jueves, 28 de marzo de 2024

EXPRESIÓN INTRÉPIDA Y DESENFADADA DE LIBERTAD CREATIVA: «OMITIDOS», DE JORGE URETA SANDOVAL

Con solo leer el título ya podemos decir que es un libro desconcertante. ¿Por qué «omitidos»? ¿Es que su autor llama así (es decir, obviados, marginados, olvidados, ninguneados) a los personajes de los que se ocupa? No creo, porque, al menos los que aquí menciono, algunos escritores de los que, repito, se ocupa el libro), no lo son en verdad: Saramago, Reynoso, Vallejo, Heraud, Adán, Sabines, Bolaño... ¿Qué significa esto? Que lo que el autor ha hecho es -de entrada- jugar, acertadamente, con la intriga (y esto es, ya, un gran mérito literario en el terreno de la narrativa).

 

El conjunto de textos que aparecen en el libro de Jorge Ureta Sandoval (que, en buena cuenta, son un homenaje a personajes de la literatura por los cuales él siente admiración y una especial devoción), puede ser visto (y creo que es legítimo hacerlo) como si se tratara de una exposición de pinturas abstractas, o impresionistas, cuyo efecto estético no es solo la simple belleza sino, especialmente, el asombro. Qué quiero decir: que estos textos podemos leerlos sin tener que esperar alguna anécdota impactante o mensajes conmovedores o que acaso estimulen nuestra indignación frente a las injusticias sociales, por ejemplo.

 

Pero sí, como en un texto al que califico de reflexión afectiva, podemos encontrar cosas que conmueven y tienen mucho de verdad. Una muestra: «Él creía que íbamos a cambiar en lo fundamental, y no importa ahora si tenía razón o no… lo que vale, en este momento, es hacerte saber que cuando Javier hablaba, sonreía y te sentías parte de él…». Lo confieso: eso es lo que, en gran medida, sentía yo cuando, adolescente aún, en Pallasca comencé a leer a Javier. ¿A qué Javier me refiero? ¡A quién más!: a Javier Heraud, pues, el amado poeta que murió entre pájaros y árboles, allá en Madre de Dios, hace más de sesenta años.

 

Y díganme si no es bello esto, que también hallamos en el libro de Jorge: «No mueras en vida, vive lo que dejé de vivir». Es una invocación que en un texto es atribuido a nuestro inmenso César Vallejo, como si hubiera sido dicha a la leal y amorosa Georgette Philipart.

 

Y esta otra frase, en el texto dedicado a Juan Ramírez Ruiz, fundador del Movimiento Hora Zero y autor de ese monumento poético llamado «Las armas molidas»: «Los nuevos muchachos (…) molieron todas las armas posibles, excepto la palabra». En efecto, todo podrá ser destruido, menos la palabra.

 

Como dice Oscar Araujo León en el prólogo, lo que hay en este libro son cuentos. Pero no como los cuentos «comunes y corrientes»: no es notoria en ellos la estructura de la que siempre se nos ha hablado (exposición, nudo y desenlace). Es que se trata de una manera distinta de contar. Sin embargo, si ponemos atención (y sugiero que lo hagan), veremos que, desde el principio, cada texto atrapa y nos empuja a buscar, a como dé lugar, un desenlace del que (a diferencia de los cuentos, digamos, «tradicionales») no tenemos ni el más mínimo indicio que pueda servirnos de «ayuda». Recomiendo -por solo mencionar uno- el texto dedicado al autor de Ensayo sobre la ceguera, José Saramago, y cuyo título es, misteriosamente,  un participio -«Corregido»- y en el que, inesperadamente, encontramos a Jesucristo, enfermo, dentro de un ómnibus (que bien podría estar circulando por la avenida Abancay) y a Magdalena abrigándolo con «una frazada de diseños andinos», en una circunstancia que nadie podría imaginar: cuando una suerte de pandemia convierte a gran parte de la población en Los sin voz. ¿Es esto extremadamente insólito e increíble, o no? Claro que lo es; y, a pesar de ello -gracias al buen manejo de la técnica narrativa-, tiene mucho de verosímil. (Bueno, en su Retórica, Aristóteles ya había dicho esto: «Es preferible lo imposible verosímil que lo posible inverosímil»).

 

Lo que Jorge ha hecho es presentarnos una nueva forma de contar; una narrativa experimental que, definitivamente, rompe esquemas. Si tuviera que caracterizarla, creo que no dudaría en repetir las palabras que Floyd Merrell (que es un especialista en Semiótica, de la Universidad Purdue de Indiana) dijo acerca de la gran Clarise Lispector; y, así, yo diría que la narrativa de Jorge está «entre la realidad y la fantasía, la objetividad y la subjetividad, la razón y la imaginación, y el pensamiento lineal y los sentimientos no lineales que fluyen hacia todas partes y hacia ninguna parte». Y esta es una de sus características: es narrativa, al mismo tiempo, lineal y no lineal.

 

¿Qué encontramos en este libro de Jorge? Encontramos a doce personajes (uno de los cuales ¡es él mismo!) que son mostrados en una suerte de retratos hablados medio contrahechos en que -de modo arbitrario y antojadizo- se entrecruzan trazos que deliberadamente nos conducen hacia lo irracional o, dicho de otro modo, a la literatura del absurdo (recuerdo aquí a Eugene Ionesco) o hacia el surrealismo. Estamos, pues, ante una narrativa distinta de la que leemos con frecuencia.

 

Este libro es la expresión intrépida y desenfadada de la libertad creativa (como es y debe ser toda buena literatura); y es, también -¡cómo no!- juego y catarsis, y alabanza y celebración de la palabra y, claro, de la imaginación sin límites.

 

«Omitidos» de Jorge Ureta Sandoval es, debo decirlo ya y con absoluta convicción, un libro altamente recomendable; un aporte valiosísimo a la literatura peruana. Léanlo y me darán la razón y, por cierto, se sorprenderán gratamente. Es un libro que, por ningún motivo, debería ser omitido.

 

(Bueno, para terminar, debo decir que me regocija y me hace mucho bien el hecho de que esta presentación se haga en nuestra querida Lima Norte, donde residen el autor y también la editora -Karinita Moscoso-; y aquí, en Lima Norte (en Los Olivos, como yo), durante algún tiempo, también vivió mi inolvidable hermano horazeriano Juan Ramírez Ruiz quien sí -creo yo- fue y sigue siendo un escritor valiosísimo pérfidamente omitido por muchos, pero a quien, con justicia, Jorge Ureta Sandoval rescata y rinde culto en este bello libro que, repito, puede ser visto como si se tratara de una exposición de pinturas abstractas, o impresionistas, pero también -como, estoy seguro, lo habría dicho Juan, si aún estuviera entre nosotros- puede ser leído como poesía. ¡Bien, querido Jorge!).


                                                                                                                                   Los Olivos, 28 de marzo del 2024                                                                                                                                                                                                                                                                                 © Bernardo Rafael Álvarez

 

martes, 19 de marzo de 2024

BAD BUNNY (aunque a usted no le guste)

Bueno, la verdad es que artísticamente no puede ser llamado el heredero de Frank Sinatra; hace algún tiempo hubo quienes dijeron que lo era de Michael Jackson, pero no, tampoco lo es. Repito, artísticamente no es heredero de ninguno de ellos. En algún modo, es, más bien, el heredero de Adriano Celentano, el gran compositor y cantante italiano que fue el boom allá por los setentas. 

La genialidad de Benito Martínez (Bad Bunny) está en que, en sus canciones, no solo usa palabras, sino también ruidos guturales, balbuceos, etc. que no expresan nada inteligible; la de Celentano se manifestó con la creación de temas que, desde su título, eran construcciones hechas con palabras de ningún idioma, inventadas por él y que, naturalmente, no decían absolutamente nada (este es el título de su más celebrada canción: «Prisenconlinensinainciusol») y solo servían para divertir (y divirtió a muchísimos).

Ah, pero, respecto de los sonidos guturales que, obviamente, en el canto no dicen nada, debo decir que eso no es nada nuevo; hace muchísimos siglos había sido practicado, ya, en la Mongolia y actualmente hay artistas que siguen haciéndolo (la alemana Anna-Maria Hefele, por ejemplo): es lo que se conoce como Khoomii o canto difónico, también como canto de garganta.

Bad Bunny genera efectos de gozo en millones, millones y millones; es el que más seguidores tiene a nivel planetario, y el que gana más dinero (lo cual no es un delito, no colisiona con el arte). Es (ya lo insinué) genial, porque ha hecho lo que nadie: ha puesto sobre el escenario lo que nadie hizo antes de él (en algún modo sí Celentano): demostrar que el arte musical no solo es para dar mensajes «legibles» (de amor, filosofía, indignación, crítica social, o lo que sea) sino, sobre todo, para generar efectos estéticos (gozo auditivo, etc.) y, en el caso de la música popular, sobre todo diversión; y esto lo ha logrado a niveles astronómicos. 

Es cierto lo que dice Time (es lo que con otras palabras digo y he dicho desde hace mucho tiempo, y me alegra ver que no soy el único): «Desde sus inicios, Bad Bunny ha desafiado las convenciones, tanto líricas como musicales». 

Que no guste y asquee a muchos intelectuales no tiene por qué importar; el arte no tiene que ser (como respecto de la cultura equivocadamente creía T. S. Eliot) para una elite, para una minoría; si lo disfrutan las grandes mayorías, ¡bien, caracho! ¡Vas bien, Benito, vas Bien! (Y bien por sus millones y millones de seguidores, a los que con gusto yo también me uniría, y que no son «subcerebrados», como a alguien se le podría ocurrir llamarlos). 

El arte es, sobre todo, expresión de absoluta libertad; y no hay nada ilegítimo, reprobable ni «antiético» si es que los artistas ganan mucho dinero y son apoyados, promocionados, financiados por gente o empresas de alto poder económico (por el capitalismo o el «neoliberalismo salvaje»). ¿O es que esto envilece al arte? No, de ninguna manera. Arte no es sinónimo de pobreza.

                                                                                                                          © Bernardo Rafael Álvarez

 


miércoles, 24 de enero de 2024

CUATRO POEMITAS SETENTEROS

Cuatro poemitas míos escritos durante los inolvidables setentas:

 

 

RELOJ SOLAR 

 

INTIHUATANA, siendo las 12 p.m.

Explicación UNO: Nunca he viajado a Machu Picchu; pero –importante es decirlo- esa piedra, de pie en actitud O’clock marca los minutos como mi reloj Olma Bimatic-waterproof, 17 jewels/

INTIHUATANA, en Cusco/Ombligo del Mundo/piedras en desfile escalado.-Por allí pasaron hombres y mujeres, muchos, con su cántaro a la hora exacta. 

        a) Prólogo a los dichos primeros indios gente llamado uariuiracocharuna…buena gente aunque bárbaros infieles.º

Fueron maltratados/despojados por las encomiendas, no se les respetó; y se elaboraron las Leyes de Indias, que parecían proteger a los del Pirú. 

        b) Recurso de Hábeas Corpus: vosotros no sois bestias, creed, vivid libres. Documentos: 

D.1.-La exactitud de la hora

D.2.-Los papeles desconocidos

D.3.-Los quipus. Los quipucamayocs eran sabios hombres que descifraban la estructura lingüística, apuntada, del Imperio Incaico. 

        c) Informe/conclusiones: Juez Ad Hoc, yo, INTIHUATANA digo: 1) O´clock: la exactitud de la hora, el orden, la estructura perfecta, suman el primer grado de elevación de la inteligencia. 2) “Ticeuiracocha Cayllauiracocha Camacruna Runac/ hincados de rodillas”/a Él adoraban.ºº Su destrucción fue útil a los de Pizarro. El Hábeas Corpus llegó tarde, o no llegó.

-¡fredom all political prisoners!/

Prisioneros en su suelo

(1973/in the world)

 

 

 

 

 

 

 

_______________________________________

º El Primer Nueva Coronica i buen gobierno compuesto por don Phelipe Guaman Poma de Aiala/ descubierto en la Biblioteca Real de Copenague en 1908. Versión paleográfica de Franklin Pease G. Y.

ºº Ibidem


***


APROXIMACIONES A UN POEMA DE AMOR PARA BÁRBARA 

 

Elaboración inicial.

Bárbara tiene los cabellos nazarenos

su mirada es débil como un rayo de luna

sus manos son suaves como la intención de este poema.

Hablaremos de la orquídea, Bárbara,

o de la azucena, en fin, hablaremos, hablaremos

(este paisaje despejado/ donde la mano del hombre

no ha intentado transformar su virginidad nos observa (¿nos observa?)

Descripción: ficus ancianos en fila india,

móviles criaturas prisioneras de las piedras;

cielo, como siempre (¿cómo siempre?) azul,

nubes atadas a su barriga hundida, etcétera.

Te descubres, Bárbara/ apareces/

llegassirena/ envuelodeprendasíntimas (sostenes, calzones);

habitación de parquet en tímida oscuridad.

Lo bueno & lo malo/ la represión, la conducción

de los instintos, etcétera.

(Necesaria disposición de todos los elementos útiles;

recurso imprescindible, en pos de tu amor)

EROS: conducción sublime de la intención amatoria:

tus piernas tibias, suavecitas.

(Y sus senos excitantes, Bárbara. Bárbara;

o el cuerpo emergente, ella:

y el descubrimiento del amor; las palabras toscas.

Bárbara, Bárbara, Bárbara.)

TANATOS: el rechazo: Bárbara, te odio;

cúbrete el sexo con una hoja de parra, sal a caminar/

el mundo nos observa, no debe mirarnos, no debe mirarnos, cúbrete.

BARBARA, BARBARA, BARBARA

Elaboración final: difícil amarte.

Aquí el sacrificio del deseo. No obstante,

es irremediable hablar de la orquídea.

Cúbrete Bárbara/ cúbrete: el mundo nos observa.


                                ***  

 

PALLASCA (AGUAFUERTE, EN LA ONDA DE CHAGALL) 

 

(De carne y hueso + tierra húmeda + hierba sumamente

Verde & cabras & ovejas que rebotan su idioma

Cotidiano en las paredes de barro de las casa atadas

Al cielo. Voz de madre como girasol en los patios:

Testimonio inagotable del día, te acuestas y la noche

Ya está durmiendo/ Gallinas cluecas -¡chisha!- espan-

Tadas: viejas perseguidas por la lluvia de relámpagos.

¡Corre, Cástula!, chicharrones con mote para la abuela.

Ramitos de patao entre los dedos, coloración de alegría

Asida a los ojos y las calles empedradas. Mayo, mayo:

Mi primer amor tenía escarabajos en las manos. Ding,

Dong, dang, campanas inquisidoras. Bañistas de Renoir

Buscando conejos zonzos en el cementerio. Con tu música de

Carrizo, toro de trapo, pelo de choclo sobre tu enjalma,

Se aleja la noche de almíbar, como pañuelo: lagartija la

Luna, se descuelga por el Chonta. Lavanderas han

Menstruado bajo los alisos y la cantárida en mi frente,

Cosquillea. ¡Ganarán virtudes, amigos míos, a las doce

En medio de las chacras; pero vuelvan al poblado,

Con el sol tierno en los bolsillos!)

Y a un costado, yo, pálido, con

El pantalón roto y el corazón oxidado, observando el

Suicidio de cungules en el manantial sin agua.


_________________                                                                                (Lima, circa 1979)

 

                                  *** 

 

BIRD/ HOMENAJE A CHARLIE PARKER 

 

Atando rayos, disolviendo

relámpagos , acallando truenos:

And it’s a hard rain’s a-gonna fall;

mojará calles y parques y

no podremos caminar, zapatos míos,

solo crecer, coger el instante agudo de

la altura donde todos seamos

un monosílabo: vamos a

juntarnos otra vez, Dizzy (Charlie,

eterno palteado

metal agudo tu voz se repite

en tiempos fuertes, como el

deterioro de la carne y los huesos).

Saxo y trompeta reincidirán

en  el pecado y nunca será

demasiado tarde para nuestro

canto encima de las nubes.

El pájaro rompe el cascarón:

alternativa, demonio de las

estepas, to be or not to be y

nada se pudre en esta comarca,

acuoso el ojo del cuervo se deslíe

en mi frazada.

Ni el excremento de un águila

sino la vibración, ni el gluglú del

desagüe y nada, ni la palabra (perico en celo

que se muere en sus alas) perdurarán

en la niebla. Séptimo Círculo,

3er. recinto, Jheronimus Bosch

en el infierno espérame con  tu

mirada de rana: el pata del bop

está por resbalar al Octavo,

átalo a tus telarañas. Y para mí

38 botas de vino más 3 cartas

de marear: El Mar Dulce, donde

el hipocampo y los piratas se confunden.

La sal de la rosa silvestre para

quien viene a la taberna con un

albatros degollado bajo el brazo. Y

fósforo para los atormentados,

más bencina.

Y las uñas de mis pies no van

a enredarse en las raíces que

se arrastran como babosas ni

pasto del arco iris será la

armonía monocroma de mi frente.

Fuego verde como hierba:

ad lib en tu colina de helechos

quiero amar esta cacofonía organizada,

rodeado por el olor del establo,

sin otra alegría que el viento

y sobre Gerión, trazando anchos círculos,

descender en medio del ardor

inextinguible de la sección cañas.

Que desaten los rayos

para derramarlos en mis cabellos,

nos bañen con relámpagos y

golpeen con truenos:

mal venidos a Elsinor. Qué caray!

Deschávate Charlie: inauguraremos

otra vez la celebración del pecado

en medio de bosques incendiados,

con los chirridos de pájaros obscenos que no mueren.

 

   _________________                                                                 (Lima, circa 1976)

miércoles, 10 de enero de 2024

TRES TEXTOS «INMORALES»

 

 BOB DYLAN Y EL NOBEL

 

Mi primera reacción, apenas supe lo del Nobel para Bob Dylan, fue expresar que se trataba de una "farandulización" del más importante premio literario que se otorga en el planeta. Me pareció -lo confieso- que los académicos suecos habían incurrido en una suerte de desnaturalización del concepto de literatura. Creí -más que por desconocimiento, por olvido- que las composiciones cantadas eran hechuras ajenas a lo literario. Craso error. Estoy convencido de que mi razonamiento estuvo contaminado con una pizca de "jugo biliar". Para tratar de sustentar mi opinión (aquello de "farandulización") me dispuse a revisar mis libros y puse "de vuelta y media" mi biblioteca. Lo que buscaba: géneros literarios. Estaba seguro de que solo iba a encontrar poesía, narración, drama, crónica, ensayo... Pero no. También encontré -dizque como "subgénero", que al final es lo mismo- canción. Efectivamente, la canción también es literatura: canción, canto, cantar, cantata. Para decirlo de la manera más simple y "menos intelectual", con una definición como la que desde niños escuchamos, la canción también es literatura, porque literatura es -simple y llanamente- la "expresión artística que se da a través de la palabra, escrita o hablada". Y algo más. La literatura y, concretamente, la poesía no nació con la palabra escrita, sino con la palabra dicha oralmente, hablada. El rapsoda, en la antigua Grecia, el juglar en la Edad Media, el Haravicu en el Incanato, ¿qué eran? Eran poetas orales. No eran escritores. Los grandes poemas homéricos son la más excelsa expresión de la poesía oral que, claro, nosotros ya conocimos como literatura escrita. No existe, nunca ha existido, una ley -ni natural, ni divina, ni jurídica, ni moral, ni literaria- que disponga u ordene que la poesía sea solo escrita, o que prohíba que se la cante. Ya no hay -no debe haber- fronteras ni jerarquías en estas cosas: lo escrito no tiene por qué ser más noble que la creación oral. Como en arte, en general: ¿por qué debemos alabar y subyugarnos solo al "arte académico" y soslayar o ningunear a lo que -con ánimo complaciente, pero al mismo tiempo peyorativo- preferimos llamar "artesanía"? ¿Recuerdan las actitudes de más de uno frente al Premio Nacional de Cultura que se le otorgó allá por los años de 1970 al retablista Joaquín López Antay? Casi todo el mundo dio el grito al cielo. Bueno, pues, volviendo al tema, la poesía también puede ser cantada, y es cantada. Y Bob Dylan canta. Y también escribe. Y sus cantos son poesía, y de altísima calidad y valiosa. Solo falta leerla (hay un buen número de libros publicados con sus escritos; yo tengo uno, el que aparece en la imagen aquí puesta, desde 1974). Y, por supuesto, el premio que acaba de otorgársele, el Nobel de Literatura, aunque haya ocasionado resquemor en muchos, la verdad es que es indiscutiblemente merecido. Es, como ha dicho Leonard Cohen (el favorito para muchos), “como ponerle una medalla al Everest, a la montaña más alta".

 

©Bernardo Rafael Álvarez

15/10/2016

 

***

 

APOLOGÍA DEL REGGAETTON (mi comentario impopular, como casi siempre)

 

Esto que aquí escribo, tal vez no sea apto para aspirantes a la santidad. Pero -aun pidiendo las disculpas del caso, anticipadamente: como parche antes de la herida- tengo que decir, de frente y sin anestesia, ¡no a la mojigatería en pleno siglo XXI! 

Es que lo que voy a afirmar seguidamente tal vez les parezca una apostasía y, por ello, puede que quieran recomendar que se me excomulgue: ¿Saben una cosa? El reggaeton es arte, señores. Aunque parezca -o, de hecho, sea- grotesco -ya en la forma de bailarlo, ya en muchas de sus letras insinuantes o directamente sexistas o machistas, incluso en lo desaforadamente ofensivo de sus propósitos- el reggaeton es y no dejará de ser arte. 

Explico. No toda manifestación artística tiene que ser agradable para todos. En música, no todo tiene que ser villancicos, poemas sinfónicos, valses vieneses o "estas son las mañanitas", o solo el estremecedor Carmina Burana de Carl Orff; como en pintura, no todo tiene que girar alrededor de la Mona Lisa o La Ultima Cena (de Leonardo, o La Procesión de la papa (de Gerardo Chávez); ni en poesía debemos mandar al tacho los poemas de Cátulo o de Bukowski, o los Documentos Secretos de Sodoma, de Espinoza Sánchez -que no son precisamente églogas o madrigales ni sonetos a la rosa-,  y quedarnos con "las oscuras golondrinas" de Bécquer o el Poema 20 de Neruda, o las Cartas secuestradas de Gonzalo Rose. 

Estética -sépase- no es la apología de "lo lindo o bonito"; la estética nos permite o nos da, digamos, lo que podríamos llamar (permítaseme esta licencia) las "herramientas conceptuales" para poder valorar lo que es bello, feo, sublime o elegante; no nos propone ni menos impone exigencias para asumir que bello es lo que no nos gusta (no conduce nuestros gustos): si no me gusta, por ejemplo, El vuelo del Moscardón, de Rimski-Kórsakov, pues no me gusta y punto, por más explicaciones que quiera dárseme; ya lo dice el dicho: de gustos y colores no han escrito los autores (ah, pero, por si acaso, a mí sí me gusta "El vuelo del moscardón"). Y, otra cosa, el arte no es un manual de urbanidad y buenas costumbres o de etiqueta social. 

Hay arte bello, feo, sublime, elegante: el que nos puede sumir en el llanto, en la profunda meditación, puede enardecer nuestro ánimo, soliviantarnos, darnos paz, hacernos exclamar "¡Qué lindo!", o puede resultarnos deplorable, incluso puede excitarnos sexualmente o hasta darnos asco (pero no porque su efecto sea desagradable deja de ser arte). 

Pregunto: ¿Las pinturas de arte abstracto, gustan a todo el mundo? Hay quienes creen que solo son manchas sin sentido ni significado, que son disparates. ¿Acaso por eso dejan de ser obras de arte? Las "malas palabras" no están ni tienen que estar vetadas en poesía, tampoco la sensualidad ni la insinuación sexual. Que hay arte grotesco, sí, lo hay; pero si usted no está dispuesto a escucharlo, verlo o bailarlo, es fácil: no lo haga. Como en cosas de la televisión, en arte también podemos manejar el control (remoto, o cercano): podemos elegir. 

Siguiendo al Diccionario para que la cosa resulte menos tediosa (y porque, además -ustedes ya lo saben-, yo no estoy para meter en mi escritura tecnicismos de "intelectuales" ni enrevesadas expresiones "cultas") diré que toda "(m)anifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros", es arte; y lo es, más aún, cuando genera efectos -cualesquiera- en una o varias personas: gozo y placer, emoción que puede llevar al llanto, dar paz, ser estímulo para la meditación, sublevar el ánimo, asombrarnos o dejarnos perplejos, ennoblecer el espíritu, darnos rabia, asco, etc. (Incluso -aunque a algunos se les revuelva la bilis- debo decir que en muchas películas pornográficas también hay arte). 

Ah, otra cosa. Tengo que decirlo, también, sabiendo que puedo ganar el infierno por ello. El por muchos maldecido reggaeton también es literatura, como lo es (no estoy haciendo comparaciones en cuanto a calidad, por si acaso) un canto de la nueva trova, un bolero, un himno patrio o religioso, un yaraví, etc. 

¿Una obra de arte merece o debe merecer la aceptación consensual de todos? Ojalá fuera así, pero no siempre lo es. También es válida la existencia de detractores y, aunque no lo crean, de asquientos.  

En arte, la libertad está por encima de todo, señores. Es, sobre todo, un rechazo a la sumisión. El arte y la poesía no son el brazo armado de la moralina, sino la expresión impura de la libertad. ¡No al "uniforme único"!, al menos en cuestiones de arte y de poesía. 

De lo que se trata, como decían los Saicos, es de "¡demoler, demoler, demoler...!". A demoler las prohibiciones y las inhibiciones. Que ningún gobierno o autoridad quieran administrar el placer ni la alegría de la gente, y tampoco la imaginación creadora. (Lo que acaba de ocurrir en Cuba es completamente reprobable y torpe: han prohibido el reggaeton; bueno, allí impera el reino de las prohibiciones y la real decadencia). El arte es y tiene que ser libre; y la gente también debe ser libre para elegir lo que le guste. ¡Abajo la censura! Usted, solo usted es quien debe decidir sus gustos y colores: ¿Le gusta el reggaeton? Apláudalo sin remordimiento, si desea; pero si no le gusta, ódielo si quiere, hable pestes de él y de sus intérpretes: nadie se lo va a prohibir. Repito, ninguna manifestación artística tiene que gustar a todos. Pero, que el reggaeton es arte, no lo dude: lo es de cabo a rabo, aunque haya "intelectuales" que digan lo contrario.[1]

 

© Bernardo Rafael Álvarez

19/02/2019

 

***

 

 BAD BUNNY. UNAS PALABRAS POR EL DIZQUE "HEREDERO"

 

Según la revista Time, este artista es heredero de Michael Jackson. ¿Heredero? No lo es exactamente. Lo que hace Benito Martínez Ocasio, el joven puertorriqueño de 29 años, planetariamente conocido como Bad Bunny, no es precisamente lo que hacía Michael Jackson, no tiene su estilo ni sus cualidades (por mencionar algo); es decir, como artista propiamente, no ha heredado nada del llamado «rey del pop»: no es su continuador. 

Ah, pero si algo puede ser común entre ellos son los millones, millones y millones de fieles seguidores, que gustan de su arte y reconocen y celebran, a rabiar, la expresión de extremado desenfado y libertad que pone de manifiesto en las cosas que compone y canta. 

Benito, es decir Bad Bunny, es un artista que ha tenido la osadía, como los creadores geniales, de incluso mandar al demonio los buenos modales. Sabe -es evidente- que el arte, uno de cuyos instrumentos es la voz (o sea, me refiero al canto, a las canciones), puede -legítimamente- no decir nada o decir mucho, decirlo con decencia o indecentemente, y puede expresar palabras o, si lo desea, solo emitir ruidos guturales. El arte puede ser un vehículo a través del cual se transmiten mensajes (de amor, de fe, de esperanza o de indignación, etc.), Con él se puede motivar la reflexión acerca del destino de la humanidad, u otras cosas; pero no es nada reprobable si el arte (como ocurre mayormente) es empleado solo para entretener, o generar emociones de cualquier tipo (eróticas, por ejemplo), incluidas aquellas aderezadas o «contaminadas» de «inmoralidad». 

El arte del canto no está obligado a ser (aunque podría serlo, también) un catecismo en pentagrama o un código deontológico (o sea, una relación de normas éticas) dicho melódicamente. 

Ahora, pregunto: ¿Algún artista ha hecho antes algo similar a lo que hace Bad Bunny? Creo que el más próximo (no por cercanía cronológica, sino por desenfado) es el italiano Adriano Celentano, autor de «Prisencolinensinainciusol» (1973): una canción que está compuesta por palabras que (como su título) fueron inventadas por su autor y que, simple y llanamente, no dicen nada, carecen de sentido y significado ("jitanjáfora", en la lengua culta, es el nombre con que se conoce a este tipo de textos): solo generan conmoción, frenesí; aquí, como muestra, cuatro versos de la canción referida: "Ai ai smai seslet / Eni els so co uil piso ai / In de col men seivuan / Prisencolinensinainciusol ol rait". 

Como Celentano (nacido en 1938) y Jackson, Benito Martínez Ocasio es también un artista genial: ha hecho algo nuevo, inédito y admirable, que prácticamente a muchos ha desconcertado y generado simpatías y -cómo no- también rechazo. Ha roto, desvergonzadamente (como debe ser), con los esquemas y criterios tradicionales (esos según los cuales el arte solo tiene que ver con lo "sublime"). Diría que, en buena cuenta, hoy, en pleno siglo XXI, este artista es -en la música- lo que hace cien años -en arte visual- fueron los dadaístas. El arte es atreverse y no es ajena a él la irreverencia; y eso es lo que hace Bad Bunny, aunque a una «mayoría microscópica» de intelectuales no le guste: no toda expresión artística - y lo de este puertorriqueño lo es- tiene que gustarle a todo el mundo; ah, pero, como sabemos, los seguidores que lo aplauden, porque gustan de lo que hace, se cuentan por millones, millones y millones, y -además- sus ingresos económicos, por ventas de discos y presentaciones, también. En todo esto, ¿tiene que ver, tal vez, el marketing, pesa lo comercial? Puede ser. ¿Es un pecado? No, y no es un atentado profanatorio ni sacrílego contra el arte.  Honor al mérito, pues, a pesar de detractores y moralistas. 

Es que -ya en otra oportunidad lo había dicho- «(e)n música, no todo tiene que ser villancicos, poemas sinfónicos, valses vieneses o 'estas son las mañanitas'». Y algo más: el arte no es sumisión: en esto no hay "normativa", directiva, consigna o mandato que valga. El terreno y la esencia del arte es la libertad.

(Bueno, finalmente, pido mil perdones a quienes puedan, por culpa de mis palabras aquí expuestas, haber sentido lastimada su sensibilidad artística y moral. Pero, caballero nomás: se tenía que decir y se dijo, pues. ¡Un abrazo!).

 

©Bernardo Rafael Álvarez

01/04/2023



[1] Le propongo algo que puede serle muy útil: el "método" del descarte, para comprobar si el, por muchos repudiado, género aparecido en Puerto Rico es o no es arte. Solo hágase este par de preguntas: Si no es arte, ¿qué cosa es?, ¿es ciencia, filosofía, gramática, agricultura, natación? ¡Es arte, pues!

 

 


domingo, 3 de diciembre de 2023

"SOLO DAMOS PROTECCION": UN BREVE ACERCAMIENTO A LA NARRATIVA DE FRANSILES GALLARDO*

Lo narré a través del Facebook y hoy lo vuelvo a contar, aquí. Hace algún tiempo (concretamente, a fines de setiembre del 2021: lo recuerdo porque justamente fue entonces cuando lo conté), en el bus en que regresaba desde La Molina, después de ver unos asuntos en la Fiscalía Provincial Penal, compartí asiento con un arquitecto y empresario de la construcción, con quien me puse a conversar durante un largo rato. Me habló de algunos importantes proyectos en los que había intervenido y de las dificultades y peligros que tuvo que sortear debido, especialmente, al asedio de delincuentes extorsionadores que, obviamente con amenazas, exigían cupos; fueron, pues terribles las circunstancias que vivió. “Y supongo que usted hizo algo para protegerse y no terminar siendo víctima fatal de esos malandrines”, le dije. Así fue. Contrató a una persona que durante algún tiempo le proporcionó la seguridad que necesitaba, con gente experta en esos menesteres, que (creo que es obvio) eran "maleados", gente del hampa. Me dio el nombre del sujeto. “¿Caracho, qué chico es el mundo -le dije-, ¡yo conozco a ese tipo!”. El arquitecto, que era un hombre de edad avanzada, me corrigió: "No lo conoce; más bien, lo conoció". Efectivamente, debí haber hablado en pasado. El tipo que le dio seguridad solía presentarse como un bondadoso “hermano evangélico” y hasta llegó a fungir de empresario televisivo, dirigiendo un canal de televisión por Internet y relacionándose con personajes conocidos de la farándula local, y era "muy respetado".

Yo lo conocí hace, más o menos, unos veinte años; cuando un amigo mío me pidió que lo acompañara a una oficina en un edificio de cuatro pisos frente a una dependencia del Poder Judicial, en La Molina; y, según me enteré después, el tipo se había adueñado de ese edificio, sabe Dios cómo, arrebatándole a una señora de edad avanzada. Mi amigo me dijo que aquel hombre era una persona preocupada por trabajar en favor de la gente desocupada de Manchay y que le había pedido que formara parte del “sindicato” que estaba organizando. Y, bueno, llegamos a su oficina y lo conocí.

Después de presentármelo, mi amigo le comentó que yo era poeta. “Ah, qué interesante”, dijo el tipo. “¿Y por qué no se anima usted a colaborar con nosotros en asuntos culturales?”, y agregó que mi amigo había aceptado darle apoyo en el “rubro de deportes”. Le contesté que iba a pensarlo y que pronto tomaría una decisión al respecto. Finalmente, nos despedimos.

Cuando bajamos, de frente y sin anestesia, le dije a mi amigo: “¿Y cómo diablos has terminado relacionándote con este tipo? Este es un delincuente. ¡Lo que él llama 'sindicato' no es más que una organización criminal de extorsionadores!”. Lo dije con plena seguridad, porque -mientras conversábamos- el personaje afirmó que el mentado "sindicato de desocupados", con el cual habrían de “gestionar” trabajo para sus asociados no iba a tener “pierde”, porque “contamos con una batería brava”, agregó; y al mencionar los nombres de los integrantes de esa “batería brava”, ¡bingo!, saltó -como era casi previsible- un nombre que resultó clave: el “loco Aldo” (que era un prontuariado delincuente peruano, integrante de “los destructores”, una de las más peligrosas bandas chalacas). Sorprendido, mi amigo comprendió todo y, felizmente, resolvió romper contacto definitivo con aquel pintoresco personaje dizque organizador de "sindicatos", "seguidor" de Jehová, y que aparentaba ser una mansa paloma); yo, naturalmente, tampoco supe más de él hasta el día ese, del 2021, cuando conversé con el arquitecto y empresario, en el bus que nos traía desde La Molina.

¿Por qué he recordado esto? Pues, debido a que he leído los bellos y también conmovedores relatos escritos por Fransiles Gallardo, en los cuales aborda precisamente el asunto referido a las extorsiones a las que acabo de aludir.

Relatos, cada uno de ellos con título propio y, en cierto modo, con autonomía propia, que -sin embargo- en conjunto conforman una verdadera novela, elaborada como una suerte de homenaje a aquellos hombres que usan casco blanco y que, como solemos decir coloquialmente y con acierto, “se la juegan” por el bienestar de los demás: los ingenieros, hombres preocupados “del estar bien”, como se dice en este libro). ¿Cómo se llama el conjunto de textos al que me refiero? Precisamente CASCOS BLANCOS Extorsiones en construcción civil. Un libro que realmente hacía falta. Fransiles es autor, también, de los trabajos narrativos Aguas arribaPuka Yaku: Río de Sangre y Entre dos fuegos: Historias de ingenieros; en poesía: 9 NuevesEstremecido gato montésArco Iris de Magdalena y Ventisca tu (des) amor; y el nutrido, meticuloso e integral estudio, acerca de la primera obra de ingeniería hidráulica en el Perú, Kumpy Mayu, construida hace 3500 años. 

Los relatos de “Cascos blancos” están escritos con un lenguaje sencillo, directo, conversacional y ameno, el de la calle, en el rico e “impuro” castellano del Perú. A pesar de las situaciones dramáticas y extremadamente peligrosas de las que se ocupan y nos cuentan, no dejan de poner de manifiesto el oportuno y saludable toque de ironía y buen humor, que no se encuentra en la árida seriedad académica de otros autores. Es que se trata de literatura, pues; y, como sabemos, la literatura es el ejercicio de la libertad y, como tal, goza de la licencia, inalienable e insobornable, de -incluso- ponerle al mundo patas arriba; quiero decir, darle vuelta a todo: poner belleza donde hay fealdad, del dolor hacer brotar una sonrisa, darle una luz de esperanza al desfallecimiento, hacer que la vida sea más llevadera, darnos felicidad, y más, mucho más. 

Y la escritura de Fransiles Gallardo es esto, sin lugar a dudas: literatura del optimismo, que nos dice que, a pesar de las peripecias y el caminar al filo de la navaja (es decir, los peligros), el trabajo de los ingenieros es y será exultante y siempre valioso. “Los temporales, las ventiscas, las inclemencias, la incertidumbre, nada conmina, nada detiene”, afirma el autor en una de las páginas, como un canto de fe.

Castellano de la calle, dije, y lo reafirmo. Aquí unas muestras. Esta que es una expresión trujilllana: "Nos aprimeraron esos pendejos"; o sea, "nos adelantaron". Díganme si no es un verbo lindo. O esta, muy nuestra: "Lo lornearon", cuyo significado es, dicho también popularmente, "le hicieron el zonzo". Y esta que, aunque no es nuestra, es muy significativa y en gran medida se relaciona con el mundo del hampa: "Por los alrededores han abierto bares y puticlubes al paso" (antros nocturnos donde frecuentan mujeres de “la vida alegra”). O la que sigue: “Mis chalecos están atentos ante cualquier agresivo movimiento”; es decir, “mis guardaespaldas”. “Fierros cortos y largos para parar y pechar las broncas”: enfrentar y devolver las agresiones. “Caminar rengo, rengo”; o sea, cojeando. Bello y sugestivo el castellano nuestro, sin duda.

La literatura no es ni tiene que ser, precisamente, un testimonio, digamos, "fotográfico", no es la constancia periodística ni menos sociológica destinada a ofrecernos información fehaciente de la realidad; sin embargo, tiene la virtud de ayudarnos a conocerla en sus más increíbles, pintorescos y, también, sórdidos intersticios, a pesar de que su finalidad es estrictamente estética. Es lo que, precisamente, constatamos en este libro. No solo estamos ante una suerte de denuncia y puesta en alerta respecto de hechos que deberían, si se quiere, escarapelarnos (la criminalidad cada vez más desalmada en nuestro medio, y los empresarios, profesionales y trabajadores expuestos diariamente al peligro); es, igualmente (y yo lo resalto de modo especial), un documento lingüístico de gran valor para investigadores interesados en lexicología. 

Hablé del sentido del humor. Claro. En uno de los primeros relatos encontramos a un malandro (quiero decir, un delincuente), que "por coincidencias de la vida", los policías -que no conocían su nombre real- le pusieron el apodo de "Malocho". ¿Se imaginan a qué "coincidencias de la vida" se hace referencia? A estas: “… cuando lo redujeron, le sacaron la mierda a golpes y le quebraron ocho huesos, estuvo ocho semanas hospitalizado y lo sentenciaron a ocho años de cárcel por agresión a ocho policías…” Casi todo se junta allí: delincuencia, abuso policial, drama y, sobre todo, hilarante imaginación.

Pero el libro también da cuenta del humor cínico que brota de la creatividad perversa de la gente de los bajos fondos, como esta desbarrancada explicación que da un delincuente: “Dicen que extorsionamos, ingeniero; eso no es cierto. Solo damos protección”.

Desvergonzada y cruel protección. ¡Protección frente a qué peligros? A los que los mismos “protectores” generan; en otras palabras: “Si no cumples con lo que exigimos, te atienes a las consecuencias”. Amedrentamiento sin asco. Lo dice un personaje, en el libro: “Amedrentar a los ingenieros es fácil, los llamas por teléfono y les dices que conoces a su mujer, a sus hijos, dónde estudian, qué hace, etc., etc.”; “a los gerentes, igual: les metes miedo y si se ponen machos, les dejas una corona de flores con una tarjeta en la puerta de su casa y asunto arreglado”. Tenebroso, realmente.

Pero el crimen no solo atenta contra la integridad de los demás: también convierte en víctimas a la gente de su propio mundo; casi siempre, a través de lo que se conoce como "ajuste de cuentas", que son asesinatos por venganza, debido al incumplimiento de algún compromiso o una deuda o porque, como se dice en el mundo del hampa, “lo cerraron con un billete”; o en enfrentamientos entre bandas, como ocurrió con el evangélico extorsionador que en el libro aparece como fundador del grupo sindical llamado “los desocupados de Villa El Salvador”: “… hace dos días se enfrentó a balazos, pedradas y palazos con los integrantes del sindicato de construcción civil de Pachacámac” y, como era de esperarse, terminó muerto. Es que “El crimen no perdona, dicen. Dios tampoco…”. 

No sé si el tipo al que mencioné al principio (el evangélicos del “sindicato de extorsionadores”) sabía que “el crimen no perdona”, pero lo cierto es que, como el, también, evangélico de la narración de Fransiles, igualmente terminó asesinado, según parece, en un “ajuste de cuentas”. Es lo que me contó el arquitecto y empresario con el que conversé después de haber salido de la Fiscalía Provincial Penal de La Molina; su muerte, según me dijo, ocurrió el año 2018, y su cadáver, con uno de los brazos separado del cuerpo, apareció abandonado cerca del río Lurín, en Pachacámac: sin duda, sus victimarios se encarnizaron con él. 

Las historias de los veintitrés relatos que conforman el libro de Fransiles Gallardo corresponden a hechos más o menos similares al que acabo de referir, y son contadas con el encanto de la rudeza y la belleza de lo hosco; es decir, directamente, con el lenguaje de la calle, para ser leídas con fruición, deleite y asombro. 

Repito lo que dije durante su presentación en el Colegio de Ingenieros del Perú, hace unos meses: Estoy convencido de que esta, la de CASCOS BLANCOS Extorsiones en construcción civil, que es, prácticamente, una novela, es literatura indispensable, valiosa y saludable, que yo celebro sin reservas y con entusiasmo y placer. Repito: un libro que hacía falta, realmente. 

© Bernardo Rafael Álvarez

 2 de mayo del 2023


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* Texto leído durante la presentación del libro de Fransiles, el 4 de diciembre del 2023, en el auditorio del Colegio de Ingenieros del Perú.