He leído
en el Facebook que Ernesto Che Guevara, en la prisión que dirigía habría ordenado
fusilar a los enemigos de la revolución (y hasta dicen que se ufanaba de aquellas
muertes). Creo que esto da oportunidad para reflexionar sobre eso: los
fusilamientos.
Se
supone (o, al menos, eso es lo que creo que debemos suponer) que los
fusilamientos no son lo que se conoce como ajusticiamientos. Estos, los
ajusticiamientos, aunque el diccionario no establezca precisiones
diferenciales, lo cierto es que son algo así como -arbitraria y, claro,
perversamente- atraer, sin legitimidad, hacia sí la facultad de "hacer
justicia" y, simplemente, matar. Un fusilamiento sería, en sentido lato, el
acto de fusilar, es decir, "ejecutar a alguien con una descarga de
fusilería".
Y bien
sabemos que, en países donde existe la pena de muerte, ese puede ser el
procedimiento de ejecución que es, como tal, un acto legal, jurídicamente
aceptado. Y si es así, se trataría también de algo surgido a partir de un
proceso judicial que -debe suponerse- debiera ser desarrollado con todas las
garantías del caso, en un marco de estricta legalidad.
Si en
Cuba, aparentemente con el Che Guevara como autoridad (yo no lo sé, por eso
digo aparentemente), se dieron casos de fusilamiento, lo menos que debiéramos
creer es que hubo sendos procesos judiciales. Y, si hubiera sido así, se habría
tratado no de asesinatos. Pero, repito, no lo sé.
Lo que
siempre o casi siempre hemos escuchado y leído acerca de Guevara es de que se
trataba de un legendario revolucionario, casi un Quijote. Y -lo confieso- a
muchos nos encandiló en alguna forma. Leer sus escritos (desde el Diario
del Che en Bolivia) nos hizo admirarlo aún más, porque, entre otras cosas,
allí podíamos encontrar (lean La guerra de guerrillas) que, no
obstante ser un convicto y confeso simpatizante y seguidor de la violencia como
medio revolucionario, puso en blanco y negro (es decir, en los textos que
escribió) su rechazo al asesinato, al terrorismo indiscriminado, a todo cuanto
pudiese atentar contra las poblaciones humildes, etc.
Si la
historia -con serenidad, imparcialidad, justicia y objetividad- llegara a
demostrar lo contrario, que los actos del Che no iban de la mano con sus
palabras escritas, yo diría -hidalgamente- que una estatua (como muchísimas,
con justa razón) se ha desleído. Y, claro, no me sentiría mal ni decepcionado.
Hay un
momento en la vida en que ya no son las pasiones ni las simpatías o antipatías
lo que nos debe mover, sino la razón. No estamos, no debiéramos estar,
dispuestos a someternos a eso que yo llamo la "vocación de secuacidad
ovina". Podemos simpatizar, votar a favor de algo o de alguien, pero no
convertirnos en ciegos seguidores de voluntades o "lucideces" ajenas.
Llega un momento en que ser libres, que es ser nosotros mismos, es la más
lúcida y leal elección.