Ver donde otros no ven, o no quieren ver, no es cosa del otro mundo. Es cuestión de ver únicamente; así de simple. Ah, pero para ello es recomendable emplear la mirada y dejar de lado las anteojeras y también la ojeriza. Apasionarse en la vehemencia, no en el odio ni en el fanatismo. Ser tolerantes, pero no tontos. Ser perspicaces, no adivinos. Ser claros y objetivos. Ser decentes y sinceros. Justos. No esperar el aplauso fácil. Buscar la verdad. Respetar.
domingo, 28 de octubre de 2012
¿CASA TOMADA?
sábado, 20 de octubre de 2012
BREVE SEMBLANZA "LINGÜISTÓRICA" DE PALLASCA
Se me ha pedido que haga una “semblanza
histórica de Pallasca”, pero eso es demasiado para mí; así que
-"pretencioso y presumido" como buen pallasquino- he preferido algo
más ambicioso: hacer lo que yo llamo una “semblanza "lingüistórica”, es
decir, hablar de nuestro querido pueblo desde la lingüística y la historia. A
ver si resulta:
La palabra no solo es un instrumento sonoro o
gráfico que sirve para comunicarnos. También nos identifica. A los
pallasquinos, por ejemplo, nos identifica, entre otras expresiones, el “Cho”,
voz que empleamos para llamar o pedir atención a alguien. Equivale a “amigo”.
Se trata de una apócope de la palabra “cholo”, generada con propósito
eufemístico. Recuérdese que, a pesar de su significación altamente respetable,
la expresión “cholo” no llega aún a ser aceptada dignamente como se merece, por
gran parte de la población peruana y, más bien, es usada con cierta voluntad
peyorativa. “Cho” es, podríamos decir, el apelativo emblemático de Pallasca que
une a todos y genera regocijo escucharlo. Sin embargo, debemos precisar que no
solo en Pallasca es usada esta expresión; también lo es, por ejemplo, en
Moyabamba. La diferencia radica en que en la Capital de San Martín se la emplea
indistintamente para varones como para mujeres y en Pallasca, en cambio, es
solo para dirigirse a los varones ya que para las muchachas se usa el “Chi”.
Veamos y recordemos a continuación otras palabras nuestras.
CARONA. Tela muy gruesa, acojinada, que se coloca sobre el lomo de los
caballos o de los asnos para evitar que sufran excoriaciones por efecto del
roce de la silla o de la carga. “Carona” era el mote con que se aludía a don
Francisco Ninaquispe, o Pancho Nina. Desconocemos el porqué de este apelativo.
Lo que sí sabemos es que don Pancho fue uno de los personajes más “notables”,
sin haber sido “togado”, de Pallasca, por lo resaltante de su presencia que lo
convirtió en un símbolo, en un punto de referencia. Fue uno de los más cultos y
actualizados en información. Su bodega fue el centro de conversación
–llamémosle tertulia- del más alto nivel: política, cultura, novedades
periodísticas, etc. Pero también lo pintoresco estaba con él, en su invariable
“look”: pantalón con tela de “jean” azul, saco beige de drill y sombrero de
paja.
CARVISH. Desgastado, raído: “la olla está carvish o carvishada”. La campana que
llamaba a formación o nos hacía apurar el paso a la hora de entrada, durante
nuestros años en la “Prevocacional” -nuestra escuela primaria-, tenía el sonido
seco, medio afónico, pero rotundo. Era eso, una campana carvishada por el
tiempo y los golpes del badajo. Roberto Salvatierra, el portero vitalicio del
centro escolar, era el que de los monótonos repiques hacía música en nuestros
oídos; no por alguna misteriosa combinación de acordes, sino por lo que aquella
ruda repetición sonora significaba para nosotros: el ingreso y la cálida
permanencia en lo que fue verdaderamente nuestro segundo hogar, la “293”.
CASHCAR. Roer, mondar, tratando de sacar con los dientes los últimos residuos
comestibles de algo para aprovecharlos: “cashcar el hueso”. Su origen está en
el quechua. En el “Vocabulario de la Lengua Quechua publicado por Diego
González Holguín, en 1608, aparece lo siguiente: “Cachcani huacruni. Roer
hueso, o cosas duras”. Un Diccionario en la Internet (“quechuanetwork”)
presenta: Kaskiy: roer, corroer. En la zona central del país existe una canción
que, entre otras cosas, dice “avelino cashca hueso”. En Huarochirí se dice
“cachicar” al acto de roer. Lo cierto es que “cashcar”, tal como se hace en
Pallasca, es uno de los placeres gastronómicos de primer orden; es el acto en
que una persona trata de “sacarle el jugo” al pedazo de carne que tiene a la
mano y que, “por esas casualidades de la vida”, le tocó con hueso. Hay recetas
o recomendaciones para poner en práctica ciertos modales en el comer, etiqueta
le llaman, sin embargo, nosotros sabemos que “comer con la mano” (que podría
escandalizar a la autora de “Ese dedo meñique”) es el ritual más humano y
placentero que pueda existir a la hora de alimentarse.
CHICLAYO. Calabaza comestible que, estando madura, se emplea para la preparación
de mazamorras, y cuando aún es tierna, en guisos. La mazamorra, o dulce de
Chiclayo, se prepara de dos maneras: sancochada en olla o cocida en horno. Lo
tradicional en Pallasca ha sido siempre el hornear chiclayos después de
terminarse la preparación de los panes caseros. En horas de la noche se los
dejaba dentro de la gran caldera de barro, expuestos a la elevada temperatura
que progresivamente iba menguando, y cuando la luz del nuevo día llegaba ya
todo estaba listo. Sin embargo, a veces el Chiclayo no aparecía donde se le
había colocado; solo el rescoldo le daba la bienvenida al amanecer. Los dueños
de casa, ya lo sabían, era fácil adivinarlo: algunos muchachos zamarros –de
esos que nunca faltan-, mientras el pueblo dormía plácidamente y quizás las
sombras eran atravesadas por el chillido de un chushec, subrepticiamente habían
sustraído el delicioso manjar y dado cuenta de él. Un berrinche, unas
palabrotas… y nada más. Quién iba a decir esta boca es mía.
CHUPABARRO. Apodo con que se alude a los nacidos en el distrito de Pallasca. Se
debe a la secular escasez de agua en la zona urbana del distrito y sus
alrededores. El río más próximo, el Tablachaca, se encuentra a unos siete u
ocho kilómetros hacia abajo, en el límite con la provincia de Santiago de
Chuco, en La libertad. El pallasquino es, sobre todo, alegre y, por ello ha
logrado que, más que una socarrona ironía, el apodo de “chupabarros” sea un
estímulo y acicate para procurar la satisfacción de las necesidades y mirar
hacia delante con optimismo y dignidad.
CHUPE Fiesta en que se ofrecen donaciones (bandas de música, castillos, reses,
etc.) para la celebración principal por San Juan Bautista. Es organizada, con
prudente anticipación (casi siempre en noviembre o diciembre) por el prioste
principal, a quien van dirigidas las voluntarias contribuciones. No existe un
registro veraz que nos dé luces acerca del significado de la palabra. Algunos
creen que se trata de una referencia a aquella restauradora y nutritiva sopa
andina que, según la zona, presenta características particulares por sus
ingredientes y color (en Pallasca contiene papas, huevo y "cash cash"
y en algunos otros pueblos le dicen "sopa verde") y que, improbablemente,
habría sido en otros tiempos el plato principal del acontecimiento. Otros
intuyen, con más ligereza, que proviene del verbo "chupar"(que es lo
mismo que libar o beber licor). Cualquiera sea la explicación lingüística, lo
cierto es que en el Chupe se congregan los pallasquinos desbordando alegría, y,
sin mezquindad y estimulados por su buena voluntad y la euforia que provoca el
licor, se disponen a darle al prioste la seguridad de que la Fiesta que en unos
seis o siete meses se realizará, ha de ser “la mejor de todos los tiempos” y,
para que eso sea cierto y no se generen dudas, levantan la voz y hacen pública
su oferta: “¡Un toro de muerte!”. Aplausos de rigor y un cohete retumba en el
cielo pallasquino. “¡Un castillo de diez cuerpos!”. La banda de músicos toca
una diana, más aplausos y más cohetes. “¡Cincuenta cajas de cerveza!”. Más
diana, más aplausos, más cohetes...
GROG. Trago preparado con agua hirviente, licor, jugo de limón y azúcar y,
eventualmente, alguna hierba aromática; en otros lugares es conocido como
“calientito”. Las noches frías, casi heladas, de Pallasca, sin ninguna
discreción incitaban a beberlo. Nuestros mayores conversaban (de política, de
cultura, del acontecer internacional) en la tienda de don Pancho Nina, generalmente
en horas de la tarde, y un rato después, el billar de don Beto Álvarez –mi tío-
los llamaba, y allí las conversaciones eran otras. Hacia fuera, el balcón
dejaba ver una profundidad de sombras, y adentro la luz parecía cantar con el
rumor de la vetusta lámpara “petromax”. Carambolas iban, carambolas venían.
Solícito, don Beto iba “dándole bomba” al “prímus” para que pronto hirviera el
agua. Y, luego de unos minutos, el grog, humeante, le sacaba la lengua al frío.
HUÁYCHAGO. Ave nocturna. Es el mismo “huaychhau” a que se refiere González
Holguín en el Vocabulario Quechua antes citado: “Cierto paxaro ceniziento que
canta assi”. Como suele ocurrir, debido a que solamente sale en horas
nocturnas, a esta ave se le atribuye vínculos con fantasmas o “almitas en
pena”. Tiene la cola blanca y por ello es que a don Manuel Vásquez, cuyo apodo
era precisamente “Huáychago”, también le llamaban “rabo blanco”. Era un humilde
zapatero remendón que acostumbraba dar unos toques a su guitarra, o “palito
trinador”, y contagiarnos, a los niños que lo rodeábamos, su melancolía con una
invariable exclamación: “Tengo una pena… ¡será de frío!”. Pero, claro, no era
“malagüero” como aquel paxaro ceniziento del Vocabulario de González Holguín.
LLEVAR A LA PATRIA. La puesta en práctica de la ya desaparecida
“leva”, es decir el reclutamiento coercitivo de jóvenes para el servicio
militar. Cuentan que cuando don Eleodoro Valdez, en edad militar, fue “llevado
a la patria”, la “Shile” que era su mujer, desconsolada lloraba al verlo partir:
“¡Ay, mi Leyodoro… ay, mi Leyodoro… Aunque haragán, haragán, ahí lo hemos
pasao!”. Lloraba "como para muerto", es decir, como si estuviese segura de que
nunca más iba a verlo; es que aquella “leva” conducía a su marido, no al
cuartel militar para la rutina ya conocida, sino al frente de batalla, en el
norte del país (año de 1941). "Llorar como para muerto", además, implicaba otra
cosa (lo que ocurría siempre en los conmovedores funerales pallasquinos): darle
al sollozo prolongado una cadencia melodiosa, como de chimaychi pomabambino.
Eleodoro, felizmente, retornó ileso del conflicto. Lo mismo ocurrió con los
demás conscriptos pallasquinos, Leoncio Pinedo, Francisco Solano, Ireno
Valverde, Elías Villanueva, entre otros. Peruanos anónimos, héroes sumergidos
en el olvido.
LONSHO. Hipocorístico, expresión afectiva para referirse a Leoncio. Don Lonsho
Pinedo fue el zapatero del pueblo, por antonomasia. En aquella época en que
todavía se usaban las estaquillas y la pita untada con cera de abeja, él
confeccionaba los zapatos más resistentes que podía conocerse, con los que uno
podía desplazarse desafiando el inmisericorde asedio de las piedras del suelo
pallasquino. Esos sí que eran verdaderos “zapatos hechos a mano”. Mientras nos
probábamos aquellos rudos calzados en su tallercito, en la bajada a Quichuas,
nos contaba emocionado y orgulloso, de su breve pero intensa y riesgosa
experiencia militar. En efecto, cuando se produjo el conflicto militar de 1941,
don Lonsho, con otros pallasquinos, formó parte del Batallón de Infantería Nº
5, que tuvo importante participación en la frontera norte. Pallasquino de
fuste, sin duda.
SHAMA. “Limón real” partido por la mitad al que se untaba anilina, en época
de carnavales; carnavales pallasquinos aquellos en los que los juegos no eran
como los que llegaban a desbordarse en los barrios populosos de Lima, pero que
a veces resultaban, digamos, “moderadamente brutales” cuando se recurría al uso
de la shama, restregada sin pausas ni misericordia en el rostro de las
muchachas, causándoles, ¡como no!, una irritación de los mil demonios. Pero
también se bailaba alrededor del “cilulo”, adornado con una infinidad de
coloridos objetos, como canastas de plástico, pelotas, muñecos, pañuelos, etc.
Los mayores solían organizar un “baile social” que se realizaba en los bajos de
la Municipalidad (el ambiente al que llamábamos mercado). Parte insustituible
de estas fiestas era la “cantina”, es decir, el espacio resguardado por un
mostrador en el que se vendía cerveza y gaseosas, escabeche, papa a la huancaína,
picante de cuy, cigarros y chicles, por cuya compra había que recibir, después
del pago, un ticket hecho con papel cometa, perforado para el desglose con
máquina de coser. Allí el juego era “decente” (es decir, sin un ápice de
violencia): con chisguetes de éter llamados Amor de Colombina o Amor de
Pierrot, talco perfumado y serpentinas con frases de amor. La música la ponía
el “pick up” de don Ireno Aguilar. Cuando algunos asistentes terminaban de
bailar algún tema de moda, en coro los demás insistían: “a la…, a la…, a la…!”
y, obedientes, los varones –para no quedar mal- conducían a su pareja hacia la
cantina para invitarle algo de lo que allí se expendía (casi siempre la
damisela pedía un chicle o una gaseosa, pero a veces era un plato de cuy o algo
más caro y, en ese caso, el galán terminaba sudando frío porque apenas si le
alcanzaba la plata para una “Cocabanita”, la gaseosa de Cabana. Pero, en
realidad, no solo se “jugaba” con “shama”. También con los populares globos, y
el agua empleada para insuflarlos era el agua del “chorro”, para lo cual
algunos niños y adolescentes (aquellos que recibían una buena propina) usaban
un chisguete o una bombilla comprados en la tienda de don Víctor o en la de don
Gerardo. Era, pues, “agua limpia”. Los demás –la mayoría- recurrían a otra
técnica o método: tomaban un abundante sorbo de agua en la boca y soplaban el
globo introduciendo el líquido; después de cuatro o cinco veces de efectuar
este ejercicio, el globo estaba listo para ser lanzado; podía verse, naturalmente,
que dentro de él navegaban unas burbujitas extrañamente densas. Las asustadizas
pallasquinitas que presurosas pasaban por la plaza yendo a comprar el pan, se
convertían en víctimas de los disparos a mansalva que efectuaban los
mozalbetes. Terminaban –usted ya lo adivinó- con la cara empapada en agua y,
claro, también con muchas gotas de saliva!
SURRUPEAR. Expresión onomatopéyica referida al acto de sorber una sopa o alguna
bebida haciendo vibrar sonoramente (“surrup, surrup…”) los labios. El acto de
“surrupear” es generalmente visto como algo grotesco que desdice de la persona,
porque no está aceptado dentro de las convencionales normas de urbanidad de las
sociedades de Occidente, como daba a entender Carreño –el del Manual de
Urbanidad-: “Son también actos grotescos: …2º, sorber con ruido la sopa y los
líquidos calientes, en lugar de atraerlos a la boca suave y silenciosamente…”. Lo que ocurre también con el eructo. Sin embargo, en Japón es lo más común y
hasta diríamos que es una especie de ritual producir ese sonido cuando se toma
la sopa, con el plato pegado al labio inferior. Y el eructo, en los pueblos
árabes, es virtualmente una muestra de agradecimiento por lo provechosa que ha
resultado una comida. En una oportunidad, de visita en el Perú, Franco Nero fue
agasajado con un almuerzo; para sorpresa de los demás comensales, el actor
italiano emitió un sonoro eructo que, lejos de ser reprobado, mereció el
aplauso y la celebración de los presentes. ¿Por qué el “surrupear” no puede
también merecer la aceptación general? En fin, si ello no es posible, tengamos
en cuenta, al menos, estas dos cosas: 1) con el uso de este sugerente verbo
pallasquino se reduce a una palabra la expresión que contiene cinco: “sorber un
líquido con ruido”; 2) al beber un líquido caliente la mejor forma de tolerarlo
es, simple y llanamente, “surrupeando”.
ZÁMPARA. Cierto fantasma o aparecido que las madres de nuestro pueblo solían
nombrar para asustar a los niños (“no vayas tan lejos que puede aparecer la
zámpara”); se trataba de una “mujer alta y con los pechos excesivamente
protuberantes”. Cuenta Alfonso Aguilar, de Conchucos, que para poder caminar
sin molestias la zámpara tenía que echarse los senos a la espalda; agrega que
se alimentaba “solo de niños malcriados” y que “antes de comérselos, les
engordaba haciéndoles lactar de sus enormes senos en cuyos pezones tenía
espinas”. Así era de candorosa pero muy rica la imaginación popular en nuestros
pueblos. Probablemente las cosas hayan cambiado incluso en esto. La
incontenible embestida de la modernidad es una cotidiana amenaza. La zámpara no
era solamente el fantasma que “asustaba” a los niños, estimulándoles a comer o
a portarse bien; era, sobre todo, un personaje que, escondido en el arcano,
alimentaba la imaginación. La era audiovisual que vivimos tiende a convertir a
nuestros niños y jóvenes, más que en receptores de enseñanzas, en víctimas de
su asedio. Contra el holocausto de las cosas nobles que crean nuestros pueblos,
hace falta construir barricadas culturales, y revueltas contra esta zámpara que
sí es perversa: la destrucción de los sueños. Esa es nuestra tarea.
PALLASCA. Nombre del distrito y la provincia. Según estudios serios, provendría
del nombre de un indio noble llamado Apollacsa Vilca Yupanqui Tuquiguaraca.
Apollacsa, palabra compuesta por: Apo, o apu , “Señor grande o juez superior” y
llacsa,“el metal fundido o bronze (sic)”, según el Vocabulario de Diego
González Holguín. Debemos agregar, como nota curiosa, que en dicho lexicón
aparecen también las siguientes expresiones cuya importancia, para explicar el
nombre de Pallasca, a pesar del notable parentesco sonoro, no nos atrevemos a
ponderar: “Apa payasca, lluqui payasca, ttitu payasca –los dones y mercedes”. Y más cercano aún es el
significado que en el mismo Vocabulario se consigna respecto de la expresión “Hijo ajeno echado a la puerta”, es
decir, expósito. En quechua (Vocabulario de González Holguín), aparece como “Pallascca huaccha” empleándose aquí “ll”
en lugar de “y”. De esto podríamos colegir que Pallasca significaría
literalmente: “hijo ajeno” o “hijo entregado, donado”. Tarea, pues,
para especialistas. Pallasca, el distrito -legalmente asumido como tal, es
decir, con su respectiva representación municipal ya instaurada, el 2 de enero
de 1857-, ha sido siempre un pueblo culto y hospitalario (“bello, saludable y
acogedor, por sus paisajes infinitos, por su clima y por el calor imantado de
su gente, que es capaz de atraer al más distante de los humanos, convirtiéndolo
en huésped perpetuo de su corazón”). Por la ubicación de su Plaza de Armas y el
declive de algunos de sus principales barrios y calles ubicados en los flancos
norte y sur, para la fértil imaginación popular la apariencia de la ciudad se
asemeja a una alforja que estaría montada sobre las ancas de un cuadrúpedo; de
ahí que socarronamente, se le haya asignado el irreverente pero no mal
intencionado apelativo de "Alforja del diablo". Pero también se le ha
llamado “Balcón del cielo”. Don Moshe Huerta, la llamaba, simplemente,
Pallasquita linda. Es el pueblo por cuyas callecitas angostas -empedradas
algunas y desnudas otras- nadie pasa sin intercambiar un saludo, porque han
sido hechas para juntar a las gentes, no para distanciarlas.
CONSHYAMINO. Gentilicio de Conshyam, nombre de origen culli dado a un sector
ubicado en la parte sur del pueblo de Pallasca. El más conocido de los
conshyaminos fue don Pedro Gutiérrez Acosta, un entrañable folclorista
invidente que, cuando lo conocimos, solía ubicarse en una de las bancas de la
Plaza de Armas (casi siempre en la que da hacia la iglesia) y, con un seseo muy
particular, secundado por el acompañamiento jadeante de su vetusta concertina,
protegido por su poncho y sombrero, rodeado por los chiquillos del pueblo y vigilado
por la “Repolla”, su mujer (a quien él también “vigilaba” pisándole la
“lurimpa” para evitar que se aleje), entonaba huaynos y guarachas: “En el cielo
las estrellas”, “Mi cafetal”... y “La piedra de mal rodar”, su canción
emblemática. Y nosotros nos conmovíamos y alegrábamos con su alegría y su
emoción. La destreza que demostraba al hacer brotar las notas de su muy humilde
instrumento, era la misma cuando confeccionaba las proverbiales “andaritas”,
perfectamente afinadas como para pergeñar, en las noches de luna llena, las
melodías inolvidables del “Zorro negro”. Durante las primeras décadas del Siglo
XX, la animación musical de las fiestas familiares del pueblo, más que la
Victrola, corría a cargo de El Conshyamino. La aparición “Pick up” prácticamente
desplazó a ambos. La Victrola se convirtió en pieza ornamental o de museo y don
Pedrito, tal vez triste pero jamás deprimido, trasladó su centro protagónico a
la Plaza, mas nunca se alejó de los corazones. Más que un personaje, llegó a
ser un símbolo. Como él, don Víctor Alvarado, don Pancho Nina, don Lorenzo
Paredes y otros, forman parte de la identidad espiritual de nuestro pueblo.
Hablar de Pallasca es no olvidarse de ellos, tanto como de El Chonta, de
Tambamba, de Santa Lucía; de la “293” y sus entrañables maestros;
del Toro de trapo, de las “luminarias” y del grog. A nosotros, por lo menos a
nosotros, cuando niños, don Pedro Gutiérrez nos dio una lección imborrable
–como todas aquellas que se dan sin palabras, que se dan con el ejemplo-:
pallasquinos, amen lo nuestro con todo el corazón.
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(Texto leído en el Club Ancash, el día jueves 18 de octubre 2012, con
motivo del 90º aniversario del Centro Pallasca)