sábado, 27 de marzo de 2021

EL TAVITO QUE CONOCÍ

 

Gustavo Armijos fue, lo repito (porque lo dije antes), uno de los más importantes difusores de la poesía peruana; perseverante, infatigable, de principio a fin, con La tortuga ecuestre, cuyo primer número fue impreso en la Editorial Jurídica y luego en una modesta imprenta que su padre tenía en El Porvenir, La Victoria (yo conocí su casa); el primer número de esa revista apareció mostrando como Director a Isaac Rupay, pero quien realmente la manejó fue Gustavo, un poeta que supongo por su forma de ser (que jamás puso de manifiesto conmigo) se ganó desde aquellos años setenteros no solo antipatías sino odios viscerales, lo que creo comenzó a ponerse de manifiesto con el fastidio de algunos poetas publicados allí (uno de ellos me dijo que Gustavo lo había publicado -justo en el primer número- sin su "autorización", como si tal cosa fuera un crimen, o como si con eso él sacara algún provecho). Pero, bueno, ¿esto, además de ello, qué significó?: que el editor y director real no fue Isaac Rupay sino el mismo Gustavo, pues si hubiera sido de otro modo, la víctima de esos fastidios y del zarandeo hubiese sido Isaac y no Gustavo. Gustavo, ya que, repito, él fue quien se ocupaba de la edición y las impresiones las hacía en su casa y fue él quien mandó a confeccionar el "cliché" o plancha de impresión con el nombre, a manera de sello, con que se estampaba el nombre o título de la publicación; lo demás son especulaciones, no sé si caprichosas, malsanas y "con mala leche", pero especulaciones al fin y al cabo. El impulsor, real, impenitente y, si se quiere, antipático para muchos (jamás para mí) fue, insisto e insistiré siempre, Gustavo Armijos. Y lo sé porque prácticamente desde el principio caminé por distintos puntos de la Capital con él, conversando riéndonos, enamorando chicas ("qué lindo habla", le dijo una jovencita, entusiasmada: "es que soy poeta", le respondió, con su dejo piurano"), conociendo la verdad, etc. Y ofreciendo las revistas, como he contado en otro texto. Era (hablo de los años de 1970 -la revista comenzó en enero de 1973) un hombre alegre, optimista, soñaba en la revolución; incluso en sus exposiciones con las que buscaba -y lo lograba- convencer a distintos auditorios para que adquirieran las publicaciones, hablaba sobre aquello que estaba en boga; las luchas de clases, contra el poder de la oligarquía, y las reivindicaciones sociales y que la poesía era una suerte de arma para transformar el mundo. Tendría, repito, actitudes que generaban resquemor en algunos, seguramente, pero yo jamás lo conocí así. En más de una oportunidad estuvimos en mi casa, en Breña, y comimos y tomamos algo. Conmigo no lo fue, pero si mal no recuerdo, ya en los años noventas, su comportamiento solía ponerse medio desagradable para algunos (no sé con quiénes exactamente, pero intuyo que en eso era selectivo o, como se dice familiarmente, "sabía con quiénes lo hacía"). Ah, lo que era, sí, y nadie podrá desmentirme, muy imaginativo y soñador casi a extremos disparatados (que no voy a atreverme, irresponsable y ligeramente, a calificar de "demenciales" -porque hacerlo sería infame- sino en todo caso pintoresco): se enamoraba imaginariamente de bellas mujeres, digamos, "imposibles" con las que, intuyo, ni siguiera había logrado un contacto verbal (por lo demás quién no lo ha hecho alguna vez: Paco Bendezú, casi siempre), y esto sí pasaba con Gustavo desde hacía mucho tiempo, desde los setentas: vivió enamorado, claro que infructuosamente ya que era de mentiririta, por ejemplo de Tania de Libertad de Sousa Zúñiga, nuestra cantante, a quien incluso le dedicó un poema incluido en uno de sus libros; también de una periodista mexicana, y de una chica peruana que creo vivía o vive en Ayacucho. Eran amores, repito, platónicos, imaginarios. Otra cosa. He leído que se afirma por ahí que Gustavo fue un hombre autodestructivo y hasta suicida; yo, que lo conocí bastante, nunca advertí tal cosa; jamás vi ni supe que hubiese hecho algo con lo que buscará dañarse: ni drogas ni sobredosis de fármacos y ni siquiera rasguños peligrosos y tampoco gestos de advertencia o amenaza, digamos, de quitarse la vida. ¿Quiso matarse alguna vez? ¿Demostró realmente tener "vocación suicida"? Que yo sepa, jamás. Lo que sí es cierto es que, cuando comenzó a experimentar graves problemas de salud (fines de los noventas, los años 2000) empezó a sentirse frágil, desguarnecido, lo cual, como es obvio y comprensible se sumaba a sus reales dificultades económicas; sé, porque me lo dijo, que había ocasiones en que se sentía morir y que tenía miedo a la muerte, pero nunca me dijo que la estuviera buscando como una alternativa ni nada parecido. (Ojo: no estoy haciendo -porque sería estúpido y soberbio hacerlo-, un "análisis o diagnóstico psiquiátrico" de la persona, solo hablo de lo que fui testigo). Y pedía ayuda, para qué, pues para sobrevivir, para no hundirse en el precipicio, para seguir con nosotros. Pero, bueno, le llegó ese inesperado momento. Y yo lo recuerdo tal cómo era, tal como lo conocí, sin quitar nada y sin añadir ni menos exagerar nada. Hablo del Gustavo que conocí, con cariño, pero sin ceguera, porque no quiero ni me interesa caer en esa torpe actitud de edulcorar los defectos de los muertos (pero, además, porque no practico ese hediondo deporte de patear cadáveres). Trato, como siempre, de ser justo. Lo quise desde el principio hasta el final, pero de verdad. Y me quiso, y le quiso también a Maolita, quien lo ayudó. Por eso y por más, nos duele su partida. Pudimos haber hecho en los últimos tiempos algo por él: por ejemplo, estar cerca de él en estos días pero, ya sabemos, las circunstancias que vivimos nos empujan a lo contrario: a alejarnos. Así son las cosas, pues, y solo nos queda resignarnos. Gustavo se ha ido, pero nos ha dejado, además de sus libros de poemas, como valioso legado la revista en que prácticamente publicaron todos los poetas a partir de los setentas, La Tortuga Ecuestre, con Harawi de Paco Carrillo y Eros de Isaac Rupay, las tres más importantes revistas de poesía peruana, le duela a quien le duela (una en la década del 60, otra apenas con un solo número en agosto de 1973, y la tercera desde enero de ese año hasta hace poquito). La tortuga Ecuestre, acaso la más conspicua (y simple y modestísima) "antología en tiempo real" de la poesía peruana, como la llamé hace unos años. ¡Descansa en paz, hermano Tavito!

 

© Bernardo Rafael Álvarez