–Cuando ocurre un eclipse de Sol
–dijo, notoriamente fastidiado, el profesor–, el día se oscurece por completo.
Y lo que este tonto nos está anunciando, no es más que una sandez.
Aquel era un día tranquilo, como
suelen ser los días en todos los pueblos de la sierra, a menos que fueran
alterados por noticias de alguna muerte entre los vecinos o por la llegada de
foráneos trashumantes que por determinado aditamento en el vestir recibían el
trato de “doctor” o “ingeniero”, no pasando, en realidad, de ser simples y
honrados “shilicos” vendedores de anilinas y peinetas,
o truhanes embaucadores de doncellas.
Las informaciones periodísticas
nunca llegaban a tiempo. “El Comercio”, único diario allí conocido, del que era
suscriptor uno de los más acomodados comerciantes del pueblo, era traído, con
todas las contingencias presumibles, por el servicio de correos –proverbialmente
moroso- en remesas quincenales, en ómnibus, primero, luego en ferrocarril y durante
el tramo final, en lomo de bestia. No resultó tardía, sin embargo, la noticia
que anunciaba el eclipse solar que, justamente, iba a sobrevenir aquel día.
Según precisaba el periódico,
que en tardes de tertulia leía con avidez un minúsculo grupo de personas en la
bodega de don Pancho, el fenómeno sería observado y estudiado, con el uso de
modernos instrumentos de aproximación, por un astrónomo apellidado Yamamoto,
venido especialmente desde el Japón. Salvo los aludidos habitúes vespertinos de
la bodega, más uno que otro maestro de escuela y don Manuel Jesús, lector voraz
y periodista autodidacta, nadie aparentaba interesarse en la noticia.
Sin embargo, un imberbe
estudiante de primaria, de tez y cabellos claros, resultó ser el más
obsesionado por el acontecimiento que se avecinaba. Con algunos días de
anticipación se apuró a plantearle a su padre todas las interrogantes sugeridas
por su curiosidad. Las ilustrativas respuestas de don Manuel Jesús, le
proporcionaron la base conceptual para acometer con “rigor” la apasionante
experiencia de ser testigo de un –hasta entonces- enigmático fenómeno estelar.
Llegado el día, y sin
proponérselo, este muchacho se convirtió en líder de un grupo de chiquillos a
los que, tras una breve pero puntual explicación, logró persuadir de que,
alrededor suyo, se reunieran con sendos pedazos de vidrio ahumado en la plaza
principal. El resto de la población seguía viviendo su rutina. Los hombres
removían con arado las tierras de cultivo o montaban a caballo y recorrían los
caminos enamorando a las muchachas; las mujeres cocinaban, tejían chompas
o lavaban ropa junto a una acequia.
En los centros educativos, de
varones y de niñas, profesores y alumnos se enfrascaban en sus lecciones:
historia peruana, lenguaje, cálculo, o tal vez “el niño y la salud”. Solo aquel
grupo de púberes “vaqueros”, organizados ocasionalmente en una suerte de logia,
prestaba –abstraídos todos- atención a lo que se aproximaba en el cielo.
Llegado el momento, como una
suerte de Rodrigo de Triana, el líder exclamó jubiloso: “¡El eclipse ha
comenzado!”. La alegría fue total en el clan. Y mientras las miradas convergían
en el mismo punto, pensó en sus compañeros y en su maestro de aula, y resolvió
ir a buscarlos. A trancadas se encaminó por una calle irregularmente empedrada,
llevando la “gran noticia” que probablemente (es lo que esperaba) le
significaría una disculpa por la inasistencia y acaso unos puntos más en la
calificación bimestral.
El profesor, un hombre con gran
sensibilidad artística, era admirado en el pueblo por su amplia cultura y
porque, a diferencia de otros, procuraba siempre estimular en todos
–particularmente en sus discípulos- el interés por el pasado prehispánico.
Olvidándose por un instante de
las reglas de urbanidad aprendidas en el Manual de Carreño, el muchacho,
atropelladamente, se ubicó en la puerta del aula y, acezante, comunicó la
nueva. No presagió la desproporcionada respuesta de su culto maestro ni la
general carcajada provocada en los alumnos, quienes creyeron que el muchacho había
quedado en ridículo. Si hubiera adivinado lo que iba a pasar, probablemente
habría podido admitir la conveniencia egoísta de reservarse el gozo de la
verdad y evitar que llegara a convertirse, como se convirtió, en desazón. Pero
no, él tenía el convencimiento de que esa verdad había que compartirla sin
reservas.
–Tiene razón, maestro –retrucó,
enfático y rotundo, ante lo que había recibido como respuesta-, la oscuridad es
completa, pero solo dura unos minutos. Compruébelo usted mismo: el eclipse ya
ha comenzado.
Ante el aplomo de la réplica, el
maestro consideró impropio rechazar el fragmento de vidrio que el adolescente
le ofrecía con diligencia.
Una palmeta, pérfidamente
horadada, descansaba en acecho sobre el pupitre.
En escenarios diversos, las aves
de corral como las del campo, alborotadas buscaban conciliar un sueño
inoportuno ante lo que intuían era la noche que se precipitaba.
Aún con muestras de enfado,
el docente levantó la mirada al Sol. El espectáculo (tal vez el primero de
esa naturaleza que veía en su vida) lo dejó completamente absorto. Creyó
tener, entonces, la certeza de que el almanaque Bristol solo era un
anodino folleto anunciante de “Agua Florida” y “Tricófero de Barry”.
El eclipse, efectivamente, ya había
comenzado. Una sombra, casi imperceptible al principio, iba cubriendo allá
arriba el disco dorado y ardiente para luego, con la misma progresión, dar paso
al retorno de la claridad.
Resguardado por un ineficaz
disimulo, el profesor no tuvo más remedio que aceptar que en sus fueros íntimos
algo similar –un “eclipse intelectual”- acontecía en ese momento; y tuvo que
reconocer que la lucidez que pareció haberse escamoteado súbitamente por el
influjo de una poco habitual intolerancia, le había sido devuelta gracias a uno
de sus alumnos, el más inquieto y travieso de la clase (aquel que, por lo
demás, justamente ese día había preferido faltar al colegio).
La hilaridad infantil halló
nuevo estímulo; pero, por cierto, esta vez tuvo que ser voluntariamente
contenida, para evitar que aquella palmeta pérfidamente horadada pudiera ser
usada, como todos temían.
20 de junio del 2001
© Bernardo Rafael Álvarez
* Esta historia no es ficción. Ocurrió en un lejano día de los años 30, en un pueblito de la sierra de Pallasca, Ancash. Su protagonista, Félix Álvarez Brun, andando el tiempo llegó a ser abogado, historiador, embajador en el servicio diplomático y catedrático en San Marcos; y fue distinguido con el Premio Nacional de Cultura y con las Palmas Magisteriales en el Grado el grado de Amauta.
