domingo, 20 de septiembre de 2020

LAS "INDESEABLES" REDES SOCIALES*


Mario Vargas Llosa dice (al pie está el enlace): “Solo la literatura le enseña a uno las enormes posibilidades que tiene la lengua que utiliza para comunicarse..."  

 

Con todo respeto, debo decir que no es cierto lo que usted dice, don Mario. No solo la literatura hace eso.   

 

Esto que a usted le asquea -las "redes sociales"- no solo enseña (de "dar lección") sino, además, pone de manifiesto indiscutiblemente -en la práctica- las más inesperadas posibilidades y maneras de comunicarse. Incluso los emoticones y la virtual deconstrucción de las palabras, digamos convencionales, son muestra de ello. 
 

Las "redes sociales" han logrado hacer -"en dos trancazos", "en un dos por tres", en un solo clic- lo que la literatura -parsimoniosa, lerda- va logrando tímidamente en años: asimilar las maneras de comunicarse de la gente, de los pueblos. Y no son un atentado contra la precisión, la claridad y la coherencia: un "tkm", un "100pre", un ☺, etc., son -aunque usted no lo crea, o no quiera creerlo- precisos, claros y coherentes (y no son cosas de literatos), y son un aporte a la comunicación, la enriquecen.

  

Es que, la verdad, la literatura no inventa formas de comunicación, solo las asume (repito: tímidamente). Son los usuarios de la lengua y entre ellos especialmente los de los bajos fondos (y, ahora, los usuarios de las redes sociales), los que le dan movilidad y sobre todo fecundidad -creando nuevas palabras o dándoles nuevos significados a las ya existentes, etc.- y no tienen que pedir autorización a la Academia para ello. ¿La literatura hace eso? Muy, pero muy raramente. 

  

No existe una ley (divina, natural, jurídica o académica) que obligue a que la comunicación humana se dé sobre la base de directivas emitidas por alguna institución como la RAE, por ejemplo. Que haya personas honorables ("eliotianas",  obviamente, es decir medio "arcaicas" ☺), como usted, por ejemplo, a quienes esto no les gusta o que se horrorizan, es otra cosa. Pero la comunicación es así, pues: el anquilosamiento no es parte de su naturaleza ni es su condena; la renovación constante es su virtud. 

  

La comunicación es una manifestación de la libertad (y de democracia). 


__________

*   Hacer clic:  Lo dicho por Vargas Llosa.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

SEMÁNTICA PARA ESTOS DÍAS MEDIO AFIEBRADOS/ Unas reflexiones acerca de la "vacancia por permanente incapacidad moral'

Aquí (y no sé si en otros países también) muchos confunden (algunos con mala fe, o movidos por la bilis) "incapacidad moral" con inmoralidad. Y también creen que "incapacidad" es sinónimo de "indignidad". Es completamente absurdo. 

Veamos: ¿"Incapacidad moral" igual a "inmoralidad"? Si fuera así, entonces "incapacidad moral permanente" tendría que ser lo mismo que "inmoralidad permanente", ¿verdad? ¿Hay inmoralidad permanente e inmoralidad temporal? ¿Cómo se establecería la diferencia? ¿Inmoralidad temporal sería la de quien comete un acto inmoral en un día, y permanente, la de quien lo hace todos los días, tal vez? O, explíquenme, ¿cómo sería, en realidad, eso? ¿Cómo se verifica o se mide la "temporalidad" de lo inmoral? Otra cosa: ¿un inmoral, por el solo hecho de serlo, es un incapaz? La moralidad no es una capacidad; ergo, la inmoralidad no es sinónimo de incapacidad. Son, más bien, cualidades.

Nuestra Constitución Política señala, en el artículo 113°, como una de las causales de vacancia presidencial, la "permanente incapacidad moral o física". ¿Saben por qué dice esto? Por esto: porque, como se desprende de lo expresado textualmente, la norma constitucional está contraponiendo -como corresponde, y es lo correcto- dos conceptos bien marcados: lo moral y lo físico. ¿Pero lo "moral", en este caso, tiene que ver con aquello de las "buenas costumbres" o la "rectitud ética", o los "actos lícitos"? No. Porque la moral no es solo eso. Más adelante explicaré. 

¿Qué es capacidad? Es la aptitud, el talento o la cualidad para hacer o poder hacer algo. Capaz es quien tiene la posibilidad de hacer algo, el que puede hacerlo (efectuar un trabajo manual o intelectual, desempeñar un cargo, etc.); e incapaz es quien carece de las facultades (de las capacidades) físicas o morales para hacerlo. En palabras sencillas: capaz es la persona que puede hacer algo, que no adolece de limitaciones físicas o mentales para hacerlo, e incapaz es quien sí tiene esas limitaciones. En otras palabras, quien presenta incapacidad moral o física es lo que antes se conocía como "inválido" (este adjetivo fue cambiado por "minusválido" y finalmente por "discapacitado"). Las facultades físicas, ya sabemos, tienen que ver con la posibilidad de usar nuestras manos, nuestra voz, nuestro oído, etc. Un presidente de la República que pierde permanentemente esas facultades, es decir, que está impedido de hacer (que no puede valerse por sí mismo) se convierte en alguien con "incapacidad física" (por ejemplo, si carece de manos no podrá firmar decretos; si de pronto perdió el habla no podrá comunicarse). Será temporal o permanente según el daño sufrido, según su gravedad. Así, si tras un accidente de tránsito la persona termina cuadripléjica (o "cuadrapléjica", como dicen muchos) es obvio que, aunque conserve sus facultades intelectuales, no va a poder continuar desempeñando el cargo: estaremos, pues, ante una permanente incapacidad física. 

Ahora lo otro. ¿Qué es "incapacidad moral"? Ya sabemos lo que es, genéricamente, "incapacidad". Pero ahora, para encontrar una respuesta a esta pregunta, hay que ver qué cosa es "moral" y cómo encaja este concepto en el texto de la Constitución (concretamente: el artículo 113). Ya lo dije antes: para los efectos de la norma constitucional, la moral no es aquella de las "buenas costumbres" o de la "rectitud ética"; no la relativa "a las acciones de las personas desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal" (Diccionario de la Lengua Española, DLE). La moral, para estos efectos, es el conjunto de facultades (es decir, capacidades) del espíritu por contraposición a lo físico. Es que, respecto de "moral" no hay una sola acepción: la primera y la quinta, en el Diccionario, son las que se refieren a aquello del bien y el mal en el comportamiento humano (lo moral y lo inmoral); pero la sexta es diferente, y es la que casa con el asunto de que estoy tratando: "Conjunto de facultades del espíritu, por contraposición a físico". Y, este significado, por cierto, no es nuevo; ya, por ejemplo, en un diccionario, del año 1913, que tengo en mi biblioteca, aparece lo siguiente: "Espiritual, intelectual, por contraposición a material"; y en el Diccionario de la RAE, de 1869, podemos leer que, respecto de "moral", dice que "(c)ontrapuesto a físico significa la reunión de nuestras facultades morales". Ahora, ¿qué es el espíritu? Es el "alma racional", el "ser inmaterial dotado de razón"; la parte inmaterial de la persona humana, digamos la conciencia, el entendimiento, el juicio, la razón. Esto significa que, al hablar de "capacidad moral", se está hablando de la facultad de pensar, de razonar, de entender, o, como decían nuestras abuelas, "tener juicio". Clarísimo: incapacidad moral es exactamente lo mismo que incapacidad espiritual o intelectual (o mental), y no es -entiéndase bien- "inmoralidad": una persona, por el hecho de ser inmoral (voy a decirlo, aunque resulte antipático) no se convierte automáticamente en un incapaz; un inmoral tiene la capacidad de razonar, de dar órdenes, de escribir, de debatir, etc. 

En consecuencia, es moralmente incapaz quien ha perdido la facultad de razonar, pensar, entender; exagerando: el que intelectual y mentalmente está anulado (y, obvio, tampoco podrá valerse por sí mismo). 

Si la persona que ejerce el cargo de presidente de la República pierde de por vida esas facultades (que no son "físicas") se convierte, constitucionalmente, en alguien con "permanente incapacidad moral" (en un "inválido); es decir, ya no podrá desempeñar el cargo (no podrá aprobar decretos, no podrá presidir sesiones, etc.). Si ocurre eso, es obvio: se produce, definitivamente, la Vacancia, y lo único que debe hacer el Congreso es darle forma legal a la circunstancia de "vacío" de poder presentada, simplemente declarándola, no disponiéndola porque no se "dispone" la Vacancia, no se "decide" vacar a un presidente: una vez producida la vacancia, solo se la declara.  

Creo que bien vale hacer esta precisión: la vacancia es un hecho jurídico (que genera una consecuencia legal); no es un acto jurídico, porque no corresponde  a una manifestación de voluntad. Hecho jurídico y acto jurídico son -entiéndase- conceptos diferentes. Ojo: "vacar" es un verbo intransitivo, como lo son "morir" o "nacer"; no "se muere" a alguien, se le puede matar, como tampoco "se vaca" a alguien, se le puede destituir, con lo cual se produce la vacancia (pero a un presidente de la República no se le destituye por cualquier motivo). "Vacancia" no es sinónimo de "destitución". (Vacar, según el Diccionario de la Lengua Española: Dicho de un empleo, de un cargo o de una dignidad: Quedar sin persona que lo desempeñe o posea). Se entiende, ¿verdad? La Vacancia (una vez establecida, con pruebas documentales, la incapacidad moral permanente) simplemente se da, repito, como un hecho, y el Pleno del Congreso solo la declara.  

Veamos un caso concreto. ¿El que participa en una conversación medio grotesca con su secretaria, pierde la capacidad de firmar decretos o de disponer medidas en cuanto a temas de su responsabilidad, es decir, ya no puede hacer esas cosas? Sí, sí puede hacerlas, porque no ha perdido sus facultades mentales o intelectuales (o sea, las "del espíritu", la capacidad moral). 

Me referí al principio a "indignidad". Lo que en el fondo ocurre es que, en opinión de políticos indignados y hasta de estudiosos del Derecho, situaciones como la señalada (el involucrarse un presidente de la República en actos bochornosos), lo convierten en indigno de continuar en el cargo. Eso puede ser cierto, pero esto no es causal de vacancia; podría, sí, ser un motivo indiscutible para ser expulsado como castigo; sin embargo, para que tal cosa (la expulsión como castigo) pudiera ocurrir debería estar autorizado en la Constitución Política el proceso correspondiente ("juicio político" o, como se conoce en inglés: "impeachment") y la verdad es que jurídicamente eso no es posible; solo se le puede someter a ese juicio y, digamos, expulsarlo, por haber incurrido en el delito de traición a la patria o en las infracciones señaladas por el artículo 117° de la Constitución Política, no por otros delitos, faltas o infracciones Repito: la inmoralidad o "indignidad" no son causales de vacancia presidencial. 

Pero, claro que hay que reconocer que existe un peligroso vacío en la Constitución y la ley. Para evitar interpretaciones que pueden ser antojadizas, irresponsables y perversas (en este país en el que la "comprensión lectora" está por los suelos), lo mejor hubiera sido que, textual y directamente, estuviese dicho en la norma constitucional lo que es "incapacidad moral". Y quizás lo más conveniente hubiese sido que el artículo correspondiente de la actual Constitución Política considerara una redacción similar a la del artículo 81° de la Constitución de 1839, en que no se habla de “incapacidad moral”, sino de “imposibilidad moral” (“La Presidencia de la República vaca (…) por (…) perpetua imposibilidad física o moral”); "imposibilidad": el no poder hacer; o tal vez como la del artículo 144 de la Constitución de 1933, que creo ayuda a entender mejor la oposición entre lo físico y lo moral (es decir lo inmaterial): la vacancia "Por permanente incapacidad física o moral del Presidente declarada el Congreso". 

Bueno, también hay vacío constitucional en el artículo 117°, respecto de las causales de acusación contra el Presidente de la República: si un presidente cometiera, por ejemplo, un asesinato, sería absurdo esperar el cese de su mandato para acusarlo y procesarlo (pues un delito como ese no está comprendido en dicho artículo). 

CONCLUSIONES:

1: Nuestra Constitución Política señala, como una de las causales de Vacancia presidencial, la "permanente incapacidad moral o física".

2: Capacidad es la aptitud, el talento o la cualidad para hacer o poder hacer algo (desempeñar un cargo, por ejemplo), e incapaz es quien carece de las facultades físicas o morales para hacerlo.

3: Las facultades físicas tienen que ver con la posibilidad de usar nuestras manos, nuestra voz, nuestro oído, etc.

4: La moral (el concepto que debe considerarse, en relación con la Constitución), es el conjunto de facultades (capacidades) del espíritu por contraposición a lo físico, es decir, la facultad de pensar, de razonar, de entender. Ergo, inmoralidad no es sinónimo de incapacidad.

5: Es moralmente incapaz quien ha perdido la facultad de razonar, pensar, entender. Una persona que, digamos, no puede valerse por sí misma.

6: "Vacar" es un verbo intransitivo, como lo son "morir" o "nacer"; no "se muere" a alguien, se le mata. (Vacar, según el Diccionario de la Lengua Española: Dicho de un empleo, de un cargo o de una dignidad: Quedar sin persona que lo desempeñe o posea). No "se vaca" a alguien, la Vacancia (sinónimo de "vacío) simplemente se da (es un hecho jurídico, no un acto jurídico) y, una vez ocurrida, el Congreso solo la declara, no la "dispone"); lo que sí puede disponer es la destitución de un presidente, pero solo por las razones señaladas en el artículo 117°, después de una condena.

7: La Vacancia -una vez establecida, con pruebas, la incapacidad moral permanente- simplemente se da, y el Pleno del Congreso solo la declara. La vacancia por incapacidad moral o física se declara, no se "dispone".

8: Incapacidad moral no es lo mismo que inmoralidad. (La "capacidad" no es un asunto de buenas o malas costumbres o de rectitud ética o deshonestidad).

9: La vacancia presidencial no puede darse por razones de "indignidad". No es un "castigo". Eso no lo contempla la Constitución Política.

                                                   ***

                                                           © Bernardo Rafael Álvarez


miércoles, 9 de septiembre de 2020

¿"PALEANDO EL TEMPORAL"?*

 

Hoy, durante toda la tarde, me costó tremendo trabajo identificar al autor de un muy simpático e interesante estudio, que tengo en mi biblioteca, acerca de la vida y obra de Juan de Arona, publicado en 1867. Es que no aparece allí su nombre sino únicamente sus iniciales, pero no en letras comunes y corrientes, sino -¡asu, madrina!- en esas horrorosas góticas que más parecen los ideogramas chinos en los Cantos de Pound. ¡Y yo, que con las justas puedo leer las caligrafías elegantísimas del "Mosaico"! Solo tres letras en la tapa del breve volumen, solo tres letras, caracho. ¿Qué hacer? 

Busqué grafías similares en Internet e hice las comparaciones, y creí que ya solo me faltaba una nadita (así se dice en Pallasca, por si acaso) para descubrir lo que me interesaba: llegar a saber a qué letras del abecedario correspondían las tres figuritas aquellas. Nones. Naca la pirinaca. Nada. Incluso hice otra cosa: pregunté a algunos amigos, a ver si podían ayudarme: tampoco me sirvió; estaban más perdidos que yo. No faltó uno que, rotundo y sin ganas de tolerar contradicciones (o sea, más terco que yo), llegó a decirme, casi textualmente, lo siguiente: "Lo que dice es esto: 'Estudios Literarios por E. L. A.'; o sea (explicando lo que para él eras las tres iniciales que allí aparecían): 'Estudios Literarios por Estudios Literarios Arona'. Todo está clarito", remató. "Clarito". ¡Ay, Taitito! ¡Dame paciencia, Jehová, dios de los ejércitos!

Ante tal barrabasada no me quedó más que volver a Internet, pero no para seguir con la Odisea de las letras góticas que tanto dolor de cabeza me causaban, sino para averiguar si en la Web estaba, tal vez en "PDF", el texto que me inquietaba. Tras zambullirme repetidamente en este océano virtual, encontré algo ya bastante alentador. Puse en el buscador de Google: "estudios sobre juan de arona", y ya, casi casi, "se me aparece la Virgen"; pero no, solo se trataba de una falsa alarma. Lo que encontré fue, en un blog, un artículo titulado "Controvertida valía de Juan de Arona", en que se dice que el autor del Diccionario de Peruanismos, durante su juventud, ingresó a la diplomacia porque necesitaba "palear el temporal y cubrir sus necesidades y las de su prole". Interesante. "Palear". O sea, ¿remover las situaciones económicamente difíciles, como quien remueve tierra con una pala, o tal vez agarrarle a palazos al temporal? Bondadoso, ¡cómo no!, le envié un mensaje al autor del referido escrito sugiriéndole, a ver si me hacía caso, que sustituya aquel desubicado verbo por "paliar". 

Lo que hice seguidamente fue poner más específicamente así, en el buscador: "estudios literarios sobre juan de arona": y ahora, sí, el éxito estaba a la vuelta de la esquina: "Estudios Literarios por E. L. U." que, aunque apenas venía atado a una brevísima e insuficiente información bibliográfica, ya me había resuelto la primera cuestión, saber qué letras, realmente, eran esas grafías góticas de las que yo no había entendido ni miércoles. Ya tenía, pues, prácticamente cruzado, a brazada limpia y con estilo mariposa, el canal de La Mancha.

Lo último que hice cuando ya, digamos, estaba a punto de llegar a la orilla, fue copiar, sin comas ni tildes, como corresponde, el primer párrafo completo (ya, ya, está bien, no me reprochen; es cierto: eso es lo que debí haber hecho desde el principio) -brevísimo, felizmente: apenas un par de líneas- del inquietante texto: "entre los pocos ingeniosos que con más o menos éxito cultivan las bellas letras en el peru figura el joven juan de arona". ¡Resuelto! 

Lo que hice seguidamente fue poner más específicamente así, en el buscador: "estudios literarios sobre juan de arona": y ahora, sí, el éxito estaba a la vuelta de la esquina: "Estudios Literarios por E. L. U." que, aunque apenas venía atado a una brevísima e insuficiente información bibliográfica, ya me había resuelto la primera cuestión, saber qué letras, realmente, eran esas grafías góticas de las que yo no había entendido ni miércoles. Ya tenía, pues, prácticamente cruzado, a brazada limpia y con estilo mariposa, el canal de La Mancha.

 Finalmente, cuando ya, digamos, estaba a punto de llegar a la orilla, me dispuse a copiar, sin comas ni tildes, como corresponde, el primer párrafo completo (ya, ya, está bien, no me reprochen; es cierto: eso es lo que debí haber hecho desde el principio) -brevísimo, felizmente: apenas un par de líneas- del inquietante texto: "entre los pocos ingeniosos que con más o menos éxito cultivan las bellas letras en el peru figura el joven juan de arona". ¡Resuelto!

El nombre del autor saltó a la vista: Eugenio Larrabure Unanue (E. L. U.). ¡Bien! Seguramente se preguntarán a qué se debía mi tan vehemente interés por el misterioso autor. Pues, porque -al leerlo- pude advertir que entonces -año 1867- había al menos alguien, a diferencia de tanto "purista" y discriminador lingüístico de estos días, que ya ponía de manifiesto no solo una respetable lucidez en asuntos filológicos sino que, sobre todo, tenía la valentía de decir que era una virtud y no motivo de reprobación, en literatura, en poesía, el empleo de vocablos no incluidos en el Diccionario oficial, y que las nuevas expresiones nacidas entre la gente común y corriente no dañan al idioma sino, más bien, lo enriquecen ya que "el pueblo es quien forma las lenguas"; es decir, que el uso manda, pues. Ese alguien fue, repito, Eugenio Larrabure Unanue, nieto de don Hipólito, el grande prócer peruano.[1]

Por eso, solo por eso, hoy martes (del "ni te cases ni te embarques, ni de tu casa te apartes") me embarqué en esta aventura "odisiaca" y "cuarenténica" (¿están bien esas adjetivaciones?) que me ha hecho mucho bien: refuerzan significativamente la modesta opinión o teoría que tengo al respecto. 

(Bueno, finalmente debo decir -aunque creo que no viene al caso- que no sé ni me interesa saber si aquel señor tuvo o no defectos personales, ni cuál fue -si la tuvo- su trayectoria política o cosas por el estilo. Eso, que es "pelea de gringos", no es mi pelea. En negocios ajenos no me meto). ¡Un abrazo, amigos! Cuídense mucho, por favor. 

                                  Bernardo Rafael Álvarez







 [1] Algo similar pensaba fln Ricardo Palma, y lo dijo en sus "Papeletas lexicográficas», publicadas en 1903: "Para mí las imposiciones de la mayoría, en materia de lenguaje, merecen acatamiento".

* Este texto fue escrito el martes 26 de mayo de este año (2020).



domingo, 6 de septiembre de 2020

¿DISPARATES? NO, SEÑOR. ALGUNOS DESACIERTOS DE DON MARCO AURELIO


Dice (o decía) don Marco Aurelio Denegri, en su programa "La función de la palabra", del día 24 de agosto del 2016*, lo siguiente:

Ni UNA MENOS. "La divisa del movimiento feminista contra la violencia de género es 'Ni una menos', pero lo correcto es 'Ni una más' (...) 'Ni una víctima más' (...) De modo que deben cesar de decir 'Ni una menos'. Desgraciadamente, cuando se populariza o comienza a popularizarse un error, arraiga si es que a tiempo no ha habido el debido correctivo. Entonces, cuando arraiga el disparate, ya es muy difícil desarraigarlo".

VIDEO. "No se dice video, sino "vídio", como se dice, además, en latín. Pero no se corrigió a tiempo y, entonces, se impuso "video", que es un disparate". 

SURREALISMO. "Es un disparate del tamaño de una catedral (...) Pero se dijo a fines de la década de 1930; y uno de los primeros usuarios fue Cortázar, porque antes de esa época no había sino uno que otro usuario (...) Se puede decir de estas tres maneras: superrealismo, sobrerrealismo o suprarrealismo. Lo curioso es que la Academia recoge estas tres formas y también la forma "surrealismo" (...) Eso es lo malo: que no hubo el correctivo a tiempo (...) Curiosamente, en inglés también se ha admitido el disparate". 

TABÚ. "La Academia sigue diciendo que la palabra "tabú" proviene del polinesio "tabú", así, con tilde, cuando en polinesio la palabra nunca es aguda; el carácter agudo de la palabra es invención inglesa (...) En polinesio dicen "tapu", pero en lengua inglesa agudizaron el término y se quedó, pues, "tabú" en español. Pero, repito, esa acentuación es impropia y no ha sido corregida hasta ahora (...) Pero el uso impuso el disparate, y la Academia terminó por admitir. En Polinesia se dice 'tapu' y no 'tabú'..." 

FÍGARO. "El uso impuso la acentuación indebida de un apellido que no es "Fígaro", sino "Figaró" (...) No es fígaro, pues, es figaró, y ya se quedó y eso ya no lo mueve nadie. Repito: no hubo el correctivo a tiempo, y cuando no lo hay, arraiga rápidamente el disparate". 

CANAL DE LA MANCHA. "La expresion "Canal de la Mancha" es un disparate de tomo y lomo, porque el que tradujo así creyó que "manche" en francés significa "Mancha"; y no es así, porque ese término en francés significa "manga", de modo que la traducción correcta sería "Canal de la Manga"; pero siguen diciendo el disparate "Canal de la Mancha". 

                                   ***

A continuación mis comentarios. Veamos:

1) La frase "Ni una menos" fue creada -como una suerte de "eslogan" o consigna, contra la muchas veces letal violencia ejercida sobre la mujer- a partir de un poema escrito, en 1995, por la mexicana Susana Chávez (víctima de feminicidio: asesinada el año 2011), y cuyo título es este: "Ni una muerte más"; en otras palabras (es obvio, ¿no?) "ni una mujer muerta más", es decir, NI UNA MUJER MENOS (las queremos vivas a todas). Pudiera haberse elegido una frase como esta: "Ni una víctima más", pero no fue así: escogieron otra, y no hicieron mal. No es, pues, como equivocada, absurda y disparatadamente, decía don Marco Aurelio Denegri. No es un disparate.  ¿Deben "cesar" de decir "ni una menos", como sugería medio impositivamente el recordado conductor de televisión? No, definitivamente, no. 

2) La asimilación de una palabra extranjera al idioma que hablamos, se hace -como suele ocurrir con la creación de nuevos vocablos, o la asignación de significados o sentidos- con la única "norma" válida: la arbitrariedad. Qué significa esto: que cualquier palabra extranjera que nos resulte útil podemos hacerla nuestra, y la forma de pronunciarla será la que elijamos o nos resulta más cómoda o más agradable. Hay, por ejemplo, una palabra en la lengua castellana, importada del inglés sabe Dios cuándo: desde hace muchas décadas. Me refiero a "club". ¿La pronunciamos" como lo hacen los británicos y los estadounidenses? No. No decimos "clab"; porque no queremos o porque no nos gusta. (¿Alguien puso reparo a eso? ¿Alguien tenía autoridad para hacerlo? No). En gran parte de nuestro Continente decimos "video"; en México y también en España, dicen "vídio"; ¿debemos entender, por ello, que solo los de España y México lo pronuncian bien? No. La manera de pronunciar, en estos casos, es potestad de los hablantes, y -en tal sentido- ambas formas son correctas. Don Marco Aurelio había dicho en alguna oportunidad que era una "barbaridad" decir "Levi's" (que es una marca de pantalones) y que debíamos decir "livais", es decir como pronuncian los gringos. Absurdo. No estamos obligados a pronunciar las palabras tal como se hace en sus lenguas de origen; eso lo debemos hacer cuando estemos hablando no en castellano. ¿La forma como pronunciamos estas palabras se debe a que "no se corrigió a tiempo"? No, señor.  No había nada que corregir. Video, así, una palabra grave o llana con el acento prosódico en la "e",  está bien pronunciada en nuestro castellano. Y no es un disparate. 

3) ¿Un "disparate del tamaño de una catedral"? No, no y no. "Surrealismo" es una palabra cuya creación, en francés, se debe a Guillaume Apollinaire, quien la acuñó en 1917; y fue usada por André Breton, para darle el nombre al movimiento que echó a andar el 15 de octubre de 1924, a partir de la publicación de lo que fue el Primer Manifiesto del Surrealismo (Manifeste du surréalisme). Se entiende que, teóricamente, significa "sobre" o "encima" del realismo, o de la realidad. Por qué: porque la característica del trabajo artístico y poético de esta tendencia es el lo que se conoce como "automatismo", el dejar, digamos, de lado "la razón" (en palabras simples y medio burdas: pintar o escribir "salga lo que salga"). Es  decir, si esta palabra, en francés, traducida al castellano es, simplemente, lo que sigue: superrealismo, sobrerrealismo o suprarrealismo y -como bien dice don Marco Aurelio- así aparece en el Diccionario oficial (Surrealismo, que es el nombre dado al movimiento tiene, en palabras originalmente castellanas, esos tres sinónimos), ¿deberíamos, por ello, eliminar de nuestro léxico la palabra "Surrealismo" que, según el señor Denegri, es un "disparate"? No. En primer lugar, y lo digo enfáticamente, porque no es un disparate. Segundo, porque la palabra "Surrealismo" no es una "traducción" del francés al castellano; se trata, simplemente, de una palabra en el idioma galo que ha llegado al nuestro y en él se ha quedado: es un galicismo, nada más. Como ocurrió con los vocablos provenientes del inglés "garaje" (de "garage'), o "chofer" (de "chauffeur") que tampoco son traducciones. Los anglicismos, los galicismos, son -digamos- palabras importadas que pueden seguir siendo escritas como en sus leguas de origen, o ser de algún modo alteradas en su estructura. No son traducciones; como, igualmente, no lo son dadaísmo ni fauvismo, por ejemplo. 

4) La palabra "tabú" tiene su origen más remoto en la voz polinesia "tapu" ("lo prohibido"), cuya pronunciación -efectivamente- no es como palabra aguda (con acento en la última sílaba), sino así como está escrita: grave o llana. De su lengua originaria, habría pasado al francés, al inglés y al danés; y luego llegado al castellano, desde la segunda de las lenguas nombradas. Esa habría sido la razón por la que la pronunciación que nosotros los hispanoparlantes le damos es completamente distinta a la original y, más bien, se acerca -por su acento agudo- a la inglesa: taboo. En tal sentido, creo que el Diccionario oficial se equivoca al decir que la palabra proviene del polinesio "tabú", porque -efectivamente- es cierto lo que dice don Marco Aurelio, y ya lo vimos: en esa lengua no se pronuncia 'tabú" (palabra aguda), sino "tapu". (Esto es lo dicho por el señor Denegri: "La Academia sigue diciendo que la palabra tabú proviene del polinesio tabú, así, con tilde, cuando en polinesio la palabra nunca ha sido aguda; el carácter agudo de la palabra es invención inglesa"). Pero, el error de la Academia está únicamente en eso: en la referencia etimológica, nada más. Y la pronunciación que los hablantes le damos, así, como palabra aguda (que sin duda, tiene que ver con lo que sería la "mediación importadora" del inglés) no es, bajo ningún concepto, una "acentuación impropia" ni mucho menos un "disparate" que "la academia terminó por admitir". No. (La Academia no "admite" o prohíbe: no tiene autoridad para ello). La explicación sería similar a la que he dado respecto de "video": pronunciamos en castellano, y no en polinesio, no tenemos que pronunciar en polinesio. 

5) Nosotros los hispanohablantes no hemos impuesto "la acentuación indebida de un apellido que no es Fígaro, sino Figaró". ¿Es un apellido? Hasta donde sé (y es realmente poco lo que sé), Fígaro es el nombre de un personaje ficticio, que aparece en dos obras teatrales de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais: "El barbero de Sevilla" y "El matrimonio de Fígaro". La palabra fue también inventada por el escritor. El hecho de que en la lengua en que fueron escritas las obras, esta palabra sea pronunciada como aguda -repito lo que dije antes- no nos obliga a hacer lo mismo, a nosotros los hispanohablantes. No existe ley (jurídica, religiosa, moral, ni menos lingüística), ni autoridad académica que nos obligue a tal cosa. La única norma válida, en asuntos del léxico, es la arbitrariedad, la legítima arbitrariedad del uso, "árbitro, juez y dueño en cuestiones de lenguas" (Quinto Horacio Flaco, dixit). Todo está en orden, pues. No hay nada que merezca el oprobioso e injusto calificativo de "disparate". 

6) Cierto: La palabra francesa "manche", en castellano significa "manga". El mar que existe  entre Francia y Gran Bretaña, que es un canal -cuya anchura oscila entre 240 km., la parte más distante entre orilla y orilla, y 33.3 km., que es la más estrecha- ante la imaginativa mirada de algún anónimo personaje del país galo tenía la apariencia de una manga (de saco o de camisa): y es por eso que se les ocurrió, a los franceses, llamar a ese canal "La Manche" (o sea "Canal de la Manga"). ¿Qué pasó con los hispanohablantes? Se les ocurrió nombrar a esa zona geográfica, siguiendo de algún modo la "ley del menor esfuerzo": imitando, con una muy leve variación, los aspectos gráfico y fonético de aquel nombre en francés. Y así  resultó "Canal de la Mancha". No hubo preocupación ni interés por poner atención en asuntos de semántica: prevaleció el sonido, y punto. Y, obvio, no es que se hubiese pensado, por ejemplo, en asignarle -con mala fe- ese nombre en alusión a suciedad, a mácula, a tachadura, afrenta o cosa por el estilo. Esto qué quiere decir: que la palabra "Mancha", como nombre dado en nuestro idioma  al canal ubicado entre Francia y Gran Bretaña no tiene un significado distinto al que corresponde a esa parte del Océano Atlántico. Mancha es y seguirá siendo, en minúscula, "señal que una cosa hace en un cuerpo generalmente ensuciándolo, o echándolo a perder"; pero, escrita con la primera letra en mayúscula, será lo que ya sabemos: el nombre del canal de que aquí se está hablando, como lo es aquel lugar que aparece  en la famosísima novela de Miguel de Cervantes Saavedra. No es tampoco -otra vez tengo que decirlo- una traducción de "Canal de la Manche"; es solamente el nombre que en castellano se nos ocurrió darle a ese canal. Los franceses lo llaman "La Manche", los ingleses le dicen "English Chanel", los catalanes prefirieron traducirlo y llamarlo "Canal de la Manega", y nosotros -les guste o no a algunos "puristas"- optamos por el nombre ya planetariamente difundido: "Canal de la Mancha". ¿Alguna de esas denominaciones está equivocada? Ninguna. Para nosotros no  es "La Manga"; es "La Mancha" y así lo seguiremos diciendo aunque don Marco Aurelio Denegri haya creído -equivocadamente, otra vez- que se trataba de un disparate.      

                                                                                                                                 © Bernardo Rafael Álvarez

                                                                                                                                                       6/08/2020


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*  https://www.youtube.com/watch?v=tdJbPFW0RZQ&t=784s

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sábado, 5 de septiembre de 2020

"¡QUÉ PAJA!"

Su origen está en el latín: "Palea", que significa "fibra". Y es (DLE) "caña de trigo, cebada, centeno y otras gramíneas, después de seca y separada del grano". 

 Se entendió de lo que estoy hablando, ¿verdad? Claro, de la paja.


En el Perú, sin embargo, no solo es eso que aparece en la primera acepción registrada por el Diccionario oficial. Paja también es, aquí, el nombre que se le da a la masturbación (sé que en algunos otros países, también); y se emplea, asimismo, como un adjetivo para ponderar (ojo a la cuarta acepción de este verbo: elogiar, alabar) algo.

 ¿Cómo o por qué aparecieron estos dos nuevos usos, cómo podríamos explicarlos? Normalmente o, mejor dicho, usualmente, la aparición de un vocablo o la asignación de tal o cual significado (sentido) a una palabra se da bajo el amparo de la arbitrariedad, pero esto no impide que en muchos casos sea posible hallar una explicación, con alguna dosis de rigor, echando mano a la etimología y, así, podamos encontrar una voz remota convertida en la raíz u origen del vocablo nuevo. 

 ¿Cuándo comenzó a usarse el término "paja" para referirse a la masturbación? Si lo supiéramos y si, además, nos fuera fácil saber dónde ocurrió tal cosa, tal vez podríamos hasta enterarnos de qué fue lo que lo motivó (trabajo para la lingüística histórica, sin duda). Mientras tanto,  creo que podemos decir lo siguiente. 

 Además del latíno "palea" que, como ya vimos, significa "fibra", otro antecedente en esa lengua es "pascere": apacentar, calmar, apaciguar, satisfacer. En esta última acepción, que es lo mismo que "dar gusto", estaría el origen o, mejor dicho,  la explicación al uso de "paja" como sinónimo de "masturbación" (porque, como sabemos, masturbarse ese eso, pues, darse placer). 

 Por analogía, creo que es razonable comprender que la expresión "¡Qué paja!", que -como ya dije- también se usa en el Perú, puede ser explicada etimológicamente considerando  la mencionada voz latina, "pascere". Lo que alabamos o elogiamos, no solo es algo que nos parece bien sino que, sobre todo, principalmente, nos genera placer, nos gusta. "¡Qué paja!", que es lo mismo que decir "¡Qué bacán!", es, pues, una expresión coloquial con la que no emitimos juicios de carácter "científico", o de valor,  para calificar, tal vez, algún grado de perfección en una obra literaria o de cualquier  otra índole. No, no es eso. Es una expresión fundada básicamente en la emoción; por eso, repito, se trata de un elogio o alabanza por algo que nos gusta, que nos genera placer. Por eso es paja, es bacán. Y podemos decir: "Qué paja es este poema"; "Está bien paja tu camisa"; "Estos escritores escriben cosas pajas".

 Ahora, ¿es legítimo usar expresiones como esta expresión, que -por cierto- aún no ha sido "validada" ni "estandarizada" u "homologada" por la Academia?[1] Sí, es legítimo. Podemos usarlas coloquialmente, pero nada nos prohíbe (nada puede prohibirnos) que las usemos en textos escritos, y hasta en ensayos (yo las empleo: no estoy sometido a las maneras dizque "intelectuales").

 Las lenguas se manejan, deben manejarse, en libertad. No podemos, porque sería indigno y vergonzoso  -especialmente, si somos escritores- estar, al escribir, cuidándonos de lo que se les ocurra  decir a los "censores" (que, dicho sea de paso, no existen, no tienen por qué existir). Por eso, por la libertad, es que tenemos a César Vallejo, que escribió, como correspondía, exento de pudorosas precauciones, y creó "Trilce"; por eso, también, a Juan José Flores, autor de "Huámbar Poetastro Acacautinaja", la novela acaso más libérrima que se haya escrito en estos lares: libros estos realmente bien pajas. 

 Pero, naturalmente, cada quien es libre de decidir lo que desee hacer y, en tal sentido, escribir con absoluto apego a la "majestad" de la Academia, o hacerlo sin ataduras de ninguna especie, en libertad. Cualquiera sea la opción que escoja, estoy seguro, le dará comodidad y satisfacción. De eso se trata, pues: de buscar -en dos palabras- lo que nos resulte más paja.

 ¡Un abrazo!



[1] Lo dicho, obviamente, es ironía. Por eso el uso de las comillas en esas tres palabras. 

 


jueves, 3 de septiembre de 2020

"ÑANGA", SINÓNIMO DE "MENTIRA"

En "El habla culta", sección que tiene en el diario El Comercio, la doctora Martha Hildebrandt, transcribe esto que encontró en un diario capitalino: "Fuentes palaciegas nos dicen que ese anuncio de la cuestión de confianza (..) sería pura ñanga". ¿Qué es "ñanga"? La misma doctora lo dice: "Entre nosotros, ñanga se aplica coloquialmente a una cosa sin importancia o a un asunto falso".[1] "Asunto falso'. Efectivamente: mentira, engaño.

En el Diccionario de Peruanismos, valioso libro de Juan Álvarez Vita[2], veo que esta expresión coloquial - replanesca o de jerga popular- aparece registrada como una palabra de origen quechua cuyo significado, en esa lengua, corresponde a "cosa ruin" y "baladí'; y agrega que su uso, como equivalente a mentira, "trafa", engaño, se da en nuestro país y también en Colombia. 

Bueno, si me permiten, debo decir que la explicación que hace el diplomático y lexicógrafo Álvarez Vita, respecto del presunto origen del vocablo en cuestión, me parece discutible.

He hecho las averiguaciones correspondientes y he llegado a la conclusión de que en el quechua no existe el vocablo "ñanga", y menos con el significado de "cosa baladí" o "ruin". ¿Dónde pudo haber encontrado, el autor de este importante repertorio lingüístico, aquella información? Me aventuro a creer -con una alta dosis de seguridad- que lo que pudo haber ocurrido es que alguien le mencionó la palabra "yanca" y él escuchó "ñanga". "Yanca", y no "ñanga", es una palabra que existe en la lengua andina e incluso se encuentra registrada en el Vocabulario de la Lengua Quechua de Diego González Holguín, publicado en 1608; y, efectivamente, dos de sus acepciones son "cosa baladí" y "ruin".[3] (En mi tierra, Pallasca, y en gran parte de la Sierra norte del Perú, "yanca" equivale a "por gusto", "por las puras"; algo que se hace inútilmente).  

¿Qué tendría que ver -semánticamente hablando- "baladí" o "cosa ruin", con mentira o engaño? Nada, absolutamente nada. Claro, ya sabemos que quien miente comete algo ruin, pero eso es otro asunto y no viene al caso, pues de lo que se trata, aquí, no es de buscar explicaciones de carácter moral: no estamos juzgando a una persona por perjurio o cosa por el estilo. Al redactar este artículo, mi preocupación, respecto del vocablo de marras, es estrictamente etimológica. 

Como ya vimos, Álvarez Vita señala que también en Colombia se usa el vocablo "ñanga" y con el mismo significado que le damos en el Perú. Bueno, también he indagado al respecto, y el resultado que he obtenido es diverso. Allí, en Colombia, es usado, como expresión coloquial, para referirse a alguien, digamos, "despreciable" (delincuente, drogadicto, antisocial...). Y, por cierto, otra de las cosas de que me he informado es que esta palabrita también se emplea en otros países, pero con los más disímiles significados, ninguno de los cuales coincide con el que tiene en el Perú. En México, por ejemplo: "débil"; en Ecuador: "porción pequeña de algo"; en Centro América: "terreno pantanoso". 

Y en el Perú también tiene otros significados. Como hemos visto, en la antes mencionada sección que tiene en el diario El Comercio, la doctora Hildebrandt registra, además de "un asunto falso", esta acepción: "cosa sin importancia". Pero no solo eso. También se refiere a esto que ha sido sorpresa para mí: "nariz". Yo nunca antes leí ni escuché tal cosa. Tras consultar a algunos amigos, he podido confirmar lo dicho en la breve nota de nuestra prestigiosa lingüista: es cierto, también tiene el significado de "nariz".

Bien. Como, creo, era de esperarse, esta información me ha generado una inquietud: procurar encontrarle una explicación a ese significado. ¿Por qué el uso del vocablo "ñanga" para referirse coloquialmente al órgano externo de la respiración? Creo tener una respuesta. Para comenzar, me parece innegable que proviene de lo que sería, digamos, una asociación con el otro significado que le damos a "ñanga": "mentira". Veamos. ¿Se acuerdan de Carlo Lorenzo Filippo Giovanni Lorenzini? O, mejor dicho, ¿saben quién fue? Fue un italiano que, con el seudónimo "Carlo Collodi", publicó en 1882 un cuento titulado Storia di un Burattino, a cuyo personaje principal, cada vez que mentía, se le alargaba más la nariz (estoy refiriéndome -obviamente ya lo adivinaron- a "Pinocho"). Esto, que fue producto de la imaginación literaria del escritor, ha encontrado lo que sería una suerte de correlato con los resultados de un trabajo científico de hace algunos años. No, no se ha descubierto que el hecho de decir mentiras altere realmente las dimensiones de la nariz, pero sí tiene algo que ver con ella: Dos estudiosos de la Universidad de Granada (Emilio Gómez Milán y Elvira Salazar López), luego de unas investigaciones realizadas por ellos, han llegado a la conclusión de que, cuando una persona miente, se producen cambios de temperatura en la nariz.[4] 

¿Hacia dónde me lleva esto? Pues, a expresar lo siguiente: El vocablo "Ñanga", referido a la nariz, es, creo que, sin ninguna duda, una alusión metafórica a la mentira, lo que -claro está- tiene una subliminal conexión, no, por cierto, con el resultado de las investigaciones de los científicos españoles que, como dije, son recientes, sino con el aludido personaje literario del italiano Callodi: la marioneta de madera construida por el simpático "Gepetto". 

Debo decir, finalmente, retomando el tema, que yo tengo la certeza de que el vocablo coloquial "ñanga", usado en nuestro país como sinónimo de mentira, proviene no del quechua sino de una caprichosa metátesis (reubicación de sílabas) ejecutada en la palabra "engaño". Más o menos como lo ocurrido con "jerma" (mujer) o "trome" (maestro): inversión de sílabas, cambiando o eliminando algunas letras (lo cual, en estas, como en todas las cosas que tienen que ver con el léxico, es legítimo: funciona la arbitrariedad, la legítima arbitrariedad).  

Tal vez pudiera parecer un insolente y desmesurado atrevimiento, una osadía (pues sabemos que en estas cosas es casi imposible dar la última palabra), pero -al menos hasta ahora- estoy convencido, y tengo que decirlo, que esta sería la virtual progresión "metamórfica", que habría dado lugar al nacimiento del vocablo coloquial que ha motivado este artículo mío: "Engaña/engaño: "ñaenga", "ñonga"... "ñanga". (Disculpen este insolente y desmesurado atrevimiento).

 [Para quienes quisieran abordar este tema, que es apasionante, creo que el reto está planteado. Sería enriquecedor su aporte. ¡Adelante, amigos!]

© Bernardo Rafael Álvarez

                                                                                                                                                                    


[1] Martha Hildebrandt: El habla culta. En El Comercio, Lima, 07/10/2019. (el comercio.pe)

[2] Juan Álvarez Vita: Diccionario de Peruanismos. Segunda edición. Universidad Alas Peruanas, Lima, 2009.

[3] Diego González Holguín: Vocabulario de la lengua quechua (1608). Edición del Instituto de Historia UNMSM, Lima, 1952.

 

[4] Estudio publicado en la revista Journal of Investigative Psychology and Offender Profiling. 2012. Ver: canal.ugr.es

 

miércoles, 19 de agosto de 2020

ARTE, AUNQUE A USTED NO LE GUSTE.


Sí, usted (como cualquier parroquiano) tiene derecho de decir que esto, lo que se ve en las imágenes de arriba, no es arte, y, si quiere, hasta puede hablar pestes del pintor que lo hizo; incluso puede teorizar al respecto, echando mano a los conceptos vertidos por más de un especialista en estética, o citando a filósofos, o mencionando a grandes pintores de la historia. Pero, ¿sabe una cosa?, le guste o no a usted, o les disguste a muchos intelectuales, lo que se ve aquí sí es arte, es arte. Es muestra de una de las expresiones más desenfadadas y, como tal, más libres de hacer arte pictórico. Su autor, el norteamericano Edwin Parker "Cy" Twombly, muerto el 2011, a los 93 años de edad. El arte pictórico no tiene que ser (no está obligado a ser) una manifestación de trazos guiados por alguna norma matemática inamovible o de otra índole. En arte, las reglas no las da alguna academia (ni mucho menos un grupo de poder, una "autoridad"), sino el mismo artista es quien crea sus normas, sus reglas. (¿Recuerdan lo que, en 1917, hizo el francés Marcel Duchamp? A un urinario, sobre el que firmó como "R. Mutt", lo presentó como escultura con el nombre de «Fuente», y, claro, generó aversión y cuestionamiento en muchos, pero se convirtió en uno de los más influyentes aportes dadaístas, como fue reconocido el año 2004, por un nutrido número de especialistas en arte).  No crea si alguien le dice que los artistas deben seguir los "preceptos" de algún catecismo o cosa por el estilo; eso es falso. El artista, si lo desea, puede hacer pinturas "perfectas" (aludo a la idea o las ideas tradicionales y medio asustadizas de "perfección"), o desbordarse en una inclemente y pecaminosa "imperfección", sin asco ni pudor, y sin vergüenza ante el "qué dirán". Y, por cierto, nada le obliga a hacer (como habría dicho Pocho Rospigliosi) "lo que le gusta a la gente". Un producto artístico no tiene que gustarle a todo el mundo; si le gusta a todos, ¡albricias!, y si no, caballero, nomás. Y un artista no tiene que estar sometido a mandato imperativo de nadie, ni siquiera a "su publico”, excepto a su propia voluntad, imaginación, sensibilidad o extravagancia. Y tampoco el artista está obligado a tocar temas o asuntos "exultantes", de elevada nobleza; también lo vulgar es absolutamente lícito en el terreno del arte. Arte es, sobre todo, libertad. LIBERTAD. (Al arte le cae bien aquella frase de Martin Adán: "No quiero ser feliz con permiso de la policía"). Libertad, naturalmente, también hay en quienes quieran apreciar o despreciar tal o cual manera de pintar, de hacer arte. ¡Un abrazo, paisitas! Cuídense mucho.