miércoles, 15 de abril de 2026

¡SOÑÁBAMOS, JUANQUITA, SOÑÁBAMOS!

 


 En el prólogo que escribí para un bello libro de Teodoro J. Morales (Múltiple habitante, 2021) puse, como primeras palabras, las siguientes: «Ah, los años setentas. Década inolvidable: de sueños apacibles, a veces; y también de sueños sobresaltados. Hacía poco nomás que se hablaba de “hacer el amor y no la guerra”. El movimiento Hippie se rebelaba contra el sistema, sin revueltas, barricadas, ni bombas molotov; solo con flores y silencio, con amor, y alejamiento de las ciudades. Pero también apareció lo otro (revueltas, barricadas, bombas molotov): Mayo 68, en París. Después, en 1969, 3 days of peace & music: ¡Woodstok!».

Efectivamente, fue una década de sueños (unos apacibles y otros sobresaltados); y yo, les cuento, también soñé, y lo hice a la manera que entonces era usual: en grupo. Pero, no, el grupo del que formé parte no fue significativamente numeroso sino de, apenas, ¡tres miembros! ¿No me lo creen? Continúo.

Durante algún tiempo (unas pocas semanas, en realidad) en aquellos años setenteros, tres amigos poetas nos habíamos dedicado a eso, a soñar; y ese sueño, en verdad, creo que fue extremadamente ambicioso y desmesurado. Les sigo contando. Queríamos (ese era nuestro propósito, lo que soñábamos) dar rienda suelta a una especie de poética que en algún modo estuviera identificada o familiarizada con el surrealismo; esto porque, en cierta forma, asumíamos que de lo que se trataba era de crear (concretamente, escribir) sin seguir las prescripciones de alguna receta o directiva, ni mucho sometidos a tal o cual ideología y, claro, sin tener que darle cuenta a nadie. Y, decididos a ello, nos dispusimos a coordinar -como primera tarea- la publicación de una revista que, por cierto, sería llamada igual que el proyecto poético que estábamos comenzando a “cranear” (verbo tan usual entonces; o sea “idear”). Y, por cierto, ilusionados y con mucho entusiasmo, caminábamos, de arriba abajo, conversando, reflexionando y, claro, siempre soñando y, naturalmente, haciendo borradores. A veces, seriecitos y, sin duda, cansados, nos sentábamos a intercambiar ideas alrededor de unos refrescos, en un café o restaurante, cuyo nombre no recuerdo, que estaba ubicado en el jirón Áncash, frente a la plazoleta San Francisco (no estoy seguro, pero probablemente era el mismo al que mi amigo Luis Alberto Castillo, tiempo después, en un poema nombró como «Melibea»); en obvia alusión a uno de los libros del chileno Vicente Huidobro, se me ocurrió que a ese lugar de nuestras reuniones podríamos llamarlo «Horizonte cuadrado» . Y, bueno, a nuestro proyecto le pusimos un nombre que, alusivo a la voluntad decididamente libertaria que nos animaba, fue, sin más ni más, fue este: «Pleno margen»; es decir, lejos de todo aquello que pudiera, en el terreno poético, sojuzgarnos.

¿Quién fue el autor de la iniciativa en mención y el que propuso, también, el ambicioso nombre? Mejor dicho, ¿quién provocó aquel sueño casi de adolescentes? Pues, el primer poeta «setentero» del que tuve conocimiento cuando yo aún cursaba el quinto de secundaria en el colegio San Juan de Trujillo; un poeta al que, antes de que ocurriese personalmente, comencé a conocerlo a través de su poesía -de un poema suyo, específicamente-: Juan Carlos Lázaro, el querido e inolvidable Juanquita.

Continúo. Yo arribé a Trujillo cuando recién comenzaba el año 1971, después de haber terminado el cuatro de secundaria en el Colegio Municipal Mixto San Juan Bautista de Pallasca, mi tierra; llegué con mis padres y hermanos. En la capital de La Libertad, cursé el quinto de media en uno de los más importantes y emblemáticos centros educativos de la ciudad: el colegio San Juan, por supuesto (ubicado, entonces, en el jirón Independencia). Aquello (el ser alumno de este prestigioso colegio) fue, una experiencia realmente inolvidable, de mucho valor para mí. La ciudad, proverbialmente conocida como culta, era, además, limpia y sana. Allí, especialmente gané amistades muy queridas. Ubicado -ya lo dije- en el jirón Independencia, el San Juan tenía como director (director técnico o subdirector, creo que era el nombre específico de su cargo) a don Adolfo Alva Lezcano que, además, era poeta y escribía unos bellos sonetos. Mi profesor de literatura (poeta, también) fue Eduardo Estrada Cruz que, según llegué a enterarme muchísimo tiempo después, antes sido parte de aquel significativo grupo de escritores llamado «Trilce». Mis compañeros de estudios eran cariñosos y muy solidarios; voy a mencionar solo a algunos (perdónenme los demás, por favor): Jorge López, Miguel Tavera, Manuel Mas Azahuanche, Fernando Lama, Gróver Ávalos, Douglas Ulco, Jorge Gutiérrez, Jorge Marín, Carlos Castillo (el “Ñoñito”), Luis Altuna, Alejandro Velásquez, Washington Castillo, el «Torito» Medina…

Por feliz iniciativa de nuestro profesor, en mi aula (el Quinto «A») organizamos un club de periodismo al que le pusimos este nombre Pensamiento Canario; y acometimos una bella, valiosa y aleccionadora tarea: reeditar la revista que, varias décadas atrás, había sido fundada por el gran Ciro Alegría, que, como sabemos, docente en esta institución (y, ¿recuerdan?, profesor de nuestro César Vallejo). La revista se llamaba Tribuna Sanjuanista. Y, en efecto, la publicamos, si mal no recuerdo, en junio, el mes conmemorativo de la institución. Allí aparecieron un poema y un artículo míos y, claro, también poemas y otros textos de algunos profesores y de otros alumnos. Salió en formato tabloide y fue impresa en los talleres gráficos del diario La Industria, gracias a los buenos oficios de un compañero nuestro que hacía periodismo allí, con una columna dedicada a temas especialmente escolares: Miguelito Tavera, al que, tal vez por ser gordito, juguetonamente le habían endilgado la chapa de «Pionono» (travesuras de adolescentes, pues).  

A fines de julio (repito, de 1971), se me ocurrió comprar un diario y el elegido fue La Crónica. Al hojearlo, en una columna llamada «Charla para la noche», me sorprendió encontrar el comentario que el columnista hacía acerca de un poema, allí publicado, de un poeta bastante joven, de dieciocho años de edad. El autor de la nota, llamado Augusto Chávez Costa, le puso este título a su texto: «Juan Carlos Lázaro: poesía precoz».  El poema hablaba de la guerra (concretamente, la de Vietnam) y estos versos, rotundos, me impactaron sobremanera: «Tiempo deforme y duro»; «Yo no fui a esa guerra: / temía que explosionara mi rojo / corazón de trapo o que me quedara / ciego como el padre Shek»; «Aquí / murieron el agua y los cereales. / No había cigarrillos y solo las alas / de la libélula / nos arrojaban comida». Sencillísimos, pero muy expresivos, conmovedores y contundentes. Había sido leído por su autor en el Museo de Arte Italiano, durante el festival de todas las artes denominado “Contacta”.

A pesar de ser, en verdad, loable el hecho de haber publicado el poema de un joven creador (cosa poco común en nuestro medio), lo que a mí, realmente, me hizo sentir bien a pesar de eso, repito, lo que escribió el columnista no me generó una impresión igualmente grata; me pareció, más bien, razonablemente discutible. Veamos: «La poesía de Juan Carlos Lázaro es emocionante y transida. Pero es tan ampliamente universal que puede resultarnos extraña». Quería dar a entender que, en lugar de ocuparse de «la congoja y los tormentos del hombre de Vietnam», el poeta debiera «hablar del dolor del hombre peruano, que es nuestro». En otras palabras, proponía que un poeta, nacido en el Perú, solo se ocupara de asuntos peruanos, debido a que «el lenguaje y la poesía cuando hablan de nosotros, saben a creación». ¡Absurdo! Sin duda, nunca leyó Trilce, y, si lo leyó, su lectura fue pésima. A pesar de esto, la poesía de Juan Carlos, naturalmente, no sufrió rasguño alguno ya que, además (es justo reconocerlo), Chávez nunca puso en entredicho su calidad, pues, evidentemente, era consciente de ella.

Con aquel imborrable recuerdo, en febrero del año siguiente me vine a Lima. El periódico se quedó en Trujillo y, claro, también mis padres y mis hermanos. Unos días después de arribar a la capital, estando alojado en el departamento que mis tíos Félix y Dorita alquilaban en San Isidro, alguien llamó a la puerta y yo corrí a ver quién era; miré a través del «ojo mágico» y vi el rostro (que ya conocía) de una de las tres personas importantes de las que, un par de años antes, me había hablado el que fue mi profesor en primero y segundo de secundaria, en Pallasca –don Moisés Porras Matos–. Había llegado al domicilio trayendo consigo un libro con dedicatoria manuscrita para dárselo a quienes eran sus grandes amigos (mis tíos, que en ese momento no se encontraban en casa); lo recibí yo, emocionado, y conversamos muy brevemente. ¡Era Arturo Corcuera! (con la reciente edición de «Noé delirante» ilustrada por la gran Tilsa Tsuchiya). 

Ya en Lima, pues, la gran ciudad. Universidad, parientes, amigos, nuevas lecturas, caminatas. Nostalgia. Llegaron mis padres y hermanos. Vida en Breña, en el jirón Huancabamba: casita de la tía Josefina; deliciosas sopas de choros. Y más, mucho más. Pasaron los meses, y ya iba a terminar el año y aún no conocí a otros poetas; solo veía, de vez en cuando, a Ricardo Oré, que era mi primo, hasta que un día, ¡sorpresa!, mientras conversábamos en su casa, apareció una muy grata visita; alguien de quien hacia muy poco empecé a saber: Juan Ramírez Ruiz, el fundador –con Jorge Pimentel– del Movimiento Hora Zero.

Seguidamente, 1973, el año durante el cual ganaría nuevos amigos y, además, conocería a Beatriz, la primera chiquilla que me inspiró unos poemas. Pero, antes de todo, ocurrió otro feliz impacto. Claro, como me gustaba caminar casi incansablemente por las calles del centro de Lima (creo que aún no se decía “latear” o, al menos, yo no empleaba ese verbo), un buen día, por el parque Universitario, en una esquina que ya no existe, desde un quiosco de periódicos en que también se vendía libros llegó a mi mirada algo que, desde su nombre impreso en letras grandes y de un color rojo granate, todas en minúsculas, me dejó turulato; y muchísimo más, al leer el título de un poema que allí se mostraba. Era una revista y su nombre estaba escrito así: la tortuga ecuestre; y el poema (en prosa) tenía este título, también en minúsculas y sin ninguna particularidad que lo resaltase gráficamente: “franz: historia de un gusano”. Fue, realmente, algo tremendo para mí. El propietario y bondadoso señor que atendía en el quiosco (después llegué a saberlo) se llamaba Néstor y era padre del más joven poeta horazeriano, Eloy Jáuregui. La revista que había visto y que, claro, en ese momento compré, tenía como director a Isaac Rupay, también poeta. El autor del poema, -¡quién más, pues!- era el mismo al que ya había leído en Trujillo: ¡Juan Carlos Lázaro! Y, naturalmente, yo me sentí muy feliz.

Poco tiempo después, fui haciéndome amigo de los poetas de Hora Zero, gracias a Juan Ramírez Ruiz, que se había hecho mi pataza, un hermano, en realidad: José Cerna, Yulino Dávila, Rubén Urbizagástegui, Alberto Colán, Jorge Nájar, Eloy Jáuregui…; jóvenes ilusionados con la posibilidad de sacar a la luz un nuevo número de la revista que, inicialmente, habían dado a conocer creo que en enero de 1970 (debido a una circunstancia, el proyecto que con entusiasmo de preparaba no llegó a hacerse realidad). Aunque, digamos «orgánicamente», yo nunca formé parte del Movimiento Hora Zero, debo confesar –como ya lo he dicho en ocasión anterior– que me sentí como integrado a él; esto debido, en realidad, a la extraordinaria e íntima amistad (prácticamente una hermandad) que mantenía con Juanito Ramírez Ruiz, a quien visitaba con bastante frecuencia en su departamento del jirón Áncash 444.  

De pronto conocí a Gustavo Armijos y, seguidamente, a mi inolvidable Juanquita, es decir, Juan Carlos Lázaro. (Y sin prisas, pero sin pausas, continué haciendo más amigos). Durante nuestras caminatas soñadoras, con Guillermo Falconí, Juanca me hablaba de un proyecto de publicación que estaba decidido a convertirlo en realidad pronto: un poemario breve que se llamaría, simple y directamente, así: «Diecinueve y un poemas». Lamentablemente, nunca llegó a concretarse (no, al menos, con ese título), como tampoco el maravilloso y medio ingenuo sueño llamado «Pleno margen». ¡Cosas de la vida, pues! 

Pero me quedé (¡nos quedamos!) con esta valiosísima joya, que es uno de los mejores poemas escritos durante aquellos tempestuosos años setenteros (aunque -lo digo con dolor y con un irreversible sentimiento de frustración- me hubiera sentido muy feliz -como el justo corolario de la permanente búsqueda que, desde hace tiempo, emprendí- si, por fin, hubiese podido encontrar «Homenaje a Wilhelm Reich», que es otra de las grandes creaciones de nuestro poeta, mi Juanquita inolvidable):

                                                                  Juan Carlos lázaro

Franz: historia

de un gusano/

 

Encontré a Franz Kafka en la Plaza San Martín, borracho, todo sucio de manzanas podridas, la corbata mojada, los pelos oliendo a cañazo. Le moví por el hombro para despertarle, y no despertó. Su cuerpo crecía. Franz era un gusano, unan oruga fea y maloliente que asustaba a señores y notarios públicos. Creció aún más y llenó toda la plaza. Sudaba harto con el estío y creció, creció creció amenazando destruir con su dimensión las formas de la ciudad. He aquí que hubo reunión de ministros. Le apelaron a Franz; no le dieron comida y menos aún paraguas para el próximo invierno. Así pasó cien días inmisericorde. Fue pariente de plantas y de hormigas, de caca y de carroña. Cuando abrió los ojos preguntó a un policía por un ómnibus cualquiera. Y se fue. Franz, insecto grandazo, feo, no sabía aún vivir entre cabras. 


***

Bernardo Rafael Álvarez