El departamento de Ancash exhibe un excepcional
legado arqueológico tan cuantioso como variado y soberbio en lo
artístico-artesanal. Aparece diseminado tanto por la zona cordillerana de
Ancash, donde se ubican las ruinas de Chavín (de Huántar), como por sus predios
costeños donde destaca el santuario de Sechín.
Restos
arqueológicos dispersos en Ancash
Cada una de las
provincias ancashinas se constituye en heredera de valiosos y singulares
testimonios procedentes de diversas etapas culturales.
Así, en la
provincia norteña de Pallasca destaca el conjunto arquitectónico de Pashash,
que se levanta en las inmediaciones de Cabana y cuyas construcciones pétreas
son llamadas localmente
caserones. Algo más alejadas de Cabana se
ubican las grandiosas ruinas de Mashgonga. La Galgada, por su parte,
corresponde a un sitio de los inicios de la civilización ancestral peruana; sus
peculiares y miniaturescas construcciones, estudiadas por Alberto Bueno y por
Terence Grieder, están situadas sobre la margen derecha del río Chuquicara o
Tablachaca, distantes sólo kilómetros de Tauca y de Cabana. Por su parte,
cercano y hacia el oeste del poblado de Conchucos, perteneciente también a la
provincia de Pallasca, se levantan los asentamientos urbanos de Huasachugro y
de Calamarca, con sus plazas, templos y recintos de piedra. En las provincias
vecinas de Corongo y Sihuas se presentan, asimismo muchos restos
arquitectónicos, así como abundantes muestras de escultura en piedra.
La provincia de
Huaylas es igualmente abundante en testimonios arqueológicos. En la misma
ciudad de Huaylas está situado Chupacoto, ruinas de donde provienen dos
monolitos de rasgos que conjugan elementos sechinoides y chavinoides. En las
provincias vecinas de Yungay y de Carhuaz son conocidos diversos sitios
arqueológicos en los que está representado copiosamente el estilo llamado
Recuay, como La Copa. Este estilo aparece distribuido por todo el
Callejón de Huaylas y, con variantes, también por el llamado callejón de
Conchucos, por la provincia de Pallasca y por zonas altas de las vertientes
occidentales de la Cordillera Negra. En la provincia de Carhuaz se
encuentran los sitios de Chopijirca (Vicús) y Huaricoto (Marcará).
También pinturas rupestres en lo alto de las paredes rocosas de Quebrada Honda,
por donde un antiguo camino comunica con Chacas.
En la provincia de
Pomabamba debe citarse el imponente sitio de Yayno, ubicado en una cumbre que
se divisa a lo lejos desde la ciudad de Pomabamba. En dirección sur, en la
provincia Carlos Fermín Fiscarrald, se encuentra el poblado de Yauya de donde
proviene un bello monolito de estilo chavín, conocido como la Piedra de
Yauya. Por su parte, en la misma provincia, cerca a San Luis, se levanta el
vasto conjunto de Cashajirca. En la provincia de Asunción está Chacas, centro
de un tipo particular de litoescultura cuyos numerosos ejemplares se conservan
dispersos en el local municipal, en centros de enseñanza locales, como también
empotrados en muros de la iglesia de Chacas.
Particularmente
rica en testimonios arqueológicos es la provincia de Huari, donde se levantan
las ruinas de Chavín (de Huántar), sobre las que volveremos oportunamente. En
la jurisdicción de Huari se encuentra Rapallán, con sus numerosos “castillos”
que se extienden sobre una vasta área, incluyendo el grandioso de Gantumarca,
situado en un precipicio que se precipita hasta alcanzar las orillas del
Marañón. También el distrito de Huántar, así como ambos flancos del Mosna,
conforman un auténtico emporio de restos arqueológicos; en lugares comarcanos
situados a gran altura, Johan Reinhard ha localizado numerosos santuarios.
Aunque Recuay no
es centro de la cultura de ese nombre, en la jurisdicción de esta provincia se
encuentra Catac, donde se presentan construcciones funerarias conocidas
como soterrados. La cerámica y la litoescultura conocida con el
nombre de Recuay aparece esparcida por el callejón de Huaylas. Valiosas
muestras, en su mayoría recogidas por el presbítero Augusto Soriano Infante,
son exhibidas en el Museo Regional de Ancash, en Huaraz.

La provincia de
Huaraz también registra diversas muestras de la antigüedad peruana. En la misma
ciudad de Huaraz está Canapún, cuyos muros forman parte del colegio Raimondi y
corresponden a una estructura curva, en uno de sus sectores, levantada luego de
la ocupación incaica de la región, esto es en la segunda mitad del siglo XV. A
12 km de la ciudad de Huaraz y a 3 800 m de altura se ubica Jancu, tumba
subterránea Recuay descubierta en 1969. Ocupa un espacio de 4 m x 1 m con una
altura que alcanza l,4 m; en su interior se hallaron 17 soberbias piezas de
cerámica y un arreglo plumario. Otros sitios ubicados en las inmediaciones de
Huaraz son Wilkawaín y Honcopampa.
En el distrito de
Cajamarquilla de la provincia de Huaraz, los muros del cementerio de la
localidad fueron exornados con antiguos monolitos sobre los que aparecen grabadas
figuras mágico-religiosas en planorelieve; piedras similares se encuentran
dispersas por Pira y Colcabamba. En las alturas de Cajamarquilla y de
Colcabamba se levantan ruinas de ciudades precolombinas, siendo la más extensa
Auquiñivín, patrimonio de un linaje de caciques de ese nombre que todavía a
fines del siglo XIX ejercían autoridad en la región.
De la vecina
provincia de Aija proceden monolitos como los del callejón de Huaylas, pero
éstos ostentan características propias. Un número apreciable de éstos fue
coleccionado por el sabio Santiago Antúnez de Mayolo y se encuentran reunidos
en su antigua casona de Aija; otros muchos se conservan en la vecina población
de La Merced. En el alto Huarmey, no lejos de las poblaciones
actuales de Cochapetí, Malvas y Huayán, pertenecientes a la provincia de
Huarmey, se encuentran también restos arqueológicos; igualmente en los sectores
altos de la provincia de Casma y de la del Santa, en torno a los distritos de
Yaután y Macate. Por su parte, en las cabeceras cordilleranas del Santa y sobre
la margen izquierda, se encuentra Suchiman, de donde provienen morteros con
diseños emparentados al arte chavín.
No menos
abundantes son los restos arqueológicos ubicados en las provincias de Bolognesi
y de Ocros. Junto a la de Recuay, estos territorios fueron fue recorridos por
los llamados extirpadores de idolatría, de los siglos XVI y XVII, cuya misión
era localizar lugares de culto para destruirlos, no sin antes dejar de
registrar pormenores. Así, informan sobre las huacas, ídolos y de
los jóvenes sacrificados en la región con miras a manipular en favor del hombre
los poderes sobrenaturales de los que se hacía depender la producción de los
alimentos. Tapacocha (Recuay) es el nombre de un poblado que retiene, con
modificaciones secundarias, la palabra capac-cocha, término
con que se conocía el sacrificio humano y que fue práctica que no puede
entenderse en su exacta dimensión desde una perspectiva actual. En la
jurisdicción de Bolognesi, en las pampas que se extienden en torno a Conococha,
el autor exploró lo que al parecer fue un adoratorio intervenido por
extirpadores de idolatrías; se le conoce como Hatunmachay. Se trata de una
afloración rocosa en la que fue esculpida una especie de “bóveda celestial” y
cincelado un cinturón de 19 m de largo con figuras emblemáticas que luego
fueron pintadas.
En los sectores
costeños de Ancash se encuentran exponentes de arquitectura monumental de los
tiempos aurorales de la civilización peruana. Tal el caso de Las Haldas, de
Sechín Alto y particularmente de Sechín Bajo con sus 5 500 años de antigüedad,
en la provincia de Casma.
También el monumento
conocido como Sechín simplemente se ubica cerca de la localidad de Casma. Por
igual es un sitio temprano, si bien menos antiguo que los anteriores
mencionados. Corresponde a los tiempos de la consolidación de la antigua
civilización peruana, que se estima en algo de 3 000 años. Sus paredes
presentan, a manera de mosaico, un cuadro compuesto por retratos de
jerarcas-sacerdotes, de seres descuartizados y de partes anatómicas de humanos.
La escena corresponde a la evocación de sacrificios humanos que allí tenían
lugar, como respuesta del hombre cuando enfrentaba calamidades naturales que
hacían peligrar su existencia debido a falta de alimentos, como lo ha puesto de
manifiesto el autor en 1979 al estudiar la iconografía de Sechín.
No lejos de Sechín
está Chanquillo, que según se estima es también un monumento formativo. Se
levanta sobre un promontorio rocoso, y consiste en soberbias murallas
concéntricas que rodean el cerro.
También debe
citarse aquí el valle de Nepeña, en la provincia de Santa, que aglutina un
sinnúmero de monumentos que se extienden desde Moro hasta las proximidades del
Pacífico. Éstos corresponden a diversas etapas culturales, especialmente de los
tiempos de formación de la civilización prehispánica. Precisamente en este
valle se levantan los restos mochicas de Pañamarca, con sus muros pintados.
Sucesión cultural
Al igual como en
otras regiones del Perú antiguo, también en el departamento de Ancash el
proceso cultural se inicia hace unos 10 mil años con la presencia de
agrupaciones preagrícolas. Se trata de trashumantes que se guarecían por
temporadas en abrigos rocosos o en cuevas como la de El Guitarrero, que se
ubica en las partes altas del valle del Santa. Luego de su ocupación por gente
que se sustentaba de la caza y recolección de vegetales, fue trajinada quizá
por los cultivadores más antiguos de frijol en América, según los datos
actuales.
De los albores de
la era de civilización, en el segundo milenio a.C., son las ruinas de La
Galgada, situadas en la margen izquierda del Chuquicara, en la provincia de
Pallasca. También son de aquellos tiempos, hablando grosso modo,
los restos analizados por Richard Burger en Huaricoto, situados en Marcará,
provincia de Carhuaz. Al amanecer de la civilización andina corresponden los
restos costeños de Las Haldas, Sechín Alto y otros testimonios arquitectónicos
monumentales; y probablemente Sechín, santuario comentado en un capítulo
anterior.
Chavín (de
Huántar) corresponde a una fase de florecimiento de la etapa de producción de
la civilización peruana ancestral cuyo desarrollo tuvo lugar en el primer
milenio a.C.; este monumento majestuoso será también repasado en un apartado
independiente. De la misma época es el monumento costeño ubicado en el valle de
Nepeña, Cerro Blanco, con su decoración estucada y pintada con elementos
simbólicos vinculados estrechamente al arte de Chavín de Huántar. Igualmente
los monolitos procedentes de Chupacoto en Huaylas, el mortero de piedra de Mato
(Huaylas) y los en algo similares de Suchimán, en la margen izquierda del río
Santa en su curso por la provincia homónima.
Durante la
centuria que precede a nuestra era y la siguiente, el arte Chavín fue
eclipsando. En su lugar se presentó una cultura simple, que se expresa a través
de un tipo de cerámica decorada en blanco sobre rojo, llamada “Huaraz”, técnica
que alcanzó amplia difusión en el Perú antiguo. En los linderos del
departamento que nos ocupa, comenzó, desde entonces, a consolidarse una cultura
de características propias, conocida como Recuay. A juzgar por su cerámica
copia elementos mochicas, como la mochica elementos recuoides.
Característica de
la cultura Recuay es su escultura de piedra que al parecer representa a
difuntos ilustres. También van esculpidas piedras alargadas, con diseños
expuestos en una de sus caras; no siempre tuvieron por función el servir de
dinteles, sino que también eran empotradas en los muros como lo sugieren las
que presentan cabezas escultóricas, como evocando las antiguas cabezas-clavas
de Chavín de Huántar que en cambio sí fueron esculpidas independientemente para
ser empotradas en los muros.
Asentamientos
Recuay aparecen dispersos por el callejón de Huaylas, por el flanco oriental de
la cordillera Blanca y por la cordillera Negra y vertientes occidentales de la
misma. Por ejemplo en Pashash (Cabana), en Tumshucaico (Caraz), en Cashajirca
(Carlos Fermín Fitzcarrald), en Yayno (Pomabamba), etc., etc. Recuay se
desarrolló sin duda a lo largo de diversas fases y presenta diferencias
locales.
La etapa que sigue
a Recuay es de influencia del estilo Tiahuanaco-Huari, que tiene sus
expresiones en Wilkawaín, en Honco Pampa y en otros lugares que se extienden
por el callejón de Huaylas y la cordillera Negra, y con modalidades por el
callejón de Conchucos y Pallasca; al parecer se trataba de viviendas tanto como
de lugares de sepultura.
De las naciones
ancashinas anexadas al Incario en la segunda mitad del siglo XVI son los
extensos asentamientos de Pueblo Viejo, Hualla, Auquiñivín y otros. La
presencia inca en Ancash ha dejado sus huellas en la misma ciudad de Huaraz,
con los restos ya citados de Canapún y que actualmente forman parte del colegio
Raimondi. Otra expresión incaica, portentosa, está constituida por Paramonga,
situada en el límite con el departamento de Lima, y cuya arquitectura reproduce
la silueta de una llama que pareciese estar clamando por agua a la Mamacocha.
Los Huayla(s) y
los Conchuco(s)
A la llegada de
los españoles, los pobladores de lo que hoy es el departamento de Ancash
formaban parte del Incario, al que habían sido anexados durante la segunda
mitad del siglo XVI. Sin embargo, mantenían su identidad y recordaban los
tiempos en que habían fungido como grupos con gobiernos independientes.
Tal es el caso de
los conchuco(s) y los huayla(s), las dos grandes etnias que ocupaban la
cordillera de Ancash. Los ancashinos costeños habían sido conquistados por el
señorío chimú unos cien años antes de los incas, y fueron anexados al Incario
junto con los demás territorios costeños otrora chimú(es).
Huayla(s).
Esta nación estaba
integrada por diversas subetnias que poblaban el territorio que, partiendo de
Pallasca, se extendía por el callejón de Huaylas hasta Recuay.
El camino incaico
que se dirigía de Cajamarca al Cuzco se dividía en la zona de Pallasca en dos
ramales. Uno transitaba por el callejón de Huaylas y el otro enrumbaba por la
región hasta hoy conocida como Conchucos (callejón de Conchucos). El ramal del
callejón de Huaylas fue el que holló Hernando Pizarro en su viaje de Cajamarca
a Pachacamac. Las particularidades del itinerario nos son conocidas gracias al
cronista Miguel de Estete, que apuntaba día a día las incidencias de éste el
primer viaje de exploración por el país de los incas.
Una nota
pintoresca relacionada a la nación de los huayla(s) es la que refiere que la
princesa o ñusta Inés Huaylas, hija de Huayna Cápac con una
lugareña, fue compañera del conquistador Francisco Pizarro y madre de sus dos
hijos. El historiador Félix Alvarez Brun refiere sobre el particular el
siguiente pasaje:
“Pero hay algo más
en el tránsito de Pizarro por Ancash: la nota romántica que surge de tener al
lado suyo, como compañera y esposa a ‘la dulce y resignada’ doña Inés Huaylas
Ñusta. En Cajamarca el Inca Atahualpa entregó esta hermana, por él muy querida,
al futuro Marqués de los Atabillos, para que le sirviera de esposa. Inés era
hija de Huayna Cápac y de Contarhuacho, Hornapacha o Pomapacha; hija ésta, a su
vez, del cacique de Huaylas. El nombre de esa princesa, durante su niñez y
juventud, sería Quispezira, pero Francisco Pizarro la llama cariñosamente ‘La
Pizpita’, como aquella avecilla de sus recuerdo infantiles en Extremadura o
Andalucía, ‘avecilla menuda y graciosa que picotea en la nieve y cuyo nombre se
aplica, por analogía, a las mujeres vivas, prontas y agudas’. Garcilaso,
letrado y formalista, prefiere usar para ella el nombre de Inés Huaylas Ñusta:
Inés, por ser el nombre de pila al recibir el bautizo y por estar ligado a la
familia hidalga de Pizarro; Huaylas, por ser hija del cacique y señor de estas
tierras, y Ñusta, por pertenecer a una categoría social dentro de la nobleza
real incaica. Esta mujer, con sus dieciocho o diecinueve años de edad, hermosa
y llena de encanto femenino, acompaña al viejo conquistador por los predios de
sus antepasados indígenas y acaso es ella la que, con su sola presencia,
consigue que los suyos le presten ayuda y le permitan pasar tranquilamente por
el Callejón de Huaylas. La primera flor andina de la legendaria rama de los
Incas, desposada con el triunfante ‘viracocha’ llegado de lejanas tierras
sería, así, la que conseguiría dar seguridad y reposo a los conquistadores en
el corazón de los Andes, en uno de los momentos iniciales del inesperado
encuentro de dos pueblo, de dos razas diferentes; pero, sobre todo, sería la
que, con su tierno y juvenil amor de india noble y dulce por el español recién
venido a su suelo nativo, ofrecerá el primer hálito romántico que da vida al
mestizaje en la tierra de los hijos del Sol”.
Conchuco(s).
Limitaban por el
norte con los huamachuco(s), y por el sur con los huamalie(s). Se extendían por
la cuenca del Tablachaca y por las estribaciones orientales de la
Cordillera Blanca hasta el Marañón por el oriente.
Las referencias
antiguas sobre los conchuco(s) contenidas en las crónicas han sido recopiladas
y analizadas en la pulcra monografía sobre Ancash escrita por el historiador
Félix Álvarez Brun. También Eudoxio H. Ortega, el presbítero Santiago Márquez
Miranda y Fausto Liñán Espinosa, son autores de obras que refieren la historia
regional prehispánica de la región conchucana.
Los incas
invadieron el territorio de los conchuco(s) desde el sur, luego de anexar a los
huamalie(s). Las crónicas ponderan unánimemente la obstinada resistencia de los
conchucanos. En su territorio se levanta en coloso arquitectónico de Yayno.
Después de varios meses de lucha en la que los chanca(s) batallaron formando
parte de las tropas incaicas, se quebró la resistencia, cuando los reductos
conchucanos de Urcollac en Parcos fueron tomados. A lo largo del territorio de
los conchuco(s) serpenteaba un importante ramal del camino estatal del Incario,
que unía Cuzco con Quito.
Fue en Pallasca,
antes llamada Andamarca como lo establece Álvarez Brun, donde por orden de
Atahualpa fue muerto Huáscar y tirado al río.
Décadas después de
la invasión española al Perú de los incas, un antiguo ídolo que representa a
Illapa (Rayo), el Dios del Agua andino, llamado también Catequil y reverenciado
originalmente en Huamachuco, aunque gozaba de prestigio panperuano, aglutinó un
movimiento de reconquista en el norte del país, que llevó a que la naciente
ciudad de Trujillo casi fuera invadida. El ídolo referido había sido trasladado
tiempo atrás a Cabana, luego de que su santuario original en Huamachuco fuera
destruido por las premoniciones adversas al inca Tupac Yupanqui vertidas por
Catequilla, que fungía de oráculo.
CHAVÍN (de
HUÁNTAR)
La cultura Chavín
se expresa de modo elocuente en la arquitectura del sitio de Chavín,
tradicionalmente calificado de Chavín de Huántar, aunque ya no queda ubicado en
la jurisdicción del distrito de Huántar sino en el de Chavín. A dar prestigio a
este sitio arqueológico contribuyen los muchos monolitos esculpidos con figuras
de seres sobrenaturales, que en su mayoría exornaban los muros de Chavín.
Arquitectura
Los monumentos de
Chavín están situados en las faldas orientales de la cordillera Blanca a 3 185
m de altitud, en el triángulo formado por el Huacheqsa y el Mosna, ríos estos
que se unen para tributar sus aguas al Marañón.
La magnificencia y
mejestad de Chavín es tal que su construcción era asignada a una “raza de
gigantes” y no a hombres comunes. Registra esta explicación mítica Pedro Cieza
de León (1553), al describir lo que ya en su tiempo era una “antigualla”
abandonada por el hombre.
Chavín está
constituido por diversos edificios piramidales, plazas que se asientan sobre
una ladera aterrazada, portadas y escalinatas. Las construcciones piramidales
albergan una red de pasajes y cámaras interiores, que en algunos casos aparecen
superpuestos. Como material de construcción prima la piedra, aunque en algunos
sectores las paredes estaban estucadas con arcilla que era calcinada para
resistir los embates del tiempo.
Una nota
particular está conformada por las piedras retratadas con figuras míticas en
alto y bajo relieve. En su mayoría éstas enchapaban muros y decoraban los
edificios y una de las plazas hundidas. Por su parte, piedras esculpidas en
forma de cabezas de fiera expresión iban empotradas en lo alto de los muros,
colocadas equidistantes y en hilera horizontal.
Las construcciones
de Chavín eran elaboradas partiendo de una estructura nuclear hecha con barro y
piedras sin trabajar, en la que previamente habían sido programados los
espacios correspondientes a lo que debían ser corredores o pasajes interiores.
Muros y dinteles monolíticos independizaban estos pasajes de la masa de barro y
piedras constitutivas de la construcción. A la colina artificial, perforada,
que así se construía, se le daba inclinación piramidal, la que era interrumpida
por escalones o “andenes”. Finalmente el todo era revestido en su exterior con
planchas pétreas o hiladas primorosamente pulidas. Los estragos de la erosión
son perceptibles en las piedras menos resistentes, y ello hace que en
apariencia hoy luzcan algunos de los muros “imperfectos” a la vista. Es de
notar que no hubo falta de perfección en la construcción de las bases de los
muros exteriores de “El Castillo”, ya que este sector lucía originalmente
cubierto o enchapado por grandes bloques de piedra, de tendencia cuadrada y que
con el correr del tiempo se desplomaron.
En los pasajes
interiores reina penumbra total y perpetua a no ser por los haces de luz que
penetran por los ductos o “respiraderos” que comunican con el exterior y
renuevan el aire constantemente. Acaso por estos ductos cundían las voces del
oráculo de Chavín al que se refieren escritores tempranos.
En un sector de
los pasajes internos se yergue el Lanzón, un monolito esculpido con figuras
míticas para ser vistas a la redonda. La inmensa piedra alcanza casi 5 m de
alto y sobrecoge al espectador con sus representaciones sobrenaturales, que
”infunden terror” como ya lo expresaba Antonio Raimondi, a lo que se suma la
ubicación del monolito en las perpetuamente oscuras galerías de Chavín.
Por lo expuesto,
luz y oscuridad, día y noche, eran factores simbólicos representados en la
arquitectura de Chavín. Y no sólo mediante sus espacios arquitectónicos
dedicados al mundo exterior y al mundo interior o subterráneo, sino también a
través de la división en dos mitades que observan algunas escalinatas, tanto
como la portada de “El Castillo”: una oscura y la otra clara, y que los
constructores destacaron utilizando piedras de construcción de tonalidad
diferente. La iconografía misma, plasmada en los muchos monolitos, parece estar
regida por estos polos simbólicos si se considera que los seres sobrenaturales
representados exhiben atributos de aves de rapiña y de felinos que, por su
naturaleza, están vinculados al día y a la noche y respectivamente al varón y a
la hembra.
Arquitectura
planificada
Es sabido que las
distintas estructuras que conforman Chavín correspondían a diversas épocas
históricas por las que atravesó el sitio. Este enunciado pertenece a Julio C.
Tello.
Años después, en
1962, John H. Rowe profundizó en el tema y respaldado en diferencias
tipológicas presentes en los monolitos propuso una secuencia de las estructuras
arquitectónicas. Dedujo que Chavín, tal como ha llegado hasta nosotros, fue
construido partiendo de un templo primordial de bases modestas: el “Templo
Viejo”. Con el transcurrir del tiempo, esta estructura habría soportado
diversas ampliaciones. En una etapa posterior, que estima fue la tercera, se
habría consolidado lo que califica de “Templo Nuevo”, de proporciones mayores y
construidos al lado, reteniendo parte de la estructura del monumento
primigenio. Rowe fundamenta su hipótesis amparado en la presencia de especies
de grietas visibles en las paredes y que considera son vestigios de puntos de
unión de las “adiciones”.
Sin embargo, las
“grietas” que habrían sido producidas por las ampliaciones experimentadas a
partir del “Templo Viejo”, plantean la sospecha de que no necesariamente
corresponden a la impronta dejada por ampliaciones arquitectónicas sucesivas.
En efecto, cuando éstas son comparadas con otros ejemplos arquitectónicos
andinos en los que también se presentan, se constata que no son otra cosa que
marcas impresas por las técnicas de construir en base a módulos, es decir
adicionando sectores lateralmente sin que ello implique separación cronológica
significativa.
Por otro lado, las
técnicas de construcción entre el “Templo Viejo” y el “Templo Nuevo” de Chavín,
no presentan variaciones notorias. Y, lo que resulta ser aún más significativo,
tampoco los conceptos arquitectónicos mismos y sus valores simbólicos
implícitos. De esta manera, cabe plantear la posibilidad de que Chavín fue
concebido bajo un solo plan arquitectónico, y que su ejecución se realizó sin
una dilación cultural y cronológica de consideración como para separar etapas
culturales.
Arquitectura
evocadora de una figura
Sobre la premisa
expuesta se asienta la hipótesis que busca identificar las siluetas de una
figura simbólica en el conjunto arquitectónico de Chavín, que naturalmente
debió copiar sólo a grandes trazos algunas conspicuas figuras de la iconografía
Chavín, simplificando sus formas al tener que adecuarla a la arquitectura.
Al proponer el
autor en 1983 esta hipótesis, sobre la posibilidad de que la arquitectura
Chavín estaría evocando una imagen zoomorfa y al tratar de correlacionar los
diversos sectores con las partes anatómicas del ser sobrenatural Chavín que
había servido de inspiración, terminó argumentando que hasta la decoración de
las paredes de Chavín, con sus dos hiladas aprisionadas por dos de mayores
proporciones, una abajo y otra arriba, podían obedecer a la voluntad de figurar
bocas estilizadas ad infinitum, por el repliegue que acusan los
labios para, en actitud agresiva, dejar a la vista las dos hileras de la
dentadura.
Como se sabe, el
motivo iconográfico Chavín es la boca atigrada, representada con insistencia
desmesurada tanto en monolitos y cerámica como en objetos trabajados en
diversos materiales: unas veces bajo tratamiento aislado y/o en sucesión y
otras incorporándolo como elemento simbólico en figuras de personajes.
El caso de
representar Chavín una figura, como suponemos, esta posibilidad merece más
atención y estudio; tenemos en cuenta que existen otros ejemplos en la
arquitectura del Perú antiguo de construcciones con contenido iconográfico
zoomorfo indiscutible, como Paramonga y Cerro Blanco en Nepeña. También el
plano arquitectónico de Las Haldas, monumento anterior a Chavín, parece repetir
la misma figura, al parecer básicamente de un ave. La ciudad del Cuzco misma
habría figurado los contornos de un felino; acaso con cabeza de ave de acuerdo
a un viejo y muy difundido patrón iconográfico andino.
Los monolitos de
Chavín
El estilo Chavín
se manifiesta de manera elocuente en los monolitos asociados a la arquitectura
de Chavín (de Huántar). Éstos enchapaban, en su mayoría, las paredes de
edificios.
Los monolitos
Chavín más espectaculares son la Estela Raimondi, el Obelisco Tello, el
Lanzón y las Columnas. A los citados ejemplos de la escultura lítica Chavín
debe sumarse la Estela de Yauya, por más que no fuera
localizada en el sitio de Chavín.
Las figuras
representadas en estos monolitos observan grados acentuados de estilización y
son por lo general difíciles de identificar. A ellos contribuye el que vayan
salpicadas de un sinnúmero de figuras incorporadas que recargan la
representación, oscureciéndola.
Asimismo, y a
primera vista, las figuras aparecen incomprensibles, debido a que representan a
seres con atributos humanos y zoomorfos extraídos de relatos míticos
desconocidos. Ello ha motivado que pululen las más diversas opiniones en cuanto
a lo representado.
Así, algunos
arqueólogos profesionales sostienen que las figuras en los monolitos de Chavín
dibujan caimanes, otros ven en ellas langostas y unos terceros arañas, etc. La
simple contemplación aislada, fuera del contexto iconográfico andino del que
forma parte Chavín, ha contribuido a que se presente esta abundancia de
interpretaciones dispares.
El método
comparativo en el estudio de las imágenes votivas andinas permite señalar, en
atención a seres similares representados con más claridad en estilos
posteriores y herederos de Chavín, que la divinidad más representada fue la de
un ser híbrido: mitad hombre con boca atigrada y mitad ave de rapiña.
Naturalmente que las proporciones de los elementos varían. A este ser
sobrenatural del panteón Chavín hemos calificado, por las razones expuestas y
desde 1967, de piscoruna-pumapasimin (hombre-ave con boca
atigrada).
En otras palabras,
este felino volador arqueológico podría corresponder al Dios del Agua, que
debió surgir como corolario del contexto de la naturaleza andina árida por
excelencia y con tribulaciones de orden atmosférico, sequías por ejemplo.
Debido al fenómeno de continuidad cultural que presenta el mundo andino,
Illapa, el ser sobrenatural controlador de los fenómenos metereológicos de los
tiempos del Incario, podría ser la encarnación tardía del Felino Volador. El
mito de Qhoa, todavía vigente, señala que al irrumpir las
tempestades un felino se desplaza por las nubes.
Chavín: centro
administrativo y de culto
Cuando el cronista
Vázquez de Espinosa visitó en 1616 las ya por entonces “ruinas” de Chavín, los
comarcanos le informaron que en remotos tiempos había sido un centro de culto y
romería. Es por eso que concluye comparándolo con Roma o Jerusalén. Del mismo
modo, Tello insistía en el carácter sagrado, de templo, de Chavín.
Probablemente el
sitio mismo donde debía levantarse Chavín fue cuidadosamente elegido, bajo
estrictos criterios mágico-religiosos debido a que hay valles comarcanos más
productivos que el estrecho de Mosna, aun considerando el aprovechamiento de
sus laderas de secano cultivadas mediante terrazas. El caso de Chavín, en su
condición de centro de poder y culto, permite inferir que pudo ser levantado en
un lugar indicado por la magia, al igual como el Cuzco, fue construido entre
los riachuelos del Tullumayu y Huatanay y no precisamente en el ubérrimo valle
vecino del Urubamba-Vilcanota.
La voluntad de
ejercer dominio, a fin de adecuar la producción de los alimentos al ritmo del
aumento poblacional, pudo ser la función que cumplía Chavín, utilizando para el
efecto la administración de prácticas agrícolas, respaldada en ampuloso ritual
y en el culto a los poderes sobrenaturales que controlaban la producción,
especialmente al Dios del Agua del que dependían las lluvias benefactoras como
de las catastróficas sequías que destruían las sementeras.
Los monumentos de
Chavín, por su magnitud, son expresiones realizadas por una sociedad agraria
desarrollada, preocupada por satisfacer las necesidades alimenticias de sus
integrantes a través de áreas geográficas amplias, como lo indica su carácter
de centro de romería. Por lo mismo la sociedad Chavín debió estar dividida
nítidamente en dos sectores: el de los mandatarios y el de los gobernados.
Debido a ello las antiguas civilizaciones del orbe fueron capaces de crear
obras grandiosas en volumen, ingenio y arte como la de Chavín. El abandono del
sitio puede haber sido provocado por el incumplimiento de las obligaciones
asignadas a las élites de velar por el sustento, acaso al sobrevenir cambios
climáticos devastadores imposibles de enderezar con acciones mágicas.
©
Federico Kauffmann Doig
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(Agradezco profundamente al doctor Federico Fauffmann Doig, por haberme enviado muy gentilmente este valioso artículo acerca del pasado de mi querido Departamento, Ancash).