viernes, 25 de octubre de 2013

LOS GRITOS DE JUAN CRISTÓBAL: UNA CARAJEADA A LA INDIFERENCIA

En mayo del año pasado, durante el homenaje que Encuentros Arguedianos le hizo a Juan Cristóbal, en el local de la Asociación Guadalupana, dije algo que hoy quiero repetir. Dije que no sé si hay pocos o muchos como él, pero de lo que sí estoy seguro es de que es un poeta libre, auténticamente libre, pero al mismo tiempo voluntaria y felizmente sometido, no a una dictadura o a otro tipo de voluntades perversas, sino al bendito poder de aquella maldición que, claro, puede causar dolor pero también regocija, aprieta pero nunca estrangula, presiona pero jamás hunde, más bien eleva: la poesía. La poesía que, sobre todo, libera.

Juan Cristóbal afirma que “poesía, existencia (o realidad) y vida son un hecho único e inseparable”. Sin embargo (ahora repito lo que dije en julio del 2011 cuando fueron presentados sus libros Kafka y Hórridas mañanas), a mí me parece que entre él como persona (Juan Cristóbal o José Pardo del Arco –su nombre “de pila”-, como queramos llamarlo) y su poesía (me refiero a la última que ha escrito y publicado) existe una suerte de divorcio, de distanciamiento. El Juan Cristóbal que yo conozco –a pesar de su aún persistente espíritu rebelde y contestatario- es un hombre altamente sensible y fino; conversar con él es como asistir a una ceremonia en que se rinde culto a la paz y, diría sin exagerar, a la ternura. Su poesía, en cambio, es ruda, inconsiderada, crispada y me atrevería incluso a decir que es cruel. La relación entre Juan y el mundo que lo rodea -según confiesa- es confrontacional, pero no con la poesía.

Sin embargo, a veces es medio hosco con ella y se muestra como el poeta probablemente más irreverente que he conocido. Esto, creo yo, porque está convencido –como yo lo estoy también- que la tarea, a veces dulce y a veces dolorosa, de escribir poemas no se debe a un soplo divino ni mucho menos a que el poeta sea una suerte de elegido de los dioses. Por ello es que su irreverencia, en olor de libertad, le da la licencia para mostrarle la lengua a la poesía y llamarla, con ironía y lamento, “hija de la guayaba y de la pena” o de reprocharle por ser exigente (“me exiges sacrificios”, le dice, “mientras tú Poesía/ bien gracias/ bebiendo como una idiota”).

Sensible, como es, Juan  Cristóbal, golpeado por la rudeza malvada del drama de  nuestro pueblo, hizo que su poesía fuese no una lágrima sino un grito.
                                                                                                       
Su escritura, escribió Alberto escobar, “se alimenta de vivencias refraseadas por el soplo imaginario y por el recuerdo o la fábula ligados a la experiencia directa o de fuente literaria, en franca voluntad testimonial”. Para corroborar esta caracterización basta con citar algunos de los bellos versos dedicados al poeta chileno Jorge Teillier: “En fin / mi querido amigo mi viejo rincón / habría mucho de qué hablar y eso seguramente nos llevaría a una taberna de nombre conocido / para soñar con los Parques Infantiles y con las mañanas y los tres en la lluvia…” Luis Hernán Ramírez, señaló que es “poesía de la luz y los colores”. Es cierto, y hay que apuntar que esta luminosidad, es, en buena cuenta, sinónimo de riqueza expresiva, de nutricia densidad idiomática, de fecunda imaginación poética, que aunque son conceptos exultantes, elevados, positivos, no implican precisamente júbilo, regocijo; es decir, no se emparientan con el goce.

La riqueza expresiva se ha mantenido siempre en la poesía de Juan Cristóbal. No podemos negar, ello no obstante (al menos es lo que yo he visto) que hay una notoria opacidad en cuanto se refiere a la percepción que tiene del mundo que lo rodea, de la realidad. No es arbitrario que haya elegido como títulos para dos de sus más significativos poemarios, “Hórridas mañanas” y “Kafka” (Arteidea, 2010), y para el que hace poco salió a la luz “Cuaderno de las desilusiones” (Arteidea, 2013).

Hórridas mañanas” es un título terrible. La mañana que es o debiera ser sinónimo de apertura hacia la luz, es presentada por Juan Cristóbal como algo que merecería en cierto modo rechazo (hórrido es horrendo, espantoso, monstruoso); en lugar de claridad, aquí nos anuncia sombras, en vez de dicha nos ofrece desazón. “Kafka”, aparentemente no tiene nada de espantoso como título, pero –igual- es demasiado expresivo, como para no darnos cuenta de lo que trae consigo: una alusión a la perpetua y descabellada condena a que estamos sometidos en un juicio tortuoso y laberíntico y a las circunstancias deshumanizantes que nos envuelven y que tratan de convertirnos en insectos. Y, finalmente, el título “Cuaderno de las desilusiones”, nos releva de comentarios o de interpretaciones: es demasiado elocuente.

La poesía de Juan Cristóbal está inspirada en la experiencia medio infeliz de vivir en el Perú. No podemos negar, sin embargo, que es –como ocurre con toda buena poesía- un testimonio existencial que involucra a todos, que atañe a la realidad del mundo contemporáneo en su integridad y expresa el impacto que esa realidad genera en el alma humana.

Es poesía del desencanto, la desesperanza y el absurdo, pero creo que no es evidencia de hundimiento espiritual ni de una voluntad autodestructiva. Es, sobre todo, denuncia y, como dije al principio, un grito. 

Y un grito prolongado es lo que se lee (se escucha, diría mejor) en el libro que ahora presentamos. Su título, precisamente, es eso: “Gritos” (Arteidea, 2013), pero, tengo que repetirlo, se trata de un solo grito. De voz desgarrada. Un grito que -a la manera muy propia de nuestro poeta, es decir, desmesuradamente- se expresa como una tempestad, como una lluvia con la que se precipita el cielo; rayos, relámpagos, truenos; granizo; olas encrespadas. Pero no es desesperación o lamento. Es impotencia. Y un torrente de furia. Pero no precisamente por el propio sufrimiento, sino, tal vez, por el sufrimiento de todos los que “no solo heredamos bienes con la muerte, también rostros, gestos como espumas de hielo, cortando la noche, destrozando ciudades, corazones llenos de huecos…” (Poema E-1)

Este libro fue escrito (al menos, supongo, la mayor parte) en la cárcel, a donde fue a caer unos años después de haber cometido, según cuenta su autor, el delito de querer “expropiar” (ese era el término empleado por él mismo) las arcas de un banco para apoyar las acciones guerrilleras del denominado Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR. Ese encierro, que fue casi una inmolación, se dibuja creo que metafóricamente con los paréntesis que encierran cada uno de los poemas escritos en prosa. Y por ello es que el grito prolongado que aquí se presenta, a pesar de lo estruendoso que es, parece rebotar en las paredes y el techo y pugna por salir y anegar los corazones.

Y es necesario apuntar una cosa. A pesar de las circunstancias que vivió y a pesar de las razones o motivos que lo empujaron a experimentar esas circunstancias (me refiero al encierro), la poesía que entonces escribió y que recién hoy es dada a conocer en forma de libro, nada tiene que ver con propósitos o formas panfletarias. Es, pues, poesía. Poesía decente, aún a pesar de algunos, poquísimos, desbordes extremadamente rudos y acaso innecesarios y probablemente injustificados, como estas dos interrogantes que aparecen en el Poema F: “¿y tú qué mierda me miras, vida?”, “¿…por qué chucha nos cagas?”. Pero, en fin, también tenemos peruanísimas, y bien puestas, expresiones como esta: “allicito nomás trato de descubrir estos estropicios llenos de cuajos desbordados…” (Poema B)

Nuestro poeta podría haber hecho -y hubiera sido legítimo que lo hiciera- de los poemas que escribió en la prisión una suerte de alegato en favor del movimiento guerrillero con el que simpatizaba (aunque ya para entonces, 1968, había sido apagado), una apología de la violencia revolucionaria. Pero no. Prefirió, más bien, el reclamo airado, la protesta insobornable, contra todo aquello que hace que la vida de todos sea una injusticia permanente, laberíntica, sin fronteras; en una palabra: kafkiana. Por ello, Juan Cristóbal nos dice, en el poema G-1: “y cuando gritas, como una memoria sin ciudades, lo haces como un puñal atravesando la sangre de la espina, las noches pisoteadas de los golpes, el ladrido imperfecto de las lágrimas podridas…”

Pero los gritos o, digo mejor, el grito de Juan Cristóbal no está expresamente motivado por algo que pudiéramos determinar. Nos aventuraríamos a afirmar que es la rabia o acaso la angustia, por el encierro que tuvo que sufrir en una cárcel del Perù (“ah, meses de hierro, rejuveneciendo todas las condenas…”, dice en uno de los poemas), pero no. Se trata, repito, de la indignación causada por lo injusto de la vida, contra “el delito de los grandes animales con sus culpas poderosas tan llenas de cansancio” (Poema I). Es (absurdo o paradoja) la experiencia del odio contra “ese hueco carcomido y malogrado del odio” (Poema D).

La poesía de Juan Cristóbal, la de este libro en particular quiero decir, carece de un referente geográfico o temporal específico; fue escrita en el Perú, pero no hay razones para ubicarlo exclusivamente dentro de nuestras fronteras y tampoco podríamos decir lo que Escobar dijo respecto de la poesía de Juan que él conoció, es decir: que está movida por una “franca voluntad testimonial”. Esta caracterización que, por lo demás, en muchos estudiosos de la literatura no responde más que a esa suerte de prurito sociologizante e historicista, casi siempre pretende enmarcar a la poesía en determinados límites espaciotemporales, como si de lo que se tratara fuera de crónicas periodísticas. Nuestro poeta, ayer nomás, dijo en su “muro” del Facebook que en sus libros Hórridas mañanas, Kafka y Cuadernos de las desilusiones el tema es  lo que significó el gobierno de Fujimori y Montesinos para el país y para la conciencia histórica y espiritual del país y del ser humano”. Sin ninguna duda eso debe haber sido lo que le movió a escribir la bella y ruda poesía de esos libros. Pero no. La poesía de Juan Cristóbal va más allá de la anécdota dramática y vergonzosa de la coyuntura política. Por eso es valiosa. La poesía, la buena poesía, es, esencialmente, la palabra del "tiempo sin fechas". Y eso es el grito, esos son los gritos de Juan Cristóbal

Grito puro, puro grito. Casi gutural. Alarido. Grito digamos “inespecífico”. No para el entendimiento “intelectual”, sino para causar sensaciones. Poesía expresionista. Y, ahora, nada testimonial. El autor sabe por qué grita, nosotros los lectores no; solo lo intuimos o tratamos de intuirlo, o, en buena cuenta, nos esforzamos por atribuirles a estos gritos o una explicación o una razón (o motivo o causa).

Para ilustrar alusivamente la carátula de su libro, Juan Cristóbal eligió el grito poco expresivo y digamos casi apagado de Guayasamín, que más parece una expresión de dolor o de pánico; sin embargo, los gritos de esta rotunda poesía son, más bien, como el terriblemente bello, desgarrador, desconcertante y estentóreo Grito que pintó el noruego Edvar Munch. Pero, bueno, en un libro de poesía la carátula solo es un prescindible accesorio: la poesía es la que dice, suena, golpea, acaricia o conmociona. O, como en este caso, grita.

Luis Alberto Sánchez dijo, en el prólogo que escribió para La casa de cartón la bella novela de Martín Adán, que lo hacía como “testigo y portacirios”. Juan, en broma, me dijo que esta presentación la hiciera como abogado defensor. Tengo que declarar, sin embargo, que no he venido con ese propósito; estoy aquí, más bien, para declarar una cosa: que nuestro poeta está absuelto, pero no por decisión de algún juez o tribunal, sino por la poesía; porque la poesía es para eso: para absolver, de culpas, pecados y dolores. Para liberar. Y Juan, aunque no quiera creerlo, ya está absuelto, pues.

Y a nosotros nos toca ahora poner atención y escucharle, para darnos cuenta que estos Gritos que  también serán nuestros, son, virtualmente, una rotunda carajeada a la indiferencia. Leámosle y al leerlo nos podremos dar cuenta también, entre muchas otras cosas -y probablemente muy a su pesar-, que Juan Cristóbal, se equivocó completamente cuando en la nota escrita al publicar  "Final de vida", puso una sentencia, con la que nunca podré estar de acuerdo. Y hoy me atrevo a responderle sinceramente y con cariño: leer no es una cojudez.

25 de octubre del 2013


domingo, 20 de octubre de 2013

EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE PALLASCA/ Félix Álvarez Brun

Andamarca, es decir Pallasca, fue pueblo eslabón en la ruta de los Incas por la sierra andina. Por él pasaron los señores del Cuzco -Túpac Yupanqui y Huayna Cápac- escoltados por nutridos séquitos de servidores nobles y por los invencibles ejércitos imperiales, camino hacia nuevas conquistas o para regalarse en el ameno y deleitoso valle de Tomebamba. Hasta Andamarca llegó el infausto hijo del Sol, Huáscar Inca, prisionero de los generales del usurpador Atahualpa, y ahí fue muerto ignominiosamente y su cuerpo arrojado a las aguas del río que perpetuó su nombre. La muerte del legítimo sucesor de los Incas, ocurría al momento en que hombres extraños venidos de lejanas tierras, caminaban ya por el suelo de sus ilustres antepasados. Posteriormente, llegan a ese rincón de los Andes: Hernando Pizarro, primero, y Francisco Pizarro, después. El uno de paso al templo de Pachacámac y el otro, con su hueste triunfante, rumbo al Cuzco, corazón del Tahuantinsuyo. Fúndase muy pronto sobre el villorrio indígena, la ciudad española de Pallasca, poniéndola bajo la advocación patronal de San Juan Bautista. Desde entonces también, los curas y misioneros levantan una iglesia y convento para desde allí apurar la conversión de los naturales.

A fines del siglo XVI, la más alta dignidad eclesiástica del Virreynato, el futuro Santo Toribio de Mogrovejo, posa sus plantas en la humilde villa serrana, en dos oportunidades. La población cobra auge muy pronto por la bondad de su suelo y por la riqueza de sus minas de oro y plata, convirtiéndose en una ciudad con marcado predominio de la gente blanca sobre la indígena. El mestizaje se acelera rápidamente, pero ello no impide que algunos españoles siguiesen haciendo ostentación de limpieza de sangre y hasta de títulos nobiliarios, con escudos que graban en los altares barrocos de la iglesia matriz; y que, de otro lado, los indios del barrio de "quichuas" continúen manteniendo la prestancia de su estirpe nativa. En esos años coloniales, Pallasca, es decir Andamarca, crece en importancia no solo por la explotación de sus ricas minas de oro, plata y cobre, sino también por su floreciente industria de tejidos, talabartería y alfarería; por la cría de ganado vacuno, caballar, porcino y lanar; por el cultivo de cereales y otros productos para los que la tierra se mostró siempre muy propicia y generosa.

Es indispensable anotar, asimismo, que durante aquellos años la lengua general de los Incas desaparece, dejando lugar al castellano que poco a poco cubre toda la región. Muchos años más tarde, en el siglo XIX, Raimondi comprueba la total ausencia del quechua en la provincia de Pallasca, mientras que en el resto de la sierra ancashina todavía seguía hablándose, al mismo tiempo que el idioma importado. El sabio no encontraba explicación clara al respecto, y hoy todavía muchos ignoran el motivo de tal fenómeno. Recientes investigaciones lingüísticas tratan de demostrar que una vieja lengua indígena, llamada Culli , floreció entre Pallasca y Cajamarca. Por consiguiente, el quechua, que fuera impuesto sobre esa lengua nativa en los últimos años del incario, no se hallaba suficientemente arraigado al momento en que llegaron los españoles. La sustitución de una lengua antigua por otra más reciente que no ha tenido tiempo para fijarse en el grupo, determina lógicamente que la última quede condenada a desaparecer ante la presencia de una lengua posterior. Tal sucedería con el quechua que, luego de imponerse al Culli es sustituido por el castellano.

Pasa el tiempo de la Colonia y viene la lucha por la Independencia. Pallasca , en esta nueva etapa, no permanece al margen de los hechos. Al contrario, da su cuota patriótica en hombres y pertrechos para la constitución del ejército libertador en el norte del país. Pallasca, como provincia colindante con las de La Libertad , estaba llamada a jugar un papel de gran importancia en la formación de las tropas patriotas, y así fue. Por entonces también el Libertador Bolívar pasa y repasa por el suelo pallasquino y descansa en él para "respirar el aire puro de las montañas", entre "nieves y vicuñas", que su gran imaginación añade con el fin de dar más colorido al ambiente vernacular del pequeño pueblo que lo cobija en aquella hora vecina a la libertad de América. Cruzan luego por Pallasca los ejércitos patriotas que fueron cuidadosamente preparados entre Huamachuco y Trujillo, y que van a dar las batallas finales de la Independencia en Junín y Ayacucho.

En la época de la República suceden hechos diversos en la tierra pallasquina. Algunos caudillos revolucionarios pasarán por ella y en cierta ocasión concluirá en la propia ciudad de Pallasca toda una esperanza política de resonancia nacional. De vez en cuando escuchará el trote de caballos de los montoneros, que se agitan al mismo ritmo del convulsionado Perú republicano. Algunas rebeliones indígenas encontrarán eco inmediato en el pueblo pallasquino que siempre se erguirá en favor de los derechos sociales, de la libertad y de la justicia. En la guerra con Chile se resistirá a colaborar con el enemigo y, en consecuencia, sufrirá fuertes cupos y castigos. Cáceres, el héroe de la Breña , se hará presente en dos y acaso más oportunidades en Pallasca, de donde irá también a dar la batalla de Huamachuco, último encuentro importante frente a los invasores.

Pero entre estos hechos que podrían ser o no trascendentales para Pallasca, ha cabalgado un sino poco venturoso a través de casi toda su historia. Durante la República , Pallasca decrece en importancia como ciudad y es víctima de la deficiente organización político-administrativa del Estado, como ha ocurrido con otros pueblos del territorio nacional. A ese daño hay que agregar el producido por la explotación inhumana de que han sido objeto sus hijos por parte de los gamonales de Tambo Real, La Rinconada y otras haciendas costeñas que, con promesas falaces, atrajeron por muchos años a los pobladores humildes de la sierra pallasquina para diezmarlos en los trabajos forzados de los arrozales y cañaverales, tan fecundos en paludismo endémico. Otros, los capitalistas, los contrataban para llevarlos a las minas de tungsteno y a, los lavaderos de oro, lugares en los cuales con el sudor de su rostro y con su trabajo mal remunerado, contribuían a incrementar los fondos de los detentadores de esos bienes, que no les dejaban otra cosa que el mísero jornal de cada día. Por otra parte, las autoridades civiles y políticas de los gobiernos republicanos aprovechaban de la fuerza política que les imponía en los cargos públicos para mandar a esa misma gente a trabajos que les eran ajenos tanto particular como colectivamente. Y, por último, los representantes parlamentarios buscaban conseguir, en nombre del pueblo que los eligió, partidas y beneficios del presupuesto nacional para llenarse los bolsillos. Estos y otros muchos hechos han constituido un conjunto de realidades difíciles de liquidar, y que hoy, acaso por imposición del tiempo y las circunstancias, se hallarían en vías de concluir. ¡Cuánto dolor oprme el corazón al comprobar que ese secular estado de cosas ha impedido la marcha adelante del pueblo pallasquino que a duras penas ha logrado sobrevivir a aquellas calamidades!

Al lado de lo dicho, que podríamos llamar la tragedia de Pallasca, es  decir de la antigua Andamarca, se puede anotar la grata presencia en ella, en el siglo pasado, de viajeros ilustres como Raimondi o Wiener, que recogen a su paso impresiones múltiples sobre la orografía, la flora y la fauna regional.

En las primeras décadas del presente siglo (el siglo XX) hasta hace muy pocos años, Pallasca no ha registrado sucesos importantes. La incuria y hasta la falta de prestancia intelectual y moral de quienes fueran ungidos por el voto popular pallasquino -salvo honrosas excepciones- han dejado que ella permanezca casi olvidada, si es que no han  contribuido a su lamentable atraso, divirtiendo en usos particulares los fondos que la nación le dedicara. (...) Los azares de la política no le han sido por cierto favorables a Pallasca, no obstante el espíritu emprendedor y entusiasta de sus hijos (...).

________
FÉLIX ÁLVAREZ BRUN (Ancash, una historia regional peruana, 1970)

miércoles, 16 de octubre de 2013

ENSAYO ACERCA DE LA SOLEDAD*


0.0.
Practico la soledad en mi cuarto y en medio de la gente
A la manera de un torvo ritual: turbación de los sentidos y vértigo
Diríase una mesa de chamán y su orfandad de lujuria y ayahuasca
Al borde de un acantilado
Pero el huérfano indudable soy yo y mi sombra iridiscente chilla
Como la sordera/
Cuando desollada y deshollinada una verdad medio infame
Brota obstinada  y rumorosa bajo la cama envuelta en el hedor
De los zapatos soeces  casi a la altura de la boca del estómago:
El presagio enervante del error y la intransigencia/
Vaga como  maldición macondiana con un
Discreto cuchicheo de cadenas
 Y un eco que se descuelga de las telarañas como goteo de metal
Fundido/ llaga  pobremente escudada tras el mercuro cromo
Y muere sobre la almohada medio sombría
Su templo vil como la usura es hogar de puercos y zopilotes
Y mi carcajada solo  un pedazo de pan crudo
Pan crudo pan crudo pan crudo crudote
Y un rostro que soporta las inclemencias de las palabras deslenguadas/
Sopla el viento como un  gemido
El cielo fugaz clandestino egoísta yermo es un colchón de hojarasca
El agua es una caricia de odios y esputos contra mi roca impávida


1.0.
Después de estropeado el imán de vísceras y su
Disturbio de aguas enredadas
Recuperando estoy el orden y su indisciplina
Quiero decir la disciplina del desorden en medio del murmullo
De las nubes y la sordina gutural de los chatarreros y celadores
Vuelvo a ser el dueño perverso
Del abismo y el desierto comprimido
Y la ciencia que es un esputo insurrecto sembrado
Entre obispos y vivanderas
La resistencia hidrogenada de los significados
Con su tenue polinización de abeja
Construye una imagen nocturna de miel
En el huerto exiguo de cerezos maduros
Sombra tornasolada del colibrí

Deyección casi naif de la supervivencia
Y la dignidad restregada contra los letreros de la ciudad:
Hay que vivir con la prisa pegajosa de los gasterópodos y cargar
Nuestro techo cuesta arriba a la caza de la angustia y la lógica


1.1.
Llega el alimento y el agua espuria
Como mensaje de amor y las legañas
Patinan la cuchara de plástico
Salvoconducto digestivo
Guiño malvado y venal
(¿Quién hace tanto ruido afuera
Y agrieta las fronteras de la libertad y mi ceguera?)


1.2.
Camino casi  a cuatro patas
Para asegurar la posesión de mi territorio
Y lo orino
El himno nacional siempre ajeno es hierro candente
Una herida
En el infatuado exilio de la metáfora
Mis orejas violentadas
Y el erario irracional
Por eso invento una ciudad para sentirme el único infeliz
Y podría elevarme en un vértigo de héroes y caciques
Y rodar de tumbo en tumbo
Sin redención ni sepultura
Como una fobia como una vergüenza
Sin un policía que me rescate
Sin  NN en mi frente y en mi pecho un desconcierto
De huesos incinerados y la verdad extraviada entre mocos y banderas



1.3.

En la geografía y sus lenguas de fuego
Marcas de fronteras y garabatos primariosos de islas desnudas
Y dioses borrachos de tango y reggaetton
La urbanidad y la sintaxis me consternan y constipan
Y son un escozor en la ingle algo así como ladilla adolescente
Caray caray!

En realidad yo no pertenezco a nada salvo a mis intenciones y a este
Esperar infame y zonzo entre meses libros y conversaciones

Y tu amor caría mis dientes caninos
Y tu amor caría mis dientes incisivos
Y tu amor caría mis dientes molares
Ares sivos ninos

Geografía escozores zonceras y dientes
Gata brava
Cambalache
Caray caray!



1.4.

Aquí la huerta perdida
Encubierta bajo el aroma del romero y la nostalgia
Parte el paladar y la esperanza
Y perfora el lomo de los libros que muestran feroces signos de
Interrogación y su herencia
De plasma y sanguaza

Es la estirpe la que porfía pero lábil y nonsense se desmorona
Como alimento excrementoso/


1.5.

¿Esto es la soledad: el intento turbio de armonizar la fragancia
De la flor con la voluntad de la espina y mi triste alegría que se
Amotina inerme y frágil
En la redonda cuadratura del universo
Que propicia  la cópula de la palabra y el gesto?


1.6.

Quiero estar preparado para el día siguiente
Siquiera quince minutos antes de la rendición de cuentas
En la luminosa lumpenquerencia donde nace la palabra y su polen


1.7.

Yo solamente doy fe
De mi paso
De las tripas con que escribo
Y del rumor de las sombras que deambulan indiferentes
Pero desconfiadas de la luz
Y de mi peso

En este país
Cóncavo
Cinerario
Candoroso

_________________________________
De: “Los bajos fondos del cielo”, 2007.

AQUEL VIAJE A CABANA CON EL PADRE NICOLÁS

Cuando fui casi un niño aún, poco después después de haberme desempeñado, por algún tiempo, como uno de los acólitos en la Iglesia de San Juan Bautista (acerca de lo cual espero ocuparme pronto), colaboré con el padre Nicolás Toth en la edición de una revista parroquial en Pallasca, que fue impresa en mimeógrafo. Mi labor era, digamos, la de mecanógrafo. El padre redactaba las notas y comentarios y yo los trascribía sobre el stencil haciendo uso de una vetusta máquina de escribir. Al dictármelos, después de algunas frases solía repetir esta palabrita: "vírgula" y yo, por cierto, no entendía ni miércoles. "¿Cómo dice, padre?", tuve que preguntarle, a la primera, antes de meter la pata. El padre Toth, tratando de ser más elocuente y claro, en una hoja de papel puso la respuesta: dibujó una rayita medio en curva. "Pon esto", me dijo. Todo quedó explicado; se trataba de la coma (,). Es decir, aprendí algo nuevo: vírgula o virgulilla, como sinónimo de coma. El padre redactaba los textos y también hacía las ilustraciones, para lo cual empleaba un alfiler: era un excelente dibujante.  

Por aquella época también, mi hermano Jorge y yo, en una ocasión le acompañamos a Cabana, cuando el padre tuvo que viajar a Lima. Entonces, a mi pueblo no llegaba la carretera aún. Nuestra compañía tenía un propósito: regresar a Pallasca con el Caballo. Esto por qué: porque, ante un pedido del religioso, yo le había dado la seguridad de que sí podía acompañarlo. La misma respuesta fue dada también por mi primo "Seshón", pero –más astuto que yo– oportunamente decidió renunciar al viaje, y se escondió para no cumplir con su palabra. En tales circunstancias, solidario, mi hermano decidió no dejarme solo. Y nos fuimos, acompañando al cura. Fue, realmente, una experiencia inolvidable. Yo tenía apenas unos trece o catorce años de edad. 

El recorrido tuvimos que hacerlo alternándonos los tres en la cabalgadura. No obstante lo flaco que era el religioso, la verdad es que demostró una excepcional fortaleza en largos trechos recorridos a pie.  

Cuando llegamos a Huandoval (más o menos al mediodía), algunos pobladores que se habían percatado de nuestra presencia le pidieron al padre que se acercara a una de las casas, a la entrada del pueblo, en que se velaba un difunto, para decir una oración; mientras el padre desarrollaba el oficio religioso, a Jorge y a mí una señora de la casa nos invitó un plato repleto de papas fritas. 

Un rato después, ya en Cabana, nos instalamos en la casa parroquial. Llegada la noche nos fuimos a un restaurante cercano en que nos sirvieron sopa de gallina. Al final, como una suerte de "asentativo", el padre nos preguntó si queríamos tomar un té o algo parecido; él hizo un pedido que a mí me pareció raro porque nunca antes había escuchado lo que dijo: pidió "un  de hierba luisa" y nosotros, copiones, también hicimos lo mismo. Ah, pero antes ocurrió algo que, no van a creerme, hasta ahora sigue generándome una suerte de frustración y arrepentimiento. Mi hermano, al tomar el exquisito alimento hacía lo que casi nadie hace debido al "qué dirán": suelto de huesos, simple y llanamente, "surrupeaba", es decir, sorbía ruidosamente la sopa. El padre Toth, con aquella voz de abuelito cariñoso que tenía, comprensivo y complaciente, pero al mismo tiempo aleccionador le dijo: "Jorge, no debes hacer ese ruido mientras tomas la sopa". Perverso, sonreí, porque, claro, yo tomaba silenciosamente la sopa, pero no precisamente por ser un jovencito "bien educado", sino por tímido y vergonzoso. Y a ello se debió que, cuando ya había que dar cuenta de la presa, preferí dejarla en el plato para no cometer algún despropósito que pudiera hacerme pasar un mal rato; es decir, para que el padre no me llamara la atención. Era una tremenda molleja de gallina de la que, muy a mi pesar, tuve que privarme en aras de la "buena educación". ("¡Qué lástima, caracho!", exclamé para mis adentros).  

Más tarde nos fuimos a dormir. El padre Toth durmió en una habitación que, sin duda, ya estaba preparada para él. A mi hermano y yo nos acondicionaron (porque obviamente no había un catre adecuado) unas sillas en dos filas sobre las que fue convenientemente colocado un colchón de dos plazas (nunca antes habíamos visto uno similar), en una especie de sala que daba al patio en que florecía un bello jardín. Como suele ocurrir cuando uno duerme en casa ajena, aquella vez nos despertamos muy temprano.  

Ya levantado, se me ocurrió caminar hacia el patio donde cantaban las pichuchancas y –no van a creerlo– mi frente casi termina con un tremendo chichón. Nunca antes, como dije, había escuchado aquello de “té de hierba luisa” ni visto un colchón tan grandazo como el que nos dieron; pero tampoco vi, ni podía imaginarme, que en una casa de un pueblo de la sierra hubiese una luna de vidrio gigantesca colocada desde el piso hasta el techo, como la que, en efecto, estaba colocada allí, separando a la sala del patio. En Pallasca solo había ventanas chiquitas con lunas también chiquitas, nada más. Yo, tonto de capirote, creí que todo estaba abierto ante nuestros ojos y por eso cometí aquella ingenua y, digamos, torpe imprudencia por la que, de no haber sido porque la luna evidentemente era fuerte, esta habría terminado en pedazos y yo absurdamente con la frente ensangrentada. Esta vez le tocó a mi hermano no sonreír, sino reír a mandíbula batiente. (That is life, pues). 

(El padre Toth, Oblato de San José, fue párroco en Pallasca, mi tierra, durante la última mitad de la década de 1960 y en los primeros años de 1970. Acaba de fallecer, y yo lo recuerdo como, estoy seguro, a él le habría gustado: con alegría y cariño).

martes, 15 de octubre de 2013

EL IDILIO DE DON DEMÓSTENES*

Nació –los registros civiles dan cuenta de ello- en la Provincia de Santiago de Chuco pero nosotros lo asumimos como pallasquino porque, en buena cuenta, ser de la tierra de Vallejo o de la nuestra es prácticamente lo mismo. Alguien diría que no, que un río nos separa. No es así: el Tablachaca, más que un tajo (límite o frontera natural le dicen) es en verdad, una costura que nos junta. Debemos admitir que, además, nos vinculan otras cosas: el idioma con su idéntico dejo y sus modismos comunes (zote, alalau, adió, yanca, etc.); el clima, cálido en las horas del día y helado en las noches propicias para un grog o una conversación de aparecidos; el paisaje de sol, nubes y cielo azul y aquella suerte de acuarela que es el saludo de dos colosos que parecen silbarse de canto a canto: el Parihuanca y el Chonta. Nos une el poeta de Trilce, que hablaba como nosotros y cuyo abuelo (cura, como curas fueron casi todos los abuelos) reposa inerte en la Iglesia de San Juan Bautista. En fin, también los mollejones (vendedores medio errantes de ollas de barro). Y, claro que sí, los Gavidia: ¿alguien ha borrado de su memoria a don Virgilio, el amistoso “postillón” –último antepasado de los motociclistas de “Serpost”- que con mula y valijas, solía llegar atravesando el puentecito de Pampa Negra y traía y llevaba sabe Dios qué mensajes lacrados en su sonrisa que era un saludo? Ciertamente no. Y tampoco a don Demóstenes que, como más de un poblador venido de otras tierras (Shilicos incluidos, con peinetas, anilinas y sombreros, por supuesto), puso la invalorable cuota de su trabajo, inteligencia y cariño para hacer de Pallasca, mano a mano con los allí nacidos, el pueblo culto y hospitalario que todos conocimos y que era admirado a muchas leguas a la redonda; probablemente con algunas carencias materiales, pero rico en vigor, buena voluntad y esperanza. Y algo más: alegría. Aquella alegría que, llena de esplendor, retoza detrás del “Toro de trapo”; zapatea, ebria de música y orgullo, en las “luminarias” de la fiesta patronal; excita el entusiasmo colectivo en los trabajos de la República y ha logrado que, más que una socarrona ironía, el apodo de “chupabarros” sea un estímulo y acicate para procurar la satisfacción de las necesidades y mirar hacia adelante con optimismo y dignidad. Bueno, pues, aquí es donde nació don Demóstenes, el poeta y narrador quiero decir. Su talento –la raíz de sus espíritu creador- pudo haber venido desde su cuna materna; sin embargo, el alimento altamente nutritivo que contribuyó al enriquecimiento de sus dotes, activó su imaginación y afinó su sensibilidad es, innegablemente, hechura pallasquina, como pallasquino fue el idilio que vivió en El Tambo con doña Berena, la amorosa compañera que le dio los hijos a quienes tanto quiso. Por ello, sin duda, su literatura está ambientada en nuestra geografía e historia. Veamos los textos aquí incluidos: “El idilio de Cochapamba”, escrito a la manera de los mitos y leyendas andinos, pretende una explicación al origen de la tribu de los Kuymalcas, de la que solo nos quedan unos ruinosos vestigios en El Castillo, que pueden ser divisados desde la piedra de Santa Lucía; “El Regador”, relato casi cinematográfico que es, ostensiblemente, una denuncia de las injusticias y abusos, ubica su primera secuencia en Matibamba. Ahí está, definitivamente, Pallasca, el pueblo en cuyas noches almibaradas es posible que don demóstenes haya bebido –escanciado, diría mejor- muchas tazas de panizara caliente mientras escribía y escribía. Leer ahora aquello que escribió, de verdad que me emociona. “El Idilio…” lo leí, por primera vez, hace treinta y ocho años gracias a que don Moisés Porras lo dio a conocer en “Ondas Pallasquinas” la revista del que fuera mi colegio, el Municipal Mixto San Juan Bautista y, créanme, lo encuentro tan fresco como entonces. Yo era un niño aún pero comencé a admirar a don Demóstenes y a verlo, igual que a Teófilo Porturas y Víctor H. Acosta, como uno de los escritores cercanos a quienes seguir. La publicación que hoy se hace realidad es, por partida doble, un homenaje a su memoria y al pueblo que lo acogió por largos y fecundos años. Condenarlo al infame y oprobioso olvido hubiera sido injusto e innoble. Los pueblos perviven, gracias al quehacer de sus creadores, en los inmarcesibles frutos del espíritu. Demóstenes (a quien deberíamos haberle llamado en confianza, como a uno de sus hijos en nuestra primera mocedad, “Mote Vida” es, por derecho, uno de aquellos creadores.

Quiero imaginar que en estos momentos allá, en cualquier punto de Pallasca (Llaymucha, Tambamba, Chucana…), el “chushec”, proverbialmente “malagüero”, en lugar de muertes esté anunciando –a dúo con la música de don Pedro Gutiérrez, el entrañable Conshyamino- el regreso y la siempre querida permanencia de este nuestro paisano, don Demóstenes Gavidia, santiaguino y pallasquino, por la gracia de Dios.

 Bernardo Rafael Álvarez

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*Prólogo al libro póstumo “El Idilio de Cochapamba” de don Demóstenes Gavidia, publicado en junio del 2005.

miércoles, 9 de octubre de 2013

¿JESUS ES EL MÁS GRANDE REVOLUCIONARIO DE LA HISTORIA? UNAS REFLEXIONES

Muchos afirman que el che Guevara es el más grande revolucionario del planeta. Yo no pienso así. Creo que el revolucionario más grande fue Jesús de Nazareth. Marcó un punto de quiebre profundo que hasta ahora (y sabe Dios hasta cuándo más) sigue vigente: dio nacimiento a una nueva Era. Y más. El Che -llamado por algunos el "Quijote" del siglo XX- se convirtió para muchos -nos guste o no- solo en una imagen sin fondo: tatuajes, estampados, calcomanías. Pero muchos de los que muestran el rostro del guerrillero en polos, llaveros o en sus brazos o pecho, ni siquiera saben bien quién es el personaje ni cuál (si tuviera alguno) su significado histórico o político (y, lo que es más, ni siquiera les interesa saberlo). El Che, ciertamente, encandiló y hasta inspiró a muchísimos. Hoy solo es, apenas un bellamente discreto recuerdo. Fue un hombre de sueños desmesurados y quiso convertirse en un hacedor de nuevas realidades. Pero la realidad tangible, esta, aquella a la que él quiso cambiar, lamentablemente le fue, le es, adversa. El dizque revolucionario socialista, su imagen, terminó convertido en una suerte de "producto comercial capitalista" (That is life!). ¿Hizo la revolución, es decir, generó algún cambio profundo o significativo en la realidad, en el devenir histórico? No, ninguno verdaderamente significativo. 

Jesús, entre otras muchas cosas, cambió el pensamiento tan arraigado hasta entonces, que estuvo influido por el llamado Antiguo Testamento. Y quedó no solo como imagen, sino como pensamiento, un pensamiento que tuvo a través de la historia una influencia decisiva que aún perdura y, como repito, sabe Dios hasta cuándo perdurará. Muchos de los hechos históricos (sean buenos o malos, según el punto de vista de cada persona) han sido realizados con el estímulo del cristianismo. No solo las Cruzadas, también el descubrimiento y la conquista de América. Hechos o circunstancias negras, también: por ejemplo, la extremadamente satanizada Inquisición, el asesinato de Giordano Bruno, la condena a Galileo, etc. 

Repito: El Che es, ahora, solo una imagen; y Cristo es mucho, muchísimo más que eso. ¿Cuántos siguen a Guevara y cuántos (equivocados o no, como quieran calificar algunos la fe) siguen a Jesús y sus enseñanzas (cuestionadas y hasta vilipendiadas por algunos)?  

Es verdad que el mensaje de Cristo nos habla de una suerte de "comunismo" en el Cielo y no precisamente en la tierra; y es eso -utopía, paraíso, absurdo, o como quieran muchos calificarlo- lo que es visto tal vez como frágil y hasta, probablemente, deleznable, lo que abonaría en favor del llamado "ateísmo". Sin embargo, los efectos, las consecuencias, el influjo, del cristianismo se ve -quiérase o no reconocer- aquí en la tierra (y no en el cielo), en muchos millones de seres humanos. ¿Efectos positivos, aquí, de los contrarios? Solo frustración, solo pesadilla. 

Se quiere ayudar a alguien y se dice "practiquemos la caridad cristiana". Queremos poner en entredicho la riqueza de los burgueses y echamos mano a esta frase: "Más fácil será que un 'camello' ingrese por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de los cielos". Los matrimonios: casi todo el mundo acude a una iglesia para casarse (católica, anglicana, ortodoxa o evangélica, pero cristiana). 

Hay quienes hablan pestes del Papa, ¿por qué?, porque lo tenemos ante nuestros ojos incomodando a muchos, conmoviendo a muchísimos. ¿De dónde salió? De una institución fundada al amparo del pensamiento cristiano (la Iglesia Católica).  

El calendario con el que guiamos nuestra agenda es el calendario gregoriano, por el papa Gregorio XIII (Iglesia de Cristo). Nuestra Era es, simple y llanamente, la "Era Cristiana". Etc., etc., etc.  

Jesús fue revolucionario, pues. Los hechos lo demuestran: la realidad. Como lo quiso Marx: la realidad tangible y no el "idealismo". Sin promover la violencia criminal, sin fomentar el odio; es decir, sin estimular el fondo animal (tanático) del ser humano.  Solo hablando de amor, alimentándolo. (No mató a nadie, pero lo mataron; mataron solo su cuerpo: y sigue espiritualmente vivo, por siempre jamás). Los demás solo nos han dejado anécdotas de perversidad (muchísimos muertos, por la violencia y también por el hambre) y ceguera, mostrando su ideología como el verdadero "opio del pueblo", el "sueño" de la infamia y el odio.