sábado, 14 de octubre de 2023

CENTRO PALLASCA: ANIVERSARIO (UNAS CUANTAS PALABRAS)

Es –si no la más antigua- una de las instituciones provincianas con mayor edad en Lima. Nació, como todas, con un propósito noble: mantener vivas la tradición y las costumbres del terruño amado en la mente y el corazón de los residentes en la Capital y, además y sobre todo, fomentar y fortalecer el acercamiento, la unidad y los buenos sentimientos entre todos los paisanos.

Creo que no hay forma de demostrarlo documentalmente, debido a que el acta correspondiente solo ha llegado hasta nuestros días solo fragmentariamente (por culpa del tiempo, obviamente), es decir, en forma incompleta y es, en concreto, la parte aquella con la fecha lo que nos falta. Sin embargo, todo indica, y no hay duda al respecto (gracias a testimonios fidedignos, veraces), que nuestra Institución fue fundada el 18 de octubre de 1922. Fue un grupo relativamente pequeño de Pallasquinos el que lo hizo.  

Esta agrupación primigenia tuvo esta significativa y muy simbólica denominación: “Unión Fraternal de Pallasca”, y estuvo presidida (provisionalmente) por el señor Jacinto Robles. En sesión efectuada aquel ya lejano día, los allí presentes acordaron, en primer lugar, darle un nombre a la asociación en ciernes, y ese nombre fue el propuesto por quien diez días después sería elegido como el primer presidente oficial de la institución; era un poeta: don Manuel Pizarro Hidalgo.  

Hubo, según se deduce de la lectura del documento incompleto que ya mencioné (el acta), muchísimo entusiasmo y –como no podía ser de otra forma- muy buena voluntad; esto, por cierto, debido, indudablemente, a lo que es inherente a los pallasquinos: los buenos sentimientos, el amor por nuestra tierra. Es que los pallasquinos han sido, y felizmente siguen siendo, gente dispuesta a estar unida alrededor del cariño por nuestro pueblo, el culto a nuestro santo patrón, San Juan Bautista, y porque –hay que decirlo sin ambages- somos incomparablemente nostálgicos, lo cual no significa precisamente que seamos gente triste: la alegría es, en verdad, el sello inalienable de los pallasquinos, además de su bondad.  

Los fundadores de nuestra Institución fueron, en buena cuenta: Jacinto Robles (que presidió la primera reunión que hizo posible la constitución), Manuel Pizarro Hidalgo (el primer presidente elegido), y los señores Santiago Bocanegra, Juan Huerta, Amadeo Miranda, Dionicio Quiñones, Celso Celestino, Fidel Castro, Corpus Blas, Lorenzo Castro, Daniel Álvarez Barreto, Leoncio Quiñones, Nicanor Miranda, Fausto Salvador, Ricardo Monzón, Teodosio Brun y Cipriano Quiñones. Así, con ellos, nació el Centro Pallasca, el 18 de octubre de 1922; y la elección de la primera junta directiva se efectuó diez días después. Ellos -según información muy confiable a que he tenido acceso- solían reunirse en lo que es la cuadra seis del jirón Cañete, del centro de Lima: en el domicilio de nuestro paisano, el sastre Obdulio Valverde Orué.  

Y, desde entonces ya ha transcurrido un siglo, señores. El Centro Pallasca tiene la edad de Trilce, la obra cumbre de César Vallejo que, justamente, salió de la imprenta también en octubre de 1922 (el mismo mes en que fue fundada nuestra institución). Y, de verdad, hay razón para sentirnos felices de saber que el espíritu se mantiene igual: cariño, entusiasmo, cohesión, buenos deseos y esperanza, siempre.  

Gracias a Dios, a la inspiración de nuestro San Juan Bautista y a la perseverancia de entusiastas pallasquinos, dignos seguidores de don Manuel Pizarro Hidalgo y de Jacinto Robles y, naturalmente, de quienes los acompañaron durante aquella gesta para nosotros histórica, creo que podemos decir que –a pesar de los tropiezos, desencuentros y algunos paréntesis explicables- el Centro Pallasca sigue siendo el imprescindible punto de convergencia de los “chupabarros” en Lima y, en muchos momentos, un importante impulsor también del desarrollo de nuestro distrito. No podemos dejar de reconocer, sin embargo, porque es lo justo, la importancia y significación de las otras organizaciones pallasquinas en Lima, como la Orden de Caballeros de San Juan, la Asociación de Unificación Pallasquina (ADUPA), la Hermandad de San Juan Bautista, la Asociación de Damas de San Juan Bautista y una que, aunque ya no continúa en funciones, tuvo importante presencia hace algunos lustros: la Asociación de Damas de Santa Lucía. Mención especial merecen también nuestro paisano Leoncio Marcelo y su familia que, año tras año, organizan en San Juan de Lurigancho la festividad del Toro de Trapo. No podemos olvidar, tampoco, al Centro Social y Cultural Pallasca que en Chimbote también realiza obra importante. Y tampoco debemos dejar de recordar a las personas que, de distinta forma, aportaron también su cuota de estímulo realmente decisivo, y mencionaré solo algunos nombres, pidiendo disculpas por algunas involuntarias omisiones: Orestes Rodríguez, Wilfredo Alvarado, Ismael Gallarday, Wenseslao Villanueva, Corpus Blas, Alberto Ríos, Milciades Álvarez, Olinda Gálvez, Saúl Chacón, Orlando Álvarez, César Alvarado Araujo, Luis Rodríguez, Agustín Ninaquispe, Julio Pizarro López. Todos ellos –por su afán de hacer que la nostalgia por la tierra amada sea una suerte de motor de integración de la familia pallasquina en Lima- merecen, creo yo, un homenaje de reconocimiento y gratitud. 

Si algo, entre otras cosas, puede considerarse como una cualidad o característica del Centro Pallasca, además de sus preocupaciones estrictamente institucionales y de acercamiento entre los paisanos y amor por nuestra tierra, es el interés por la cultura y la información que puso de manifiesto a través de sus publicaciones. Esto comenzó, con gran entusiasmo, el 24 de junio de 1956, es decir, en la fecha jubilar de Pallasca. Aquel fue el día en que se puso en circulación –impreso en mimeógrafo- el primer número del llamado “Boletín Informativo del Centro Pallasca”, que tuvo como director a don Wenceslao Villanueva. La institución, entonces, estuvo presidida por nuestro inolvidable Orestes Rodríguez Campos.  

Años después, ya en 1977, gracias –especialmente- a la entusiasta iniciativa y estímulo de nuestros paisanos Milciades Álvarez, Saúl Chacón y Olinda Gálvez, se publicó “Actividades Pallasquinas”, revista que -según se lee en su portada- primigeniamente habría salido a la luz cuatro décadas antes: el 22 de junio de 1935. Lamentablemente, no hay forma de confirmar tal afirmación; pero es razonable creer que así fue, efectivamente.  

Vale recordar, también, que, durante aquellos días de la década de 1970, el Centro Pallasca logró materializar algo sumamente valioso y de gran significación: fue entonces (específicamente, el primero de abril de 1978, fecha de la entrega) cuando se adquirió una sede institucional amplia y bien ubicada, para los encuentros festivos de junio y otras actividades de carácter social: el local -en Santa Clara, distrito de Ate- al que se le dio, acertadamente, el nombre de “Tierra Pallasquina”. Esta adquisición, lamentablemente, no llegó a ser saneada como correspondía, y, por ello, hace varios años tuvo que interponerse una demanda judicial de prescripción adquisitiva de dominio que ojalá pronto (seamos optimistas, a pesar de las dificultades) tenga resultados satisfactorios; hagamos votos porque así sea. 

Hice referencia al primer boletín informativo del Centro Pallasca, aparecido en 1956. Bien. Creo que merece resaltarse que, en esa primera publicación institucional, se rindió un justo y merecido homenaje -como correspondía- a la memoria del presidente fundador, don Manuel Pizarro Hidalgo que fue, como ya lo dije antes, poeta. Se publicó uno de sus bellos poemas, el titulado “Los venados”, que fue escrito en julio de 1923, y cuyos primeros cuatro versos dicen esto, que es de una belleza extraordinaria: “De las cumbres más altivas vino el viento / y pasó por la llanura / desbocado, como loco de contento / desgreñando las melenas de la ubérrima espesura”. Muchos de los poemas de don Manuel fueron firmados con un seudónimo que podría hacer creer que se trataba de una alusión al filólogo e historiador español Ramón Menéndez Pidal: don Manuel firmaba como “Ramón Phidal” (claro, usando una “h” antes de la “i”); pero, no: en realidad, el “apellido” que inventó era solo la unión de la “P” de Pizarro, con las primeras dos sílabas de Hidalgo. Muy ingenioso, por cierto.  

En olor de poesía, pues, y con alegría y esperanza, además de gratitud por quienes nos precedieron -todos ellos pallasquinos de buena fe- cada 18 de octubre celebremos, amigos, los aniversarios de nuestro Centro Pallasca, la institución fraterna y solidaria que es de todos los pallasquinos, sin ninguna distinción, y nos une y seguirá uniéndonos en un ineludible propósito: mantener vivo el sentimiento de amor por nuestro bello terruño, y firme la voluntad por su bienestar permanente.

© Bernardo Rafael Álvarez

 


lunes, 25 de septiembre de 2023

COMO ERIZO

 

Había tocado su tallo

Y sentí sus hojas 

humedecidas por las lágrimas tiernas del rocío

Y la amé

como quien comete una imprudencia 

o una travesura

y fui torpe

La amé como a una copa de vino

aquella noche de intriga y temeridad

de oscuridad ingenua 

y resplandeciente 

con aroma de albahaca

en una ensalada capresse

y media luz


Sus hojas

como de parra incandescente

propiciaron el pecado más exultante

que se deslizó acezante y temeroso en su piel


Era real

Ya no

Hoy es luz de amanecer indeciso

que me inunda

y calma la sed

Tal vez la representación fatal 

de un olmo que ofrece fe

y también desesperanza 

y sueños frustrados que a regañadientes 

se alimentan de terquedad


¿Podré pedirle peras a ese olmo

que me quitó su sombra

y sólo monosílabos me regala

como un soplo de alma

libre de embustes?


Pera 

alta inalcanzable

sutil elevación de la indiferencia y el fuego apagado

del que solo han quedado cenizas

y sal al gusto en la llaga que propicia ausencias y lamentos

a pesar de que solo es un rostro 

una sonrisa

y el escamoteo medio infantil

del encuentro inesperado 

en estos días de temor y confinamiento


El tocar su tallo me enseñó a amar la soledad

como una resignación 

y a no escucharla ahora 

como antes

cuando amé como un ave con el ala dislocada


El camino continúa

y no ha de dejar de caminar Quien ha de detenerse soy yo 

siempre 

a despecho del rugido de los vientos alisios

como un girasol marchito y cabizbajo


como un erizo acobardado

                      ***                                                                                      

                                                   (Bernardo Rafael Álvarez)

                                                                            (11/11/2020)

                                                     

                                                                                           

jueves, 10 de agosto de 2023

VOYAGER 1

(Y yo, ¡dale y dale con mi poesía!)


Acaso este poema sea 

-aunque jamás ha de llegar tan lejos- 

como aquel disco de oro (Sound of Earth

que viaja dentro de una sonda espacial -Voyager 1- lanzada en 1977 

y que lleva saludos grabados en más de cincuenta idiomas, 

incluidos el español y el quechua, 

a ver si alguna vez cae en manos de alguna remota raza

allende el espacio interestelar.

No, mi poema no llegará tan lejos. Pero 

acaso como aquella sonda, 

este poema, disparado al aire, 

se extravíe, ebrio de sentimiento, 

en el universo abismal de la indiferencia

después de estrellarse ante la sonrisa complaciente, pero forzada, 

de alguien que sin duda lo expulsará 

como papel o trapo sucio al tacho de la basura. 

Así ha de ser, estoy convencido.

Pero yo, ¡dale otra vez con mi poesía! 

Terco como una mula. 

Solo porque una mirada bella 

y desconcertante 

me atrapó con su miel de luz y mentira, y me inspiró. 

Sonrisa desconcertante, sí,

pero congelada en una fotografía, y que jamás, lo juro, 

jamás he de ver de cerca, real. 

Sonrisa de mujer, de carne y hueso, y de sentimientos;

pero no aquí, frente a mis ojos, con su respiración y su piel, 

sino al otro lado del mundo, de mi mundo,

más allá de la pantalla incitante del celular. 

Con existencia inexistente. Virtual y borrosa, 

como los sueños de amaneceres imaginados, 

pero que aun así me hace feliz, tan solo por saberla 

y poder dibujarla en mis parpadeos,

en mis latidos

y en mis desvelos.

Y no, no es extravío ni precipicio,

tampoco las radiantes, esperanzadas y vertiginosas palabras 

-Kay pachamanta niytapas maytapas rimapallasta runa simipi

que lleva aquel disco en el Voyager 1;

pero sí es mi camino en laberinto y mi tardía ebriedad.

Y tiene un nombre. Y 

aunque sé que he de resignarme

a tener solo su nombre -bendición entre pesadillas- 

me quedaré estupefacto y extraviado,

con su ausencia que me eriza y cuartea la piel

como orgasmo de ángeles. Oh culto placer,

placer oculto.

 

(Y aquí yo, sin remedio ni brújula,

¡dale y dale con mi poesía, caracho!).

***

© Bernardo Rafael Álvarez

9/6/2021


miércoles, 9 de agosto de 2023

"ARGUEDAS 58": CONFESION O DESVARÍO ONCE AÑOS ANTES DEL DIA FINAL


Un libro (o "plaqueta"; así le llaman, creo, a los volúmenes de poesía de pocas páginas) realmente muy extraño y, tal vez por ello desconcertante. Claro, quizás solo para mí, pues no soy, en realidad, un buen lector. Me refiero a Arguedas 58, de César Avalos (Kovack editores, abril 2023), conformado por tres textos, carentes de título: el primero en prosa, el segundo en verso y el tercero también en prosa. La publicación lleva este epígrafe: "¿Dónde está la patria, amigo? Ni en el corazón ni en la saliva"; extraído de El zorro de arriba y el zorro de abajo, la medio inconclusa novela póstuma (para mí la más valiosa) de José María Arguedas. Es en torno (bueno, es un decir) a este novelista que ha sido hecho el breve trabajo literario (poético, para ser más preciso) de Ávalos. 

Está compuesto con una voluntad y de una manera que, repito, a mi particularmente me desconcierta. Bueno, en alguna oportunidad lo dije, y hoy lo vuelvo a decir (pues estoy convencido): la literatura es para generar efectos estéticos que pueden ser de distinto tipo, y uno de ellos es, precisamente, el desconcierto: desconcierto por el asunto mismo, o -como en este caso- por la construcción literaria y hasta por el aspecto gramatical. El primer texto (en prosa) de Ávalos, por ejemplo, comienza así: "La noche al día anterior a su viaje José María estuvo inquieto. El mes anterior que recibió la invitación para el viaje este lo tomó de sorpresa. Al entusiasmo inicial, le siguió un declive melancólico de no se sabe qué y de no se sabe cuándo..."; y, un poco más allá, aparece esta frase: "Ese día, José María se durmió contrito y contrante...". En el escrito en verso aparece un nombre misterioso: "Vhadir sobre las aguas que reconozco como puquio..."; y esto: "Ropas aladas por el descuido / Extramadre maldice todo y me golpea...". En el tercer texto, encontramos: "Lima podía traer ventrículos de desazón...". 

Bien. Se trata de textos en los que, aparentemente, es presentado, de un modo digamos surreal y casi onírico el taita Arguedas y -sin que se marquen fronteras o líneas divisorias- también es él mismo novelista el que se expresa. Lo medio incoherente del texto (o de los textos) creo que tiene un porqué: el autor (es lo que yo sospecho, porque -reitero-: no soy un buen lector) busca transmitir, literariamente, la personalidad muy particular de un hombre notoriamente atormentado; aquel que, a pesar de reconocer que caminando podía encontrar algo de paz, tenía, sin embargo, que soportar la angustia que recurrentemente volvía a apoderarse de él a tal punto de hacerle llegar a sentir "toda su ropa como una especie de tela cebolla" y él, también, percibirse como "cebolla roja lagrimeante". Es Arguedas, a los cuarenta y siete años de edad, justamente cuando recién había dado a conocer Los ríos profundos que, a pesar de todo (angustias, depresión) "salió en un buen año" ("Menos mal que los ríos salió en un buen año..."); y cuando aún no aparecieron Todas las sangres, que tanto dolor le causó, ni El zorro de arriba y el zorro de abajo, que trajo el anuncio de su suicidio. 

Este trabajo literario de César Ávalos -tres textos brevísimos- es, me parece, una suerte de "historia clínica" (o acaso la confesión), en tono de desvarío (poético, naturalmente) o divagación, de un hombre sufriente que, tras lidiar en desventaja con la depresión, acaso ya adivinaba que -once años después- sus pasos se detendrían en un baño de universidad, al descerrajarse un tiro de revolver en la sien derecha.

 

© Bernardo Rafael Álvarez

miércoles, 26 de julio de 2023

FUNDACIONAL: LA NARRATIVA DE CRONWELL JARA*

Cuando, en noviembre del 2019 -tres o cuatro días después de que salió de la imprenta-, leí Manifiesto de las jodas, confirmé lo que, un año antes, ya había asumido como una verdad indiscutible al leer Montacerdos, aquel relato, crudo y brutal como la realidad misma, que se expone en un desborde de imaginación aterradora y nos cuenta, entre otras cosas, de un niño que muestra una caja con alacranes y cucarachas muertas y de su bolsillo saca pericotes, “uno muerto y otro medio muriéndose”; y en el que, además, un personaje da testimonio de algo que  sacaría de quicio a más de un noble y refinado lector: “comíamos -dice- ratas, meses atrás, comíamos harto hasta chupar y sorber rico los tuétanos y masticar los huesitos, embriagándonos de dicha…”. La conclusión a la que entonces yo había arribado, y mantengo firme hasta ahora, fue que Cronwell Jara Jiménez es, definitivamente -a partir de los dos libros mencionados-, el fundador de la nueva narrativa peruana.[1] 

 

Manifiesto de las jodas -que es una suerte de lapo desacralizador y expresión desvergonzada de desenfado e irreverencia, apología y celebración de la libertad- me ayudó, pues, a consolidar la idea que tenía respecto de la literatura de Cronwell; y quedé convencido de que es libérrima, que manda al demonio -como debe ser- las normas, todas -incluso las “morales”-, que decapita deidades y acomete, rigurosamente y sin miramientos, el deicidio de que hablaba Vargas Llosa: es decir, un matar a Dios (literariamente, digo) y poner al diablo como gerente. Es, como lo afirmé en un ensayo que di a conocer hace un par de años acerca de su increíble novela PANCHO FIERROpicardías de un lujurioso y festivo acuarelista (febrero del 2021), la literatura del “mundo al revés”, en alusión al título que el acuarelista mulato (protagonista de esta novela), puso al mural que pintó en una pulpería de los Barrios Altos y en otros tres lugares de Lima, también; murales en los que, según refiere el maestro Raúl Porras, se veían hombres que “halaban de los coches dentro de los que viajaban los caballos, los peces arrastraban a los pescadores cogidos del incauto anzuelo, los toros banderilleaban diestramente a los lidiadores”.

 

Prácticamente lo mismo que hace poco encontré en un poema de Cronwell Jara (de su libro Manifiesto del ocio, publicado el 2006), en que -entre otras cosas- dice: “¿Quién al cascabel le pone un gato? // ¿Quién al clavo le puso un Cristo? / ¿Quién al diablo convirtió en dios bueno / y a Dios quién lo hizo microbusero? / ¡Y si al revés está hecho el paradero, / paren el paradero que aquí baja el mundo!”. ¿Se dieron cuenta? ¡Ahí está, efectivamente, el mundo al revés! Lo que yo creí haber descubierto hace poco en su narrativa, resulta que el mismísimo Cronwell ya lo había anunciado -como una suerte de “arte poética”- hace más de veinte años: el mundo patas arriba, que es la marca, única e inalienable, de su literatura; de la nueva estética narrativa que él ha creado, de su arte de expresión verbal (DLE) que se comporta como una intensa y sensual orgía literaria.

 

Estética narrativa en la que, también, hay (¡cómo no!) poesía. Patíbulo para un caballo (cuya primera edición es de 1994) es soberbia muestra de lo que digo: épica urbana aderezada de conmovedor lirismo; novela que, en buena cuenta, es la continuación ascendente de Montacerdos, y en la que más que la anécdota (es decir, lo que cuenta) tiene un valor altamente significativo el cómo lo cuenta: a diferencia de otros narradores (que, en el acto específico de contar, traen más de lo mismo), Jara hace (solo menciono aquí una característica, por si acaso) que cada resquicio de sus narraciones pueda, incluso, ser leído como un texto autónomo, redondo. 

 

Pero hay, también, como en Molotov suite en el patio de letras, novela que salió en abril del 2021, ficción literaria que es testimonio de una época apacible y efervescente, de conflictos, sueños, pasiones y, a veces, extravíos: lo días vividos en los claustros universitarios de San Marcos. Y, bueno, también podemos encontrar a nuestro poeta supremo caminando por las calles de Lima, gracias a Film VallejoMoriré en París con aguacero (2022) (y a su viuda, en el conmovedor monólogo llamado Georgettela golondrina de Vallejo, en que hallamos esta frase que es una inapelable sentencia: “¡La guerra nos convierte en cucarachas!”). Y más, mucho más hay en la literatura de Cronwell Jara; por ejemplo, aquel cuento, de arquitectura medio churrigueresca, escrito hace solamente cuatro meses: Martín Campanas, que habla -imprevisiblemente, como todo lo de Cronwell- de un personaje que “tenía un toro, y ese toro era su casa”.

 

Imprevisible, pues. Eso es Cronwell Jara. Y al leerlo comprobamos que la alta literatura -como la suya- no es, no tiene que ser, y nunca ha sido, solo esa de la solemne seriedad, de las “nobles causas” o cosas por el estilo, ni solo aquella de “las caídas hondas de los Cristos del alma”; también en ella está la alegría, la carcajada. Y, sin embargo -a pesar de no ser, precisamente, lo que se conoce como “literatura de denuncia”-, es, también, el mensaje inesperado, a veces violento, de la miseria y la marginalidad; y la exudación patética y despiadada de una realidad que tiene belleza, pero es, al mismo tiempo, dramática, grotesca y enervante.  

 

El premio que, a manera de homenaje -en reconocimiento a su trayectoria literaria- la Feria Internacional del Libro de Lima otorga en esta oportunidad a Cronwell Jara Jiménez (repito: el fundador de la nueva narrativa peruana) es absolutamente merecidísimo. Y esto, a nosotros sus amigos, nos hace muchísimo bien. ¡Salud, Cronwell, hermano!

                                           ©Bernardo Rafael Álvarez

___________

*Leído durante el homenaje que le ha tributado a Cronwell Jara, hoy 26 de julio del 2023, la Feria Internacional del Libro de Lima.



[1] Una precisión (como anticipo de un ensayo que tengo en preparación): En cuanto a estética narrativa -es decir, en el arte de contar-, tres son -después de Ricardo Palma- los escritores a los que considero fundacionales en el Perú: Juan José Flores, con Huámbar poetastro acacautinaja, en 1933; Mario Vargas Llosa, con La casa Verde, en 1966, y Los cachorros, en 1967; y Cronwell Jara Jiménez, con Montacerdos, en 1981, y Manifiesto de las jodas, en el 2019.

 


miércoles, 19 de julio de 2023

"DAR SAJIRO", EXPRESION COLOQUIAL PERUANA: ¿Cuál es su origen?

«Pucha, qué monse eres, causita: la jerma te da sajiro, y na' que ver».

¿Han escuchado alguna conversación en la que se digan cosas como la que acabo de mostrar? Está dicha, como ustedes lo saben, en castellano coloquial peruano. Allí aparece, entre otros, un vocablo que para muchos jóvenes posiblemente resulte extraño: "sajiro".

¿Qué es "sajiro" y de dónde proviene? El lingüista Luis Andrade Ciudad ha puesto atención en esto y, les cuento, a mí también me han entrado las ganas de indagar acerca del bendito término: a ver si puedo encontrar su origen. ¿Cuál creen ustedes que puede ser su etimología? 

El DiPerú (Diccionario de Peruanismos de la Academia Peruana de la Lengua), dice lo siguiente respecto de su significado: «1. m. "coloq.". Momento oportuno para hacer algo»; «2.  "coloq.". Señal intencionada con que se da entrada a que alguien haga algo». La primera definición también aparece, igual, en el Diccionario de Americanismos.

Las definiciones transcritas se acercan al significado de la expresión, pero creo que les falta claridad o, en todo caso, están incompletas. Si hoy fuera el momento oportuno para visitar a un amigo, no voy a decir, por ejemplo, que hoy tengo el "sajiro" para visitarlo. Si, por ejemplo, el vigilante de un banco me indica (obviamente con una "señal intencionada") que ya puedo acercarme a la ventanilla, ¿me está dando un "sajiro"? No; solo está comunicándome que ya puedo entrar. "Dar sajiro" es, digamos (en relaciones interpersonales), "romper una barrera" para facilitarle al otro el acercamiento que parece difícil.

Otra cosa. "Sajiro", nunca (hasta donde yo recuerdo) se ha usado estrictamente como un vocablo independiente, autónomo; siempre ha ido de la mano (expresa o tácitamente) con el verbo "dar", y ha formado, así, una suerte de locución verbal: "Dar sajiro". Y su significado ha sido y es, en el Perú, darle "entrada" a alguien, no rechazarlo, permitirle que se nos acerque; "darle bola", "empelotarle", hacer caso a sus pretenciones (en México se dice "pelarle"). Tengo entendido que no es usado en otro país.

He leído por alguna parte que quienes usaban -mucho tiempo atrás- esta expresión ("dar sajiro") habrían sido arrieros peruanos refiriéndose a "soltar las riendas" o no tensarlas demasiado; o sea, se disminuía el control sobre la cabalgadura y, así, se le daba la oportunidad de sentirse más o menos libre. ¿Que de ese uso haya derivado el que actualmente se da? Podría ser, pero no me parece muy razonable y, además, no es tan creíble aquello que se cuenta: no hay manera de comprobar su veracidad.

¿Cuál será su origen real? Nuestra querida e inolvidable Marthita Hildebrandt, en su sección El habla culta, que tenía en el diario El Comercio (18/11/2019), decía, respecto de esta expresión, que era incierta su etimología. Pero cita un ejemplo que es muy interesante: «El mar me dio un sajiro y comencé a bracear con los tres [niños]».

Y digo que es muy interesante justamente porque acabo de enterarme -gracias a la información proporcionada gentilmente por el escritor mexicano Juan Carlos Escárrega- de que en la región noroeste de México, especialmente en el norte de Sinaloa, desde muchísimo tiempo atrás, hay una expresión ancestral (usada antiguamente por tribus de la zona costera, dice Juan Carlos) que hoy emplean los pescadores para referirse al hecho de esperar a que, después de la cuarta o quinta ola, bastante elevadas y peligrosas, que revientan en la orilla, llegue una más calmada, para que ellos puedan adentrarse en alta mar con el fin de pescar sin tener que enfrentar riesgo alguno. Esta expresión es "sajío", y su concepto y uso coinciden, en gran medida, con lo citado por nuestra ilustre lingüista: se trata del "sajiro" (o "sajío", como dicen allá) que el mar les da a los pescadores; es decir, una oportunidad propicia para el desarrollo de su trabajo. 

Pensé, en un principio, que como en el caso de los arrieros, haría falta indagar más acerca de este uso y, especialmente, comprobar si aún continúa en México y si ha ido más allá de la región de Sinaloa; y, sobre todo, encontrar alguna prueba que pueda darnos la certeza de que, en verdad, fue esta expresión mexicana la que llegó al Perú y, andando el tiempo, se convirtió en "sajiro", y -de ser así- saber cuándo y cómo se habría producido aquella "importacion" lingüística. Juan Carlos manifiesta que sí se usa aún, pero solo -como ya lo dije- en la región noroeste de Mexico. Ahora, en cuanto a nuestro país, Lucho Andrade señala que ha comprobado que los pescadores del norte peruano, emplean este vocablo (que, en realidad, es el mismo del país azteca): "sajío". Sin duda, estos -los de Escárrega y de Andrade- son datos muy importantes y valiosos y merecen ser tomados en cuenta.

Considerando lo expuesto, creo que me arriesgaría a afirmar que ya no no es tan incierta que digamos la etimología de "sajiro": es muy probable que el origen de este vocablo peruano esté, como el de muchos otros, en México; que provenga, específicamente, de la voz mexicana "sajío", aquella que desde antaño emplean los pescadores del norte de Sinaloa. Entiendo, ello no obstante, que es conveniente seguir indagando al respecto para poder arribar a una conclusión más rotunda y definitiva; es necesario, también, saber -por ejemplo- cómo y cuándo se habría incorporado al castellano peruano. Hasta ahora, lo único indiscutible es que -solo fonéticamente, digo; no semánticamente- podemos asociarlo con el nombre o apellido japonés “Sajiro". Y, otra cosa también vale decir: los jóvenes peruanos de hoy prácticamente (he preguntado a muchos de ellos) no emplean la expresión "dar sajiro". ¿Será usado en algún otro país?


                                                                   © Bernardo Rafael Álvarez

sábado, 10 de junio de 2023

¿AUTOMOTRIZ O AUTOMOTOR?

En la sección "El habla culta" que nuestra ilustre lingüista Martha Hildebrandt tenía en el diario El Comercio (8 de julio, 2019), encontramos lo siguiente: «Es muy frecuente que nuestros diarios y otros medios de comunicación utilicen locuciones nominales erróneas como *seguro automotriz, *crédito automotriz, *repuestos automotrices*». Pero, la verdad, no solo en los diarios, sino también en el habla cotidiana, y esto también lo había reconocido doña Marthita en su valioso libro "El habla culta" (2003): "... muchas personas de habla culta incurren en el error de usar el adjetivo femenino motriz calificando a sustantivos masculinos: impulso motriz, sistema motriz, por ejemplo". Así es. Y se dicen, igualmente, expresiones como estas: "taller automotriz", "parque automotriz". Nuestra inolvidable académica las calificaba -yo lo vimos- como "locuciones nominales erróneas" y, más rudo aún, Fernando Lázaro Carreter (el académico español que -¿recuerdan?- vivía medio atormentado por el verbo "aperturar") consideraba que eran muestras de "un arraigado disparate". 

"Locuciones erróneas", "arraigado disparate". ¿Por qué? Bueno, se asumía y sigue asumiéndose, hasta ahora, que prácticamente todos los sustantivos y adjetivos terminados en "-triz" ("emperatriz", "obstetriz", "actriz", "institutriz", "motriz", "automotriz", "generatriz") son -gramaticalmente- femeninos, solo femeninos. Por ello es que el casi prohibitivo Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) afirma categóricamente lo siguiente: "Es incorrecto el uso de motriz referido a sustantivos masculinos: impulso motriz", y agrega: "Debe evitarse el error frecuente de usar los femeninos en -triz referidos a sustantivos masculinos". Repito: hasta ahora. 

Pregunto: ¿De verdad "es incorrecto el uso de motriz referido a sustantivos masculinos"? ¿Se trata, realmente, de un "disparate"? ¿Con qué argumento lingüístico sustentaríamos una respuesta afirmativa a estas preguntas?

Básicamente, debemos tener en cuenta que el sufijo "triz" (del lat. -trix, -trīcis) tiene, digamos, la función de formar adjetivos y sustantivos femeninos, como los que hemos visto: actriz, emperatriz (sustantivos); generatriz, directriz (adjetivos). Efectivamente, actriz es, siempre, una mujer, como mujer es siempre, también, una emperatriz (no hay actrices ni emperatrices que sean varones). Género femenino, sin lugar a discusión, en estos sustantivos. ¿Y qué debemos decir respecto de los adjetivos mencionados? Generatriz y directriz están relacionados con sustantivos femeninos y, así, podemos decir, por ejemplo: línea generatriz, idea directriz. ¿Y por qué no podemos, como hacen muchos, decir "impulso directriz"? Obvio, más de uno responderá: "El adjetivo debe coincidir en género con el sustantivo correspondiente, y eso no es lo que ocurre en la secuencia "impulso automotriz", pues "impulso" es sustantivo masculino y "generatriz" es adjetivo femenino; en consecuencia, estamos ante una construcción gramaticalmente irregular y, sobre todo, incorrecta y, por tanto, inválida.

La respuesta está, plenamente, ajustada a la norma: "... los adjetivos concuerdan en género y número con el sustantivo del que se predica o sobre el que inciden" (Nueva Gramática de la Lengua Española, 11.1f). O sea, todo claro, ¿verdad? Sí, todo claro. En consecuencia, diríamos que vale lo dicho por el DPD, que ya he citado: "Es incorrecto el uso de motriz referido a sustantivos masculinos: impulso motriz".

Bien, aquí surge otra pregunta (tal vez a la manera socrática, en busca de la verdad). ¿Qué es lo incorrecto en asuntos lingüísticos o, más específicamente, en cuanto a cuestiones idiomáticas? Probablemente, la respuesta más aceptable sea que se considera incorrecto a todo aquello que no se ajusta a las reglas (gramaticales, ortográficas). Así, por ejemplo, cometo un error si no pongo la tilde respectiva, donde corresponde, en una palabra aguda que termina en "n", "s" o vocal; y, obvio, también si a un sustantivo masculino le asigno un adjetivo femenino. 

Concordancia en género, pues. Y no solo con los adjetivos sino, también, con los artículos: el, la. Ahora, sobre esto, nuevamente pregunto: ¿Qué pasaría si, v.g., en lugar de decir "el calor" digo "la calor", o "la color", en lugar de "el color"? Cierto, podría saltar, otra vez, el DPD ("el casi prohibitivo", dije antes), para advertirnos -como, en efecto, lo hace- que allí no debemos emplear el artículo "la", ya que ambos sustantivos son voces masculinas "en la lengua general culta" y que "su uso en femenino, normal en el español medieval y clásico, se considera hoy vulgar y debe evitarse". Como vemos, ya son tres los calificativos implacables: "locuciones erróneas", "arraigado disparate" y, ahora, "uso vulgar". ¿Estaríamos ante un atentado contra una regla o norma de cumplimiento obligado, que deba acatarse a pie juntillas? Mi respuesta enfática: No.

"Color" y "calor" son, efectivamente, sustantivos masculinos, pero también son usados como femeninos, y no solo en textos literarios ("con finalidad arcaizante", dice el DPD -¡qué ocurrencia, caracho!-), sino también, con frecuencia, en el habla común de muchas gentes y en diversos espacios. Ocurre lo mismo con "mar", cuyo empleo en femenino no se da únicamente "entre la gente de mar (marineros, pescadores, etc.)". Ah, y es conveniente recordar que estos usos no son recientes. El Diccionario de Autoridades (Tomo II, 1729) ya hacía referencia al uso en femenino de estos sustantivos. Respecto de "mar", indica que es sustantivo ambiguo ("s. amb"); y, sobre "calor" y "color", afirma lo que enseguida transcribo textualmente. Calor: "Es voz puramente latina, y algunos la hacen femenina, diciendo la calor"; Color: "Aunque lo más proprio y conforme a su origen es usar este nombre como masculino, algunos le usan como femenino". (Por cierto, hay que entender que cuando habla de "algunos" no se refiere a cuatro o cinco personas). 

Ahora, ¿resulta razonable la recomendación o consejo ("debe evitarse") que nos hace, respecto de los sustantivos "calor" y "color", el Diccionario Panhispánico de Dudas? ¿Por qué no se muestra, igualmente, escrupuloso frente al uso femenino del sustantivo "mar"? ¿Y por qué no hace lo mismo, también, con "puente" o "tilde" que, aunque no mayoritariamente, también admiten el femenino y el masculino, respectivamente? ¿Reglas selectivas? Lo que pasa es que en estas cosas -ya es tiempo de decirlo- no hay nada inamovible. Por eso (aunque no viene, precisamente, al caso), según la norma, para los sustantivos femeninos que empiezan con "a" tónica se emplea únicamente el artículo masculino, por aquello de la cacofonía: el agua, el águila, el alma, el hacha, etc.; sin embargo, no decimos "el árbitra" o "el hache", y cuando nos referimos al femenino del sustantivo "ácrata" (partidaria de la acracia) no usamos el artículo masculino. Es que, repito, la rigidez, definitivamente, no es cualidad ni menos principio en el uso de las lenguas. La lingüística no es un asunto matemático.

Bueno, a estas alturas creo que ya es tiempo de volver a lo de "automotor' y "automotriz', ¿verdad? Y es cuando surge una nueva pregunta: ¿Qué resultaría afectado si, en lugar o además de "taller automotor" o "parque automotor", decimos "taller automotriz" o "parque automotriz"? No se dañará el sistema de protección frente a accidentes de tránsito, y el número de vehículos que hay en la ciudad no será alterado. Tampoco será lastimado el idioma castellano. Todo seguirá igual. Cosa distinta pasaría si, por ejemplo, a un actor le decimos "actriz" y nombramos como "emperatriz' a un emperador. Se entendió, ¿no es cierto? Claro.

Dije que la rigidez no es cualidad ni menos principio en el uso de las lenguas, que no hay nada inamovible en esto; por ello es que hice referencia al femenino del sustantivo "ácrata", ya que, a pesar de que comienza con "a" tónica, en su caso debe emplearse el artículo en femenino. Esto, debido a que, cuando los sustantivos que comienzan por "a" tónica designan seres sexuados y su forma es única para cualquiera de los dos géneros, el artículo empleado siempre será "la" si el referente es femenino, pues -como bien dice el DPD- "este es el único modo de señalar su sexo". 

Como vemos, apareció aquí un término no mencionado antes: "sexo". Y es cuando debo aludir a las eventuales implicancias que tendría el hecho de llamar "actriz" a un actor y "emperatriz" a un emperador. Si eso ocurriera estaríamos ante un verdadero disparate, y no precisamente de carácter gramatical sino, digamos, relacionado con un asunto sensible, el de la propia identidad de cada uno de los aludidos; quiero decir que -por razones obvias- no nombraríamos como hombre a una mujer, ni como mujer a un hombre.

¿Y podríamos, en cambio, decir -por ejemplo- "taller automotriz" o "parque automotriz", sabiendo que los sustantivos mencionados son masculinos y los adjetivos son femeninos? No sé cuál podría ser la respuesta de los académicos, pero la mía es clara, directa y rotunda: sí. Estoy convencido de que no habría (no hay, realmente) ningún problema si hiciéramos tal cosa, como en verdad hacen muchos.

Efectivamente, "taller" y "parque" son sustantivos a los que les corresponde el género masculino; pero esto es así porque les hemos asignado ese género, arbitrariamente y no porque pudiéramos haber encontrado correspondencia entre dicho género y alguna característica "natural" de los objetos nombrados ("taller", "parque"), pues no lo hay debido a que los seres inanimados no tienen sexo. Sin embargo, hemos asumido convencionalmente (y es lo que recoge la norma) que no es correcto que a un determinado sustantivo le asignemos un adjetivo de género opuesto al suyo y, en tal sentido, todos reprobamos (y no solo académicos) que se diga, por ejemplo, "sombrero blanca" o "mesa redondo" por ser "escandalosamente" notoria la discordancia que allí se presenta, pues sabemos que en nuestra lengua los adjetivos y sustantivos masculinos y femeninos se distinguen, sobre todo (no únicamente),  por estas desinencias: "-o" en el masculino y "-a" en el femenino.

Sin embargo, tal reprobación (mayoritaria, quiero decir) no se daría (y de hecho, no se da) respecto de expresiones como "taller automotriz" o "parque automotriz", ya que en estos casos la falta de concordancia gramatical solo es advertida por las personas de "elevada cultura", que saben -porque lo han leído en el Diccionario- que con el sufijo "-triz", proveniente del latín, se "forma adjetivos o sustantivos, unos y otros, femeninos, que significan agente". Por eso es que, como dije al principio -citando a la doctora Hildebrandt- mucha gente, incluidos periodistas de "diarios y otros medios de comunicación" (es decir -aunque parezca increíble- también personas cultas), suelen usar expresiones como "seguro automotriz", "crédito automotriz", etc.; porque es evidente que les interesa poco o nada parar mientes en el género y significado etimológico del referido sufijo y lo prefieren por la indiscutible eufonía que le da a los adjetivos que, en el uso, han terminado convirtiéndose en ambiguos en cuanto al género (con uso en masculino o femenino): "parque automotor", "parque automotriz"; "seguro automotor", "seguro automotriz", "crédito automotor", "crédito automotriz". ¿Es, gramaticalmente, "monstruoso"? No. Como no lo es, tampoco, con los siguientes adjetivos que, como ocurre con todos los adjetivos ambiguos, no terminan en vocal "o" ni "a": independiente, tolerante, alegre, servicial, valiente, inteligente, leal, cruel, genial, amable, feliz, etc. 

Como repetidamente lo he dicho en otras oportunidades: el uso manda y hace que aquello que en un momento fue "incorrecto" deje de serlo y adquiera validez y legitimidad. Y algo más debemos tener en cuenta: El hecho de que los sufijos en latín "-trix", "-trīcis" sean femeninos, no es condición que obligue a que el sufijo español derivado de ellos también tenga que ser únicamente femenino. La etimología explica el origen de las palabras, pero no impone normas de uso ni significados; eso corresponde a la potestad, el arbitrio, de los propios hablantes. 

Nada hay, pues, que -razonablemente hablando- impida que el adjetivo "automotriz" y, por cierto, también "motriz", puedan ser empleados con sustantivos masculinos como taller, parque, repuesto, seguro, crédito, impulso, etc. Conclusión: ¿Automotriz o automotor? Con sustantivos femeninos, solo "automotriz" ("industria automotriz", "ingeniería automotriz"). Y para referirse a sustantivos masculinos, ambos ("parque automotor", "parque automotriz"; seguro automotriz", "seguro automotor"; "crédito automotor", "crédito automotriz"). Esto, aunque no guste a algunos, lo está imponiendo -porque así lo quiere- "el uso, árbitro, juez y dueño en cuestiones de lengua" (Quinto Horacio Flaco dixit).

© Bernardo Rafael Álvarez