jueves, 19 de octubre de 2017

LAS HIJAS DEL CANTO RODADO / Bernardo Rafael Álvarez


Como las águilas, vivían en los riscos más elevados y casi inaccesibles de la más alta montaña de la zona. Eran mujeres misteriosas, que -con su sola presencia, con solo mirarlas- infundían una suerte de obligado respeto y al mismo tiempo miedo. Parecían, a veces, fantasmas amenazantes. Casi nunca conversaban con las personas de los alrededores, y cuando, ocasionalmente, algunas de ellas bajaban al pueblo, lo hacían solo para adquirir, mediante trueque, algunos víveres y mucha coca y entregaban, a cambio, vistosos fragmentos de cuarzo que solo Dios sabe de dónde sacaban, y en cuyas superficies de espejo podían verse imágenes distorsionadas de los rostros, con luminosos y tornasolados colores: "Valen mucha plata", comentaban algunos, y soñaban con, algún día, llevar esos minerales a la Capital y venderlos, cosa que, por cierto, nunca llegó a ocurrir porque, finalmente, prefirieron que fuesen usados como juguetes por sus hijos pequeños. Terminado el trueque, silenciosamente, tal como habían venido, las mujeres emprendían el retorno a sus medio tenebrosos dominios. 

Sin embargo, cierta vez -que, en realidad, fue la última-, cuando volvieron al pueblo, generaron, como nunca, un inesperado alboroto entre las gentes cuya vida diaria siempre había sido apacible, tranquila, rutinaria, casi monótona y envuelta -a veces- por la melancolía; ahora, en cambio, un insólito gozo se apoderó de todos. Tres fueron las mujeres que esta vez arribaron muy temprano por la mañana, cargando cada una sobre sus espaldas un abultado costal que finalmente colocaron en el piso, delante de ellas. Y, ¡oh, sorpresa!, con inesperada locuacidad, desde una pequeña lomada comenzaron -como en estado de trance- a pronunciar, desenfrenadamente, palabras en una lengua ininteligible, y también entonaron un cántico cuya melodía parecía el murmullo, a veces violento, de las olas del mar. 

Todos, hombres, mujeres, niños y ancianos, salieron de sus casas, dejaron de hacer lo que estaban haciendo y, como en estampida de hambrientos en busca de pan, corrieron hacia donde ellas, evidentemente, los esperaban. 

«Hemos encontrado -dijo una de las mujeres, ya en el idioma que hablaba el pueblo- como regalo de los dioses, a las niñas que son las hijas de nuestros Apus, y las hemos traído porque queremos que se queden aquí, pues estamos convencidas de que ustedes, que son buenos y nobles, merecen guardarlas, y estamos seguras de que las protegerán como si fueran sus propias hijas...». Las otras mujeres continuaron con el cántico y haciendo palmas. Los pobladores no podían salir de su asombro y se miraban entre sí, intrigados, sin poder evitar cierto sentimiento de pavor. 

«¡Alégrense!» -intervino, con tono de exigencia y euforia, otra de las mujeres-. «Boten la tristeza al río. ¡Sean felices!». De pronto, tras una estentórea carcajada, toda la gente del pueblo expresó su alborozo, cantando no en su propia lengua sino, increíble e insólitamente, en la lengua de aquellas misteriosas y desconcertantes mujeres. Luego de unos segundos, bruscamente, se callaron. 

Una sospecha, asumida como certidumbre, surgió de pronto en el pensamiento de todos: «Las abuelas concubinas de los Apus, sí, ¡eso son!». Las tres eran ancianas; la menor tendría unos ochenta años de edad y la mayor, tal vez, noventa y cinco. 

Las niñas de las que hablaban, es decir, las «hijas de los Apus», no eran niñas, realmente, sino unas bellas y enigmáticas muñecas de lona en cuyos rostros podía advertirse una caprichosa y aterradora apariencia en que se juntaban -como en una medio monstruosa y surreal simbiosis- ángeles y demonios; sus ojos eran felinos pero también tenían mucho de la mirada insondable e hipnótica de los búhos. Fueron extraídas, una a una, de los costales. 

Sin desprenderse del temor, los pobladores las recibieron expresando, insistentemente, y casi reverentes, su gratitud por el insólito gesto de bondad de las ancianas. 

Concluida la entrega de las muñecas, lo que hicieron las mujeres -como antes, también en silencio, y sin ninguna actitud particular de simpatía o de rechazo hacia los demás- fue alejarse, raudas, hacia su inexpugnable y recóndita soledad. El pueblo, durante toda la mañana y hasta después del mediodía, continuó reunido en la placita: todos intrigados. "¿Y ahora qué hacemos con estas muñecas?", fue la pregunta que al principio nadie podía contestar. 

De pronto, un inesperado pánico, que se había apoderado de todos, los empujó a tomar una definitiva decisión y, al unísono, exclamaron: "¡Echémoslas al río!". Como quien busca desprenderse de un peligro o liberarse de una culpa, llevaron, efectivamente, todas las muñecas a la orilla del río y allí las abandonaron, sin atreverse a lanzarlas al agua. Sobre la playa poblada de cantos rodados colocaron todas las bellas muñecas como si se tratara de una forzada ofrenda, y enseguida comenzaron a sentir cierto alivio y se convencieron de que hacer eso había resultado casi como un ritual de purificación para sus almas, la expiación de algún pecado que pudieran haber cometido en algún momento olvidado de sus vidas. Y en ese lugar de luz y de paz, y de insondable misterio, quedaron las muñecas y allí -es sabido por todos- permanecen hasta ahora.

Desde el ya distante día, cuando las abuelas se alejaron para no regresar más, ya nadie ha vuelto a saber nada de ellas, y pareciera que a nadie le interesa conocer su paradero (por temor a una maldición, dicen). Según cuentan algunos viajeros, que esporádicamente pasan por las inmediaciones, durante las noches de luna llena se oyen, cerca del río, voces que cantan endechas de desesperación y tristeza, fúnebres. Creen que son las voces de las muñecas; pero esto nadie ha podido comprobarlo. Lo cierto es que el pueblo, que siempre fue mustio, hoy es un pueblo bendecido por la felicidad y la alegría, aun a pesar del asedio de aquella estremecedora melodía, que permanece en el ambiente y que cuando llega la oscuridad quisiera hundir a todos en la tristeza y la desesperanza. 

Las muñecas, a despecho de aquello que pareciera ser un himno de muerte y dolor decidido a triturar la alegría, sonríen con el río, el viento y los alisos, y se han convertido en fuente de inspiración y alimento de la fe; y, con ellas, la gente también sonríe. Ellas nacieron de entre las piedras y su canto es como música corpórea expuesta a la brisa y a las tempestades -es decir, estas muñecas son vida, universo y amor con forma de mujer, de ángel y de demonio-; son como un saludo a la libertad, la paz, la belleza y los sueños. En buena cuenta, poesía y luz, aun a pesar de las adversidades. ¡Son las hijas del canto rodado!

               

                                                                                                           © Bernardo Rafael Álvarez        

                                                                                                                                                                        19 de octubre, 2017. 02:04 p.m. 


lunes, 16 de octubre de 2017

¿FALSEDADES SOBRE COLÓN?

En la revista Luces del diario El Comercio del día de hoy, don Marco Aurelio Denegri publica un artículo al que se la ha puesto el titulo siguiente: “Marco Aurelio Denegri aclara algunas falsedades sobre Cristóbal Colón”. Voy a permitirme comentar al respecto, a ver si podemos encontrar esas “falsedades”. Veamos:

1) Dice don Marco Aurelio: “En el Pequeño Larousse Ilustrado se dice que el célebre navegante nació “probablemente” en Génova. ¡No, señores, no: el origen genovés de Colón no es probable, sino cierto!”

-¿No es probable? Probable es, según el Diccionario “verosímil, o que se funda en razón prudente; es decir, creíble por no ofrecer carácter alguno de falsedad. Decir “probablemente” podría significar que se esté dudando de algo, pero no que se niegue una verdad. Lo que es probable es aquello que no es falso, porque puede ser probado (perdonen el pleonasmo). Y, bien, siguiendo con el Diccionario Oficial: Probar es “justificar, manifestar y hacer patente la certeza o la verdad de algo con razones, instrumentos o testigos”. No estamos, pues, ante una falsedad.

2) Dice don Marco Aurelio: “No es cierto (…) que la reina haya ofrecido empeñar sus joyas para pagar la expedición, porque la reina ya las tenía empeñadas (…) Entonces, una de dos: o se refería a otras joyas, que por lo demás no se conocen, o, sencillamente, se había olvidado de que tenía sus joyas empeñadas.” 

-¿Dónde está la falsedad? Lo que don Marco Aurelio aparentemente pretende negar es lo dicho por la reina;  pero, ¿cómo lo puede demostrar nuestro famoso polígrafo? Al menos en el artículo no lo hace. Lo que él dice es improbable, pues. Incluso, como se ve en el texto, lo que expone son sus dudas; dice: “o se refería a otras joyas o, sencillamente, se había olvidado de que tenía sus joyas empeñadas”. No demuestra, pues, ninguna falsedad.

3) Dice don Marco Aurelio: "Tampoco es cierto que Colón se haya enfrascado en una discusión con los sabios de Salamanca, refutándolos. Claro; es pues inconcebible que los sabios se pusiesen a discutir con una persona de cultura rudimentaria como Colón, quien además era por entonces un don nadie."

-Aquí lo que hace don Marco Aurelio es, solamente, dudar respecto de que la discusión se hubiera podido dar; no muestra pruebas ni indicios de que esa discusión no se hubiese realizado. Simplemente dice -como un disparo al aire-: “tampoco es cierto”. Ergo: no lo niega, razonablemente no lo niega; mejor dicho, no demuestra la falsedad.

4) Dice don Marco Aurelio: “Desde pequeños nos cuentan la historia de que hubo tres carabelas: la “Niña”, la “Pinta” y la “Santa María”. Eso es falso, porque la “Santa María” no era carabela, sino nao.”

-¿Falsedad o simple imprecisión? ¿Hay, acaso, una diferencia significativa o abismal entre carabela y nao? ¿Hay diferencia? No. Ambos tipos de embarcación usaban velas. Y algo más que es absolutamente incontestable: nao era (y sigue siendo) un nombre genérico; significaba nave y, como sabemos, una carabela era una nave (toda embarcación lo es), es decir, una nao. ¿Dónde está, entonces, la falsedad? 

5) Dice don Marco Aurelio: “Tampoco es verdad que Colón haya muerto en la pobreza (…) cuando murió (…) conservaba todos sus títulos y privilegios.”

-¿Títulos y privilegios son signos de riqueza material? No. 

(Don Marco Aurelio dice, finalmente, que “Los datos del presente artículo y otros más, que no publico por falta de espacio, completan la figura de Colón…” ¿Habría que esperar, tal vez, la ampliación del artículo, para ver la real sustentación de lo aquí dicho, y darnos cuenta de que el artículo no carece de rigor, de seguridad, de certeza; o sea, que es creíble?)


lunes, 9 de octubre de 2017

EL MUSEO DE ARTE CONTEMPÓRANEO*

El Museo de Arte Contemporáneo, cuya edificación se ha reiniciado en Barranco, no llevará el nombre de Fernando de Szyszlo, porque él ha renunciado a este justísimo homenaje a su elevada calidad de pintor, de pensador, de hombre; y también, porque él posee un demérito imperdonable en los grandes: estar vivo. La mezquindad y la envidia parece que han vencido una vez más en este país que últimamente está acostumbrándose a los disparates. Una de las obras mayores del arte peruano contemporáneo es la que desarrolla desde hace algunas décadas don Fernando: con dramática luminosidad, sus cuadros nos presentan al Perú, sus colores, sus formas, su espíritu. Es, probablemente, la pintura más auténtica e individualizable que se ha hecho en los últimos tiempos (un cuadro de Szyszlo puesto al azar en medio de un número infinito de obras de distintos autores, países, épocas y corrientes, es fácilmente identificable); individualizable pero sin dejar de ser universal. Un Szyszlo es un Szyszlo, se diría con orgullo nacional. Pero este es el Perú, pues, donde la mediocridad -brillosa mas no brillante- gana adeptos y aplauso. Recordemos, si no, que hace poco tiempo al centro de formación de los diplomáticos se le asignó el nombre de un oscuro personaje sin más méritos que el ser jugador de "bridge" y haber regalado su casa que ahora es usada como sede de dicha institución. Quizás -y no sorprendería- los "genios" que han pataleado contra Szyszlo quieran lo mismo: que el Museo de Arte Contemporáneo lleve el nombre de algún pintor del parque Kennedy o, acaso, de un pintor de "brocha gorda". Creo que Vargas Llosa exageró con aquello de "liliputienses", pero más exagerado sería ponerse a buscar otra palabra más apropiada para designar a los mediocres y envidiosos. Lamentablemente, hay gente que quisiera un Perú de pacotilla. ¡Uf!

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*Publicado inicialmente el 17 de abril del 2006, en Bitácora Extraviada.

viernes, 6 de octubre de 2017

ANTOLOGÍA “EN TIEMPO REAL”

Hace unos años, durante una conversación, escuché a Róger Santiváñez decir, más o menos, esto: “La historia de la poesía peruana de las últimas décadas no puede excluir, de ningún manera, a Gustavo Armijos” (o, en otras palabras, esta historia no podría escribirse prescindiendo de él). Verdad. Aunque haya quienes digan o quieran decir lo contrario, es cierto. Gustavo, no solo como poeta, sino como promotor terco, impenitente, inagotable, de poesía y de poetas.

Y es que desde enero de 1973, sin prisas ni pausas o, perdón, quiero decir con prisa y sin pausa, viene entregándonos lo que sería -digamos- en el léxico de estos días, la antología “en tiempo real” de la poesía peruana; esto a través de una sencillísima pero sólida revista a la que le puso el nombre de uno de los más emblemáticos poemarios de César Moro (el único que nuestro poeta surrealista escribió en francés: La tortuga ecuestre) y cuyo primer número apareció con el nombre de Isaac Rupay –inolvidable amigo poeta que falleció al año siguiente- como Director. Y, por cierto, el sueño de Gustavo (que comenzó a construirse -como él bien lo recuerda- en una mesa del entonces medio inevitable bar Palermo, lugar en el que -como empujados por un designio- confluíamos casi todos: Róger Santiváñez, Armando Arteaga, Guillermo Falconí, Jorge Espinoza Sánchez, Juan Ramírez Ruiz y Hora Zero... los demás) pareció surrealista al principio, pero –andando el tiempo- se convirtió en el empeño más real del que he podido ser testigo. Hasta ahora han pasado cuarenta y cuatro años, pero sus publicaciones ya llevan un año de adelanto o de ventaja (y esto sí es surreal, pero visible y palpable).

Yo llegué a Lima en 1972, y a principios del año siguiente (claro, en el quiosco de don Néstor Jáuregui, en una esquina del Parque Universitario) una de las primeras cosas literarias que vi con alegría –además de Hontanal, la revista que dirigía Roberto Rosario, en la cual apareció el primer poema mío publicado en Lima- fue La tortuga ecuestre. La alegría mía, lo confieso, se debió a que desde allí saltó hasta mi mirada absorta un poema que simplemente me pareció (y sigue pareciéndome) extraordinario y que me estremeció: Franz, historia de un gusano (“Encontré a Franz Kafka en la Plaza San Martín, borracho, todo sucio de manzanas podridas…”).[1] A su autor ya lo conocía o, mejor dicho, ya sabía algo de él. En 1971, estando en Trujillo, leí en el diario La Crónica la columna de un periodista -cuyo nombre no recuerdo- en que hablaba de su visita al Festival “Contacta” que, ese año, se había realizado en el Parque Neptuno, y comentaba el autor de la nota acerca de la impresión que le causó la presentación de un poeta, jovencito aún, que leyó poemas con notable emoción; el columnista transcribió uno de aquellos poemas, en el cual el poeta hablaba de la Guerra de Vietnam y aludía a los helicópteros llamándolos “libélulas”. ¿Quién era ese novel hacedor de versos? Pues, Juan Carlos Lázaro. 

Poco tiempo después conocí a Gustavo, y nos hicimos amigos. Y con el primer número de su revista (y a veces también con el sello o logotipo, es decir, el nombre de la publicación fundido en una sola plancha, que Gustavo llevaba bajo el brazo) caminamos y caminamos duro y parejo por las calles de esta Lima (dizque “horrible”), entrando en librerías y academias de preparación preuniversitaria, ofreciéndola con entusiasmo a jóvenes y viejos que –era inevitable, creo- nos miraban con algo de curiosidad perversa, como a bichos raros (¡poetas!), pero terminaban medio extasiados con la oratoria almibarada de Gustavo. Nosotros, con alma de adolescentes, por supuesto que seguíamos adelante. [2] 

(La tortuga ecuestre no solo se hizo conocida en nuestro medio, también en México tenía lectores. Mario Santiago Papasquiaro, el poeta de Zarazo, la revista que tiempo después, en 1975, dio paso al Infrarrealismo (con Roberto Bolaño, el mismo Mario, Rubén Medina y otros) ya la tenía en sus manos. Y en carta de abril de 1974 me preguntó a su manera, por ella: "(¿qué ondas? Con Gamarra, JÁUREGUI, durand, rupay, armijos/ ¿siguen dando guerra "eros & "tortuga ecuestre"?/ Infórmame de ellos/ & si pueden/ & están interesados ¡Qué formalidad!---> madame bovary) que escriban...").

¡Qué linda edad la que vivimos, caracho! Incursiones en El Palermo, que ya estaba por acabarse; encuentros frecuentes en el Wony, en el Tívoli. Juan Ramírez Ruiz, en Ancash 444 y luego en Rufino Torrico y otra vez en Ancash. Hora Zero. Víctor Humareda; Manuel Morales; Guillermo Mercado; Róger Contreras, con Girángora. Los discursos a veces amenazantes de Juan Velasco Alvarado (“¡Faltarán postes para colgar a los contrarrevolucionarios!”). Led Zeppelin, Quilapayún, Cuesta Arriba. Pound, Eliot, Lezama Lima, Cardenal; y algunos negando inútilmente a Vallejo. Sueños. Esperanza. La tortuga ecuestre, trotando.

Y su trote continúa. Y no creo equivocarme si afirmo que en La tortuga ecuestre han aparecido todos los poetas (“habidos y por haber”) de nuestra impredecible comarca, de las generaciones posteriores a 1960, y siguen apareciendo (poemas míos fueron publicados allí en cuatro oportunidades; la primera, en setiembre de 1974, y la última hace poquito).

Una revista, repito, extremadamente sencilla (“minimalista”, creo, es la palabra que usan los entendidos): apenas un par de hojas A-4 dobladas en dos y engrapadas (acaso emulando el formato de Haraui, la revista que desde 1963 publicaba Francisco Carrillo), porque no hace falta más, porque la poesía no necesita más: no tiene que ser envuelta en papel celofán o enmarcada en pan de oro: vale en sí misma y por sí misma, y más, mucho más, si sus condiciones son de humildad; y esto lo sabía y lo sabe Gustavo, y todos los poetas lo sabemos. Por eso, a muchos les regocija ver sus poemas publicados en La tortuga ecuestre, aunque de la boca hacia afuera quieran negarlo. 

Tengo que decir -con absoluta sinceridad- que es realmente valiosa y admirable la labor de Gustavo Armijos: a pesar de ventarrones y baches, sigue adelante, imperturbable y vigoroso. Y esto merece reconocimiento, sin ninguna duda. Pero, la verdad: con o sin reconocimiento, este poeta piurano (autor –entre otros libros- de los poemarios Retrato humanoCelebraciones de un trovadorLiturgia de la VigiliaTierras del exilioEn esta vieja ave & otros poemas) está y estará siempre allí: en nuestra historia literaria, como el jinete (¿o chalán?) impenitente de este longevo “quelonio de papel” que desafía incluso las leyes de la cronología (si no me creen, sepan esto: estamos en el año 2017, pero La Tortuga ecuestre ya cabalga en los prados del año 2018). Surrealismo, pues, pero real y vívido. Cómo no: cosas de poetas, señores; cosas de la poesía.





[1] También fueron publicados, en aquel número 1, poemas de Elías Durand, de quien se decía en la notita de pie de página que trabajaba un poemario llamado “Emergencia en el basurero”; de Santiago López Maguiña, que anunciaba un libro inédito, “Desayuno en la cama”; de Gustavo, entonces estudiante de ciencias administrativas; y de Isaac que, repito, fungía de director.


[2] (Hace poco escribí un poema en el que digo: “Éramos adolescentes bellos / y andábamos con pasos firmes casi en trote / nuestras palabras tenían signos de exclamación y el grito / nos daba esplendor / como girasol vigilando a las nubes…”)

viernes, 28 de julio de 2017

DENTRO DE LOS CINCUENTA KILÓMETROS DE NUESTRA FRONTERA.

Se dice que el actual Gobierno pretende vender "frontera a los chilenos", y que "Una vez más PPK demuestra que se zurra en nuestra Constitución y en nuestra soberanía nacional" (Ver aquí: Lima Gris).

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Si me permiten, voy a hacer un breve comentario estrictamente jurídico y sincero que -sin duda- será como muchos de mis comentarios, impopular y, además, puede parecerles antipatriótico. Pido disculpas por ello y por la imprudencia, ya que estamos en 28 de julio:

1) El Gobierno actual no ha decidido, hasta ahora, vender terrenos a los chilenos dentro de los cincuenta kilómetros de la frontera.

2) Lo que ha hecho, con la Resolución Ministerial N° 334-2017-PRODUCE, es disponer la publicación del PROYECTO de Decreto Supremo por el que se autorizaría a la empresa Aventura Plaza S.A. a adquirir terrenos dentro de los cincuenta kilómetros de zona de frontera y a Open Plaza S.A. a mantener terrenos también dentro de los cincuenta kilómetros de zona de frontera.

3) Esta publicación (de un proyecto de decreto, y no de un decreto propiamente dicho) se hace como consulta, con el propósito de "recibir las opiniones, comentarios y/o sugerencias de la ciudadanía, por un plazo de treinta (30) días hábiles"; es decir, formalmente, el Gobierno no quiere decidir "al caballazo"; no conozco de alguna norma que exija como requisito esta consulta, pero, bueno, el Gobierno lo está haciendo.

4) ¿Puede venderse terrenos a extranjeros, dentro de los cincuenta kilómetros de frontera? Sí. Veamos: La Constitución de 1979 (Art. 126) dice textualmente: "En cuanto a la propiedad, los extranjeros, personas naturales o jurídicas, están en la misma condición que los peruanos, sin que, en caso alguno, puedan invocar al respecto situaciones de excepción ni protección diplomática. Sin embargo dentro de cincuenta kilómetros de las fronteras, los extranjeros no pueden adquirir, ni fuentes de energía, directa ni indirectamente, individualmente ni en sociedad bajo pena de perder, en beneficio del Estado, el derecho adquirido. Se exceptúa en el caso de necesidad nacional declarada por ley expresa."

5) La excepción, "en el caso de necesidad nacional" a que se refería, debía hacerse -como se lee- por "ley expresa"; y efectivamente, así se hizo, al promulgarse el Decreto Legislativo Nº 757 en noviembre de 1991, en cuyo artículo 13 decía lo siguiente: "las personas naturales y jurídicas extranjeras podrán adquirir concesiones y DERECHOS sobre minas, tierras, bosques, aguas, combustibles, fuentes de energía y otros recursos que sean necesarios para el desarrollo de sus actividades productivas dentro de cincuenta kilómetros de las fronteras del país, previa autorización otorgada mediante resolución suprema refrendada por el Ministro que ejerza la Presidencia del Consejo de Ministros y el Ministro del Sector Correspondiente".

6) No solo aquella alabada Constitución Política (por la que juramentó Ollanta Humala). También la actual. El Art. 71 dice, efectivamente, que dentro de cincuenta kilómetros de las fronteras, los extranjeros no pueden adquirir ni poseer tierras, etc., sin embargo -como la anterior-, señala una excepción: el caso de necesidad pública, pero con una diferencia: excepción ya no declarada por ley, sino solo por por decreto supremo.

7) En resumen: la eventual adquisición de terrenos por parte de los chilenos de las empresas antes mencionadas, sí tendría amparo no solo legal, sino constitucional.

8) Al haber publicado la Resolución Ministerial con el proyecto de decreto supremo a que ya me he referido, lo que hace el Gobierno -repito- es consultar digamos democráticamente antes de decidir.

9) No sé si me equivoque, pero no creo que sea cierto lo que dice el señor Alpaca, que el Presidente se esté zurrando en nuestra Constitución; en todo caso, es la Constitución actual (y lo fue la anterior, de 1979), la que permitiría la posibilidad de afectar la "soberanía nacional", pues no prohíbe totalmente la adquisición de terrenos por parte de extranjeros en nuestras fronteras.

10) A los constituyentes de 1979 y los de 1993 (gobernantes de entonces incluidos) hay que maldecirlos. J


11) Concluyo: Visto desde el punto de vista estrictamente legal, debo decir (aunque duela) que no hay nada que se oponga a la posibilidad –en casos excepcionales, por razón de necesidad pública declarada mediante decreto supremo- de que los extranjeros pueden adquirir o poseer, por título alguno, minas, tierras, bosques, aguas, combustibles o fuentes de energía, directa o indirectamente, individualmente o en sociedad. O sea, oponerse echando mano a leyes, decretos o reglamentos, carece de solidez argumental. La misma Constitución Política lo autoriza. Solo cabría -supongo- interponer como razones los sentimientos patrióticos y las fobias, temores o revanchas. ¿Habría otras? Desconozco mayormente J; en todo caso, que lo digan los que más saben.

¡Un abrazo!

viernes, 21 de julio de 2017

CYNISMUS & CILICIUM*




 Una cosa complicada
 Semejante a una instalación imperfecta de gasfitero
Ah de las metáforas
Vena estrangulada
Y se desbordan los borbotones incontenibles de sangre
Contra los ojos y la flor de la conciencia
En fin
Un hilo de agua discurre debajo de mi sosiego
Caótico
Fecundo
Luminoso
El oficio de desollar cadáveres aún en la agonía
Me devuelve solícito el sueño
Dado como aval del crepúsculo
Esto es el libelo del repudio
O la belleza de las vísceras
(Es luz
Pero es también el espejo de la sombra
Y la resonancia del hedor)
Horacio sufre pesadillas de forma y fondo
Pero una gota acumula en su destello
El desconcierto comprimido del mundo
Apisonado entre corchetes gobernantes
Y poetas
Su oficio es frecuencia obsesiva
Seminal
Y un río de resplandores y ceguera
Que inunda nuestro desierto embotellado
Y la ansiedad compulsiva del prójimo
Expuesto al cólico de la vacuidad
Y la burla lúbrica de los adjetivos
Pregunto si al atarme los zapatos hago poesía
Por qué no filosofía
Zoología
Geometría
Idolatría
Al diablo con las preguntas

Cynismus et silicium

Santa Rosita y sus tormentos zumbando en una gota de rocío

No sociología ni receta farmacéutica
Secreción de verdades que lastiman
Y zurean
Y esto no es realismo infrarrealismo surrealismo hiperrealismo
Acaso sucielismo (sic) escupitajo de palabras sobre lienzo sin tensar
No querer hacer ni ser feliz serlo simplemente
La voluntad de morirse y sobrevivir a la voluntad
El arte de ser otro
Sin haber aprendido a ser el mismo
La paz gota y gota noche y noche
Tic tic tic
Todo todo todo
Y tu sueño indigesto pero inalterable ronquido
De calma chicha
Siempre es un ensayo la vida

Cosa complicada tal vez camisa de once varas
Quitarse la vida cuando te venga en gana
Y hay quien cree que es una farsa de padre y señor mío
Esta poética!


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*De: “Los bajos fondos del cielo” (Lima, 2007)

sábado, 10 de junio de 2017

¡POETA, SÍ!

¿Quién –gozoso- no ha escuchado, muy temprano, en las mañanas –como el “cucú” de un discreto reloj despertador- el canto o, mejor dicho, el arrullo de una paloma, venido desde un árbol cercano? Desde allí, medio acurrucada, una cuculí nos saluda con su caricia sonora, con su canto amoroso. Yo no lo sabía, pero –dice esta verdad plena e indiscutible- nunca es tarde para aprender; y, efectivamente, eso está ocurriendo conmigo.  Lo confieso: es muy poco lo que sé pero –gota a gota, con el paso de los días- voy adquiriendo nuevos conocimientos. Y ahora, por ejemplo, ya aprendí algo nuevo: La paloma, bella y delicada de la que hablo, también es conocida –claro, en el mundo de los científicos- como Zenaida meloda. El origen de esta denominación, les cuento, tiene un origen que nada tiene que ver con la frigidez de un laboratorio o la rigidez de un gabinete académico sino, más bien, con el amor: fue el ornitólogo francés Charles Lucien Bonaparte quien le puso el nombre de Zenaida, y lo hizo como homenaje y regalo a su esposa, quien se llamaba así y, por ser prima suya, llevaba el mismo apellido de su marido (Bonaparte).  

Y, bueno, cosa aparte es lo de meloda. No hay laboratorio ni impulso amoroso implicados en la asignación de este nombre, sino, más bien, un –digamos- reconocimiento estético del sonido que suele emitir el ave en cuestión: el “cucú” reiterado de esta paloma es eso: una melodía. Por eso se le llama Zenaida meloda.

Y, bien, eso –dulce melodía- es lo que hay aquí, también, en este poemario de Nora Curonisy que, con justicia y propiedad, se llama precisamente El canto de la meloda. Poesía hecha no para soliviantar, sino para generar gozo pero, a pesar de ello, escrita “con un anzuelo”, es decir, para atraparnos no en caza o conquista perversa, sino en imantada atracción sutil pero definitiva. Poesía que “inaudita / muestra su desnudez”. Poesía no sometida a compromisos extrapoéticos porque nuestra poeta sabe que “solo la libertad/ dentro de mi corazón/ es pájaro/ que cuida/ sus alas”.

Poesía en la que no hay lugar ni siquiera al dolor: recuerda a su hermano muerto (Walter, también poeta), pero pone atención sobre todo a lo que sería una suerte de legado de la luz, de la alegría, de las cosas buenas (“Recuerdo tu risa en diez tonos”). Pero –acaso débil, como todo el mundo- no se resiste a la tentación del felizmente fugaz desfallecimiento, ante una certeza que probablemente le duele, pero que, sin embargo, termina con un convencimiento feliz: “Qué me dice el poema / nada / solo sigue al río en su ritmo creador” (porque es eso, pues, la poesía: ¡un río creador!).

Nora, nuestra poeta, sabe lo que es la poesía, y se atreve a delinear lo que sería –en buena cuenta- su propia “arte poética”, y escribe un poema al que –en una mezcla de ironía y dramatismo- titula así: Poeta y no: y describe lo que, digo, sería ser poeta para ella: “Dejarlo todo / destrozarse / desollarse…”; “así matando el estilo / el alter ego / el yo es otro”; “aferrado al / minuto índice / en que el ave / canta en su oscuridad”. Díganme si no son bellos estos versos. Díganme si no es cierto que su belleza se funda, se alimenta, en la verdad.

Bella la poesía de Nora Curonisy, escrita –no me cabe ninguna duda- como ella misma dice: “mientras remo silenciosa/ por el río del instante”. Poeta de esencias y verdades (aunque duelan): “cuelgo el verbo / cierro la puerta y / salgo en silencio / por la escalera oscura / sumerjo mi ADN en la palabra / mientras el susurro / de Leonard Cohen / Halleluhaj / invade el pasillo / en esta tarea / que exige coraje / para estar vivo…”


¿Poeta y no? ¡Poeta, sí! Yo te celebro, Nora. Porque tu poesía no miente.