El encubrimiento
es, en realidad, un delito. No es lo mismo "cubrir" que
"encubrir"; cubrir es proteger, encubrir es prácticamente un acto de complicidad.
Encubrir es lo que hace una persona que, sin haber participado directamente en
un acto delictivo determinado, pero que tiene conocimiento de él (ojo:
conocimiento, no sospecha o presunción), brinda auxilio a los autores directos
o intelectuales, ya sea ocultando los instrumentos y efectos del mismo o bien
ayudándolos a eludir la acción de la justicia. El encubrimiento debe implicar,
necesariamente, dolo: intencionalidad, mala fe, voluntad delictiva.
Quien investiga,
no individualmente sino formando parte de una comisión, y no lo hace como
policía y tampoco empleando métodos policiales o forenses (como la
"Comisión Uchuraccay, en que participaron otro tipo de profesionales),
solo procura esclarecer hechos, y si no lo logra, o si las conclusiones a las que arriba no son
las más adecuadas -o las más convincentes-, no encubre nada ni a nadie, solo se
equivoca (leve o gravemente, pero solo se equivoca). Las investigaciones
policiales o judiciales son otra cosa.
Sin embargo, hay quienes (obviamente, adversarios de nuestro Premio Nobel) se atreven, irresponsablemente, a calificar
de “encubrimiento” cuando se refieren al Informe de la Comisión presidida por
Mario Vargas Llosa sobre el asesinato de ocho periodistas, un guía y un
comunero, perpetrado en las alturas de Uchuraccay, el 26 de enero de 1983.
El Poder Judicial emprendió su propia investigación y,
según tengo entendido, sus conclusiones, prácticamente, coincidieron con las de la referida Comisión, y terminó condenando a dos comuneros como responsables. A todos nos conmovió esta condena, porque todos
(obviamente, por conmiseración; no por otro motivo) nos solidarizamos con los campesinos.
Pero, ahora, después
de tantos años, ¿se sabe realmente si lo que pasó fue distinto de lo que
aquella Comisión afirmó y el Poder Judicial determinó? ¿Se sabe si hubo autores intelectuales o instigadores, de esos crímenes que golpearon al periodismo nacional y a la conciencia de
nuestro país? Acerca de ello, el asunto es sumamente confuso y delicado.
Lo que
se recuerda es que Sendero Luminoso incursionó en esa zona a través de un
personaje apodado "Martín" y que después de hechos sangrientos
protagonizados en las inmediaciones, la gente de Uchuraccay ya no iba a
tolerarlos, que los expulsaron y les advirtieron que no regresaran. Sendero (organización extremadamente criminal) se
vengó y mató al presidente de la Comunidad y a otros dirigentes. Tras esto, los
uchuraccaínos ya no estaban dispuestos a permitir la presencia de extraños. Eso
es lo que se sabe. Lo demás es bruma y dolor, y especulaciones afiebradas. [1]
La conclusión a la
que arribó la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) es, en gran medida,
coincidente, con las de la Comisión Vargas Llosa y del Poder Judicial. ¿Debemos asumir, por ello, que todos “encubrieron” a los asesinos? Una respuesta afirmativa sería, simple y llanamente, perversa y disparatada. La realidad es que no hubo encubrimiento.
-Que en
medio del estado de guerra y miedo que se había impuesto en las alturas de
Huanta y creyendo que contaban con el aval del Estado, el 26 de enero de
1983 los comuneros de Uchuraccay asesinaron a los periodistas
Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán, Jorge Luis Mendívil,
Willy Retto, Jorge Sedano, Amador García y Octavio Infante, así como al guía
Juan Argumedo García y al comunero Severino Huáscar Morales Ccente,
considerando que eran miembros del PCP-SL o apoyaban al Partido Comunista del Perú-Sendero
Luminoso.
-Que en los sucesos del 26 de
enero de 1983 no se constata la presencia de infantes de marina ni de
miembros de la entonces Guardia Civil (sinchis) como perpetradores directos
de los hechos.