martes, 7 de julio de 2026

¿«A GROSSO MODO», TAMBIÉN (O SOLAMENTE «GROSSO MODO»)?

 

Dice la Fundéu (Fundación del Español Urgente): «A pesar de lo extendido de su uso, es siempre incorrecto anteponer la preposición a, según se afirma en la Nueva gramática de la lengua española». Efectivamente, lo que la Real Academia Española (RAE), textualmente, afirma en esta obra normativa es lo siguiente: «Se han creado algunas variantes de ciertas locuciones latinas añadiendo indebidamente una preposición, como en de motu proprio, variante incorrecta de motu proprio, o a grosso modo, variante incorrecta de grosso modo». 

Locuciones latinas que han sido modificadas al habérseles, «indebidamente», añadido una preposición. O sea siguiendo al Diccionario de la lengua española (DLE) ¿el haber añadido una preposición a esas locuciones latinas habría sido, digamos, algo «ilícito, injusto y falto de equidad»? ¿Y, si la respuesta a la interrogante fuera afirmativa, quién habría sido la víctima de tal injusticia o malvada inequidad?, ¿el idioma español, tal vez? ¿O es que, antes de «perpetrar» la referida añadidura, debió habérsele pedido permiso a la RAE? 

Intuyo que, en opinión de la Academia, es «indebido», añadir una preposición a la locución latina «Grosso modo» porque -considerando que su significado, tal como aparece en el DLE, es «a bulto», «aproximadamente» o «más o menos»– resulta un disparate decir «a grosso modo» ya que hacerlo equivale a pronunciar cualquiera de estas tres absurdas y agramaticales expresiones (idiotismos, en buena cuenta): «a a bulto», «a aproximadamente» «a más o menos». Y, efectivamente, eso es cierto: resulta horrible, pues. 

Entonces, pregunto: ¿cómo se explica el hecho de que se haya extendido entre los hablantes, desde hace mucho tiempo, el uso de aquella académicamente reprobada forma expresiva: «a grosso modo»? La explicación que yo encuentro es la siguiente. Ocurre que, como una suerte de significado literal de la referida expresión latina, los hispanohablantes han llegado virtualmente a aceptar esto que, prácticamente, es una paráfrasis: «manera gruesa o gorda» (que, claro, viene a ser lo mismo que «aproximadamente» o «más o menos»); y por ello es que, con razón, terminó asumiéndose, como válido o procedente, decir «a grosso modo» que es como si se expresara esto: «a (o de) manera gruesa o gorda» (o sea, «a ojo de buen cubero»: no de modo preciso o específico). Cómo se ve, tiene, realmente, sentido, y no es nada absurdo el haber añadido la preposición

Agrego algo. Si el hecho de haber adicionado una preposición a la locución latina «grosso modo», es «incorrecto» e «indebido», tal como afirman la Fundéu y la Nueva gramática de la lengua española, ¿qué podría afirmarse respecto de expresiones como estas: «un bis» y «un mea culpa»? ¿Serían formas indebidas e incorrectas? Veamos. La primera, literalmente, significa «un dos veces» y la segunda, «un culpa mía» (como se ve, también agramaticalidad e idiotismo, ¿verdad). ¿La RAE dijo algo al respecto? No, nunca puso en entredicho estas expresiones; se hallan, más bien, registradas en el Diccionario académico: «Bis: Ejecución de un bis. La soprano hizo un bis»; «Mea culpa: culpa mía (Mea culpa: expr. Culpa mía. U. m. c. loc. sust. m. Entonará un mea culpa público». 

Es que, en verdad, no existen razones valederas que justifiquen el rechazo a estas formas expresivas: válidas y correctas son «un bis» y «un mea culpa» como, definitivamente, válido y correcto también es «a grosso modo». La adición o añadidura de la preposición, en este caso, y el artículo, en los otros, corresponde, simple y llanamente, a la incuestionable adaptación de estas locuciones latinas a nuestra propia lengua y esto, como sabemos, implica asumirlas como nuestras con todo lo que ello supone: usarlas como nos resulte lo más adecuado (es que importamos las expresiones o vocablos, pero no estamos obligados a observar las reglas de su lengua de origen). Y, además –como bien lo reconoce la misma Academia– su uso es extendido (es decir, difundido, generalizado) y esto, simple y llanamente, le da plena legitimidad.  Tarde o temprano, estoy seguro, la RAE reconsiderará la opinión que hasta ahora mantiene respecto de este tema.

El pueblo, que es el dueño del idioma, sabe (al menos en estas cosas) lo que hace, y tiene el derecho de hacerlo y nadie está investido de autoridad para prohibirlo. (Lo digo directamente y con todas sus letras, y no a grosso modo)

¡Un abrazo, amigos!

© Bernardo Rafael Álvarez


domingo, 5 de julio de 2026

EL CHUPE O GÜILLANA EN PALLASCA (Mis hipótesis)

En Pallasca, casi siempre en noviembre o diciembre, es decir, unos meses antes de la celebración de las festividades en homenaje al patrón San Juan Bautista, el prioste o mayordomo ofrece un almuerzo público bailable que es conocido como Chupe

No ha llegado a precisarse, hasta ahora, cuál es el origen de esta denominación o, mejor dicho, por qué a la actividad mencionada se la llama así, con ese vocablo. Una hipótesis, creo yo muy razonable, es que, antaño, el plato principal en aquel fraternal encuentro de paisanos habría sido la muy nutritiva y deliciosa sopa serrana llamada precisamente «chupe» y que en otros lugares es también conocida como «sopa (o caldo) verde» o como «yacu chupe» (sus ingredientes: papas, choclo, queso y algunas hierbas aromáticas como, por ejemplo, el paico o «cash cash», y eventualmente también leche). En el Vocabulario de la lengua quechua (1608) de Diego González Holguín encontramos esto: Chupi chupilla rocroroculla rurascca micuy cuna. Comidas bien adereçadas sabrosas

El evento en mención, que se comporta como una suerte de agasajo a los asistentes tiene, en realidad, un propósito específico: estimular el entusiasmo y la proverbial voluntad solidaria de los paisanos asistentes a fin de que, en medio de la euforia, se animen a ofrecer alguna significativa donación que habrá de contribuir al mejor desarrollo de la fiesta patronal que se realiza en junio de cada año: una banda de músicos, un castillo de fuegos artificiales, cajas de cerveza, dinero, etc. 

Otra hipótesis razonable, respecto del nombre (aunque pudiera parecer medio grotesca) es que podría tratarse de una alusión al derroche de bebidas alcohólicas y, de modo específico, al verbo coloquial que, en estas circunstancias, se refiere al acto libar o beber licor: o sea, «chupar». Lo que, creo, abona en favor de esta segunda posible explicación etimológica es el hecho de que no siempre la asignación de nombres a ciertas actividades está o tiene que estar envuelta en algo así como un «ropaje» de solemnidad o de recato: también, en muchos casos, suele intervenir, decisivamente, un propósito travieso, juguetón, y más aún si de lo que se trata es de nombrar a algo que es, sobre todo, festivo. 

Y, bueno, también tenemos el otro nombre con que se conoce en diferentes pueblos a esta actividad o acontecimiento: Güillana. Un vocablo que, a primera vista, parecería de origen quechua, ¿verdad? Claro. Y, en efecto, lo más próximo (fonéticamente, digo) que he podido hallar es el verbo «Willay», que, sin duda, proviene de «Villani villacuni (cuyas primeras sílabas se pronuncian como «wi» o «güi»). Referir, decir denunciar anunciar» (Diego González Holguín). La única variación, como se advierte, está en la última sílaba: «na» en lugar de «ni». Una de las acepciones citadas, «anunciar», nos ayuda a explicar el posible significado de la reunión festiva de la que estamos hablando: sería «anuncio de que pronto ha de realizarse la festividad patronal», o -de otro modo- «ocasión en que los paisanos y amigos de buena fe anuncian sus solidarias donaciones para el prioste»; en otras palabras, una reunión festiva que anuncia o anticipa las bondades de la próxima celebración patronal. 

Sin embargo, como en el caso de «Chupe», también respecto del vocablo «Güillana» es posible aventurar una hipótesis adicional. En tal sentido, creo que podría tratarse de una alusión a lo que implica el apoyo o colaboración que, en ese almuerzo, se le ofrece al mayordomo o prioste de la próxima festividad patronal: el desembolso de dinero. Veamos por qué digo esto. Desde hace mucho tiempo, al dinero, coloquialmente, se le llama también, en nuestro medio, «güilla» que es el acortamiento, a manera de aféresis, del diminutivo juguetón de «agua», esta: «agüilla», con que (especialmente en el mundo del criollismo, al menos a principios del siglo XX) se conocía al licor y luego al dinero; ¿recuerdan el vals «La palizada» de Alejandro Ayarza («Pásame la agüilla, la agüilla, la agüilla...»)? Se da, pues, de algún modo, una asociación con el vocablo «chupe». ¿Por qué el agregado del sufijo «-na» al vocablo «güilla»? Evidentemente, porque no se buscaba nombrar al dinero propiamente dicho, sino a la ocasión, al evento (como «pascana» o «comilona», por ejemplo). ¿Es razonable esta hipótesis? Como la anterior, no resulta descartable.

Ahora, para poder arribar a una conclusión realmente certera, creo que convendría saber (al menos aproximadamente) cuándo comenzó a ser empleado el vocablo «Güillana» en Pallasca y en las otras provincias cercanas, como Santiago de Chuco, por ejemplo. Esto, porque hace falta determinar si, entonces, en la zona –con preeminencia idiomática del español y con rezagos de la lengua culle– el quechua aún ejercía alguna significativa influencia. Lo digo porque –salvo en el uso que aquí se menciona– el vocablo en cuestión (relacionado específicamente con los conceptos de Referir, decir, denunciar, anunciar que, como se ha visto, corresponden a su significado en quechua), no forma parte del léxico pallasquino. Esto hace que, a pesar de lo razonable que parece, la primera hipótesis planteada respecto «Güillana», se debilite. Hay razones, pues, para que la inquietud y la tarea, en la búsqueda de una explicación lexicológica a este simpático y apasionante tema, continúen.

Pero, cualquiera sea, finalmente, la explicación lingüística, lo cierto es que en el Chupe o Güillana se congregan los pallasquinos, como hermanos, desbordando alegría; y, sin mezquindad y estimulados por su buena fe, se disponen a darle al prioste la seguridad de que la Fiesta, que en unos seis o siete meses se realizará, ha de ser “la mejor de todos los tiempos”; y, para que eso sea cierto y no se generen dudas, levantan la voz y hacen pública su oferta: “¡Un toro de muerte!”. Aplausos de rigor y un cohete retumba en el cielo pallasquino. “¡Un castillo de diez cuerpos!”. La banda de músicos toca una diana; más aplausos y más cohetes. “¡Cincuenta cajas de cerveza!”. Más diana, más aplausos, más cohetes. La alegría y la hermandad permanecen.

¡Un abrazo, amigos!

© Bernardo Rafael Álvarez


sábado, 4 de julio de 2026

¡ESTO DE LOS NÚMEROS, CARACHO!

Aquí, amigos, les ofrezco unas expresiones, aderezadas con números o referencias numéricas, de uso muy cotidiano especialmente en el castellano peruano. A ver, qué les parece. (¿Conocen otras, tal vez?): 

«A la una, a las dos y a las tres, ¡ya!» (Expresión para dar ánimo y estimular el inicio de algo: ¡Hazlo, y no te achiques; tú puedes). «Espérame un cinco, que esto lo arreglo en un dos por tres» (Es decir, no me demoro y lo hago “al toque”). «Disculpa, no es a ti a quien buscaba; lo que pasa es que me he quinceado» (Me equivoqué). «Es un ladrón de siete suelas» (Superlativamente negativo: es “de lo peor”). «Se nota que estás enamorado hasta el cien» (o sea, “hasta la remaceta”: excesivamente). «No hay quinto malo» (Si los anteriores toros fueron un fracaso, este, el quinto, será el mejor). «Estas cosas ocurren a las quinientas» (Pasan muy esporádicamente). «No te preocupes, a la tercera va la vencida» (No te desanimes, inténtalo de nuevo y verás que, de todos modos, saldrás airoso). «Te pasaste: eres el número uno» (“Eres excelente”). «Como dijo la tía Facunda, no hay primera sin segunda» (Es que el baile de la marinera tiene, siempre, dos partes y, a veces, viene con «resbalosa» además). «Aunque no les guste, yo sigo en mis trece» (Soy terco hasta la pared de enfrente: no cambiaré de opinión). «Qué se habrá creído ese abogaducho de cuarta» (O sea, un mal abogado. También se dice: de segunda o de tercera). «¡Uf!, me quedé sin un quinto» (Se me acabó el dinero). «No me queda más que dobletear en la chamba, pues; si no, ¿cómo?» (Hace doble turno en el trabajo, o labora en dos lugares). «¡Qué "discúlpame" ni qué ocho cuartos!» (Metiste la pata, así que tienes que pagar las consecuencias: no te lo perdono). «Le dije que, como adulto, asumiese su responsabilidad, pero se hizo el tercio» (O sea, le importó un comino, se hizo el desentendido como si otro fuese el culpable de la situación). «¿Qué puedes esperar de él, si sabes que, en realidad, es un cero a la izquierda?» (Una persona sin cualidades rescatables, un inútil). «Esto pasa con once» (No es gran cosa; pero, algo, aunque sea un poquito, tiene de rescatable). «Es un restaurante de primera» (Un lugar muy recomendable para ir a comer). «Espérame que voy a hacer el dos» (He comido frejoles y debo ir al baño). «Vamos por más, que uno es ninguno» (Siempre con ánimo triunfador). «Qué salado eres, compadrito. Seguro que naciste un martes trece» (Igual que viernes 13, es una fecha considerada de mala suerte). «Más vale pájaro en mano que ciento volando» (No vaya a ser que, por querer más, termines perdiendo lo que tienes). «No le busques tres pies al gato» (Ya, déjate de complicar las cosas). «Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón» (Un castigo a quien hizo daño es perdonable, pues). «Claro, ¡de mil amores!» (¡Con el mayor gusto!) «Vayan saliendo de uno en uno, por favor» (Ya, ya, no se atropellen). «Mira, me compré un carrito de segunda mano» (Un vehículo usado). «Es que no hacía caso a los consejos y, qué lástima, ahí están las consecuencias: salió con su domingo siete» (Muy jovencita aún, resultó embarazada). «¡Uf!, apenas han venido cuatro gatos» (Concurrieron pocas personas a la cita). «¿Sabes? Me importa un comino lo que digas» (Tu palabra no vale nada para mí). «Ya, ya, espérame un segundo» (Te he dicho que no me voy a demorar). «Sé directo, y no me hables con segundas (o doble sentido), por favor» (¡Habla claro y no con expresiones capciosas!). «Está feliz con su cuarto de hora de fama» (Seguramente le han dado un doctorado «honoris causa» y por eso ya ni siquiera te mira). «¡Vengan esos cinco!» (O sea, ¡chócala!). «Ya, ya, ni pa' ti ni pa' mí: cincuenta y cincuenta» (Una solución “salomónica”). «Ya veo: cuarenta y veinte» (¡Qué tal diferencia de edades! Claro, el tío es chibolero!). «¡No, en cuatro, no, por favor!» (Es amorosa, pero detesta las costumbres caninas). «Le ha pasado de todo y, sin embargo, sigue en pie; tiene siete vidas como un gato» (Una persona con admirable fortaleza o suerte). «Qué se habrá creído; le voy a decir sus cuatro verdades» (Le voy a hablar directamente y sin anestesia para que entienda). «Me apasiona; por eso estoy veinticuatro siete en esto» (Sin descanso, todos los días y a toda hora). «Y al tercer día, ¡resucitó!» (La divinidad de aquel excepcional hombre de carne y hueso). «¡Un millón de gracias, querido amigo!» (Es que me siento ilimitadamente agradecido). «Ya, un par más y nos largamos» (O sea, «la del estribo»: la última cerveza en la animada reunión de tragos). «La encontraron en un cuarto de hotel» (Claro, un cuarto que, aunque inicialmente debió haberse referido a la cuarta parte de una casa, ahora ya nada tiene que ver con ese adjetivo). «Vive en la quinta de la esquina» (Aparentemente, este nombre se debe a que -según la RAE- antiguamente había ciertas casas de recreo en el campo «cuyos colonos solían pagar como renta la quinta parte de los frutos»; hoy eso es solo una enrarecida referencia histórica). 😀

¡Un abrazo, amigos queridos!

© Bernardo Rafael Álvarez

 

miércoles, 1 de julio de 2026

ESTA PALABROTA ¿«CON CH- PARA INDICAR BLANDURA»?


Ustedes me conocen, amigos; saben que no soy lisuriento, ¿verdad? Cierto.[1] Sin embargo, sucede que la curiosidad es, a veces, imprudente, pues. Por eso, es que –les cuento– hoy día he perpetrado algo que espero no vaya a resultar condenable. ¿Saben que cosa he hecho? Le he dado una mirada nada menos que al Diccionario de la Lengua Española (DLE) y, justamente, en la entrada referida a una expresión a la que suele calificársele como «malsonante», vulgar, grosera; esta: «chucha», que, como es sabido por todos, significa «vulva» (en Argentina, Chile, Colombia y Perú). Y esto me ha llevado a desarrollar las reflexiones que a continuación expongo.

Lo que he encontrado en el repertorio, respecto del vocablo «chucha» es algo que, realmente, me ha sorprendido sobremanera. Me refiero a la marca lexicográfica allí indicada con relación a la procedencia del término; esto es lo que dice: «De or. expr., con 'ch' para indicar blandura». O sea, según la Real Academia Española (RAE) el origen del sustantivo mencionado es, simplemente, de carácter «expresivo» (dizque por la «blandura» que supone el uso de «ch-»); y –como una suerte de apoyo explicativo– nos remite a «chichi», «chocha» y «chocho», que en algunos países tienen también el mismo significado. ¿Qué podemos entender de esto? Pues que la palabrita de marras pudo haber sido creada en algo así como un juego con los sonidos consonánticos en que alguien, de pronto, llegó a descubrir la suavidad (o «blandura») sonora del fonema «ch» y luego decidió combinarlo con la última y la primera vocal del abecedario y, ¡saz!, resultó el hoy muy conocido sinónimo de «vulva». 

Y, bueno, pidiendo las disculpas del caso, yo me atrevo a decir que eso no es cierto, que lo señalado por el DLE carece de sentido y no es más que un error que la RAE debería corregir. Creo, por ello, que lo más prudente y atinado –si, como parece, no conocían la procedencia real del vocablo– hubiera sido que solo pusiesen esto, como marca: «De or. inc.» (o sea, de origen incierto).

No obstante lo dicho, tengo que afirmar que existen razones para asegurar que el origen del vocablo en mención («chucha») no es incierto pues, de algún modo, es históricamente ubicable; y, claro, corresponde precisar que esa procedencia no tiene, exactamente, carácter «expresivo» y, además, en nada se acerca a la idea de «blandura» que, presuntamente, sugeriría el empleo de la partícula «ch-». Está, más bien, relacionado con algo que es concreto y, además, duro. 

Su origen se encuentra en el nombre que, desde hace algunos siglos, se le daba a un molusco marino. Esto (es obvio, ¿verdad?) nos lleva a entender que la explicación etimológica, en este caso, se relaciona con el otro nombre «malsonante» con que, en nuestro medio y también en algunos otros países latinoamericanos, suele llamarse a la «vulva», este: «concha», que hace alusión, entre otras cosas, a la cubierta, en dos valvas, de la almeja; nombre aquel que también era conocido desde siglos atrás: «la cubierta dura de algunos pescados» (Cobarrubias, 1611), «pescadillos de concha (Rosal, 1611). 

Exacto: almeja. ¿Saben cuál es el otro nombre con que se conocía a este molusco «lamelibranquio marino» («con valvas casi ovales, mates o poco lustrosas por fuera, con surcos concéntricos y estrías radiadas muy finas, blanquecinas y algo nacaradas en su interior, y carne comestible muy apreciada» [2])? Se la llamaba «chucha» en Panamá; y, justamente, en este país a la vulva también se la conoce, vulgarmente, con ese nombre (y creo que no sería desatinado suponer que allí pudo haber comenzado el uso de este vocablo con la referida acepción). La palabra que ha motivado estas reflexiones era conocida, digamos «oficialmente», desde fines del siglo XVIII: ya aparece en el Diccionario de Esteban de Terreros y Pando, de 1786, pero, claro, solo como nombre de la muca o zarigüeya (de lo cual se generó su uso para referirse, también, al mal olor de las axilas). (La asociación semántica entre la almeja y la vulva se da por una relativa semejanza formal existente entre ellas: las valvas del molusco, separadas, son vistas como si fueran una suerte de «labios»).

Ahora, respecto del significado que la palabra de marras ya tenía en Panamá, aparentemente la RAE nunca llegó a enterarse. Obviamente, no se habían percatado de que ya se encontraba mencionado en Historia del Nuevo Mundo, libro del padre Bernabé Cobo, que fue terminado de escribir en 1653 y comenzó a ser publicado en 1890 (dos siglos después de la muerte de su autor). 

Textualmente, Bernabé Cobo escribió, entre otras cosas, lo siguiente: «Debajo del nombre de 'almejas' se comprehenden muchas y varias conchas que se crían en las costas de los mares así del Sur como del Norte (...). En la costa de Panamá, entre la arena de la playa que baña la mar, se cría gran suma de ellas, a las cuales, en aquella provincia, llaman 'chuchas'...».[1] Allí está, pues, el origen del nombre dado, vulgarmente, a la vulva: «Chucha».

*** 

Bueno, esta palabrita, en el castellano coloquial peruano, es empleada actualmente de distintas formas (claro, casi nunca con propósito exultante). Una de las más conocidas es esta, que es la respuesta desdeñosa e insolente que suele darse con algún grado de violencia: «¡A mí qué chucha!». Es el acortamiento de «¡A mí qué chucha (qué mierda, qué carajos o qué diablos) me importa (o interesa)!». 

También se usa en expresiones interrogativas como esta: «¿Dónde chucha te has metido?», en la que la que la palabrita en cuestión también puede ser reemplazada con las que acabo de citar entre paréntesis; y con ella, lo que –consciente o inconscientemente– quiere decir el emisor, a manera de virtual ofensa, es que aquel lugar ignorado donde, eventualmente, está o podría haber estado el interlocutor, tiene que ser, digamos, una «cochinada» (algo así como «¿En qué cochino lugar habrás estado!»); pero también es como decir, simplemente, «¿Por qué diablos te desapareciste?». Existen, asimismo, expresiones interrogativas con una alta dosis de agravio, como estas: «¿Qué chucha te crees?» o «¿Qué chucha te pasa?», que eventualmente pueden ser «suavizadas» con esta variante léxica: «chicha».

Igualmente se usa en expresiones que pueden ser ponderativas o de lamento como esta: «¡Ay, chucha» («¡Ay, chucha, eres lo máximo!»; «¡Ay, chucha, qué terrible accidente!»), que viene a ser un sinónimo de la también muy peruana expresión «¡Asu, mare!» y de esta: «Juan es un chucha» (o sea, «es lo máximo» o «es lo peor»).

Y un uso también perverso es este, que se comporta, terriblemente, como ofensa o insulto: «¡Fuera, chucha de tu madre!»; es, evidentemente, lo mismo que la muy acre expresión «¡Concha de tu madre!».

Ahora, ¿por qué, precisamente, se usa el vocablo «chucha»? Veamos. Como ya se indicó antes, se trata de un sinónimo de «concha» (referida, repito, a la vulva). ¿Podríamos decir, entonces, que es una alusión perversa y quizás medio machista al órgano sexual femenino? No. En frases como las que he mencionado, el uso de esta palabra, en sentido estricto, no implica tal cosa, no se da esa infausta asociación. Lo que ocurre es que la consideramos, «auditivamente», como más gruesa, más ruda y rotunda y hasta más repulsiva (es decir, no como una expresión de «blandura» como aparentemente creen los académicos de la RAE). A lo que, en verdad, se alude con esa palabra (y también, en este contexto, con los vocablos «carajo» o «diablo»), es a lo escatológico, a lo que nos genera asco; se quiere decir, simplemente, «mierda» 

Repito: «¡A mí qué chucha...!» viene a ser, en realidad, el sinónimo de «¡a mí qué mierda!». Es decir, en estas circunstancias, el vocablo «chucha» ha adquirido un nuevo significado; significado este al queahora sí, con propiedad y legítimamente– podemos atribuirle un carácter realmente expresivo, por su rudeza y violencia (y no por alguna presunta blandura fonética). Y, ya para terminar, insisto: la RAE debería corregir la marca lexicográfica puesta en el Diccionario, respecto del origen del vocablo «chucha», porque, vuelvo a decirlo, su origen no es expresivo (lo que sí es expresivo es su uso actual).

© Bernardo Rafael Álvarez



[1] Perdónenme por el chiste monse, por favor.

[2] Diccionario de la lengua española, RAE.

[3] Obras del P. Bernabé Cobo. En: Biblioteca de autores españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días. Ediciones Atlas, Madrid 1964. Libro Séptimo, Capitulo III: De las almejas y chuchas.