jueves, 22 de octubre de 2020

“ESA NADA QUE DA COSA” / Y NUTRE LOS AMORES Y EL MUNDO” (Unas palabras por el nuevo libro de Víctor Coral)

El título de esta breve nota que aquí empiezo a redactar, está constituido, en verdad, por los dos últimos versos de un poema de Víctor Coral (Lima, 1968), poeta peruano de la llamada “Generación del 90”.

 

En esas doce palabras, creo, se resume la poesía de este bardo de quien, por solo tratar de caracterizarlo, diría yo que se trata de uno de los poetas más cultos, talentosos y… “antipáticos”, que hay en el Perú (bueno, sé que él no ha de enfadarse por esto que acabo de decir, porque sabe que en estas cosas no es fácil caerle bien a todo el mundo). Su poesía o, mejor dicho, su preocupación por la poesía, lo ha llevado a escribir y publicar algunos libros que, creo, son fundamentales para entender la madurez con que asume su oficio, este a veces cruel oficio de ser poeta (y también –no sé si me equivoque- para más o menos conocer la poesía de su generación); Coral escribe con responsabilidad y con cuidado y respeto por el elemento sustancial con que lo hace, la palabra. El año 2001 publicó Luz de limbo, su primer poemario (reeditado el 2005), en el que acaso ya esté anunciado, rotundamente, lo que vendría a ser la característica y esencia de su trabajo creativo; aquello en que, según puedo advertir, ya Pedro Granados había puesto atención también, y precisamente lo dice en una reseña dada a conocer, acerca de ese libro, en enero del 2006: “la nada invisible”, expresa en su título.


“Esa nada que da cosa / y nutre los amores y el mundo”, nos dice en uno de sus poemas, el que aparece al final de los reunidos en el libro virtual que tengo ante la mirada y cuyo título es Nada de este mundo (LP5 Editora, Fox Island, WA, USA, 2020). En estos dos versos -que a primera vista parecerían un embuste, por aquello de que a la "nada" le atribuye facultades de dar y nutrir- lo encuentro todo. Uno: Aunque no crean, en cuanto a las formas, puedo identificar una manifestación de coloquialismo y, diría, de prosaísmo: que "da cosa", una expresión coloquial no tan difundida en el Perú y que se refiere a algo que nos produce una sensación de nerviosismo, incomodidad, perturbación, acaso temor. Pero también hay otra posible lectura: la nada (el vacío, el no ser, la inexistencia) como generadora, hacedora; casi como el concepto que se tiene de la Creación: Dios, de la nada lo hizo todo; y no solo eso: también el hecho de ser nutriente, alimento, de lo positivo que es el amor ("los amores", dice) y del suelo que los humanos pisamos, el mundo.


Empleé una palabra medio cruel: dije embuste. Bueno, también es embustero el título del libro del que estoy hablando: Nada de este mundo. Nada, repito, que lo es todo. Un lector incauto bien podría asumir, al leer este título, que el libro, que la poesía contenida en él, tiene un propósito: ocuparse de cosas ajenas al mundo. Sin embargo, a pesar tal vez de la intención del mismo poeta, su objeto es precisamente el mundo y sus extramuros (y -a ver si se me permite la licencia semántica- sus "intramuros": lo que está dentro de la realidad visible, quiero decir).

 

Apenas le di una fugaz mirada inicial a este libro, que la poeta y editora venezolana Gladys Mendía ha editado en Chile, asumí una certeza de la que sigo convencido: es la inmensa brevedad lo que se encuentra en esta poesía. Nuestro poeta no necesita apelar a un amplio registro expresivo para decir lo que quiere decir; él sabe, sin duda, que incluso una sola palabra bien puesta, bien dicha, es suficiente para expresarlo todo. No tiene necesidad de desbordarse atropelladamente. Por lo demás, creo que la generación poética de la que forma parte (los 90) ha asumido esa suerte de conducta y de perspectiva: han dejado atrás o, mejor dicho, han preferido soslayar la grandilocuencia y la violencia verbal (en que –aunque parezca increíble- lo que menos importa realmente es la palabra), para revalorar el verbo mismo, la palabra. Y esto (y podemos verlo en la poesía de Coral) no significa que lo coloquial (aquello “propio de una conversación informal y distendida”, DLE), por ejemplo, tenga que ser rechazado; ya lo dije, ahí está: “Esa nada que da cosa”.  Y acaso, sin querer queriendo, los poetas de esta Generación reivindiquen, en el quehacer poético peruano, a Eielson, Sologuren, Varela, Chariarse, Ojeda, Bendezú…

 

La poesía, cuyo territorio es la libertad, puede, en algunas circunstancias, ser completamente previsible, pero casi siempre nos tiene guardadas las más increíbles e inesperadas sorpresas: podemos buscar razones para el placer y encontraremos motivos para solo quedar estupefactos; querremos sonreír y terminaremos sollozando; esperaremos algo de paz, y solo encontraremos aturdimiento. La poesía lo es todo y es nada, al mismo tiempo; quizás, incluso, sea esto que Coral dice: “la fe falaz del ego”. Eso nos demuestra la poesía que escribe Víctor Coral, poeta que, sin ambages, puede atreverse a afirmar cosas como esta, que es una patada en la espinilla: “En el Perú, la poesía no vende ni ofende, no sirve para nada” (dicho en una entrevista de hace algunos años): ¿podríamos, con fundamento, contradecirlo?

 

Una cita del poeta norteamericano Kevin Young, que Coral emplea como epígrafe en su libro, creo que es sumamente expresiva: escribir “desde el estómago vacío del sueño” (“sueño”, no de ilusión, sino de dormir). El dormir como una suerte de retorno fugaz hacia la nada que es el vacío. Acaso eso sea también la poesía. Hablé  al principio de algo que parecía embuste: aquí lo repito. ¿Querrá nuestro poeta (al citar palabras del monje budista Nagarjuna: “Si alguien dice que todo es vacuidad, y otro afirma que allí hay una falacia, ambos estarán afirmando la vacuidad”) hacernos entender, medio oblicuamente, que la poesía también tiene mucho de vacuidad? Quizás no, pero si algo hay de maravilloso en la poesía es que incluso la superficialidad es parte de su riqueza. Y, en todo caso, lo que Coral ha tratado de hacer, con esa cita, es disparar –con ballesta ajena- un dardo rotundo como crítica e ironía.

 

Pero no hay vacuidad en la poesía de Coral. Su apología de la nada es una celebración del todo y una apuesta por la permanencia, por el no pisar en vano en este camino pedregoso y abismal: “Caminamos medio dormidos / con un muro a la diestra / y un abismo a la siniestra…”, nos dice en el primer poema de esta colección. Este par de versos pueden parecer inexpresivos, intrascendentes; sin embargo, tienen una profunda significación, son el anuncio definitivo de que no hay razones para la desilusión, que hay esperanza. Sin apelar a lo que yo llamaría “lírica visceral”, declara que el camino no ha de detenerse; el hecho de, literalmente, poner al muro “a la diestra” y el abismo “a la siniestra”, es suficiente: el muro protege, a pesar de que “al despertar”, el camino se una “con la noche”.

 

Hice una referencia al coloquialismo. Veamos esto: “¡Estaba relleno de vacío! / —Fíjense cómo lo digo señores: / No ‘estaba vacío’ (fórmula vulgar) / No ‘carecía de relleno’ (ingenua confianza en el lenguaje) / No / Estaba relleno de vacío —o / para satisfacer a poetas / críticos y amigos: / El cadáver del tequeño estaba lleno de vacío. / (Pero igual me lo comí.)”. Es parte del poema titulado “Tequeños”. Allí, después de unas reflexiones ajenas a la poesía, efectuadas tras “meterle cuchillo al último tequeño”, se da cuenta de que este no tenía, obviamente, el consabido queso derretido dentro de su masa, y, como ven, de una manera desenfadada, a manera de “joda”, se dispone a dar una suerte de explicación “metalingüística” acerca de su propio discurso explicativo. Al diablo, pues, con la adusta solemnidad, porque, igual, el tequeño terminó siendo devorado.

 

Y, aunque no hay una preocupación propiamente “metalingüística”, en la sección llamada “Diccionario fugaz”, Coral se aventura, creo que con un resultado feliz, a la construcción de un bello neologismo: “Diamente”, que es el título de un brevísimo poema (“No pensar / hasta que el cielo cristalice / en mi cabeza”). Es, creo que los versos lo explican, una contracción de diamante con mente: la mente como un cristal celeste, de cielo.

 

Mucho más podría decirse acerca de la poesía de Víctor Coral. Por ahora, solo me quedo en lo ya dicho; habrá, sin duda, oportunidad, para extenderme un poco más. Mientras tanto, trataré de responder la “inocente pregunta” que nos hace, en uno de sus poemas, como un reto: “¿Hay alguna página palabra o silencio /que no convoque a la nada?”. La respuesta es, definitivamente, no. Todas las palabras no solo convocan, también nos llevan a la nada y a la totalidad, y los silencios (voy a decirlo con este oxímoron que ya es moneda corriente) también son sonoros. Y la poesía es todo, pero también es nada. Y es silencio y estruendo. La poesía de Víctor Coral lo es.


© Bernardo Rafael Álvarez






viernes, 16 de octubre de 2020

CONTRA LA ORFANDAD: LA POESÍA DE JUAN CARLOS LUCANO

 




Hace tres años (en agosto del 2017) acompañé a Juan Carlos Lucano en la presentación de su bello poemario El reino de las desolaciones, en la Feria Internacional de Libro de Lima. En tal ocasión, tras citar unas palabras del historiador Félix Ávarez Brun respecto de la literatura ancashina, dije que -además de la narración- a lo que debíamos referirnos, imprescindiblemente -porque nos da testimonio valioso del talento creativo que hay en Ancash- es la poesía; y, bueno, solo como una muestra, mencioné a dos poetas: Juan Ojeda y Mario Luna; este, uno de los fundadores del Movimiento Hora Zero, y el otro, uno de los más notables de la llamada "Generación del 60". Dije, al hablar de este poeta, que, más que la lírica o, mejor dicho, en lugar de ella, él prefirió la verdad (como una certera pedrada en el ojo, en la conciencia); eso fue la poesía suya, que tiene mucho de reflexión filosófica.  

Aquella certeza –respecto del quehacer poético de Juan- me llevó directamente a afirmar esto que hoy repito, convencido: un poeta que, como Ojeda, también prefiere la verdad, es Juan Carlos Lucano. Lo dije, por cierto, aludiendo al libro que entonces se presentaba: poesía no precisamente para el “goce” ni la complacencia sino, tal vez, para el desconcierto y la duda frente a nuestro caminar, casi desfalleciente, sobre la tierra que pisamos, y, también, poesía de la desconfianza.

 

         Sí, pues. Es que Juan Carlos Lucano con su poética pretendería (lo que Paul Celán dijo haber encontrado en la poesía alemana) “desconfiar de lo bello” e intentar, insobornablemente, ser veraz, desoladamente veraz. Porque la poesía es, de principio a fin, verdad. Y la verdad poética es la más noble de todas las verdades, la que no se deja manosear, a la que nadie le puede “romper la mano”, por insobornable. La poesía no es –estoy convencido- el “reino de las desolaciones”, pero gracias a su mirada podemos reconocer que la realidad que nos rodea nos ofrece, cruel, muchas razones para la angustia, para la aflicción, es decir, para sentirnos desolados. Pero, gracias a Dios, la poesía también nos salva, para eso existe; tal vez no sea creadora de realidades, pero sí de felicidad y –repito- de verdad.  La de Juan Carlos Lucano es eso: poesía de verdad.

 

Y, bueno, lo que digo queda corroborado con el nuevo poemario que hoy sale a la luz, Una estancia en el abismo, título que –estoy seguro que los lectores ya se dieron cuenta- nos remite o, digamos mejor, nos recuerda a ese genial poeta de la fugacidad perpetua: Arthur Rimbaud, autor de Una temporada en el Infierno.[1]

 

Claro, vivir en el Infierno no es (supongo, ¿no?) lo mismo que estar en el abismo; pero debe ser también dramático, terrible. Este libro de Lucano creo que bien podría ser considerado algo así como el siguiente capítulo de El reino de las desolaciones, porque, me parece, desolación es lo que se sigue envolviendo al poeta, motivado acaso por la soledad. Dice: Estoy cansado de este cansancio / Que me arrebata el sueño en un instante / Y me estrella contra el suelo. Estremecedor, realmente. ¿Qué puede ser más cruel para un poeta, que sentir que sus sueños son arrebatados? El sueño, como desborde de la imaginación, es la materia esencial del poema, y la palabra su medio expresivo. Vicente Huidobro dijo hace cerca de cien años: “Yo tengo derecho a querer ver una flor que anda o un rebaño de ovejas atravesando el arco iris”; cierto: y nadie puede quitarle al poeta ese derecho. Lucano lo sabe. Lucano ejercita ese derecho. Sin embargo, no puede sustraerse a los dolores del mundo (de ese que le rodea, y ese que habita en él). Es su abismo, nuestro abismo. Abismo del que, quiera o no el poeta, nunca caerá al fuego del Infierno, a pesar de lo doloroso de algunas vivencias: Estoy recogiendo mis despojos / Y vendiéndolos para poder sobrevivir; aunque, creo, podría ser dable pensar que más dramático y terrible que caer es vivir en el filo del abismo, con la angustia de no saber en qué momento puede ocurrir lo peor.

 

Juan Carlos nació en Chimbote, una ciudad respecto de cuya producción poética los críticos literarios, y sobre todo los lectores, creo que desde hace bastante tiempo ya debieran haber puesto atención. Sin embargo, creo que no es impertinente decir que, respecto de Chimbote, hace un buen número de años, acaso podía haberse tenido poca esperanza en cuanto se refiere a la cultura y, en especial, respecto de la creación artística y literaria. Durante mucho tiempo vivió en una suerte de infierno muy peculiar, el infierno de la bonanza; aquella realidad de la que habló nuestro taita José María Arguedas en su novela inconclusa, El zorro de arriba y el zorro de abajo. Le dio al Perú el privilegio de ser el primer productor de harina de pescado en el mundo, y obviamente generó orgullo y divisas económicas, pero –como bien señaló el historiador Félix Álvarez Brun, en el texto al que aludí antes, esto “no tuvo el mismo correlato respecto de aquella ciudad ubicada en la bahía del Ferrol”[2] (de su gente, precisaría yo). Recuerdo (hablo de los años de la década de 1960) se hablaba de Chimbote como un lugar peligroso y, en cambio, de Trujillo se decía “ciudad culta”. Las cosas han cambiado, felizmente: ahora es un centro, un foco en realidad, de cultura: una ciudad que, sí, hoy es motivo de orgullo, de verdadero y justo orgullo. Regocijarse por las riquezas espirituales es lo más digno, pues.

 

Juan Carlos Lucano, que es autor de los poemarios “Rosas negras” (2005), “La hora secuestrada” (2006), el libro de crítica literaria “La intimidad de la invención” (2011) y también de “El reino de las desolaciones” (2016), nos presenta, ahora: Una estancia en el abismo, un poemario del cual ya dije antes algunas palabras.

 

¿Se siente desolado nuestro poeta? ¿Siente que le han secuestrado las horas, y que no hay rosas rojas? Puede ser, pero –no me cabe duda- está convencido de que, a pesar de que pueda generar desconfianza, la poesía salva, redime, eleva; impide caer –literalmente- al precipicio. Es comprensible (porque no todo es un lecho de rosas, no estamos en un paraíso) que atraviese estados de desfallecimiento que lo empujen a decir que He llegado a un punto / En el que hasta mi carca me pesa y que, como el coronel, en la novela de García Márquez, esté en la larga espera inútil de una propuesta que no llega y se agote sentado aguardando una noticia feliz que no se acerca, o que le hiera la soledad que experimenta, esa soledad que es la capacidad de tocar tu distancia. Sí, es comprensible: a todos nos pasa. Sin embargo (y no obstante la separación física que lo atormenta), puede también sentir que en su corazón hay una razón para ser feliz: la protección amorosa que le brinda, espiritualmente, a su hija. Una felicidad envuelta en el dolor: Porque tú no tienes padre que te relate un cuento por las noches / Y yo no tengo la hija que escuche una fábula por las tardes.

 

¿La poesía debe ser, siempre, la expresión excelsa de todo lo noble que hay en la vida? No. También la rudeza y lo crudo del sufrimiento; también la rabia y la impotencia; también lo que para algunos puede ser reprobable: la indignación descontrolada del hombre defraudado: Soy tu macho cuando el otro ingresa en tu lecho. Es que la poesía es una puerta por la cual sale a veces, como un río embravecido, lo inconsiderado e irreflexivo de la sinceridad. Somos humanos, pues, y no dioses impolutos.

 

La poesía salva, dije. Los sueños. Y dice bien el poeta: Si quieres soportar el tiempo, hermano / Ve, apura / Y agárrate firme de un sueño… Hay que soñar, es verdad, para que –aun estando en el filo del abismo- no sucumbamos en el fondo inicuo de la desesperanza. Es lo que nos enseña la poesía; y esto es lo que nos aconseja, finalmente, nuestro poeta: Solo corre a abrazar a esos mil huérfanos / A esos que has dejado solos, olvidados. Poesía como exigencia: hacer de humanidad, al menos un gesto de nobleza magnánima, que nos una en un abrazo (ese abrazo que tanta falta nos hace ahora, en estos días de dolor y desesperanza). ¡Bien, Juan Carlos! Yo te abrazo.

                                                                                                               © Bernardo Rafael Álvarez


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[1] Uso esta expresión, “fugacidad perpetua”, porque quiero aludir al hecho de que Rimbaud hizo poesía solo hasta los veinte años y luego se dedicó a cualquier otra cosa, que nada tenía que ver con la nobleza de escribir poemas.

[2] Félix Álvarez Brun: Bahía fecunda. En: Diario la Industria, Chimbote, 16 de octubre del 2004.


domingo, 4 de octubre de 2020

MONSE, MONSE, MONSE... / Un peruanismo en el Diccionario de la Lengua Española

 

Imaginemos: «Es la hora del almuerzo y me dispongo a ingresar en un restaurante, donde pido que me sirvan un menú: sopa de casa, lentejas con arroz y crema volteada. Consumo todo el segundo y el postre, pero -tras probarla- dejo la sopa. Enseguida pido la cuenta, y el mozo, que se acerca con un papelito en la mano, me pregunta: "¿Señor, por qué no comió la sopa?" y yo, medio fastidiado, le digo que no la comí porque era una sopa aburrida. Él se queda perplejo, con las monedas que le di en la mano, y yo me voy».

Historia absurda, ¿verdad? Claro. Y, sin ninguna duda, ustedes han detenido la mirada en una sola palabra, que es la causante del «siniestro» o «vandalismo» lingüístico. Sin embargo, aunque parezca increíble, hay razones para afirmar que todo anda bien en el texto; «académicamente» bien, quiero decir. Explico.

Para referirnos -calificándolo- a algo que nos resulta desagradable (por -según de qué se trate- su sabor, sus formas, sus colores, su modo de ser, etc.), podemos decir: feo, horrible, atroz, insufrible, en fin; pero, particularmente, en el Perú, tenemos además un muy simpático adjetivo de uso coloquial, cuyo origen es incierto. Decimos «monse». «-¿Qué te pareció esa película? // -Monse"; «-Quiero ponerme esta camisa, ¿qué te parece? //-Ponte otra, porque esta es monse»; «¿Has visto? Qué monse el pata con el que sale Isabelita»; "Este Congreso es el más monse de los últimos tiempos».

Bien. El Diccionario de la Lengua Española (DLE)*, registra lo siguiente, respecto del peruanismo que acabo de mencionar: «adj. coloq. Perú. aburrido». Una sola palabra y, ¡saz!, la definición. Y, como sabemos, cuando una palabra es definida con otra y no con una frase explicativa, simplemente estamos ante dos sinónimos, y no exactamente ante una palabra y su significado. Ergo: «monse» es sinónimo de «aburrido». Y, obvio, si esto es así quiere decir -como lo di a entender en la historia que puse al principio- que, a la inversa, lo que es monse es eso: aburrido.

En otras palabras, ateniéndonos a lo que afirma la «docta corporación matritense», en nuestro país resultaría gramaticalmente correcto calificar a una sopa desagradable -es decir, monse- como aburrida, que causa aburrimiento. Pero no, no es así.

¿Por qué? Porque «monse», es un adjetivo peruano -efectivamente, de uso coloquial- que no tiene uno, sino varios significados que, en realidad, son sus sinónimos: desagradable, feo, malo, insípido, sin importancia, de baja calidad; y, claro, también es usado para referirse a una persona aburrida, pero -entiéndase- no precisamente porque «aburrido» sea sinónimo de «monse», sino porque una persona aburrida (que por su modo de ser nos genera aburrimiento) no nos cae bien que digamos, es decir, es desagradable, nos resulta insípida: es monse, pues.

Lo que ha hecho la Academia -erróneamente, por mal aconsejada- ha sido admitir y registrar como acepción de «monse» solamente una, pero la menos acertada: «aburrido». 

Creo que una de las más aceptables definiciones es la que consigna Lauro Pino en su librito Jerga Criolla y Peruanismos**: «Monse. adj. De escasa calidad» (una película monse, por ejemplo). 

No fue, naturalmente (de esto estoy convencido), la Academia Peruana de la Lengua la que contribuyó con este pobre y lamentable aporte semántico (en la vigésima segunda edición -año 2001- del Diccionario ya está); tampoco el Diccionario de Peruanismos*** de Juan Álvarez Vita, cuya primera edición es de 1990; digo esto porque la acepción «Perú. 1. Adj. coloq. Aburrido», considerada por el diplomático y lexicógrafo peruano, recién aparece en la 2a. edición de su repertorio, publicada el año 2009 (en la anterior, de 1990, se decía: «Dícese de una persona mediocre». Lo cierto es que, como en otros casos, la RAE falló (segunda acepción de "fallar": no acertar, equivocarse).

No fue, repito, la Academia Peruana de la Lengua, institución fundada por Ricardo Palma en 1887, porque creo que es una de las más cuidadosas instituciones de la Asociación de Academias de la Lengua Española, ASALE; el Diccionario de Peruanismos que publicó el año 2016 es, me parece -a pesar de ser perfectible- muestra de ello. Veamos cómo define al vocablo de marras el lexicón elaborado por un equipo de lexicógrafos, bajo la dirección de Julio Calvo Pérez: «1. adj./com. ‘coloq’. Que carece de astucia, destreza y habilidad»; y también: «2. Adj.<Referido a personas, animales, cosas o hechos> Aburrido, incapaz de divertir»; y pone estos ejemplos: "Un delincuente, o mejor dicho un choro monse ingresó a robar a un hotel pero terminó herido en el rostro, nada menos que por su propia arma" (inexperto, de «mala calidad»); «la fiesta es el verdadero aburrimiento; o sea está recontramonse» (al ser aburrida, se convierte en desagradable: monse). Definitivamente, esto es mucho mejor que lo hecho por la RAE.

La de la RAE es, pues, una definición monse. 

La pobre y desacertada definición que encontramos en el DLE hubiera resultado razonable si es que, al menos, hubiesen agregado una explicación, o algún ejemplo ilustrativo. Ojalá en una siguiente edición, la cosa cambie (¿Será pedir peras al olmo? Seamos optimistas****).


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*Real Academia Española: Diccionario de la Lengua Española. Vigésima Segunda Edición. Madrid, 2001.

**Lauro Pino: Jerga Criolla y Peruanismos. Industrial Gráfica S. A., Lima, 1968.

***Juan Álvarez Vita: Diccionario de Peruanismos. 2a. Edición, Lima, 2009.

****Optimistas, sí. Porque pareciera que no está tan lejos la posibilidad de que en el DLE el vocablo monse aparezca mejor definido. Al menos en el Diccionario de americanismos (2010) (publicado por la Asociación de Academias de la Lengua Española, ASALE) ya hay un avance, que la RAE tal vez tome en cuenta:  "monse. // I. 1. adj/sust. Pe. Referido a persona, tonta, torpe. pop. // II. 2. adj. Pe. Referido a cosa, aburrido".

 

                                                                                                                          © Bernardo Rafael Álvarez

miércoles, 30 de septiembre de 2020

"ULISES". 16 DE JUNIO DE 1904, DESDE LAS 8 DE LA MAÑANA.*

 

Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida. Levantó el tazón y entonó: // -“Introibo ad altare Dei.”[1]  Estas son las palabras con que empieza Ulises, la monumental novela del escritor irlandés James Joyce.  

                                               *** 

Les cuento. Un amigo muy curioso (no por extraño, sino por ser "inclinado a aprender lo que no conoce", o sea, el lado bueno de la curiosidad), me preguntó acerca de aquello de lo que todo el mundo habla cuando de esta novela se trata. No, no preguntó acerca de su argumento o de sus personajes o de lo que pudiera significar. Su inquietud fue otra: ¿Está dicho realmente en la novela que los acontecimientos narrados ocurren el día 16 de junio de 1904, y comienzan a las 8 de la mañana? ¿En qué parte del libro podemos encontrar esas referencias? Pensó -es lo que me dijo- que eso tal vez no podría ser sino una más de las cosas que se atribuyen a obras literarias famosas y que en realidad no existen: aquella frase atribuida al Quijote, por ejemplo (“Los perros ladran, Sancho, es señal de que avanzamos”). Le confesé que yo también dudaba, a pesar de que -tras haberla leído (bueno, es un decir)- el año 2004 escribí un poema en el que hacía referencias a algunas partes del libro[2]; y le prometí darle una respuesta después de volver a navegar en ese inmenso océano de palabras, poblado de virtuales cíclopes, lestrigones, mareas altas, tormentas y olas gigantes.  

Tal vez quienes saben -obviamente- muchísimo más que yo, tengan respuestas diferentes para la interrogante de mi amigo, pero -en fin- la mía (que se da como unas pistas, con las que se puede llegar a las respectivas páginas), es simplemente esta: Sí está dicho, y lo voy a demostrar con las siguientes precisiones. Así que, amigos, acompáñenme en esta búsqueda (o “busca”, que es la palabra que más le gustaba a don Jorge Luis Borges).  

*** 

Veamos. Empieza la novela: Después de aquel “Introibo ad altare Dei” ("Ve al altar de Dios), que he transcrito al principio, y luego de haber estado conversando y de contemplar la bahía de Dublín desde lo alto de la torre de Martello, Esteban Dedalus y Buck Mulligan (que es un medio rabioso estudiante de medicina) bajan a tomar el desayuno, preparado por Mulligan (les acompaña Haines, un joven al que Mulligan había previamente invitado). Tenían pan, mantequilla y miel, pero algo faltaba, lo principal: la leche. Mulligan, "repentinamente de mal humor, se sentó: // -¿Qué clase de ternera es esta?" (se refiere, con un remoquete medio perverso, a la anciana vendedora de leche, que aún no ha llegado). "Le dije que viniera después de las ocho". No pasa mucho rato y, efectivamente, la señora llega: "-La leche, señor. // -Entre, señora -dijo Mulligan"-. Kinch (es el apodo que decide ponerle a Esteban),  trae la jarra".

Ahí está: esa es la hora: 8 de la mañana, hora del desayuno. La encontramos en (obvio, ¿no?) el primer episodio, que es conocido como Telémaco (y está -obvio, otra vez- en la primera parte de la novela, llamada Telemaquia; las otras dos partes son: la Odisea y el Nostos").  

Así comienza, a esa hora, la grandísima y para muchos desconcertante novela de James Joyce, en una mañana de "suave brisa" que "hacía flotar con gracia la bata amarilla desprendida".  

Bien, ahora busquemos el día; lo encontramos en Hades (capitulo 6). "-¡Ea!... -gritó la voz del trapero, haciendo resonar su látigo sobre los flancos-, ¡Uuuu...! // Jueves naturalmente. Mañana es día de matanza". Ya sabemos cuál es el día de semana: jueves. Según el "calendario perpetuo", el 16 de junio de 1904 fue eso, pues: jueves.

Claro, pero eso aún no nos dice mucho: lo que necesitamos es encontrar una referencia escrita respecto de esa fecha, en la obra literaria cuya lectura tanto dolor de cabeza ha causado a muchos.   

Ubiquemos primero el mes. Leamos: "J. J. Molloy envió una mirada cansada de reojo hacia la estatua y no dijo nada. // -Me doy cuenta -dijo el profesor. // Se detuvo sobre la isla de pavimento de John Gray y midió a Nelson a través de la malla de su amarga sonrisa". Como se habrán podido dar cuenta, este brevísimo fragmento de la novela no nos sirve de ayuda, ciertamente; pero sí su título: "HORACIO ES CINOSURA EN ESTE DÍA DE JUNIO". ¿Dónde se encuentra eso? En la penúltima parte de las 61 -todas con un título diferente- que conforman el capítulo 7, llamado Eolo, que -como sabemos- es, también, el nombre del dios del viento. Resuelto: efectivamente, es junio el mes buscado.   

Enseguida, nuestra mirada debe ir en busca de la fecha. No sé ustedes, pero yo la encuentro en esto, en Cíclope (capitulo 12): "(Alf) se pone a imitar al viejo juez haciendo pucheros (...) // Y por cuanto el día dieciséis del mes de la diosa de ojos de vaca y en la tercera semana después de la fiesta de la Santa e Indivisa Trinidad, la hija de los cielos, la luna virgen, estando entonces en su primer cuarto, sucedió que esos jueces eruditos acudieron a las salas de la ley".  

La tercera semana después de la mencionada festividad religiosa (hagan las constataciones con su santoral, si no me creen) corresponde, exactamente, al mes de junio; es decir, ese "día dieciséis" es, pues, 16 de junio.  

¿Qué nos falta? El año. Para esto, desde el punto al que he llegado en el libro, tengo que regresar 119 páginas. Transcribo: "-Hay un caballero aquí, señor -dijo el empleado adelantándose y teniendo una tarjeta-. Del 'Hombre Libre'. Quiere ver la colección KILKENNY PEOPLE del año pasado". ¿Cuál es ese "año pasado"? Aquí está: "-Todos los principales provinciales... 'Northern Whig', 'Cork Examiner', 'Enniscorthy Guardian', 1903..." A estas alturas, me acuerdo de un muy interesante libro, acerca de la realidad peruana (que no sé cómo diablos ni cuándo desapareció de mi biblioteca) que leí hace muchos años, cuando estuve en quinto de secundaria -libro publicado por lo que fue el Instituto Nacional de Cultura, o creo que aún se llamaba Casa de la Cultura-; me refiero a Entre Escila y Caribdis, de Augusto Salazar Bondy. Ese título nos lleva al nombre del episodio o capítulo reseñado.

Respuesta a la vista: Si ese -el que aparece allí mencionado, tras las publicaciones de la colección "Kilkenny People"- es el "año pasado", entonces el actual es 1904, ¿verdad? Es cierto, y lo encontramos, precisamente, en el episodio Escila y Caribdis, que corresponde al capítulo 9).  

Pero si aun con esto no resulta todo claro como quisiéramos, entonces demos un salto largo hasta el penúltimo capítulo que es Ítaca; justo allí, es donde encontramos que, al explicar la relación entre las edades de los dos protagonistas de la novela, se dice que "16 años antes, en 1888, Bloom tenía la edad actual de Esteban". Bien, a ese 1888 súmele 16 y verá a dónde llega: exactamente al año "1904 actual en que Esteban tenía 22" (así, textualmente, lo dice). Aclarado, ¿verdad? ¡Efectivamente! 

(Los tres capítulos aludidos -Escila y CaribdisCíclope y Eolo, están en la segunda parte, conocida como la Odisea, que es la más extensa de la novela).  

La pregunta del amigo curioso ha quedado, pues, respondida. Es verdad: todo ocurre el 16 de junio de 1904. Y comienza a las 8 de la mañana. No es una sospecha: está expresamente dicho en la novela.   

Ah, pero hay algo más que conviene precisar, para redondear completamente el asunto. Les invito, para ello, a leer los siguientes extractos de la novela que corresponden al episodio 16, conocido como Eumeo (en la tercera y última parte, que es el Nostos):  

"Bloom y Esteban entraron en el refugio del cochero, una estructura de madera sin pretensiones, donde antes de entonces, él había estado raramente, si es que alguna vez (...) // -Se trata ahora de tomar una taza de café -sugirió atinadamente el señor Bloom para romper el hielo-; se me ocurre que usted debería pedir un alimento sólido; por ejemplo una suerte de panecillos..."  

("Y he visto antropófagos del Perú que comen los cadáveres y el hígado de los caballos...")[3]  

 "-A qué hora comió usted? -preguntó a la delgada figura y rostro cansado aunque sin arrugas. // A alguna hora de ayer -dijo Esteban. // -Ayer -exclamó Bloom hasta que recordó que ya era mañana--. ¡Ah, usted quiere decir que son las doce pasadas! // -Anteayer -dijo Esteban, superándose (dicho de otro modo: corrigiéndose) a sí mismo..."  

"De cualquier manera, pesando el pro y el contra, y acercándose, como era el caso, la una, era hora de retirarse esa noche".   

"Resumiendo: Bloom que se había hecho cargo de la situación, fue el primero en ponerse de pie, pues no iban a quedarse eternamente, y ya que se había adelantado, y valiendo él tanto como su palabra de que pagaría la cuenta oportunamente, tomó la prudente precaución de hacer, moderadamente, como una advertencia de despedida a nuestro huésped, un signo apenas perceptible cuando los otros no miraban, a los efectos de que se enterará de que el pago estaba próximo…"  

"Sobre la calzada a la que se acercaban mientras iban hablando todavía, más allá de la cadena mecánica, un caballo, arrastrando una barredora, se deslizaba por el pavimento levantando una larga faja de cieno..."   

Entendieron, ¿verdad? Claro que sí. Después de haberse servido algo en "el refugio del cochero", que es algo así como lo que nosotros conocemos como un huarique (vocablo peruano al que, absurda y equivocadamente -según parece, por haber hecho caso a malos consejos- la RAE designa, en el Diccionario, como "escondrijo") y tras el pago por el consumo que ofreció efectuar Bloom, este sale con Esteban, y los dos se van conversando por las calles de la ciudad de Dublín, rumbo a casa. Pero, ¿a qué hora han salido del "refugio"? Después de la una de la madrugada ("y acercándose, como era el caso, la una, era hora de retirarse"). Y se van caminando, "lateando" decimos los peruanos.  

Luego de esto, en la novela hay dos capítulos (o "episodios"), los finales: Ítaca y Penélope. Pero, temporalmente hablando, no agregan nada (salvo para el ejercicio de la lectura), pues no hay allí, estrictamente hablando, narración de hechos.  

Ítaca (que es el penúltimo episodio), no es más que una seguidilla de preguntas y respuestas, digamos que explicativas -respecto de los dos personajes principales- que se hace el narrador; una pregunta de las cuales, por ejemplo (acerca de lo que ambos protagonistas pensaban, uno del otro), recibe esta inesperada y desopilante respuesta: "Él pensaba que él pensaba que él era judío mientras que él sabía que él sabía que él sabía que no lo era". Sin embargo, las primeras de esas preguntas y respuestas nos ayudan a aclarar la situación: hacen referencia a la caminata de Leopoldo Bloom y Esteban Dedalus hacia la casa del primero, caminata que, al principio, va dándose "a paso normal", luego "aflojando el paso" y "después a paso lento interrumpido por detenciones", hasta que -por fin- llegan a su destino, justamente en la "calle Eccles número 7", que es el lugar donde había aparecido por primera vez, en la novela, Leopoldo Bloom (Capítulo 7, Calipso) comiendo "con fruición órganos internos de bestias y aves", y especialmente "riñones de carnero a la parrilla, que dejaban en su paladar un rastro  de sabor a orina ligeramente perfumada". Hasta este punto ya podemos calcular: más o menos una hora de recorrido desde "el refugio", de donde salieron a la una de la madrugada. Es decir -para concluir-, desde las 8 de la mañana del día anterior, en que Esteban desayunaba con Mulligan y Haines, hasta estos momentos en que Bloom, frente a la puerta de su casa, "insertó mecánicamente la mano en el bolsillo trasero de sus pantalones para tomar su llavin", ¿cuántas horas han pasado? ¡Dieciocho horas! (Como dieciocho son los episodios o capítulos de la novela).  

Y lo que viene seguidamente es el episodio o capítulo final, conocido como Penélope, que, en realidad, es el extremadamente famoso, y tal vez el más importante aporte de Joyce a la literatura (porque, según dicen, en psicología quien primero lo hizo fue el norteamericano William James), el monólogo interior, en este caso de Molly (la esposa de Leopoldo Bloom, que le es infiel con un empresario musical), presentado en la novela sin un solo signo de puntuación. Aquí un pequeñísimo fragmento: "... yo nunca en toda mi vida sentí a nadie que tuviera una del tamaño de esa para hacerla sentir a una llena ha de haber comido una oveja entera después a quién se le ocurre hacernos así con un gran agujero en el medio de nosotras como un padrillo metiéndoselo a una adentro porque eso es todo lo que quieren de una con esa decidida mirada viciosa en sus ojos yo tuve que entrecerrar los ojos todavía si no tuviera esa tremenda cantidad de esperma dentro cuando se lo hice sacar y hacerlo sobre mí...". Erotismo desenfadado, que fluye en el pensamiento de la  mujer, mientras su marido duerme al costado de ella. 

***  

Todo esto que  he hecho tratando de satisfacer la inquietud, ha tenido un objeto adicional: experimentar -con placer, desconcierto y fatiga- un viaje "odisiaco" en el Ulises de Joyce. Porque  si solo hubiese querido ubicar la fecha, mes y año, hubiera bastado con decir que en la página 657 de la edición en castellano que tengo está la respuesta, en la referencia al presupuesto de gastos: el Debe y el Haber que corresponde -ahí lo dice textualmente- a ese día, el 16 de junio de 1904.

Y, vean cómo son las cosas. Ya van a ser las 2 de la madrugada del 28 de setiembre, y este viaje "odisíaco", de busca y rebusca, que comenzó ayer por la mañana, acabo de concluirlo y estoy por terminar la redacción de este texto. No van a creérmelo: todo ha durado prácticamente lo que la novela dura en Dublín: cerca de veinte horas. ¿Se imaginan? Qué cosas, ¿no? ¡Uf! Pero fue agradable todo; como lo he dicho: con placer desconcierto y fatiga.

¿Qué es Ulises? Diré que es, acaso, la más ambiciosa obra narrativa que se haya escrito en la historia de la humanidad. Una novela que no dice nada y lo dice todo, al mismo tiempo. Es una obra literaria, bastante extensa, que narra hechos ficticios que, vistos a ojo de buen cubero, carecen de mayor importancia. No aborda “los grandes temas de la humanidad”; las conversaciones de sus personajes son como las de cualquier vecino de una ciudad. Y, como sabemos, en las conversaciones de la gente, en una ciudad, se tratan generalmente de asuntos domésticos, fútiles: muy raramente se habla, por ejemplo, del destino de la humanidad, de asuntos referidos a la paz mundial, o “las hondas caídas de los cristos del alma”, y nadie tiene que engolar la voz o darle majestuosidad a sus expresiones. Los personajes de Ulises, igual; y nada tienen  de excepcional porque no han sido hechos para ser alabados o para servir de ejemplo (por sus luchas, sus sacrificios, sus actos nobles, sus rarezas, en fin); jamás podremos referirnos a ellos, como lo hacemos con Juan PreciadoJean ValjeanAureliano BuendíaRendón WilcaEmma BovaryGregorio Samsa.... No son "héroes", sino personajes comunes y corrientes, como cualquier hijo de vecino: Leopoldo Bloom, agente de publicidad, "único heredero masculino transubstancial nacido de Rodolfo Marimach (...) y Paquita Higgins", y Esteban Dedalus, "heredero masculino primogénito consubstancial sobreviviente de Simón Dedalus de Cork y Dublín y de María" (esto está dicho en el episodio llamado Ítaca).  Lo que hay en Ulises es pura cotidianeidad, pues, lo que le da a la novela, creo yo,  un verdadero carácter de realista, en el más estricto sentido de la palabra; es, por lo demás, absolutamente verosímil (es decir, realista no porque sea un retrato de lo real, sino porque no parece ficción). Por otra parte, es –estoy convencido- una novela, también al mismo tiempo, difícil y fácil de leer. Puede generar –y, de hecho, genera- reacciones de admiración, de desconcierto, de rechazo y hasta de odio, y tal vez también de placer; es decir, cumple cabalmente la razón de su existencia: conmover (o sea, "perturbar, inquietar, alterar"), como toda buena obra de arte.   

Ulises, la más extraordinaria obra monumental del siglo XX y, sin embargo, desatinadamente ninguneada y menospreciada por algunos (¿o por muchos?). ¿Saben quién, por ejemplo, tuvo una actitud adversa frente a la novela?, Virginia Wolf que, del escritor irlandés, incluso llegó a decir que era "nauseabundo".[4]  

Borges, en cambio, en una conferencia, afirmó claramente esto, que es un magnífico y justo homenaje: “Quiero decir que si tuviera que perderse todo lo que se llama literatura moderna y hubiera que salvar dos libros, esos dos libros que podríamos elegir en todo el mundo serían, en primer término el Ulises y luego el Finnegans Wake, de Joyce”. Lo mismo, sin dudas ni murmuraciones, digo yo.  

Los sucesos que cuenta Ulises se ubican, temporalmente, en un día de junio de 1904. James Joyce eligió el 16. ¿Por qué? Se dice que ello se debió a que esa fecha tenía una importancia de carácter sentimental para él: unos creen que fue cuando conoció a Nora Barnacle, la mujer con quien se casó y a la que le enviaba unas cartas bien "calenturientas"[5] (yo las leí por primera vez hace muchos años, en un periódico que, lamentablemente, se me perdió); otros, tal vez más acertados, están seguros de que en la noche del 16 aquel, tuvieron, James y Nora, su primer encuentro sexual (yo, por supuesto, me adhiero a esta hipótesis). 

Ah, una cosa más. Ulises es una novela, una obra literaria, y es como tal que debe ser leída. Un objeto construido con palabras y con un propósito estrictamente estético (que, como sabemos, tiene que ver con la belleza y también la fealdad), y no para a través de él, por ejemplo, "conocer" el estilo de vida de determinada época, para meditar acerca del destino de la humanidad, soliviantarnos por las inequidades o injusticias de la vida y las sociedades, ni para -entre muchos otros intereses- encontrar en su lectura consejos o fórmulas de "autoayuda". No, nada de eso. No es política, sociología, filosofía, psicología y tampoco religión u otras cosas. Solo es literatura. 

[Bien, como se habrán dado cuenta, con todo lo que hemos hecho en esta busca y rebusca, lo que ha quedado comprobado es que en la novela nadie hay que teja y desteja, en espera del amado que ha de retornar tras veinte años de exilio, avejentado y barbudo, ni un perro que después de reconocer al que fue su amo, caiga desplomado a sus pies. No hay, tampoco, una Ítaca como destino final. La novela, toda, es el tejido que hay que destejer y volver a tejer en medio del placer o fastidio de su lectura, y es, también, un exilio y retorno permanentes, y un ladrido como anuncio de avance y retroceso y otra vez avance. Un trote permanente, perpetuo. La certeza de que la literatura existe, a pesar de todo.] 

                       *** 

Finalmente quiero contarles -y perdónenme por lo innecesario que pueda parecerles- que el ejemplar del Ulises, que lo tengo desde el 26 de agosto de 1975 (de puño y letra anoté la fecha en la portada -ojo, por si acaso, portada no es la carátula o cubierta-), corresponde a la sexta edición, en castellano, publicada en junio de 1972 por Santiago Rueda – Editor, de Buenos Aires. 

 


 



[1] En inglés: “Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed. A yellow dressinggown, ungirdled, was sustained gently behind him on the mild morning air. He held the bowl aloft and intoned: // —Introibo ad altare Dei.”

[2]. Sesilú, mi poema, fue publicado inicialmente el junio del 2004, en el diario La Industria, de Chimbote; diez años después, en mi blog personal. 

[3] Obvio: esta cita no viene al caso, pero la he insertado por cuanto, para nosotros los peruanos, creo que se trata de una muy curiosa referencia. (Bueno, curiosa y desconcertante referencia, por aquello de los caníbales que comen "los cadáveres y el hígado de los caballos"). 

[4] Aquí pueden constatar lo de Virginia Wolf: "https://www.libropatas.com/libros-literatura/virginia-woolf-le-gusto-el-ulises-de-joyce/". Ah, y les cuento que otro personaje también habla pestes de Ulises y de su autor; es un narrador español que tiene apellido de virrey (hay que suponer, creo yo, que debe sentirse mejor que Joyce, ¿verdad?).

[5] En carta del 6 de diciembre de 1909: "Te habrán impresionado las cosas sucias que te escribo. Quizás pienses que mi amor es una cosa sucia. Lo es, querida, en algunos momentos. Te sueño a veces en posiciones obscenas. Imagino cosas muy sucias, que no escribiré hasta que vea qué es lo que tú me escribes. Los más insignificantes detalles me producen una gran erección- un movimiento lascivo de tu boca, una manchita color castaño en la parte de atrás de tus bragas, una palabra obscena pronunciada en un murmullo de tus labios húmedos, un ruido sin recato, repentino, de tu trasero y entonces asciende un feo olor por tus espaldas. En algunos momentos me siento loco, con ganas de hacerlo de alguna forma sucia, sentir tus lujuriosos labios ardientes, chupándome, coger entre tus dos senos coronados de rosa, en tu cara y derramarme en tus mejillas ardientes y en tus ojos, conseguir la erección frotándome contra tus nalgas y poseerte sodomíticamente".


* Este texto fue publicado inicialmente en Facebook (hoy, a la 1:39 de la madrugada), y también en mi blog "Consultorio Gratuito del Idioma" (por error, obviamente, pues desde el principio debió aparecer en este otro, que es donde publico mis artículos y ensayos).