martes, 24 de marzo de 2026

EXPICACIÓN SIN CULPA: POESÍA DE LU ZÚÑIGA PALOMINO

 

Hace algo más de tres años (exactamente, el 10 de julio del 2022), al comentar un libro dije, entre otras cosas, respecto de la poesía contenida en él, que estaba marcada «por la libertad» y no precisa o únicamente por el erotismo; y puse énfasis al afirmar que se trataba de un libro expuesto como «un canto y apología de la libertad» que se comportaba, además, como «un homenaje a las mujeres y su necesidad de ser, de una vez por todas, plenamente libres». Me refería a Gritos de la piel, poemario escrito nada menos que por Lu Zúñiga Palomino y que fue publicado en octubre del 2017. A lo dicho agregué esto que a continuación me permito transcribir:  

«Esta es la poesía de Lu Zúñiga Palomino, escrupulosa, limpia, delicada, pero intensa, cálida y también impetuosa y llena de vigor. Es el grito, los gritos de la piel, pues; la piel de mujer. Gritos que no aturden ni menos generan contaminación acústica, sino, más bien, fecundan el medioambiente de sueños, esperanza y deseos de ser libre y vivir el placer. El placer es bendición y no pecado. Eso es Gritos de la piel, un poemario que es, en realidad, alegato, no jurídico sino poético, en defensa de la igualdad, el amor en plenitud y también, insisto, la completa libertad. // Es que Lu es libre, libre incluso en su manera de asumir y vivir la poesía. Sabe que el hecho de escribir no tiene que significar la adopción de cierto tipo de actitudes o de comportamientos, ni menos hacer que uno se convierta en un ser medio esperpéntico, es decir, ajeno al vivir común y corriente de las demás personas; es que está convencida que escribir poesía no transforma a quienes lo hacen en extraterrestres ni en enrevesadas divinidades, y ni siquiera en esa “especie” de los llamados “poetas malditos”, muchos de los cuales no son más que una suerte de personajes pintorescos o dramáticos, que pueden generar lástima o motivar sonrisas, pero no necesariamente crear buena poesía. Es que el poeta importa no como anécdota, por sus rarezas; importa como hacedor, por sus obras».        

Bueno, pues, ahora Lu nos sorprende con un nuevo grupo de poemas cuyo título es Expiación. ¿Quiere nuestra poeta, tal vez, borrar culpas, «purificarse de ellas por medio de algún sacrificio»? Veamos lo que dice en el poema que está al final del libro y cuyo título es el mismo del volumen: «Escudriño mis días en arena movediza, / espinas lacerantes atraviesan mi carne hambrienta / que solloza agonizante, / pidiendo perdón por las veces que no ha amado». Evidentemente, creo yo, es un homenaje al amor y la expresión de esta certeza: si de algún pecado puede alguien sentirse culpable es de «las veces que no ha amado». Pero, claro, no existen razones para caer en el irremediable desfallecimiento: no es imposible encontrar, digamos, la salvación. Dice, bellamente, el poema: «Un niño me observa, / su mirada meditabunda rasga mis enormes ojos marrones, / quiero gritar, / pero mi voz se quiebra al sentir su presencia infinita…». ¡La presencia infinita de un niño! Infancia divina, sin ninguna duda: «¡He de salvarme? -le pregunto: / El Niño muestra sus manos, / tiene tatuado mi nombre en ellas». Repito: homenaje al amor y convencimiento de que el amor salva y también la fe. Nótese esto que es realmente muy significativo: al mencionar al niño, usa, en primer término, la letra inicial minúscula y luego la mayúscula; creo que se explica por la alusión que hace a la infinitud y lo divino de la salvación. 

Y, como expresé respecto del primer libro de Lu, debo afirmar, ahora, que hay razones para asumir que Expiación también es «un canto y apología de la libertad» en que, a diferencia del anterior, el erotismo se pone de manifiesto con mayor intensidad, es más evidente, su presencia es acaso más descarnadamente notoria. Pero no es el erotismo a que, digamos, nos tiene acostumbrada la poesía que casi siempre hemos leído. El que habita la poesía de Lu Zúñiga es una suerte de «erotismo animal»: tierno y rudo al mismo tiempo; de emociones y sentimientos y, sobre todo, de piel. Veamos esto que dice en un poema: «Raudal voraz / de tripas y óvulos bullentes (…) Olores de bosque / Mis manos colmadas de pelos / El tiempo tiembla y nos gruñe… / Desgarraduras sin fin acechan el goce obstinado (…) La soledad me cubre de silencio animal…». (Lobos); y esto: «Abrazo mi cuerpo, / el moho en mi almohada, / la resina en mi pubis, / la dulzura del silencio me cobija, / mas un latigazo cervical me despierta / el espejo, mi imagen / y tú igual a mí: / Dos seres extraviados, / dos faunos» (Fauna). 

 Y ahora leamos lo siguiente: «amor circular y líquido / que devora su cuerpo encarnado, / aflicción que pesa y condena, / marea acuclillada, / estragos de un tiempo legañoso que se yergue». Son versos de un poema cuyo título me desconcertó, porque se trata de una palabra que -lo confieso- nunca antes había visto: Uroboros, que, sin duda, está explicada en lo que acabo de transcribir: «amor circular y líquido / que devora su cuerpo encarnado»; es que el uroboros es un símbolo, que viene de la antigüedad egipcia, en que una serpiente o dragón, al devorar su propia cola, forma un círculo. El «amor circular» a que se refiere nuestra poeta sería, intuyo, una imagen con la que quiere expresar que el amor se alimenta a sí mismo (aun a pesar de lo medio desalentador que se dice en el siguiente verso, que habla de una «aflicción que pesa y condena»).  

En el poema que acabo de reseñar hay algo, además de lo dicho, que merece resaltarse: me refiero al manejo desenfadado, increíble y (naturalmente) libérrimo del lenguaje; en este caso, de la imagen poética; «marea acuclillada», dice: se trata de una metáfora imprevisible, extrema. Poeta sin límites, pues.

Erotismo animal, dije; es decir, sin sentimiento de culpa. Aquí una muestra desnuda, en un poema que transcribo íntegramente: «Mi cuerpo de yegua / se ata a la soga del pasado / mis huellas esparcidas susurran pérdida / tipografías en duelo florecen deprisa / chirrían fantasías ensalivadas / de arco y lanza / me punzan violentamente / costado a costado, / quebrantan mis cuerdas vocales / mi grupa se ablanda / mas no hay reposo / es el peso de mi amor carnívoro / que te goza en trozos» (Centáuride). Amor carnívoro. Y esto: «tipografías en duelo»; las palabras, el lenguaje, la escritura, que no se desprenden, que no son olvidadas aun en el tráfago del amor. (en la falta de reposo del “amor carnívoro”). Y más: «mis piernas entreabiertas la encajan / su lengua desalmada ladra / su vientre ladra / su sexo ladra, / versos vilipendiados la funden / con devoción. / Escribo a cuatro patas / atragantada» (Perra). Una muestra suficiente para probar que, como afirmé al principio, el erotismo en la poesía de Lu es distinto del que hemos encontrado antes: ¿quién se atrevió a decir cosas como esto, por ejemplo: «Escribo a cuatro patas / atragantada»?; o esto: «Mitad mula / mitad mujer / mi hibridez perversa / relincha mis pecados, ensalivada» (Runamula, título que, como sabemos, corresponde a una de las más exóticas leyendas existentes en la selva amazónica que habla de un ser monstruoso que es mitad mujer y mitad mula).  

Pero, como sabemos, el amor erótico es de dos, y ninguno con mayor valor o preeminencia que el otro («…  y tú igual a mí. / Dos seres extraviados / dos faunos», dice en el poema Fauna, ya reseñado). Exacto. Y, así como se expresó en una de sus más celebradas creaciones poéticas que fue dada a conocer en una de las maravillosas performances que en más de una oportunidad ofreció, Brujas, Lu aquí también se expresa, ahora, contra la humillación y el sometimiento de la mujer: «No quieres que grite, / no quieres repudie, / no quieres que me cuide de ti (…) el hoy inunda mis pulmones, / no hay resignación. / ya somos muchas (…) Sigues reduciéndome al vacío con tu ácida soberbia, / pero SIGO AQUÍ / una y otra vez. / SEGUIMOS AQUÍ / sin someterme, / sin someternos. / para asaltar las calles (…) porque NO HAY OLVIDO, / y gemirás perdón / recitarás plegarias, / POR ELLAS, / el sonido azorado de nuestros pasos / hallarán nuevos senderos / de conciencia» (Al patriarcado); y aquí: «¡Basta! ¡No soy objeto! / Y mi corazón firme abandona el miedo / tragando silencios, / vomitando a verdugos. / Entonces mis ojos extasiados / me ven en el espejo / en estado puro, / como mujer libre» (Ladridos). Mujer con fe, amor pleno y poesía sin límites; libre, ¡como debe ser!, siempre: «Yo creo. / Yo amo. / Me amo, / partitura de amor, iluminada por sueños cálidos» (Amor). Poesía de Lu Zúñiga Palomino. 

 Tras leer esta y toda la poesía, extremadamente libre que antes he leído de Lu Zúñiga Palomino, me atrevo, parafraseando infielmente a nuestro César Vallejo, a caracterizarla, firmemente, con estas rotundas palabras: «intensidad y hondura»; y, por cierto, la celebro plenamente.

 

Bernardo Rafael Álvarez