéramos llamar, más bien, "categoría sociológica". Por qué: porque "habla culta" no es precisamente la designación de algo, referido a la comunicación, por su "calidad" (bueno o malo, perfecto o imperfecto, correcto o incorrecto), sino, digamos, por el nivel (el "nivel culto") que poseen los usuarios de determinadas expresiones idiomáticas, por el ámbito (social, económico, profesional, intelectual, etc.) en que es usada tal o cual palabra o giro. Una palabra que es empleada de modo común, generalizado, en las esferas "cultas" de una sociedad -ya en el trabajo, en el estudio, en las reuniones sociales, en el hogar-, es una palabra que pertenece al nivel de "habla culta"; no importa si hay incorrección en su uso (muchas palabras "incorrectas" están en ese nivel).

 

Eso ocurre con la forma verbal, incorrecta, "querramos".

 

Por eso es que nuestra prestigiosa lingüista Martha Hildebrandt, la incluye en su muy consultado libro "EL HABLA CULTA". "Querramos" es uno de los "términos y giros estudiados" en su libro.* Y, como corresponde, expone las explicaciones pertinentes. Dice, por ejemplo, esto: "Así, de quereré salió querré; de quererás, querrás; de quererá, querrá; de quereremos, querremos..."

 

¿Alguien duda respecto del nivel de habla culta a que me referí aludiendo a doña Martha? Vean lo que ella dice: "Frases como 'aunque no querramos' y 'querramos o no querramos' se oyen por igual a catedráticos, profesores y maestros (no excluidos los de lenguaje), políticos, congresistas y profesionales de todas las áreas, incluida la de comunicación social". Esos ambientes o ámbitos, corresponden al nivel de habla culta, pues. Y allí se usa el antipático "querramos". 

 

A propósito, hace un rato recordé que acerca de "querramos", exactamente un día como hoy, el 30 de noviembre del 2011, yo había publicado una nota en La Mula, cuyo enlace aquí inserto: querramos.

 

Repito, para evitar confusiones: la forma verbal "querramos" es incorrecta (Pero está prácticamente legitimada por el uso).

 

¡Un abrazo!

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* Esto es lo que dice en la Presentación de la segunda edición de su libro: "Los términos y giros estudiados pertenecen al nivel del habla culta -o de lo que debiera serlo- en el español actual de ambos continentes". ¿Alguna duda?


sábado, 28 de noviembre de 2020

¿"SIWICHI", EL ORIGEN DE CEBICHE?


[PERO QUE SEA DE LENGUADO (por lo de los idiomas, digo). O que sea como sea, pero que sea.]😊

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Según he leído por ahí, Javier  Pulgar  Vidal, nuestro inolvidable amauta (el de las ocho regiones, ¿recuerdan?), manejaba una hipótesis -aceptada por muchos como teoría- según la cual el nombre del más famoso de nuestros platos, el ceviche (que puede ser escrito también así: seviche, cebiche, sebiche), tendría su origen en la lengua quechua. Según he podido advertir, hay muchos que, además, se adhieren con entusiasmo a esa afirmación, y la dan por acertada; menos yo, naturalmente.


En mi Consultorio Gratuito del Idioma, hace ya buen número de años, hice una reseña acerca de las varias hipótesis planteadas al respecto. Federico More, consideraba que su origen (el del vocablo en cuestión) estaría en la palabra "cebo" ya que, según decía, en la Colonia así se llamaba, despectivamente, a ciertas comidas; para la doctora Martha Hildebrandt el vocablo se habría construido con el sufijo mozárabe "iche" (que tiene sentido diminutivo o despectivo). Según el Diccionario de la Lengua Española, la palabra ceviche tendría su origen en la voz árabe "sikbag". Hubo, también, quienes lo asociaban con "escabeche". 

 

El amauta Javier Pulgar Vidal, en cambio (me aventuro a pensar que movido por un legítimo espíritu nacionalista), llegó a afirmar -repito- que sería el quechua la cuna lingüística del ceviche, sebiche, cebiche, o cebiche (las cuatro formas legítimas de escribirlo). Su sustento: hay, en esta lengua una palabra que significa "pescado fresco o tierno".  ¿Cuál es esa palabra?  Don Javier tenía la respuesta: "siwichi". (¡Quién sería el sinvergüenza que se atrevió a hacerle esa broma tan pesada, caracho!). No, no existe ninguna palabra en quechua, así escrita, que signifique "pescado fresco" (¿o alguien puede desmentirme?).


Pescado en quechua es "challwa". Para decir pescado fresco o tierno, necesariamente debería haber dos palabras, ¿verdad? Un sustantivo con su correspondiente adjetivo. ¿O me equivoco? Hay dos adjetivos que serían usados en tal sentido: "chayrak", que significa fresco o reciente; y "hucco" o "hucu", que es cosa húmeda, es decir, fresca.


Así (uniendo sustantivo y adjetivo) tendríamos lo siguiente. Chayrak challwa, o Huccu challwa. Pero, definitivamente, no "siwichi". 

 

Es que "siwichi" solo es la forma digamos quechuizada de sebiche, o una manera muy particular de pronunciarlo que tienen muchos quechuahablantes. No es otra cosa.

 

Diego González Holguín, en el Vocabulario de la lengua quechua (1608), es quien nos ayuda a entender y aclarar estas cosas. Allí, en su voluminoso lexicón encontramos, por ejemplo, esto: carne fresca: "Huccu aycha" (aycha es carne, en quechua); queso fresco: "Huccu queso".


Y pescado fresco (ya lo dije) aparece así: "Huccu challwa". (También aparece, medio genéricamente: "Fresco pescado, o queso. Chayrak hucu").

 

La hipótesis o teoría atribuida a don Javier, respecto del origen quechua de la palabra ceviche es, pues, completamente, descartable. "Siwichi" no es un vocablo quechua; y de él no se ha originado el nombre del plato bandera del Perú. Hasta ahora, no hay una teoría, acerca del origen del vocablo "ceviche", que pueda ser considerada definitiva; toda afirmación al respecto no va más allá de la especulación.


martes, 27 de octubre de 2020

EDUCACIÓN EN EL INCANATO

Los dos principales impulsores de la educación en el Imperio de los Incas fueron Inca Roca (creador de las escuelas, conocidas como Yachayhuasi) y Pachacútec, quien privilegió excepcionalmente a los centros de formación del Imperio multiplicando el número de las escuelas en el Cusco.

La educación se dio básicamente en dos instituciones constituidas para tal efecto: el Yachayhuasi y el Acllahuasi.

En el Yachayhuasi se formaban los hijos varones de la nobleza, a quienes se les enseñaba aritmética, astronomía, además de conocimientos políticos, históricos y el manejo de los quipus.

El encargado de impartir tales enseñanzas era el Amauta, un hombre de gran sabiduría y experiencia. Contaba con la ayuda de los haravicus que eran poetas cuyo papel consistía en versificar las lecciones haciéndolas más fáciles de ser memorizadas.

Culminado el ciclo de estudios, que era de cuatro años, los jóvenes eran sometidos a un riguroso proceso de evaluación física y moral, en una ceremonia de graduación llamada Huarachicu (que era, en realidad, una suerte de examen militar). El que salía airoso de las pruebas tenía derecho a llevar unos enormes aretes, para lo cual era el Inca quien se encargaba de perforarle el lóbulo de las orejas.

La educación de las mujeres contaba con centros que eran una especie de monasterios en los que las mujeres jóvenes, hermosas e inteligentes, eran internadas, y enclaustradas permanentemente, desde los 9 o 10 años de edad, y obligadas a guardar virginidad; y estaban básicamente destinadas al servicio del Sol (aspecto estrictamente religioso) o a convertirse en las esposas secundarias del Inca (las "Huayrur acllas"). Estos centros tenían el nombre quechua de Acllahuasi, o casa de las escogidas.

El cuidado y preparación de las jóvenes mujeres, conocidas como Acllas, corría a cargo de las mamaconas, mujeres que asumían tal función por ser las más antiguas Acllas que, además, habían destacado de modo especial. Instruían en las labores domésticas, hilado y tejido, confección de vestidos finos, preparación de chicha, y también las enseñaban a cantar y danzar.

Lo dicho, como se ve, demuestra que la educación durante el Imperio de los Incas, tenía un carácter elitista, pues estaba estaba dirigida a la casta privilegiada de la nobleza. El pueblo -conforme al criterio instaurado por Inca Roca- estaba excluido del sistema; ya que, como pensaba el Inca, a los hijos de la "gente común" bastaba con enseñarles "los oficios de sus padres", pues el conocimiento de las ciencias era solamente para los nobles (Garcilaso refiere que las escuelas eran "para que los amautas enseñasen las ciencias que alcanzaban a los príncipes Incas y a los de su sangre real y a los nobles de su Imperio").

 

                                       © Bernardo Rafael Álvarez


domingo, 25 de octubre de 2020

ESTE LIBRO: LA BIBLIA

El más valioso, importante y bello libro que se haya construido -en toda la historia de la humanidad-, estoy absolutamente convencido, es el que aparece aquí en la imagen que he bajado de la Web: la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento). Y, también, el más querido y más odiado, al mismo tiempo.   

El libro más leído en todas las épocas y lugares. Bien leído por muchos y también, por muchos, pésimamente leído.   

Es, además, el libro más completo; es, digamos, un libro integral. La Biblia tiene prácticamente de todo: historia, crónica, filosofía, narración, poesía, misticismo, magisterio, consejería, mito y leyenda, incluso aquello que es conocido como "autoayuda"; y, por cierto, también profecía. Ofrece testimonio real, descarnado (sin tratar de “dorar la píldora”), de cómo se pensaba y actuaba en tiempos lejanos, y allí vemos hechos e ideas exultantes y también aberraciones; pero, también, da mensajes de fe y esperanza, de amor. Y mucho, muchísimo más.  

Se trata de un libro que puede ser abordado, leído, desde diferentes ángulos y con distintos propósitos y, en efecto, eso es lo que ocurre y ha ocurrido siempre (ortodoxia y heterodoxia), lo cual es legítimo. Unos lo leen de paporreta, lo memorizan como la tabla de multiplicar, y asumen que todo, absolutamente todo en él, son enseñanzas y verdades absolutas e incuestionables que hay que seguir, como una ineludible obligación, a pie juntillas (es su derecho, en libertad, de creerlo y hacerlo, y nadie tiene autoridad para prohibirlo); otros lo leen -con voluntad perversa- con el propósito de descubrir defectos y monstruosidades (también están en su derecho). Hay, también, quienes lo han leído y lo leen para usarlo como instrumento de manipulación y dominio. Otros lo leen por razones de fe, y hay quienes lo hacen en busca de paz y de consuelo, o solo por el placer de leerlo y sin someterse a nada.   

Es un libro que ha ayudado a muchos a fortalecer sus sentimientos buenos, su amor por los demás; pero, también y curiosamente, en nombre de la Biblia se han generado terribles enfrentamientos, individuales e incluso colectivos. 

¿Cosas como todo esto que he señalado, han podido o podrían ser generadas, por ejemplo, por La Divina ComediaLa OdiseaLas mil y una nochesEl QuijoteEn busca del tiempo perdidoUlisesCien años de soledad, u otros libros de la más alta literatura universal? No, creo que no; creo que estos libros solo (o sobre todo) pueden generar el placer de la lectura y acaso algún otro tipo de efectos, pero nada más.  

Hay quienes dicen que el contenido de la Biblia es palabra de Dios, y no hay razones valederas para negarlo; es verdad de fe y, como tal, es sólida, y no puede ser contradicha, razonablemente, con criterios científicos o de otra índole. 

Sin embargo, este maravilloso libro, es hechura de hombres terrenales, de carne y hueso, y sin doctorados, diplomas ni medallas. Es un libro total, pues incluso va más allá de la lectura. Y para leerlo, no es indispensable ser creyente; solo hace falta una mínima dosis de inteligencia, de sentido común, de buen juicio. 

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Todo esto que aquí he dicho, amigos, es lo que pienso, y lo he expuesto con todo respeto y -al menos hasta ahora- con firmeza y absoluta convicción, y libremente. Sin duda, hay quienes tienen una concepción distinta de la mía; eso está bien, es bueno: sería absurdo y malsano que hubiese un pensamiento único. 

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[Ah, una cosa final: Toda lectura, creo, debería tener -entre otros- un propósito, que es esencial: hacernos libres.  Estoy convencido de que ninguna lectura debería hacerse, estrictamente hablando, para someter o someterse; pero si ello ocurre (es decir, si alguien quiere someterse), entiéndase que no es el libro el que ha de cargar con la culpa. Y la Biblia, sobre todo la Biblia, es un libro hecho para eso: para liberar y no para esclavizar].

                    ¡Un abrazo!

                                            © Bernardo Rafael Álvarez