Hace unos años, en una entrevista dije lo siguiente: "Un poeta convertido en agente vendedor de doctrinas genera en mí sentimientos de conmiseración y lástima". No ha cambiado ese sentimiento y lo que pienso sigue igual. Allá ellos, diría Vallejo, el poeta de veras comprometido con la libertad –eso sí– aun en medio del fragor de la batalla.
Si alguna influencia ejerció
en mí la poesía fue fortalecer la actitud –hasta ahora felizmente
insobornable y sólida– de aprecio y culto por la libertad y de rechazo a todo lo que sea
o parezca o quiera ser sometimiento, sojuzgamiento. Las personas pueden ser
admirables, ejemplares, grandes (por lo que hacen), pero no dioses.
Endiosar, mitificar, aunque legítimo, es -me parece- una aberración indigna e indignante, y que alguien -por su propia voluntad, obviamente afiebrada- se sienta un dios o quiera convertirse en mito (diva o divo) es ridículo, peligroso y lamentable. Someter es inadmisible, someterse es reprobable.
Si, además de "vendedor de doctrinas" un poeta se porta
como agente publicitario (propagandista acérrimo de candidatos) o áulico de
personajes o de intereses políticos y, además, agita incienso ante el poder, es
su derecho hacerlo porque es, también, legítimo, pero yo jamás lo haría; la historia lejana
y también la reciente nos demuestra que muchos lo han hecho y que hacerlo en
nada ha influido, ni positiva ni negativamente, en su poesía, porque
-felizmente- entre la escritura y los aciertos o errores existenciales solo hay
una simple vecindad. Pero, repito, yo no lo haría. La poesía a mí me ha ayudado –como ya lo fije– a fortalecer mi vocación libertaria (a otros, tal vez, los ha empujado a someterse). Quizás
desde mi juventud en muchas cosas he cambiado, pero en eso, gracias a Dios, aún
no.
Libertario y no liberal,
porque –aunque el diccionario diga que son lo mismo- la verdad es que liberal
es, casi siempre, el que rinde culto -mejor dicho, se somete- a una ideología
(porque las ideologías someten, pues), aquella que, como sabemos, es sinónimo
de "derecha", en este juego -que parece guerra- de
"derechas" e "izquierdas". Y las ideologías, que no son, precisa o estrictamente, pensamiento filosófico, se comportan
siempre como instrumento de dominación y de engaño. Por eso prefiero ser
libertario, porque serlo me permite ver y mirar sin anteojeras ni ojeriza, con
objetividad, y reconocer -donde hay que reconocer- méritos, y señalar -donde
los haya- defectos, sin tener que pedirle permiso ni rendirle cuentas absolutamente a nadie,
salvo a mi propia conciencia.
Soy y siempre he sido de izquierda, pero de lo que yo llamo -con todo derecho- "izquierda libertaria" (que, naturalmente, nada tiene que ver con la "izquierda marxista"); es decir, sin sometimiento a ningún partido, camarilla o líder, ni a dogma, doctrina, directiva o consigna. Izquierda como sinónimo de inconformismo, pero cuando el inconformismo tenga razón de ser y no por quítame estas pajas; no por simples ganas de jorobar, y tampoco como una pose ni mucho menos como si se tratara de una patología. Repito, no tengo que rendirle cuentas (ni pedirle permiso) a nadie, salvo a mi conciencia. Y, así _hasta el final de mis dias– seguiré en mis trece, tercamente.
