jueves, 6 de abril de 2023

¿LA CARIDAD ES "HUMILLANTE"?

¿Esto que, desde hace algún tiempo es celebrado con entusiasmo por personas bondadosas, fue realmente dicho por Eduardo Galeano, el autor de ese gran libro (pero por algunos cuestionado) "Las venas abiertas de América Latina"? Yo, por decir lo menos, lo dudo; sería deplorable si fuera verdad que él fue quien lo expresó. No es, definitivamente, motivo de crítica ni rechazo el hecho de que crea en la solidaridad y no en la caridad; es legítimo y es su derecho que adopte esa posición. Pero afirmar que "la caridad es humillante" dizque porque "se ejerce verticalmente y desde arriba', ya la cosa es preocupante. ¿La caridad es "humillante"? ¿Quién, con un mínimo de sentido común, puede aceptar esa disparatada "verdad"? ¿Saben qué cosa es la caridad? Es, simple y llanamente, una actitud... ¡solidaria!; es solidaridad con el sufrimiento ajeno, pero no se expresa como un simple "abrazo solidario" o con una palabra de aliento, sino con hechos concretos: de ayuda, de apoyo. Y la ayuda, el apoyo, frente a situaciones de extrema necesidad, incluso de carencias, es eso, precisamente, un acto de caridad. Y, claro, también se conoce concretamente- como caridad a la limosna o auxilio que se presta a otras persones; ¿es diferente la solidaridad? ¿Se acuerdan de aquella bella y muy significativa frase de la madre Teresa de Calcuta, según la cual "solidaridad es dar hasta que te duela'? La caridad no siempre se ejerce "desde arriba", no siempre es "vertical". Y mucho menos es "humillante". Si la caridad fuera humillante entonces alcanzarle unas monedas a un mendigo en la calle, sería el acto más infame y vil que cometeríamos. (¿O no será que hay quienes quisieran que la mendicidad desaparezca tal como se hacía en la Rusia comunista, según se cuenta, sin pestañear, en un libro de César Vallejo? Esto es lo que dice allí ("Rusia en 1931"): "El Soviet observa dos procedimientos: atraer al mendigo e incorporarlo al trabajo, y, en caso imposible, exacerbar su miseria para suprimir el mal por eliminación de la vida del mendigo". ¡Pavoroso!). Repito: dudo de que Eduardo Galeano haya dicho esta horrenda barbaridad: "que la caridad es humillante".  ¡Un abrazo a todos, en esta noche de Jueves Santo, hermanos!

(c) Bernardo Rafael Álvarez

sábado, 1 de abril de 2023

SOBRE LA VACANCIA PRESIDENCIAL Y LA ACUSACIÓN CONTRA PEDRO CASTILLO

 MI COMENTARIO IMPOPULAR Y "POLÍTICAMENTE INCORRECTO":



Lean esta parte de la resolución, leída está tarde por el juez San Martín[1]:

"Anunciar públicamente la instauración de un tal gobierno de emergencia nacional y especificar las medidas correspondientes a esta finalidad, POR QUIEN TENIA EL CONTROL DEL PODER Ejecutivo, por lo menos importaba (...) ejercer un ACTO DE VIOLENCIA psíquica y relativa CONTRA LA CIUDADANÍA, PORQUE DESDE SU POSICIÓN DE PODER TENÍA LA FACULTAD DE ORDENAR A LAS FUERZAS DEL ORDEN utilizar su poder coactivo con el armamento correspondiente, así no se use, para sostener este comportamiento inconstitucional...".

¿Eso es "alzamiento en armas" (es decir, "rebelión") "para variar la forma de gobierno, deponer al gobierno legalmente constituido o modificar el régimen constitucional"?

La rebelión es, fundamentalmente, un acto de desobediencia y hostilidad; es decir, resistencia, de enfrentamiento a la autoridad. El que, como dice la resolución, "tenía el control del poder" (el Poder Ejecutivo), ¿contra quién "se rebeló"?, ¿en contra de sí mismo? 

Según el Código Penal, comete delito de rebelión el que "se alza en armas". ¿Ese "alzamiento en armas" contra quién debe darse? La respuesta creo que es obvia: contra la autoridad legalmente constituida, contra el poder establecido. ¿El señor Castillo hizo uso de armamento, al dirigir su mensaje televisado? No. 

Efectivamente, Castillo -como dice la resolución- "desde su posición de poder" tenía la facultad de disponer que las fuerzas del orden, "usen su poder coactivo con el armamento correspondiente", lo cual significaba, por lo menos, la posibilidad de que ejerza "un acto de violencia psíquica contra la ciudadanía". Eso: "tenía la facultad de disponer de las fuerzas del orden", para ejercer, por lo menos, "un acto de violencia psíquica contra la ciudadanía" (pero no lo hizo). ¿Habría significado tal cosa un "alzamiento armado" contra el poder establecido? No, definitivamente no, porque, como sabemos, el hecho de que un gobernante pudiera ejercer "un acto de violencia psíquica contra la ciudadanía" no corresponde, de ninguna manera, a un delito de rebelión (afirmar lo contrario sería, simplemente, descabellado y torpe).

Insisto: el señor Pedro Castillo no cometió delito de rebelión, ni siquiera en grado de tentativa. Es necio afirmar lo contrario (como lo hace todo el mundo: incluso prestigiosos juristas, increíblemente). Si no hay "alzamiento en armas" es extremadamente descabellado hablar de delito de rebelión: el Código Penal es clarísimo y rotundo y no ofrece lugar a dudas ni a interpretaciones antojadizas: textual y, por ello, indubitablemente, señala que la condición o requisito indispensable es el "alzamiento en armas".

¿Qué cometió, entonces, el señor Castillo? Simplemente incurrió en la infracción constitucional claramente tipificada por el artículo 117 de la Constitución Política: el haber dispuesto la disolución del Congreso sin que existiese la causal que indica el artículo 134 de la Carta Magna (censura o denegatoria de confianza a dos Consejos de Ministros). Al no haberse concretado la disolución del Congreso, tal como fue el propósito de Castillo, quiere decir que la referida infracción constitucional (que es prácticamente un delito) se perpetró en grado de tentativa. Así de clarísima es la situación. 

Por tanto, ¿qué es lo que correspondía en tales circunstancias? Lo que procedía era la acusación constitucional, en atención al ya mencionado artículo de la Carta Magna, el 117; y, seguidamente, debía efectuarse el juzgamiento y todo lo demás. Acusación y juzgamiento contra el Presidente de la República (obviamente, en ejercicio de sus funciones).  Al final de ello, lo previsible era la irremediable destitución. Y, al ser destituido, como consecuencia del juzgamiento, lo que venía como un hecho definitivo es que el puesto o cargo de Presidente de la República quedaba automáticamente vacío, es decir, como lo señala el inciso 5 del artículo 113 de la Constitución, se concretaba la vacancia presidencial: vacancia por haber sido destituido el titular y no por aquello que señala el inciso 2: "incapacidad moral permanente". 

Lo que se ha hecho, al ser declarada la vacancia presidencial por "incapacidad moral permanente", ha sido, pues, irregular y, sobre todo, inconstitucional. En otras palabras, el Congreso cometió una reverenda pachotada, un gigantesco disparate.

¿Qué significa todo esto? Que, legal y constitucionalmente, todo lo hecho adolece de nulidad y, como sabemos, todo acto nulo genera consecuencias también nulas. 

(No sé si se tenía que decir, pero, sea como fuere, ya lo dije. Y lo he hecho con absoluta convicción y plenamente amparado en la ley y, sobre todo, en la Constitución).

 

                                           © Bernardo Rafael Álvarez

                                                         (Publicado inicialmente en Facebook, el 13/12/2022)


[1] Lea aquí la resolución: Apelación Pedro Castillo 



BAD BUNNY. UNAS PALABRAS POR EL DIZQUE "HEREDERO"

Según la revista Time, este artista es heredero de Michael Jackson. ¿Heredero? No lo es exactamente. Lo que hace Benito Martínez Ocasio, el joven puertorriqueño de 29 años, planetariamente conocido como Bad Bunny, no es precisamente lo que hacía Michael Jackson, no tiene su estilo ni sus cualidades (por mencionar algo); es decir, como artista propiamente, no ha heredado nada del llamado «rey del pop»: no es su continuador. 


Ah, pero, si algo de común podríamos encontrar entre ellos, es las cantidad elevadísima de fieles seguidores que tienen ambos y que, respecto de Bad Bunny, gustan de su arte y reconocen y celebran, a rabiar, la expresión de extremado desenfado y extrema libertad que pone de manifiesto en las cosas que compone y canta. 

 

Es que Benito, es decir Bad Bunny, es un artista que ha tenido la osadía, como los creadores geniales, de incluso mandar al demonio los buenos modales. Sabe -es evidente- que el arte, uno de cuyos instrumentos es la voz (o sea, me refiero al canto, a las canciones), puede -legítimamente- decir mucho o, simplemente, no decir nada; decirlo con decencia o indecentemente, y puede expresar palabras o, si lo desea, solo emitir ruidos guturales o únicamente una seguidilla de onomatopeyas (hace, en gran medida -al emitir solo ruidos, digo-, lo que muchísimos siglos atrás ya se practicaba en Mongolia: el canto de garganta conocido como Khoomii o también llamado canto difónico; actualmente tenemos, por ejemplo, como representante de esta modalidad artística a la alemana Anna-Maria Hefele). ¿Hay quienes se escandalizan por lo grotesco de algunas canciones con contenido abiertamente sexual? No es nada nuevo: Gayo Valerio Cátulo ya lo había hecho, hace más de veinte siglos, en su famoso poema hoy conocido como Carmen 16.


Es que el arte puede ser un vehículo a través del cual se transmiten mensajes (de amor, de fe, de esperanza o de indignación, etc.): con él se puede motivar la reflexión acerca del destino de la humanidad, u otras cosas. Pero, no es nada reprobable si (como ocurre mayormente) el arte es empleado solo para entretener, o generar emociones de cualquier tipo (eróticas, por ejemplo), incluidas aquellas aderezadas o «contaminadas» de «inmoralidad». Y -repito-, también es dable y legítimo, simple y llanamente, no decir absolutamente nada en una canción. 

 

Otra cosa. El arte del canto no está obligado a ser (aunque podría serlo, también) un catecismo en pentagrama o un código deontológico (o sea, una relación de normas éticas) dicho melódicamente. 

 

Ahora, pregunto: ¿algún artista ha hecho antes algo similar a lo que hace Bad Bunny? Creo que el más próximo (no por cercanía cronológica, sino por desenfado) es el italiano Adriano Celentano (nacido en 1938), autor de «Prisencolinensinainciusol» (1973) una canción que está compuesta por palabras que (como su título) fueron inventadas por su autor y que, simple y llanamente, no dicen absolutamente nada, carecen de sentido y significado ("jitanjáfora", en la lengua culta, es el nombre con que se conoce a este tipo de textos): solo generan conmoción, frenesí o asombro; aquí, como muestra, cuatro versos de la canción referida: "Ai ai smai seslet / Eni els so co uil piso ai / In de col men seivuan / Prisencolinensinainciusol ol rait". 

 

Como Celentano y Jackson, Benito Martínez Ocasio es, también, un artista genial (repito: genial, porque realmente lo es, aunque les alborote el hígado a algunos nobles y escrupulosos ilustrados): ha hecho algo nuevo, admirable y que podríamos considerar completamente inédito y que, prácticamente, ha desconcertado a muchos y ha generado simpatías y -¡cómo no!- también Rabias y rechazo. Ha roto, desvergonzadamente (¡como debe ser!), con los esquemas y criterios tradicionales (esos según los cuales el arte solo tiene que ver con lo "sublime"). Diría que, en buena cuenta, hoy, en pleno siglo XXI, este artista es -en la música- lo que hace cien años -en arte visual- fueron los dadaístas. El arte es atreverse, y no es ajena a él la irreverencia; y eso es lo que hace Bad Bunny, aunque a una «mayoría microscópica» de intelectuales no le guste: no toda expresión artística -y lo de este puertorriqueño lo es, plenamente- tiene que gustarle a todo el mundo; ah, pero, como sabemos, los seguidores que lo aplauden, porque gustan de lo que hace, se cuentan por millones, millones y millones, y -además- sus ingresos económicos, por ventas de discos y presentaciones, también. En todo esto, ¿tiene que ver, tal vez, el marketing?, ¿pesa lo comercial? Puede ser. ¿Es un pecado? No, y no es un atentado profanatorio ni sacrílego contra el arte.  Honor al mérito, pues, a pesar de detractores y moralistas. 

 

Es que -ya en otra oportunidad lo había dicho- «(e)n música, no todo tiene que ser villancicos, poemas sinfónicos, valses vieneses o 'estas son las mañanitas'». “Sí (dirán algunos), ¿y esos balbuceos y sonidos guturales que emite este muchacho y que, en verdad, no dicen absolutamente nada? ¡Eso no es arte!”. Pero, sí, es arte, absolutamente. El arte del canto no es solo la emisión, con acordes musicales, de palabras con mensajes inteligibles; no hay norma que así lo disponga u ordene: solo con tarareos o ruidos guturales también es válido hacer arte (ya me referí a la antigüedad de aquello que hace la alemana Anna-Maria Hefele). Y lo que acabo de decir tampoco es ajeno a la poesía: también puede hacerse (y se ha hecho) poemas con grafías que solo interesan por su sonido o por el efecto desconcertante que generan (Vicente Huidobro lo hizo, por ejemplo).  Y algo más que es definitivo: el arte no es sinónimo de sumisión y no ha nacido para inclinarse, obsecuentemente, ante "normativas", directivas, consignas o mandatos; su terreno y su esencia es, simple y llanamente, la plena libertad.

 

(Bueno, a estas alturas me permito pedir mil disculpas a quienes puedan, por culpa de mis palabras aquí expuestas, haber sentido lastimada su noble sensibilidad artística y moral. Lo digo con toda sinceridad, perdónenme, por favor. Pero -caballero nomás- se tenía que decir y eso es lo que he hecho: lo he dicho directamente y sin ambages, pues; y, por cierto, esto nadie me lo podía prohibir. ¡Un abrazo, amigos!).

 

©Bernardo Rafael Álvarez


viernes, 13 de enero de 2023

"NUMERA'O, NUMERA'O, VIVA LA NUMERACIÓN": Abreviatura de los números ordinales

De frente al grano: Por ejemplo, las abreviaturas que yo hago de los números ordinales son y seguirán siendo (espero que siempre) las que aprendí desde niño, y no las aprobadas por la Real Academia Española (RAE). Como ustedes saben, números ordinales son aquellos que expresan orden o sucesión y el lugar que en una serie ordenada ocupa cada elemento: primerosegundotercero, etc. Si mal no recuerdo, al menos hasta hace unos treinta y cinco años yo estaba seguro de que no había regla alguna que determinara el procedimiento para la formación de abreviaturas (lo digo, tomando como referencia un diccionario Larousse ilustrado de 1988, que, a la letra, decía: “No existe regla absoluta para la formación de abreviaturas. En general, se adoptan las primeras letras de la palabra…”). Años después supe que la RAE había asumido como norma la representación numérica de los ordinales -su abreviatura, propiamente-, usando números arábigos, de un modo particular. Veamos, previamente, lo que dijo la "docta corporación matritense" al respecto: Entre las abreviaturas que incluyen letras voladas forman un grupo especial las correspondientes a los numerales ordinales que se crean combinando la cifra que representa al número de orden con las terminaciones voladas a, o, er, que corresponden a la palabra numeral abreviada" (Ortografía de la lengua española, 2010). Bien. Esta es la forma asumida por la RAE para escribir dichas abreviaturas: poniendo el respectivo número natural seguido de un punto y luego una letra volada que corresponde a la última del nombre de la cifra (1.º, 2.º, 3.º, etc.), o las dos últimas letras si es que se trata de los nombres apocopados (1.er, 3.er). La RAE no explica (y creo que nunca lo ha hecho) el porqué del punto entre el número natural y la letra volada.* Repito: las abreviaturas de los números ordinales yo no las escribo de ese modo. ¿Por qué? Porque no le encuentro sentido a la presencia de ese punto allí ubicado, entre el número y la letra o las letras finales del nombre que, como dije, van en volada (o sea, chiquitas y en la parte alta); y, además, porque, como ya se vio, no he encontrado por ninguna parte una explicación convincente que justifique razonablemente tal cosa. Pregunto: Si, como dije, la letra volada es, en verdad, la última del respectivo nombre ("primero", "segundo", "cuarta") y se coloca obviamente para que la cifra no sea pronunciada, por ejemplo, como "uno" o "primer" o "dos" o "segund", sino "primero" o "segundo" o "cuarto", según corresponda, ¿qué papel cumple el involuntariamente imprudente y antipático punto colocado entre el número y la letra o letras voladas? Creo que ningún papel o función con significación específica alguna; solo es, por decir lo menos, absurda su presencia (ni siquiera sirve de adorno). ¿Cuál es la forma tradicional de escribir las abreviaturas de los ordinales, que yo he conocido y que en el Perú ha sido y sigue siendo de uso frecuente y de la que yo no quiero desprenderme? Esta: 1º, 2º, 3º, 4ª...; 1er, 3er; formas de expresión gráfica en las que -como creo es obvio- la cifra escrita representa a la raíz del nombre que corresponde al número ordinal (primer..., segund..., tercer..., cuart..., prim..., terc...) y las letras voladas hacen, digamos, la función de desinencias, con que se completa el nombre y se determina, además, el respectivo género: masculino o femenino (primer/o, segund/o, tercer/o, cuart/a, terc/er). 

¿Tiene alguna justificación que se separe con un punto lo que viene a ser, repito, la desinencia, de lo que es la raíz de la palabra, para expresar gráficamente gráficamente la abreviatura de los números ordinales? Estoy plenamente convencido de que no tiene ninguna justificación, que eso es descabellado. ¿Dirá alguien que, como está indicado en el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), "(se) escribe siempre punto detrás de las abreviaturas"? No es lo correcto, puesto que el mismo lexicón aclara que eso no sucede "en el caso de aquellas (abreviaturas) en las que el punto se sustituye por una barra: c/ por cable, c/ por cuenta"; y existen también las abreviaturas que van entre paréntesis y sin punto: (a) por alias. O sea, hay excepciones: una de estas debe ser, sí o sí (lo digo sin un milímetro de duda) el caso de las abreviaturas o representaciones numéricas de los ordinales. Bien. Creo que muy pronto (tal vez en las próximas horas) enviaré mi propuesta al organismo correspondiente: la RAE, a ver qué atención le brindan. Mientras tanto, insisto: de que seguiré escribiendo como siempre, sin ese inútil y medio vandálico punto, la abreviatura de los números ordinales, lo prometo, lo seguiré haciendo; soy cholo terco, pues. ¡Un abrazo, amigos queridos!

 

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Debo decir, sin embargo, que es necesario y justo hacer una precisión. Después de conocer parte de lo aquí dicho por mí (pues se lo envié), la Fundación del Español Urgente (Fundéu RAE) me acaba de indicar, textualmente (por medio de correo electrónico), que la forma de representar las abreviaturas que yo cuestiono, corresponde en realidad a “la grafía tradicional, que se puede encontrar en las obras académicas normativas desde, como poco, el siglo XIX, aunque haya obras que, por lo que comenta, no las hayan recogido o explicado debidamente”. 

O sea, no es nada nuevo como yo creía. No he tenido acceso aún a alguna obra normativa de aquel tiempo, pero -efectivamente- en un libro de 1879, que conservo como una joya en mi biblioteca (Ancachs y sus riquezas minerales, de Antonio Raimondi) al señalar las “condiciones esenciales” para que un ferrocarril pueda exportar ciertas producciones (página 23), hace, por ejemplo, esta indicación: “2.º Que pase por las poblaciones más importantes del Departamento”. Como se ve, usa la abreviatura en que aparece la cifra seguida del punto y finalmente la "o" volada (o superíndice). Sin embargo, al referirse a la primera de esas “condiciones esenciales”, solo pone el número y la "o" volada (1º); y, es más, en la página 26, los números ordinales están representados así: 1a. 2a., 3a., 4a., 5., 6a. 

¿Qué revela esto? Que no había, pues, una norma que obligara a escribir de una determinada manera las abreviaturas de los números ordinales. Ergo, la abreviatura con solo la cifra y la letra volada, que muchos usan desde sabe Dios cuándo, era y es válida, pues (coexistían distintas formas); y, por tanto, válida es, también, mi propuesta aquí explicada. (17/01/2023)

 

© Bernardo Rafael Álvarez


sábado, 17 de diciembre de 2022

ESTE CHOLASHO NOSTÁLGICO


Aquel día llegué tarde, y, por ello, mi asiento se encontraba ocupado. Sin embargo, bondadosa y comprensiva, la señorita Teresa Casana no me impidió el ingreso; pero, claro, tuve que sentarme en la única carpeta vacía, ubicada en la fila del extremo izquierdo, junto a la puerta que daba al patio. El tema que estaba siendo explicado por la maestra, era el abecedario y, específicamente, cómo se escribían las letras. Todos -como era lo correcto, naturalmente- atentos.  

Ya se había visto en la pizarra cómo se escribían la "a", la "b", la "c" y la "ch", y estábamos a punto de conocer la "d" y las siguientes, cuando de pronto, tras haber escuchado el nombre del dígrafo que aún -desde 1803- era asumido, en nuestro idioma, como la cuarta letra del abecedario, se me ocurrió hacer aquello que -a pesar de ser tímido o, como se decía en Pallasca, vergonzoso- no dejaba de hacer cuando me parecía necesario hacerlo: preguntar. 

Efectivamente, pregunté (y creo que por mi culpa se generó en algunos una sonrisa candorosamente burlona): "¿Cómo se escribe la letra 'she', señorita?". La respuesta que recibí no fue la que yo esperaba; sin embargo, la sentí bella y saludablemente rotunda. "Esa letra no existe", dijo, con voz maternal, la señorita Teresa. La clase continuó. Yo tenía cinco años de edad, entonces, y era uno de los alumnitos del Jardín de la Infancia de mi pueblo.  

¿Por qué se me ocurrió hacer aquella pregunta? Por estas dos razones: siempre fui curioso (o preguntón, como lo había reconocido y solía recordármelo insistentemente el maestro Rafa, mi padre (¿recuerdan lo de «¿Si nuez, qué's?», en mi crónica acerca de mi paisano don Pedrito Tapia?); y, bueno, también porque, naturalmente, yo estaba convencido de que ese sonido, propio del castellano pallasquino, debía tener un signo gráfico particular que lo representara. 

Ahora, tantos años después, asumo que, sin duda, entonces comenzó mi irrefrenable interés por los apasionantes asuntos de la lengua y sus casi desconcertantes vericuetos: durante los días aquellos cuando, a veces vestido con uniforme de marinerito, asistía al Jardín de la Infancia de Pallasca -o Pallasquita linda, como la llamaba don Moshe Huerta, el fotógrafo del pueblo-; allí, en ese centro de educación inicial, donde conocí a Ladoyska Rubiños y Maruja Montero, mis compañeritas de clase, a quienes yo veía como las niñas más lindas de nuestro salón. ¡Qué nostalgia, caracho!

© Bernardo Rafael Álvarez

lunes, 21 de noviembre de 2022

¿VOLVERÁ NUESTRO VALLEJO AL PERÚ?

El propósito de repatriar los restos mortales de nuestro poeta César Vallejo se remonta al año 1952. El entonces diputado Augusto Peñaloza fue quien lo planteó por primera vez. Se hicieron todas las consultas y trámites correspondientes, que se prolongaron hasta 1964, año en que, finalmente, se supo que -según la legislación francesa- para que pudiera hacerse realidad tal cosa era indispensable contar con la autorización de la viuda, lo cual -lamentablemente- resultó imposible, pues ella expresó que su deseo era que el cadáver del poeta continuara en el cementerio de Montrouge, en París.

 

A pesar de ello, unos años después fue retomado el asunto y, en marzo de 1968, fue promulgada la Ley 16957 que declaró "de interés nacional la repatriación de los restos mortales del insigne poeta peruano", y dispuso que los ministerios de Relaciones Exteriores y de Educación Pública se ocuparan de llevar a cabo las acciones pertinentes. Mediante Resolución Suprema 0326 del 3 de abril de ese año, se encargó a César Miró, a la sazón director de extensión cultural del ministerio de educación, que efectuara los trámites que hicieran falta pudiendo, para el efecto, coordinar con la representación diplomática peruana en Francia con el objeto de hacer las gestiones ante las autoridades francesas. Eso fue lo que se hizo. 

Dichas gestiones, después de que el mandatario democráticamente elegido fuera defenestrado el 3 de octubre de aquel año, continuaron. Gobernaba entonces el general Juan Velasco Alvarado. Todo, sin embargo, resultó infructuoso, pues el obstáculo insalvable siguió siendo -como era previsible- el mismo: Georgette Philipart, la viuda del poeta, se mantuvo en sus trece, incluso a pesar de los buenos oficios de Fernando de Szyszlo -amigo suyo-, quien trató de convencerla.[1] Esta negativa, según comentó el pintor a los funcionarios encargados del caso, se debía -además de otras razones- a que (está dicho en un documento "secreto", del 7 de mayo de 1973, cuya copia poseo), desde hacía unos años, la señora dejó de recibir la ayuda económica que antes le había otorgado el Estado. En el documento a que he aludido entre paréntesis, se recomendó, finalmente, lo siguiente (lo transcribo de modo textual): "... estimo que sería oportuno y lo más atinado dilatar las gestiones del traslado de los restos de César Vallejo al Perú para una posterior y quizás mejor oportunidad que a mí entender sería después de fallecida la Sra. Georgette de Vallejo". 

*** 

Ahora, tras varias décadas de aquellas gestiones, cabe preguntarse: ¿Habría querido César Vallejo, que -después de muerto- lo trajeran al Perú? Es imposible saberlo. En 1970, sus restos fueron trasladados del cementerio de Montrouge (en que habían permanecido durante más de treinta años) al de Montparnasse. Georgette, la viuda, dispuso que se grabara sobre la tumba -presuntamente como expresión de la voluntad del poeta- la siguiente frase: "CÉSAR VALLEJO, QUI SOUHAITA REPOSER DANS CE CIMETIÈRE"; es decir, en español: "César Vallejo, que quiso descansar en este cementerio”.[2] 

Sin embargo, en un cablegrama (Nº 34, del 15 de abril de 1938) enviado por la representación diplomática del Perú en Francia a la cancillería peruana, se dijo, textualmente, lo siguiente: "Refiérome cable de usted Nº 25. Vallejo murió hoy nueve de la mañana. Gastos clínica, asistencia y entierro representan aproximadamente veinticinco mil francos que ruégole enviar cablegráficamente. Último deseo Vallejo fue ser enterrado en el Perú".[3] ¿En qué se habría basado tal rotunda afirmación?  

Finalmente, es razonable hacerse esta pregunta: ¿Debería ser traído al Perú? Esto es, en verdad, un tema sumamente controversial. Yo, particularmente, creo que nuestro César Vallejo debe permanecer donde está: su poesía, su espíritu, en el universo y en el corazón de los que lo amamos; y su cuerpo, allí, en el cementerio de Montparnasse.



© Bernardo Rafal Álvarez



[1] En memorándum confidencial del 24 de abril de 1973, el entonces director de asuntos culturales de la cancillería peruana le comentó lo siguiente al secretario general del ministerio: "La única posibilidad que aún parece existir para establecer contacto con la señora Vallejo y poder conocer su opinión, sin que esto signifique conseguir su autorización, es el pintor Fernando de Szyszlo"; y recomendó "que se designe a un funcionario del Ministerio, que conozca al señor Szyszlo, y se comunique con él lo más pronto y con la mayor discreción posible".

 

[2] También hizo que se pusiera esta bella frase: "J'AI TANT NEIGÉ POUR QUE TU DORMES. GEORGETTE". ("He nevado tanto para que tú duermas. Georgette").

[3] Este cablegrama y otros relacionados, los conocí, a fines de los setentas, gracias a que me fueron mostradas fotocopias de los documentos por el historiador y diplomático Félix Álvarez Brun, quien, unos años después (el 14 de febrero de 1982), los transcribió en un artículo publicado en el diario El observador ("Último deseo de Vallejo: ser enterrado en el Perú").

martes, 25 de octubre de 2022

ESTE CANTO IMPOSIBLE

 



           
ESTE CANTO IMPOSIBLE

 

Había querido hacerlo:

un poema de canto a canto,

para cantarte como el viento canta, con alarido felino 

en un paisaje boscoso y laberíntico.

Y te canté:

ayataki por la vida

y no por la muerte, dije.

 

Y ahora vuelvo sobre mis pasos inseguros

para escribirte otro poema. Pero,

ojalá, como tú lo hubieras querido:

No solo un trino, 

sino la confesión indecisa a media luz

del imprudente e irrefrenable empeño de

buscar lo imposible:

como fiera salvaje, 

en el templo inexpugnable de tu medio feraz y ruda ternura y

en la soledad fecunda de alisos y retamas, simplemente amarte

y ser el osado explorador de los más íntimos secretos

que habitan los paraísos escondidos

en el cielo infinito y sin fondo, con tibieza y dulzor,

de tus universos abisales:

profundidad impenetrable y luminosa de tu alma y tu carne inalcanzables,

donde hay girasoles y remolinos de almíbar desbocados

y gemidos de deseo y esperanza.

 

Sí, este es mi canto nuevo:

el vagido casi apagado de la angustia

y la sed que tal vez sin ser saciada

quede como extravío y ahogo en el desierto,

a la espera de lo que jamás ha de llegar: el oasis imposible,

y ni siquiera un espejismo

como mentira y piedad, o como sorbo de agua salada

o de hiel.

 

Mi canto. Solo un canto, como respiración pedregosa, casi un estertor alado en el precipicio.

Porque jamás llegaré a hundirme

en la divinidad candente de tu infierno.

Porque amarte solo será una melodía embravecida pero afónica y destemplada

y el destello de las madrugadas que se resquebrajan en el corazón mismo de la primavera.

Pero, a pesar de todo, por encima de mis palabras temblorosas y la interrupción de mis amaneceres, serás en mí, siempre,

un poema en ascensión palpitante de fluidos vivos y nutricios

mientras incontenible se desborda el caudaloso río de mis sueños y pesadillas,

inundando el mundo contrahecho

que, generoso, no le niega abrigo a mi corazón que jadea y tropieza 

en este suelo de pantano que me soporta,

 

mi casi inventada, distante e imposible flor silvestre y luz.

     

 

 © Bernardo Rafael Álvarez

22/10/2022. 17:11 P. M.