Ver donde otros no ven, o no quieren ver, no es cosa del otro mundo. Es cuestión de ver únicamente; así de simple. Ah, pero para ello es recomendable emplear la mirada y dejar de lado las anteojeras y también la ojeriza. Apasionarse en la vehemencia, no en el odio ni en el fanatismo. Ser tolerantes, pero no tontos. Ser perspicaces, no adivinos. Ser claros y objetivos. Ser decentes y sinceros. Justos. No esperar el aplauso fácil. Buscar la verdad. Respetar.
viernes, 25 de octubre de 2013
LOS GRITOS DE JUAN CRISTÓBAL: UNA CARAJEADA A LA INDIFERENCIA
domingo, 20 de octubre de 2013
EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE PALLASCA/ Félix Álvarez Brun
miércoles, 16 de octubre de 2013
ENSAYO ACERCA DE LA SOLEDAD*
AQUEL VIAJE A CABANA CON EL PADRE NICOLÁS
Cuando fui casi un niño aún, poco después después de
haberme desempeñado, por algún tiempo, como uno de los acólitos en la Iglesia de San Juan Bautista
(acerca de lo cual espero ocuparme pronto), colaboré con el padre Nicolás
Toth en la edición de una revista parroquial en Pallasca, que fue impresa en
mimeógrafo. Mi labor era, digamos, la de mecanógrafo. El padre redactaba las
notas y comentarios y yo los trascribía sobre el stencil haciendo
uso de una vetusta máquina de escribir. Al dictármelos, después
de algunas frases solía repetir esta palabrita: "vírgula" y yo, por
cierto, no entendía ni miércoles. "¿Cómo dice, padre?", tuve que
preguntarle, a la primera, antes de meter la pata. El padre Toth, tratando de ser
más elocuente y claro, en una hoja de papel puso la respuesta: dibujó una
rayita medio en curva. "Pon esto", me dijo. Todo quedó explicado; se
trataba de la coma (,). Es decir, aprendí algo nuevo: vírgula o virgulilla,
como sinónimo de coma. El padre redactaba los textos y también hacía las
ilustraciones, para lo cual empleaba un alfiler: era un excelente
dibujante.
Por aquella época también, mi hermano Jorge y yo,
en una ocasión le acompañamos a Cabana, cuando el padre tuvo que viajar a
Lima. Entonces, a mi pueblo no llegaba la carretera aún. Nuestra
compañía tenía un propósito: regresar a Pallasca con el Caballo. Esto por qué:
porque, ante un pedido del religioso, yo le había dado la seguridad de que sí
podía acompañarlo. La misma respuesta fue dada también por mi primo
"Seshón", pero –más astuto que yo– oportunamente decidió renunciar al
viaje, y se escondió para no cumplir con su palabra. En tales circunstancias,
solidario, mi hermano decidió no dejarme solo. Y nos fuimos, acompañando al
cura. Fue, realmente, una experiencia inolvidable. Yo tenía apenas unos trece o catorce años de edad.
El recorrido tuvimos que hacerlo alternándonos los
tres en la cabalgadura. No obstante lo flaco que era el religioso, la verdad es
que demostró una excepcional fortaleza en largos trechos recorridos a
pie.
Cuando llegamos a Huandoval (más o menos al
mediodía), algunos pobladores que se habían percatado de nuestra presencia le
pidieron al padre que se acercara a una de las casas, a la entrada del pueblo,
en que se velaba un difunto, para decir una oración; mientras el padre
desarrollaba el oficio religioso, a Jorge y a mí una señora de la casa nos
invitó un plato repleto de papas fritas.
Un rato después, ya en Cabana, nos instalamos en la
casa parroquial. Llegada la noche nos fuimos a un restaurante cercano en que
nos sirvieron sopa de gallina. Al final, como una suerte de
"asentativo", el padre nos preguntó si queríamos tomar un té o algo
parecido; él hizo un pedido que a mí me pareció raro porque nunca antes había
escuchado lo que dijo: pidió "un té de hierba luisa"
y nosotros, copiones, también hicimos lo mismo. Ah, pero antes ocurrió algo
que, no van a creerme, hasta ahora sigue generándome una suerte de frustración
y arrepentimiento. Mi hermano, al tomar el exquisito alimento hacía lo
que casi nadie hace debido al "qué dirán": suelto de huesos, simple y
llanamente, "surrupeaba", es decir, sorbía ruidosamente la sopa. El
padre Toth, con aquella voz de abuelito cariñoso que tenía, comprensivo y
complaciente, pero al mismo tiempo aleccionador le dijo: "Jorge, no debes
hacer ese ruido mientras tomas la sopa". Perverso, sonreí, porque, claro,
yo tomaba silenciosamente la sopa, pero no precisamente por ser un jovencito "bien
educado", sino por tímido y vergonzoso. Y a ello se debió que, cuando ya
había que dar cuenta de la presa, preferí dejarla en el plato para no cometer
algún despropósito que pudiera hacerme pasar un mal rato; es decir, para que el
padre no me llamara la atención. Era una tremenda molleja de gallina de la que,
muy a mi pesar, tuve que privarme en aras de la "buena
educación". ("¡Qué lástima, caracho!", exclamé para mis adentros).
Más tarde nos fuimos a dormir. El padre Toth durmió en una habitación que, sin duda, ya estaba preparada para él. A mi hermano y yo nos acondicionaron (porque obviamente no había un catre adecuado) unas sillas en dos filas sobre las que fue convenientemente colocado un colchón de dos plazas (nunca antes habíamos visto uno similar), en una especie de sala que daba al patio en que florecía un bello jardín. Como suele ocurrir cuando uno duerme en casa ajena, aquella vez nos despertamos muy temprano.
Ya levantado, se me ocurrió caminar hacia el patio donde cantaban las pichuchancas y –no van a creerlo– mi frente casi termina con un tremendo chichón. Nunca antes, como dije, había escuchado aquello de “té de hierba luisa” ni visto un colchón tan grandazo como el que nos dieron; pero tampoco vi, ni podía imaginarme, que en una casa de un pueblo de la sierra hubiese una luna de vidrio gigantesca colocada desde el piso hasta el techo, como la que, en efecto, estaba colocada allí, separando a la sala del patio. En Pallasca solo había ventanas chiquitas con lunas también chiquitas, nada más. Yo, tonto de capirote, creí que todo estaba abierto ante nuestros ojos y por eso cometí aquella ingenua y, digamos, torpe imprudencia por la que, de no haber sido porque la luna evidentemente era fuerte, esta habría terminado en pedazos y yo absurdamente con la frente ensangrentada. Esta vez le tocó a mi hermano no sonreír, sino reír a mandíbula batiente. (That is life, pues).
(El padre Toth, Oblato de San José, fue párroco en
Pallasca, mi tierra, durante la última mitad de la década de 1960 y en los
primeros años de 1970. Acaba de fallecer, y yo lo recuerdo como, estoy
seguro, a él le habría gustado: con alegría y cariño).
martes, 15 de octubre de 2013
EL IDILIO DE DON DEMÓSTENES*
Nació –los registros civiles dan cuenta de ello- en
la Provincia de Santiago de Chuco pero nosotros lo asumimos como pallasquino
porque, en buena cuenta, ser de la tierra de Vallejo o de la nuestra es
prácticamente lo mismo. Alguien diría que no, que un río nos separa. No es así:
el Tablachaca, más que un tajo (límite o frontera natural le dicen) es en
verdad, una costura que nos junta. Debemos admitir que, además, nos vinculan
otras cosas: el idioma con su idéntico dejo y sus modismos comunes (zote, alalau,
adió, yanca, etc.); el clima, cálido en las horas del día y helado en las
noches propicias para un grog o una conversación de aparecidos; el paisaje de
sol, nubes y cielo azul y aquella suerte de acuarela que es el saludo de dos
colosos que parecen silbarse de canto a canto: el Parihuanca y el Chonta. Nos
une el poeta de Trilce, que hablaba como nosotros y cuyo abuelo (cura, como
curas fueron casi todos los abuelos) reposa inerte en la Iglesia de San Juan
Bautista. En fin, también los mollejones (vendedores medio errantes de ollas de
barro). Y, claro que sí, los Gavidia: ¿alguien ha borrado de su memoria a don
Virgilio, el amistoso “postillón” –último antepasado de los motociclistas de
“Serpost”- que con mula y valijas, solía llegar atravesando el puentecito de
Pampa Negra y traía y llevaba sabe Dios qué mensajes lacrados en su sonrisa que
era un saludo? Ciertamente no. Y tampoco a don Demóstenes que, como más de un
poblador venido de otras tierras (Shilicos incluidos, con peinetas, anilinas y
sombreros, por supuesto), puso la invalorable cuota de su trabajo, inteligencia
y cariño para hacer de Pallasca, mano a mano con los allí nacidos, el pueblo
culto y hospitalario que todos conocimos y que era admirado a muchas leguas a
la redonda; probablemente con algunas carencias materiales, pero rico en vigor,
buena voluntad y esperanza. Y algo más: alegría. Aquella alegría que, llena de
esplendor, retoza detrás del “Toro de trapo”; zapatea, ebria de música y
orgullo, en las “luminarias” de la fiesta patronal; excita el entusiasmo
colectivo en los trabajos de la República y ha logrado que, más que una
socarrona ironía, el apodo de “chupabarros” sea un estímulo y acicate para
procurar la satisfacción de las necesidades y mirar hacia adelante con
optimismo y dignidad. Bueno, pues, aquí es donde nació don Demóstenes, el poeta
y narrador quiero decir. Su talento –la raíz de sus espíritu creador- pudo
haber venido desde su cuna materna; sin embargo, el alimento altamente
nutritivo que contribuyó al enriquecimiento de sus dotes, activó su imaginación
y afinó su sensibilidad es, innegablemente, hechura pallasquina, como
pallasquino fue el idilio que vivió en El Tambo con doña Berena, la amorosa
compañera que le dio los hijos a quienes tanto quiso. Por ello, sin duda, su
literatura está ambientada en nuestra geografía e historia. Veamos los textos
aquí incluidos: “El idilio de Cochapamba”, escrito a la manera de los mitos y
leyendas andinos, pretende una explicación al origen de la tribu de los
Kuymalcas, de la que solo nos quedan unos ruinosos vestigios en El Castillo,
que pueden ser divisados desde la piedra de Santa Lucía; “El Regador”, relato
casi cinematográfico que es, ostensiblemente, una denuncia de las injusticias y
abusos, ubica su primera secuencia en Matibamba. Ahí está, definitivamente,
Pallasca, el pueblo en cuyas noches almibaradas es posible que don demóstenes
haya bebido –escanciado, diría mejor- muchas tazas de panizara caliente
mientras escribía y escribía. Leer ahora aquello que escribió, de verdad que me
emociona. “El Idilio…” lo leí, por primera vez, hace treinta y ocho años
gracias a que don Moisés Porras lo dio a conocer en “Ondas Pallasquinas” la
revista del que fuera mi colegio, el Municipal Mixto San Juan Bautista y,
créanme, lo encuentro tan fresco como entonces. Yo era un niño aún pero comencé
a admirar a don Demóstenes y a verlo, igual que a Teófilo Porturas y Víctor H.
Acosta, como uno de los escritores cercanos a quienes seguir. La publicación
que hoy se hace realidad es, por partida doble, un homenaje a su memoria y al
pueblo que lo acogió por largos y fecundos años. Condenarlo al infame y
oprobioso olvido hubiera sido injusto e innoble. Los pueblos
perviven, gracias al quehacer de sus creadores, en los inmarcesibles
frutos del espíritu. Demóstenes (a quien deberíamos haberle llamado en
confianza, como a uno de sus hijos en nuestra primera mocedad, “Mote Vida” es,
por derecho, uno de aquellos creadores.
Quiero imaginar que en estos momentos allá, en
cualquier punto de Pallasca (Llaymucha, Tambamba, Chucana…), el “chushec”,
proverbialmente “malagüero”, en lugar de muertes esté anunciando –a
dúo con la música de don Pedro Gutiérrez, el entrañable Conshyamino- el
regreso y la siempre querida permanencia de este nuestro paisano, don
Demóstenes Gavidia, santiaguino y pallasquino, por la gracia de Dios.
Bernardo Rafael Álvarez
____________________
*Prólogo al libro póstumo “El Idilio de Cochapamba”
de don Demóstenes Gavidia, publicado en junio del 2005.
miércoles, 9 de octubre de 2013
¿JESUS ES EL MÁS GRANDE REVOLUCIONARIO DE LA HISTORIA? UNAS REFLEXIONES
Muchos afirman que el che
Guevara es el más grande revolucionario del planeta. Yo no pienso así. Creo que
el revolucionario más grande fue Jesús de Nazareth. Marcó un punto de quiebre
profundo que hasta ahora (y sabe Dios hasta cuándo más) sigue vigente: dio nacimiento a
una nueva Era. Y más. El Che -llamado por algunos el "Quijote"
del siglo XX- se convirtió para muchos -nos guste o no- solo en una imagen sin
fondo: tatuajes, estampados, calcomanías. Pero muchos de los que muestran el
rostro del guerrillero en polos, llaveros o en sus brazos o pecho, ni siquiera
saben bien quién es el personaje ni cuál (si tuviera alguno) su significado
histórico o político (y, lo que es más, ni siquiera les interesa saberlo). El
Che, ciertamente, encandiló y hasta inspiró a muchísimos. Hoy solo es, apenas
un bellamente discreto recuerdo. Fue un hombre de sueños desmesurados y
quiso convertirse en un hacedor de nuevas realidades. Pero la realidad
tangible, esta, aquella a la que él quiso cambiar, lamentablemente le fue, le
es, adversa. El dizque revolucionario socialista, su imagen, terminó convertido
en una suerte de "producto comercial capitalista" (That is
life!). ¿Hizo la revolución, es decir, generó algún cambio profundo o
significativo en la realidad, en el devenir histórico? No, ninguno
verdaderamente significativo.
Jesús, entre otras muchas cosas, cambió el pensamiento tan arraigado
hasta entonces, que estuvo influido por el llamado Antiguo Testamento. Y quedó
no solo como imagen, sino como pensamiento, un pensamiento que tuvo a
través de la historia una influencia decisiva que aún perdura y, como repito,
sabe Dios hasta cuándo perdurará. Muchos de los hechos históricos (sean buenos
o malos, según el punto de vista de cada persona) han sido realizados con el
estímulo del cristianismo. No solo las Cruzadas, también el descubrimiento y la
conquista de América. Hechos o circunstancias negras, también: por ejemplo, la
extremadamente satanizada Inquisición, el asesinato de Giordano Bruno, la
condena a Galileo, etc.
Repito: El Che es, ahora, solo una imagen; y Cristo es mucho, muchísimo
más que eso. ¿Cuántos siguen a Guevara y cuántos (equivocados o no, como
quieran calificar algunos la fe) siguen a Jesús y sus enseñanzas (cuestionadas
y hasta vilipendiadas por algunos)?
Es verdad que el mensaje de Cristo nos habla de una suerte de
"comunismo" en el Cielo y no precisamente en la tierra; y es eso
-utopía, paraíso, absurdo, o como quieran muchos calificarlo- lo que es visto
tal vez como frágil y hasta, probablemente, deleznable, lo que abonaría en
favor del llamado "ateísmo". Sin embargo, los efectos, las
consecuencias, el influjo, del cristianismo se ve -quiérase o no reconocer-
aquí en la tierra (y no en el cielo), en muchos millones de seres humanos. ¿Efectos
positivos, aquí, de los contrarios? Solo frustración, solo pesadilla.
Se quiere ayudar a alguien y se dice "practiquemos la caridad
cristiana". Queremos poner en entredicho la riqueza de los burgueses y
echamos mano a esta frase: "Más fácil será que un 'camello' ingrese por el
ojo de una aguja, que un rico en el reino de los cielos". Los matrimonios:
casi todo el mundo acude a una iglesia para casarse (católica, anglicana,
ortodoxa o evangélica, pero cristiana).
Hay quienes hablan pestes del Papa, ¿por qué?, porque lo tenemos ante
nuestros ojos incomodando a muchos, conmoviendo a muchísimos. ¿De dónde salió?
De una institución fundada al amparo del pensamiento cristiano (la Iglesia
Católica).
El calendario con el que guiamos nuestra agenda es el calendario
gregoriano, por el papa Gregorio XIII (Iglesia de Cristo). Nuestra Era es,
simple y llanamente, la "Era Cristiana". Etc., etc., etc.
Jesús fue revolucionario, pues. Los hechos lo demuestran: la realidad.
Como lo quiso Marx: la realidad tangible y no el "idealismo". Sin
promover la violencia criminal, sin fomentar el odio; es decir, sin estimular
el fondo animal (tanático) del ser humano. Solo hablando de amor,
alimentándolo. (No mató a nadie, pero lo mataron; mataron solo su cuerpo: y
sigue espiritualmente vivo, por siempre jamás). Los demás solo nos han dejado
anécdotas de perversidad (muchísimos muertos, por la violencia y también
por el hambre) y ceguera, mostrando su ideología como el verdadero "opio
del pueblo", el "sueño" de la infamia y el odio.

