No volví a escribir sino hasta cuando, ya en
tercero de secundaria, don Erasmo Sandoval me pidió que diese un
discurso por el "Día de la Dignidad" que ese año, 1969, se celebraba
por primera vez, el 9 de octubre, por disposición del gobierno militar de Juan
Velasco. Intuyo –y no encuentro otra explicación- que mi cara debió haber
parecido “cara de inteligente” para que don Erasmo, a la sazón director del
colegio, se fijara en mí para tal cosa. Era el Colegio Municipal Mixto San
Juan Bautista, una institución educativa sumamente humilde pero también,
felizmente, muy ambiciosa, que había comenzado a funcionar en abril de 1967.
Cuando don Erasmo me hizo ese pedido me alegré y asusté al mismo tiempo, pues
no sabía exactamente cómo empezar a escribir el bendito discurso; así que opté
por lo que me pareció el recurso más fácil: decirle a mi padre que lo hiciera.
El maestro Rafa, inteligentemente, me miró de pies
a cabeza y decretó: trata de hacer lo que puedas y luego me lo muestras para
corregírtelo. Y bueno pues, traté de hacer, efectivamente, lo que pude.
“Inficionado” como estaba entonces de “marxismo” y cosas por estilo, llegué a
mirar con la lupa medio retorcida de esa ideología toda la realidad –mejor
dicho, la realidad que me rodeaba- y hasta creí que lo ocurrido un año antes en
Talara –(a toma de las instalaciones petroleras por parte del ejército, que
esta vez se conmemoraba) había sido un ejercicio de la llamada “violencia
revolucionaria” y que –como es de suponerse- merecía el aplauso sin reservas.
Y, claro, eso fue lo que tuve en cuenta al redactar el texto que iba a leer
ante mis compañeros y profesores. En la biblioteca de mi padre había una
revista (no recuerdo bien, pero creo que era Cultura Peruana) en la
que yo había leído la entrevista hecha a un sacerdote que estuvo en el
leprosorio San José durante la época en que allí también trabajó Ernesto
Guevara, más conocido como “El Che”; el religioso, entre otras cosas, contaba
que al conversar con el que después se convertiría en guerrillero, este –en
respuesta a una de sus inquietudes- le dijo, rotundo: “Es verdad: la violencia
no convence, pero vence”. ¿Lo adivinaron? Pues bien -novelero, cómo no- esa
frase la inserté en mi discurso. Creo que por eso me aplaudieron. El texto
-mecanografiado en nuestra vetusta maquinita Underwood-, antes de
ser leído, no llegó a ser visto, naturalmente, por mi padre, porque, claro,
creí que no necesitaba corrección. Digamos que salió “bien”.
Estoy seguro de que, en gran medida, lo que ayudó a
que tuviese cierta soltura al redactar ese discurso fue el aprendizaje logrado,
ya desde el Primero de Secundaria, al escribir mi “diario íntimo”, siguiendo
–como todos mis compañeros de clase- las indicaciones y enseñanzas de quien
fuera el director que inauguró nuestro Colegio, don Moisés Porras, y
gracias a la inolvidable lectura de Corazón, el libro de Edmundo
D’Amicis. Herenia Guzmán, entre todos los alumnos, era quien mejor hacía
su diario y ponía cosas como esta, con un toque medio "verleniano":
“La mañana está hermosa dentro de mi alma, pero el firmamento está cubierto de
una capa negra”; yo apenas podía, tratando de ser ingenioso, escribir frases
burdas como: “este día lo pasé como si no hubiera ni moscas”.
Don Moisés, joven aún, había llegado a Pallasca con
toda su familia: la inolvidable señora Mercedes Málaga (siempre en los corazones de quienes
fuimos sus alumnos), y las niñas Gaby, Bexy, Liliana y Olenka. Gracias a
su entusiasmo, cultura y sensibilidad artística, este huancaíno, que fue un
gran maestro para nosotros, logró un cambio significativo en mi tierra,
haciendo que los púberes de entonces pudiésemos mirar el mundo de otro modo
-más noble- y que viésemos lo que a otros tal vez no les interesaba ver: el
teatro, la literatura, la música clásica. Lo que hoy es conocido como “plan
lector”, don Moisés lo hizo con nosotros: “A leer dos libros al mes”, nos
ordenó. La impuntualidad, mal endémico de los peruanos, fue eliminada para
nosotros: “Hoy instauramos la Hora Pallasquina”, dispuso. Aprendimos a escuchar
y entender el significado de los poemas
sinfónicos: Franz Liszt se convirtió en nuestro compositor favorito.
Participamos, creo que apoteósicamente, en las tradicionales “veladas literario
musicales”, con la presentación de obras teatrales que nuestro director,
también profesor de Lenguaje, había escrito (Amor de madre, entre otras)
o adaptado del cine (Cuando los hijos se van, por ejemplo). A pesar de
las comprensibles limitaciones, las actuaciones eran realmente extraordinarias,
especialmente de Gloria Valderrama, Lilia Álvarez y Walter
Tapia (que era alumno de la sección nocturna). Estas veladas -en las que
también se presentaba un bello número de Vírgenes del Sol, con Mechita
Delgado y Lilia- se dieron no solo en la localidad nuestra sino también en
otros distritos de la provincia, a donde acudimos en “excursión”. Gracias al
“Mixto” (así conocíamos a nuestro colegio), Pallasca fue otra cosa,
definitivamente. A nosotros, los jovencitos de entonces, nuestros amigos del
otro colegio –el Agropecuario- nos llamaban, socarronamente y con algo de
acierto, “los caballeritos”.
Don Moisés, terminado el segundo año, se fue a
Conchucos, a dirigir el Colegio de ese distrito, en reemplazo de Eduardo de la
Cruz Yataco (escritor de literatura infantil, a quien después -ya en Lima-
encontré cuando ambos estudiábamos inglés en el ICPNA). Nos quedamos con
don Erasmo Sandoval, que había llegado desde Lima para ser el nuevo director, y
nuestros inolvidables profesores: entre otros, el "teacher" Mario
Vidal, lleno de buen humor y de conocimientos en inglés y religión;
don Isidoro Cier, experto en matemáticas; Nerio
Rubíños ("Jovenesh ilustresh", nos decía; y fue quien me hizo
conocer a Javier Heraud, al prestarme el libro Poesías completas y
homenaje, publicado en 1964, en que se incluían cartas del poeta). Y, por
cierto, nos quedamos también con el orgullo renovado de ser pallasquinos.
Por correo le envié a don Moisés algunos poemas y
narraciones mías, esperando que me diera su apreciación y consejos. Así ocurrió
y, además, me recomendó algunos libros y me dijo que, si alguna vez tenía la
oportunidad de llegar a Lima, no dejara de conocer El Palermo y
el Versailles, porque “allí escucharás leer poesía a poetas,
como Calvo, Corcuera y Naranjo”. Los consejos que don Moisés me dio respecto de
los versos que yo había comenzado a escribir, fueron muy útiles, porque gracias
a ellos pude componer el primer “buen poema” de mi adolescencia, titulado
“Color de barro”, por el que recibí el primer premio en el concurso que
organizó el nuevo director de mi colegio, creo que con motivo del aniversario
de la institución educativa.
Ah,
pero si hay alguien más a quien le debo también el haberme metido de lleno en
este bello y a veces también penoso ejercicio de la poesía, es a una linda
chiquilla de la que me sentí atraído y a la que (como conté en otra
oportunidad) “–por mi crónica timidez- no me atreví a decirle nada. Pero como
había la necesidad de liberar en alguna forma mis emociones, opté por
'torturar' casi frenéticamente a la página en blanco con mis candorosas
confesiones (…). Al año siguiente, cuando la bella e inteligente musa se
encontraba en otro pueblo y, claro, en otro colegio (pues se había retirado del
nuestro porque ya estaba anunciada su desaparición -que se concretó creo que
dos años después-, por falta de presupuesto, y porque las gestiones para su
necesaria 'estatización' no dieron resultado), por correo comencé a enviarle
algunos de mis textos” como si se tratara de una inútil e inocente
declaración de amor. Ahora, tantos años después, me doy cuenta de que, en
realidad, eso es la poesía: una inútil e inocente pero valiosa e insustituible
declaración de amor a la vida y la libertad. Es lo que pensé cuando, niño aún,
escribí aquellos versos para Gavancho, el héroe pueblerino cuya vida –como
ofrenda a los pallasquinos, y en muestra de dignidad sin fechas celebratorias-
se apagó frente a un pelotón de fusileros, en 1883.
Bernardo Rafael Álvarez
