
Los párrafos que aquí se presentan forman
parte de un ensayo escrito por el poeta Jorge Eduardo Eielson en 1945 con el
título de "MARTÍN ADÁN" y cuyo original, escrito a máquina y con
correcciones y agregados de puño y letra de su autor, tengo en mi poder.
Curiosamente, en el libro Arte Poética -dedicado al autor
de Reinos- editado por la Pontificia Universidad Católica del Perú,
el año 2004, no aparecen los dos bellos fragmentos que aquí doy a conocer (me refiero a los
que he transcrito en letra “normal”; es decir, no en cursiva) y, claro,
tampoco están las correcciones y los agregados que hizo el poeta. Es obvio que los editores nunca
supieron cuál era el texto completo del ensayo y, por ello, solo insertaron en
el libro el texto tal y como fue publicado por primera vez, en
1946, en el libro "La poesía contemporánea del Perú" (Editorial Cultura Antárquica) cuyos autores fueron Jorge
Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy y Javier Sologuren. (Ver:
Eielson de puño y letra).
***
«... En "La campana Catalina", largo romance octosílabo, el auge de belleza casi impide la visión de la propia faz del poeta. Escrita en celebración de Alberto Guillén, es una blanca y punzante elegía, con aire de pena fresca que dispersa cera y ceniza y canta por el amigo muerto. Su muerte es dulce y pequeña, y en la patria apenas pesa su cadáver, pero Dios que velas en el fondo del valle se une a él y lo redime. La égloga arequipeña canta dulcemente en el ámbito mortuorio, el paisaje limpio y soleado despierta sin esfuerzo:
“Ave y nube
singular
que labran
de gusto el valle,
hasta la
colmena en cierne
de tu
Yanahuara cande”.
O cede ante visiones de quebradiza y vívida delicia:
“La corona
de aguijones
de las
sienes se te cae
y en
aureola de iris
de élitros
la truecan ángeles”.

Otra
cosa sucede con las décimas de “La Rosa de la Espinela”, verdadero arribo de lo
inefable a nuestra poesía, realizada por virtud rigurosa de Martín Adán. No es
Eguren, sordo y grávido de ambiente, tocado de una niebla nórdica que es su
mayor y más lauto esplendor poético, el que corona esta radiosa tarea. No es en
el límite tonal de su instrumento, reconocible por esta nota única que él sabe
tocar a maravilla en su reino cauto, de naipe y trompeta; no es en ese recinto,
obtenido por la escritura y concepción de un ambiente gótico, castellano o
lunar –inaprensible solo en su misteriosa y tenue alianza con las palabras-
donde suele instalarse lo inefable. A ello llámasele más bien magia.
Inefabilidad indica ausencia de cualidades perceptibles y, por tanto
descriptibles; fuga de los signos terrenos, por donde el universo todo, se
muestra, se deja saber, vivir y decir. Para ello existe el verbo, el habla
escrita y oral; por ello es el verbo, cause por donde tales signos se expresan
y fijan, con suerte mejor o peor. Para ello fue dada al hombre la palabra, la
prosa, la lógica, la inteligencia. Pero cuando estos bellos signos terrestres,
universales, son descubiertos y adorados en sí mismos por el poeta, y cuando su
estremecido corazón, en lugar de su sola cabeza, se inclina sobre ellos e
intuye en sus formas puras y musicales (la gran poesía se acusa siempre por su
tono, por su música interna) una hermosura plácida y viviente, un contenido
propio que es al mismo tiempo una bella forma del mundo concreto, cuando ya no
percibe en este, sino sus calidades; no refiera ya sus datos verbales a ninguna
realidad posible o imaginada, a ningún ambiente terrenal, onírico o afectivo,
sino que obtiene de ellos, mediante un verdadero soplo divino, exclusivamente
poético, creador, una realidad estética con vida propia y tan válida, más aún
que la primitiva e incipiente realidad natural. Del mismo modo puede acusar el
pintor la más honda realidad estética y humana, sin recurrir a la
representación terrena, en forma o color, por las sola y adecuada expresión de
una materia tal, pero espontánea. Bien podría decirse que el hombre es artista
en la medida en que logra humanizar los elementos estéticos primarios con que
trabaja, sean línea, forma, color, sonido, palabra, sin necesidad de
prostituirlos al objeto. El mismo carácter superior de la realidad creada la
redime, pues, de toda referencia terrena, o, en el caso de la palabra, de todo
sabor material o ambiental. Su inefabilidad no es sino su carta de legitimidad
poética, el signo más cabal de su aparición sobre la tierra y de su intacta y
aislada esencia. Así son las décimas de “La Rosa de la Espinela”, de Martín
Adán. Su inefabilidad consiste en la absoluta carencia de otro sentido que no
sea el de la propia poesía fluyente en ellos; poesía que nace de la sola
asignación, prestancia profunda, plástica y sonora, de la letra empleada. (El
sentido, digamos extrapoético, personal, hallado en algunas de estas décimas es
una deducción lograda de la comprensión de la obra en su totalidad, no de la
superior materia reinante en estos versos).
Aquí la poesía anima al
verso como el espíritu a la carne, sin olvidar sus fronteras, dejando que la
música interna, el tono del poema moldee libremente la forma, y `plasme en ella
su arquitectura original. No existe en estas estrofas –de riguroso metro octosílabo,
acentuadas con nitidez admirable- la concesión ambiental que vibra, plena de
acentos dramáticos, en “Aloysius Acker”, los sonetos de “Travesía de
Extramares” o el “Escrito a Ciegas”, ni la pretensión conceptual patente en los
dialécticos y austeros “Sonetos a la Rosa”; menos se percibe en ellas el acre
sabor terrestre de “La Campana Catalina” o el “Romance del Verano Inculto”. Es
solo en las décimas que Martín Adán apresa, por primera y única vez, la
intangibilidad de su universo poético, inodoro, incoloro, insípido, invisible,
huérfano de tristeza o de alegría, de lugar y de tiempo, y por tal, casi
celeste, inefable, tal como él lo percibía en lo alto de su ser estético.
Pero es necesario avanzar hasta sus últimos sonetos de “Travesía de Extramares”, escritos sobre temas de Chopin, o, sobre todo, hasta las estrofas del “Escrito a Ciegas”, para penetrar, y, retomando el hilo anterior, reconocer las más hundidas vetas de su ser poético (…)...».
